Capítulo 3
Einar Thorsson
Después de una buena cena junto a mis hombres, de disfrutar de la bebida y de yacer con Solveig, que duerme agotada a mi lado, debería sentirme calmado. Nada más lejos de la realidad.
Contemplo a la mujer mientras duerme desnuda, sin ningún pudor, en la cama que compartí con su prima, porque sí, mi amante es familia de mi difunta esposa. No tardó demasiado en intentar llenar un vacío que jamás podrá ser llenado, ni aunque viviera mil vidas.
Me parece escuchar un ruido en la planta baja.
Me incorporo de inmediato sin molestarme en vestirme; quien ose moverse por mi casa en plena noche no merece consideraciones.
Cojo mi espada y, al descender las escaleras, distingo una sombra menuda.
Blasfemo entre dientes, solo puede tratarse de una persona.
He sido tan estúpido como para darle demasiada libertad.
No he escuchado los consejos de Haakon ni de Solveig.
—¿Adónde crees que vas? —mi voz se escucha como un trueno en el silencio de la noche.
Nessa me mira con furia al verse sorprendida. Solo lleva la ropa con la que me la llevé de su hogar, nada de abrigo. No sé si es una loca o una suicida.
—Prefiero morir en el mar que pudrirme en tu casa —ahí está de nuevo el brillo de desafío—. Cúbrete, maldita sea —aparta los ojos, ruborizada.
La arrastro de nuevo hacia dentro, con sus ojos ardiendo. La puerta se cierra tras ella con un golpe seco. Lucha como siempre; no sería Nessa MacGregor si no lo hiciera. Me hace sentir vivo. Más que Solveig mientras la poseía y…
—Maldición, quédate quieta —ordeno entre dientes cuando mi cuerpo comienza a cobrar vida.
Mira con ojos muy abiertos cierto punto; sé qué ha llamado su atención. Cuando vuelve a encontrarse con los míos, veo la furia brillando en ellos.
—Eres un maldito cerdo —acusa—. Como me pongas una mano encima u oses acercar esa cosa a mí…
La furia me atraviesa como un rayo, sé que no va a callarse. Doy un paso adelante, atrapándola contra la pared. Nuestros ojos se encuentran, y en ese instante entiendo que no habrá cadenas capaces de quebrar a esta mujer.
«Maldita sea…, no se rinde. Y eso me enloquece».
—Entonces te haré callar.
Mis labios se estrellan contra los de ella, duros, furiosos, más castigo que caricia. Pero en el choque descubro algo que no esperaba: calor, deseo, respeto. Me aparto bruscamente, respirando hondo, como si acabara de librar una batalla.
«¿Qué demonios he hecho?».
Ambos nos observamos como adversarios. Intento recuperar el control de mi mente, pero sobre todo de mi cuerpo.
Nessa reacciona de una manera que no espero, como ninguna otra mujer lo ha hecho en mi vida.
Su mano se mueve con la velocidad de un rayo y golpea mi mejilla; mi rostro gira ante la fuerza del golpe. Escucho su rápida respiración.
—No vuelvas a ponerme tus sucias manos encima jamás —sisea—. No soy una de tus putas; no te equivoques, Thorsson.
—Maldita perra —gruño, controlándome para no matarla.
Podría hacerlo con una sola mano y sin despeinarme; aun así, no lo hago.
¿Por qué? Por mucho menos otros han muerto sin que mi pulso temblara ni mi conciencia vacilara—.
No soy como los hombres de tu tierra —añado entre dientes—. Harías bien en recordarlo.
—Por supuesto que no —alza el maldito mentón—.
Los escoceses son mucho mejores que tú. —Se da media vuelta, dispuesta a volver a la habitación que he ordenado que dispusieran para ella.
No me olvido de que voy desnudo; sin embargo, para mí, hacerlo, no supone ninguna molestia, ni siquiera siento frío o vergüenza.
La sigo de cerca, tentado a encerrarla en la mazmorra para que aprenda de una maldita vez a quién debe obedecer.
—Entra —ordeno—. No hagas que cambie esta cómoda alcoba por algo peor, escocesa.
—Hazlo —reta de nuevo. No se da por vencida, siempre devuelve el golpe. No puedo evitar preguntarme hasta cuándo, cuánto me costará quebrarla.
En cuanto pone un pie en la estancia, cierro la puerta con llave.
No debería importarme, mas lo hace y eso me enfurece mucho más que el golpe recibido o el desafío de sus ojos azules.
Regreso a mi cama con tanta rabia contenida que despierto a mi amante para poseerla con rudeza, para olvidar esos pensamientos estúpidos.
El recuerdo de una muchacha de cabello castaño y mirada desafiante no deja de atormentarme.
Me dejo caer alejándome de Solveig, que gime como una gatita satisfecha. No tarda en dormirse mientras mis demonios continúan acechándome sin permitirme salir de mi infierno personal. Uno en el que vivo desde el día en que todo cambió para siempre.
***
—¡Nos atacan! —escucho desde la planta baja—. ¡Einar, te necesitamos!
—Ve —apremia mi esposa mientras lucha por dar a luz a nuestro primer hijo—. Acaba cuanto antes para regresar a nuestro lado.
—La partera no ha llegado —mascullo—. ¿Dónde demonios se ha metido? Cuando aparezca, pienso rajarle el cuello…
—Einar —dice con firmeza llamando mi atención; su rostro pálido y sudoroso por el esfuerzo—, céntrate. Soy yo quien debo traer a tu hijo al mundo, y tú debes proteger la isla.
—No puedo dejarte sola… —Me debato entre el deber para con mi gente y el amor que siento por Aileen.
—No estoy sola —rebate mirando a las dos criadas, que intentan hacer lo que pueden—. Márchate, por favor, si logran llegar hasta aquí…
—No abriréis esa puerta —ordeno a las dos jóvenes. Ellas asienten asustadas—. Solo a la partera. Volveré en cuanto les deje claro a esos perros lo que les pasa cuando ponen un pie en una tierra que no les pertenece.
***
Lo que todavía no sabía es que ya la habían condenado a muerte.
A mi esposa, a mi hijo. Lo único que realmente era mío y que amaba más que a mí mismo.
¿Se supone que debo olvidarlo todo y aceptar algo que nadie me ha preguntado?
¿Debo traicionar la memoria de mi esposa e hijo perdonando a sus asesinos?
Jamás…
No mientras viva, no mientras quede un hálito de vida en mi interior que me permita vengarlos.
Si quieren esta isla, tendrán que matarme y acabar con todos los que habitamos en ella, los que nacimos y crecimos entre estas montañas.
Y ni siquiera entonces les permitiré tener paz; soy capaz de convertirme en un espíritu oscuro, errante, solo para seguir atormentándolos hasta su muerte.
Me arrebataron a mi familia, pretenden adueñarse de mi hogar, me han robado a mi hermana, ¿qué más quieren de mí?
He sangrado por mi patria; daré mi vida por ella, pero no habrá rendición.
No importa cuántos ejércitos envíen ni qué ofrezcan: las Orcadas son noruegas —mi sangre vikinga así lo clama— y así seguirán siendo.
Una vez más, pienso en la muchacha que permanece bajo mi yugo, justo aquí al lado. Sonrío, pero no me siento contento; odio que sea justamente ella quien me haga sentir vivo por primera vez desde la muerte de Aileen.