Capítulo 2
Nessa MacGregor
Me han arrancado de mi hogar. Me han intentado humillar y aterrorizar sin éxito. Me han golpeado; mi lengua recorre la herida interior de mi labio, aunque sé que Einar castigó al bastardo que osó ponerme la mano encima, eso no lo hace mejor persona a mis ojos.
Me ha atado y encerrado como a un animal y ahora pretende que admire su maldita isla. Un trozo de tierra que hace que los hombres se maten por ella, algo que no logro comprender. No me quedo callada ante sus provocaciones y, aunque sé que verlo retroceder no es una victoria real, consigo sonreír.
Es el primero en bajar del barco; mucha gente lo recibe. No me pasa desapercibido que cierta rubia se lanza a sus brazos, siendo recibida con bastante frialdad.
—Muévete —me dice su primo. Lo miro sin emoción alguna—. Hazlo o será peor. No creas que tengo miedo a ser castigado por darte lo que mereces.
—Atrévete —alzo el mentón preparada para el golpe. De hecho, alza la mano, pero un bramido lo detiene. Sonrío triunfante de nuevo.
—Perra escocesa —masculla tirando de mí, me saca del barco con brusquedad y no me suelta hasta que su líder le arrebata la cuerda de malos modos—. Aquí tienes a tu mascota —espeta.
La arena húmeda cruje bajo las botas cuando Einar me obliga a avanzar hacia la costa.
—Camina —ordena, tirando de la cuerda que me mantiene sujeta.
Me detengo en seco, clavando los talones para evitar que me siga arrastrando.
—No soy tu perro —espeto airada—. No puedes tratarme así.
Einar gira bruscamente, acercándose tanto que puedo sentir el calor de su respiración.
—Eres mi rehén. Y harás lo que yo diga.
Alzo el mentón, desafiante.
—Entonces tendrás que arrastrarme.
Por un instante, Einar parece pensarlo. Sus manos se tensan, la furia hace temblar su cuerpo y refulgir su mirada.
—Maldita mujer… —susurra, con una mezcla de rabia y admiración—. Si no aprendes a rendirte, te irá muy mal aquí.
—Entonces, déjame ir —replico, con una sonrisa insolente.
El silencio que sigue es más peligroso que cualquier grito. Seguimos avanzando entre la gente que se ha reunido ante la llegada de los suyos. Los murmullos no se hacen esperar; las miradas de odio tampoco. Si lo nota, parece no importarle.
El viento me azota la cara, pero no pienso bajar la mirada. Que me arrastre, que me grite, que intente quebrarme…, no lo conseguirá. No soy su trofeo ni su prisionera, aunque me lleve atada como si lo fuera.
Cada paso que doy es mío. Cada palabra que le lanzo le recuerda que no puede dominarme. Lo veo en la forma en que aprieta la mandíbula, en la rabia que endurece sus ojos. También percibo algo más: respeto, tal vez miedo, deseo. No importa. Lo único importante es que no me rindo. Nunca.
***
El aire huele a humo y a piedra húmeda cuando cruzamos el umbral. La casa de Einar no es un hogar, es una fortaleza: paredes desnudas, vigas oscuras, pieles de animales colgadas como trofeos.
«Así vive un señor de las Orcadas…, rodeado de sombras y silencio».
Avanza con paso firme, como si cada piedra le perteneciera.
—Aquí mando yo —dice sin mirarme. Algo que no deja de repetir. No estoy muy segura de si intenta convencerme a mí, o a él mismo.
Aprieto los puños para controlar la rabia.
—Y yo no pienso inclinarme.
Mis ojos recorren la estancia: un fuego encendido en el centro, armas apoyadas contra la pared, un asiento de madera tallada que parece más un trono que una silla.
«Quiere empequeñecerme. Quiere que me sienta su prisionera».
Einar se gira hacia mí, con esa mirada que mezcla furia y respeto.
—Veremos cuánto dura tu desafío bajo este techo.
Sostengo su mirada con el mentón en alto.
—Tanto como dure tu orgullo —me encojo de hombros.
Sonríe de una forma que pondría de rodillas al hombre más valiente de Escocia. Sin embargo, no me permito mostrar nada, y, por ello, poco a poco ese gesto se desvanece. Sabe que no consigue su propósito.
—Pareces divertirte —dice pensativo, sin alejar su mirada de la mía—. Veremos si te parece tan gracioso lo que tengo preparado para ti…
—¿Lo mismo que para mi hermano? —cuestiono con fingida dulzura—. ¿Piensas atravesarme con tu espada y dejarme tirada en una celda para que me desangre como un cerdo? —acuso sintiendo cómo mi odio por él crece al imaginar el dolor de Cedric.
—En una batalla todo vale, mujer —escupe, alejándose y dejándome espacio, por fin, para respirar con normalidad—. No hables de lo que no entiendes.
—Créeme, entiendo muchas cosas —devuelvo con valentía—. Que eres un cobarde que lo atacaste por la espalda mientras él intentaba salvar a nuestra familia. —Se tensa, sus ojos vuelven a brillar con furia—. ¿Esas son las reglas para ti? En mi tierra, los hombres luchan con honor, de frente.
—¿Vas a dejar que esta mujer te hable así, Einar?
Me giro y veo entrar a la rubia que se ha lanzado a sus brazos a nuestra llegada. Puedo darme cuenta de lo bella que es. Es bastante mayor que yo; incluso diría que tiene algún año más que el hombre que la mira entre molesto y decidido.
—Nadie debe permitirme nada —replico, antes de que sea él quien responda—. Soy una mujer libre que no ha medido sus palabras jamás y no piensa empezar ahora.
—Solveig. —¿Así se llama? Alzo una ceja, sonriente por la mirada airada de la recién llegada, que deja muy claro que no le agrada mi presencia en Kirkwall—. Ella es Nessa MacGregor.
—Hija de Donnan MacGregor —interrumpo para añadir con orgullo—. Hermana de Cedric, tal vez te suene…
—¿El escocés al que casi matas? —cuestiona irónica, mirándolo con adoración—. Parece que la hermana tiene más arrestos que él.
—Si vuelves a mencionarlo… —avanzo hacia ella con la intención de borrarle la sonrisa de suficiencia de su hermoso rostro de una bofetada, pero Einar me detiene. Su manaza coge mi brazo con fuerza; lucho, mas me es imposible soltarme—, te mataré.
—Basta —ordena entre dientes—. No vuelvas a amenazar a mi gente, fjándi.
—¿Solo eso, Einar? —cuestiona la mujer, que parece ser la única capaz de dominar al hombretón que me sujeta con mano de hierro—. ¿Desde cuándo te has suavizado tanto?
Me tenso, porque sus palabras dejan entrever que este maldito hombre es capaz de cualquier cosa, incluso contra una mujer.
Lo suponía y, aun así, cuando castigó al hombre que me golpeó, tuve la esperanza de que conservara un resto de humanidad.
Pero si se atreve a hacerme algo peor, cumpliré el juramento que me hice mientras veía alejarse mi hogar: Mataré a Einar Thorsson yo misma, poniendo fin a algo que jamás debió comenzar.
—Solveig, deja que sea yo quien se encargue de esto —sentencia. Río bajito, y me zarandea un poco—. Todavía debo decidir si me sirve más viva que muerta…
—Ciertamente, te irá mejor si me matas —me burlo—. Mientras viva, pienso hacer de tu vida un infierno —le advierto alzando mis ojos para encontrar los suyos—. No lo dudes.
¿Veo el brillo de la diversión en esos pozos azules tan fríos como el hielo que muchas veces rodea esta maldita isla?
La mujer se marcha airosa de la estancia, dejándonos solos. Ni siquiera parece notarlo. Me pone nerviosa cuando me mira con algo distinto a la furia o al odio; son sentimientos que comprendo, pero, cuando lo hace como ahora, despierta una desazón en mi interior que detesto.
—Entonces, que empiece la guerra, pequeña Villikona —dice en voz baja.