El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Capítulo 1
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Capítulo 1

Rumbo a Mainland, Orcadas 1472

Einar Thorsson

Mi intención al llegar a Dunmara era arrasar con todo y traer de vuelta a Freydis. Pero esos sucios y rastreros escoceses me la han arrebatado, por ello, veo justo llevarme a la perra MacGregor.

La observo contemplar el mar. Avanzamos raudos sabiendo que los escoceses no pueden seguirnos.

Han cometido muchos errores. El peor de todos llegar a las Orcadas creyendo que nos rendiríamos.

La isla es nuestra y me importa poco si mi rey se la ha dado al suyo.

No rendiremos pleitesía a nadie ni nos dejaremos vencer por los invasores.

Nuestros antepasados se levantarían de sus tumbas si lo hiciéramos.

Al pensar en mis muertos, no puedo evitar recordar a mi esposa.

Aileen, mi dulce y sumisa mujer, murió porque esos bastardos decidieron matar a la vieja que se encargaba de los partos y de las curas cuando se requería.

La vi desangrarse. No fue capaz de parir a mi hijo, demasiado grande para su menudo cuerpo.

De nuevo, reparo en la perra escocesa. No es mucho mayor ni más corpulenta que ella; sin embargo, posee un fuego que jamás vi en la muchacha que me robó el corazón desde niño.

Crecimos juntos, compartimos los mismos sueños y me la arrebataron.

—No ha sido sensato traer a la escocesa. —Miro tras de mí. Haakon también la mira. Me tenso, porque sé lo que está pensando.

—No vas a tocarla —le advierto con fiereza. Me devuelve una blasfemia y me mira molesto—. Ella es mía.

—¿Por qué siempre te quedas las mejores? —cuestiona. Intenta disimular su enfado, lo conozco demasiado bien—. No es justo.

—No la he traído para que te entretenga —mascullo—. Es parte de mi venganza.

—Freydis eligió su propio camino, Einar —frunzo el ceño—. Hace mucho que ya no era el mismo que el nuestro. Tiene un buen corazón; el nuestro se ha ido pudriendo poco a poco.

Puede que tenga razón, ya ni siquiera recuerdo lo que es vivir sin sed de venganza.

Sin ese odio tan intenso que te impide seguir adelante, porque la sangre te hierve pensando que los que te han arrebatado todo siguen como si nada.

No puedo dormir. Despierto sudando y jadeando al recordar aquella maldita noche en la que terminé empapado de la sangre de mi esposa e hijo.

Los gritos de dolor y después… el silencio.

—No logro comprender cómo ha sido capaz de olvidarlo todo —musito—. A nuestros padres, a Aileen…

—No creo que los haya olvidado —contradice—.

Parece que eres tú quien olvida cómo es tu hermana pequeña.

Desde que era una mocosa, recogía cualquier animal herido para curarlo.

No importaba si era salvaje ni si salía lastimada en el intento; solo quería salvarlo.

Ella, en esta guerra, ha elegido dar vida en vez de segarla.

—Siempre la has defendido —acuso—. Se ha casado con nuestro enemigo; mis sobrinos tendrán sangre escocesa manchando sus venas…

—Alguien tendría que hacerlo. Siempre has sido demasiado duro con ella —ruedo los ojos, aunque, en el fondo, sé que tiene razón.

Justo en ese momento, mi esclava se gira, y nuestros ojos se encuentran.

Los míos, grises como el hielo; los de ella, azules como un cielo de verano.

Calidez chocando con la frialdad más absoluta.

Sin embargo, algo se remueve en mi interior, algo que me niego a descifrar, ni siquiera a permitirme un solo pensamiento.

—Da la orden de que remen más rápido —digo con firmeza—. Quiero llegar cuanto antes.

—Es imposible que nos sigan —asiento—. ¿Entonces…?

—Hazlo —repito perdiendo la paciencia—. No cuestiones.

Se marcha maldiciendo mi carácter. Creo escuchar lo que tantas veces he oído en el pasado: él es el mayor, no debería recibir órdenes de mi parte. Aun así, las acata.

—¿Qué planes tienes para mí? —Observo a mi lado y debo agachar la mirada. ¿Cuándo se ha movido la escocesa tan rápido? —. ¿No piensas decir nada?

—No lo tengo decidido —me encojo de hombros—. No tenía planeado traer conmigo a ningún rehén.

—Qué benevolente —se burla. Doy un paso hacia ella, no retrocede.

—No te equivoques, praell —escupo—. No pensaba dejar a nadie vivo —me jacto. Palidece, a pesar de que lucha por no inmutarse—. Es mucho más divertido.

—Sádico —escupe—. Eres un maldito salvaje incapaz de razonar. Incluso los animales lo hacen…

—Silencio —bramo, acallándola de inmediato—. No pienso volver a advertírtelo, escocesa. No soy como los hombres de tu patria, respétame, o te irá muy mal.

—El respeto se gana —alza el mentón—. Mi gente tiene mucho más honor que tú. No conoces el significado de esa palabra.

***

Falta poco para llegar…

No he tenido que soportar a la MacGregor desde nuestra última discusión, ya que ordené que la encerraran. No quiero verla hasta que lleguemos a Kirkwall; entonces decidiré su suerte.

Si no la he matado y lanzado al mar, es porque creo que me sirve más viva que muerta.

Su sola presencia me exaspera y, al mismo tiempo, despierta una curiosidad que muy pocas veces he sentido en mi vida adulta.

Tiene fuego; no está asustada cuando cualquier mujer en su situación estaría llorando y suplicando por su vida.

Sé que Nessa MacGregor no lo hará, y eso me enfurece y me obliga a respetarla a partes iguales.

Sonrío cuando diviso las Orcadas en el horizonte. Apenas despunta el alba; todo estará en calma, con nuestra llegada todo será jolgorio y regocijo por la vuelta de los hombres a sus hogares.

—Traed a la escocesa —ordeno—. Quiero que vea lo que será su prisión —me burlo. Alguno de mis hombres se ríe.

Tardan poco en obedecer. Veo cómo nuestra cautiva se resiste a caminar; sus manos están atadas a la espalda desde que arañó a uno de mis hombres. Este la golpeó y yo tuve que castigarlo. Por mucho que la odiemos, no deja de ser una mujer.

Aprieto la empuñadura de mi espada mientras el barco se balancea. La isla está cerca, y con ella, mi victoria.

Nessa, con las manos atadas, me mira sin pestañear.

—¿Crees que porque me llevas como rehén voy a temblar? —su voz es firme, casi burlona.

Frunzo el ceño y le lanzo una mirada esperando que le quede claro que debe continuar en silencio. La paz ha durado poco. Maldigo mi estupidez por creer que el encierro la habría hecho recapacitar y estaría más dispuesta a obedecer.

—No necesitas temblar. Basta con que obedezcas.

Arquea una ceja.

—¿Obedecer? No nací para inclinar la cabeza.

El aire entre nosotros se tensa. Siento la rabia subir por la garganta, pero también algo más: respeto.

—Maldita sea, mujer… —murmuro—. No sabes cuándo callar.

—Y tú no sabes qué hacer con alguien que no se rinde —replica con una media sonrisa.

El barco atraca y, aunque me gustaría doblegarla, no tengo tiempo. La dejo en manos de Haakon; soy el primero en bajar porque quiero asegurarme de que todo está tal y como lo dejé.