El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4) Prólogo
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El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4)

El lobo de las Orcadas: rendido ante la escocesa (Sinclair 4)

Por Jane Mackenna

© inepub.com

Prólogo

Dunmara Castle, Escocia 1472

Nessa MacGregor

Los rostros de mi familia se encuentran petrificados por el terror, temiendo que el enemigo acabe con mi vida frente a ellos. Lucho contra mi captor, aun así, sé que en cuanto traspasamos el portón del único hogar que he conocido, estoy completamente a su merced.

—Si me sueltas ahora, puede que vivas para contarlo —espeto mientras tira de mí para que camine más rápido.

Sin embargo, lo único que hago es pelear con él por cada paso que damos—.

Te recuerdo que una simple mujer te ha herido dos veces —me burlo.

Aprieta su agarre en mis brazos, y contengo un gemido de dolor.

—Cuida lo que dices, praell —masculla—. Muévete. No creas que retrasándonos vas a cambiar tu destino. Puedo tirarte por el barranco y acabar de una vez con esto.

Obedezco, porque algo en su voz me dice que habla en serio, que no es una simple amenaza para aterrorizarme.

Y no lo hago por miedo, sino por amor a mi familia y por lealtad: si me mata aquí, ellos atacarán con la ferocidad de quien ha sido herido en lo más profundo.

No dudo de su victoria, pero muchas vidas se perderían.

Cuando llegamos a la orilla y veo los barcos, me doy cuenta de que todo lo que está sucediendo es una realidad, la mía. Hace una hora, estábamos celebrando la boda de Connor y Freydis, y ahora me encuentro en manos enemigas. Me han arrancado de mi hogar, y temo no volver a ver a mi amada familia.

—Sube de una maldita vez —brama lanzándome sobre la cubierta.

Caigo al suelo; me levanto de inmediato porque no ha nacido hombre o mujer que me venza.

Soy digna hija de Donnan y Meave MacGregor—.

Harás bien en aprender quién es tu dueño ahora, escocesa —escupe mientras los hombres pasan a nuestro lado, raudos, para alejarnos cuanto antes de la costa.

Escupo a sus pies; lo miro desafiante a la espera del golpe que sé que se muere por darme, sin embargo, por algún motivo que no logro comprender, no lo hace.

—Observa por última vez tu hogar —se burla tras de mí; siento su aliento en mi cuello—. No volverás a verlo nunca más.

Esa sentencia cae como una losa sobre mis hombros.

Mis ojos miran hacia lo alto del acantilado, y unas lágrimas traicioneras bañan mi mejilla cuando me doy cuenta de que los hombres de mi familia ven, de pie e impotentes, cómo el barco se mueve, alejándome cada vez más de ellos.

Sé, sin necesidad de palabras, que vendrán a buscarme, que no me dejarán a mi suerte.

Entonces, el sacrificio de Freydis y Connor no habrá servido para nada.

—Maldito seas, Einar Thorsson —mascullo con rabia—. No sabes con quién te metes.

Aquí, frente al mar que me vio nacer, tomo la decisión que, sin duda, cambiará mi destino para siempre. Seré yo quien ponga fin a esta absurda batalla, aunque tenga que matarlo con mis propias manos y perder mi vida en el proceso.

Dunmara se vuelve cada vez más pequeño. Me alejan de mi familia, del único hogar que he conocido y que jamás habría abandonado por voluntad propia.

Estoy en manos de los bárbaros que, hace unas semanas, casi acaban con mi hermano.

Los mismos que han venido a las puertas de mi casa para amenazar a mi clan.

La furia crece por momentos; mi cuerpo tiembla y no por miedo ni por frío, a pesar del viento que azota mi cabello.

—¿Vas a quedarte ahí todo el trayecto? —pregunta mi captor—. Muerta no me sirves —espeta—. Ven conmigo. —Intenta cogerme del brazo; con un movimiento brusco lo impido. Me giro para encararlo… sin miedo.

—No me toques —siseo—. No vuelvas a tocarme jamás, cerdo.

—Ahora no estás bajo la protección del perro de tu padre —gruñe acercándose a mí—. Por lo que será mejor que muestres algo de respeto por tu amo.

—Tú no eres mi dueño —mascullo—. Soy una mujer libre.

—Villikona —escupe. Imagino que es algún tipo de insulto. Alzo el mentón—. Voy a domarte. —No es una amenaza, parece una promesa.

—Puedes intentarlo —le reto—. Veremos quién gana.

—Tienes tanto fuego como las mujeres de mi tierra… —Dudo mucho que sea un halago—. Disfrutaré mucho apagándolo. Si quieres comer algo, me seguirás; de otro modo, no probarás bocado hasta que lleguemos a las Orcadas.

No lo sigo porque quiera obedecerle, sino por supervivencia. Necesito conservar las fuerzas para lo que está por venir, ya que una cosa tengo clara: si estos hombres ya me miran con odio, cuando lleguemos a la isla que mi rey les ha arrebatado, el desprecio será mi compañía diaria.

No me da gran cosa, pero es mejor que nada. Me obliga a sentarme alejada de sus hombres; veo cómo hablan en voz baja. Unos parecen más fieros que otros. Ninguno como Einar: el Lobo de las Orcadas.

Veremos quién gana esta guerra…