Capítulo 18
J ake se miró a sí mismo en el negro casi absoluto de la pantalla. ¿Adónde se había ido Phillip? ¿Cómo se las había apañado para engañar a Jake y al resto del cuerpo de policía y escurrirse por la salida del cine sin ser visto, escapando de la ira del regimiento? Jake no creía que fuera posible.
—Sigue ahí dentro —dijo con aire desafiante—. Tiene que estarlo. Se juega demasiado en esto. Ha puesto toda su vida y sus creencias en juego. No se va a marchar así como así.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Mamadou.
—No puedo estarlo. Pero algo me dice que sigue ahí dentro.
La intuición de Jake, su instinto —fuera lo que fuese—, estaba en alerta máxima y le enviaba señales nítidas desde la boca del estómago.
—Siento decirle esto, agente, pero no podemos confiar en su sentido arácnido —añadió la primera ministra—. Vamos a necesitar algo un poco más concreto que eso.
—Las grabaciones —dijo Jake, y centró su atención en la pantalla—. ¿Qué ha pasado en los últimos cinco minutos?
El hombre que sostenía la tableta pareció ponerse nervioso y casi se le cayó el dispositivo de la sorpresa. —Yo... Nosotros...
Jake le arrebató el dispositivo y rebobinó la reproducción. Tras ver cómo se desarrollaban los últimos cinco minutos en la pantalla, Jake le devolvió el aparato a las manos al hombre.
—¿Y bien? —preguntó Mamadou.
—Sigue ahí dentro. Tiene a Tara y está sentado en algún lugar de la zona de butacas. —Se volvió hacia el hombre—. Si hubieras estado prestando atención, habrías visto cómo la sacaba de la cabina de proyección y la obligaba a sentarse con él.
El hombre bajó la cabeza avergonzado. Y con razón. Su error podría haber provocado bajas graves.
—Excelente —dijo la primera ministra con sarcasmo—. ¿Y ahora qué?
—Tengo que entrar —respondió Jake.
—No seas gilipollas —dijo Mamadou, muy serio.
—No lo soy.
—Lo eres. Te estás metiendo en una situación potencialmente peligrosa por nada.
Eres demasiado valioso para que dejemos que te pase algo.
Hay gente a la que pagan para arriesgar sus vidas en situaciones como esta.
Es lo que quieren hacer; es para lo que se alistaron; se corren con estas cosas.
Así que siéntate y deja que lo hagan ellos.
—No puedo.
—¿Por qué no?
Jake puso los ojos en blanco. —Porque quiere que entre yo. Yo, y solo yo. Fue lo último que me dijo.
—No me mientas, Jake.
—Ojalá lo estuviera haciendo.
—No me gusta. Es demasiado peligroso, hay demasiado en riesgo. No sabemos cómo es ese capullo en realidad. Que no haya disparado a nadie todavía no significa que tú no vayas a ser el primero.
—¿Y qué hay de Tara? Arriesgué su vida al enviarla allí dentro. Si le pasa algo...
—No hace falta que seas un héroe, Jake.
Ya había oído eso antes. Varias veces, de hecho. Y en todas ellas no había seguido el consejo. Y en todas ellas había salido con vida del trance, sano y salvo.
No era matemático, pero hasta él podía calcular que tenía una tasa de éxito del cien por cien que mantener.
Se tomó un momento para detenerse y pensar en sus actos.
En lo que estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo.
El resultado final siempre era el mismo: su familia.
Ellos eran el motor de todas sus decisiones.
Su seguridad, su futuro. Si podía ayudar a construir un mundo para ellos con un terrorista menos, un criminal menos, un extremista menos, entonces haría todo lo que estuviera en su mano para que así fuera.
Y no iba a dejar que nadie se interpusiera en su camino.
Jake apartó a Mamadou a un lado para hablar fuera del alcance de oídos ajenos.
—¿Qué pasa aquí, Mam? ¿A qué viene esto? —preguntó.
Mamadou miró al suelo con timidez. Luego, tras un segundo que pareció un minuto, volvió a mirar a Jake.
—He estado preocupado por ti. Te has estado sobreesforzando últimamente y eso ha tenido un efecto perjudicial en todo.
Has perdido peso. Tienes cara de cansancio constante, y atiborrarte de café cada hora no va a ayudar.
Sé que quieres impresionar, pero a veces tienes que aprender cuándo dar un paso atrás y relajarte. No puedes salvar a todo el mundo.
Puedo , pensó Jake. Y lo haré.
—No tenemos elección.
—No me gusta —dijo Mamadou.
—No te pido que te guste. Solo tienes que respetar mi decisión. Estoy haciendo mi trabajo, Mam. Esa gente podría morir ahí dentro si no lo hago. No estoy preparado para que su sangre manche mis manos.
Mamadou y Jake se miraron fijamente durante un instante.
Jake respetaba y adoraba al hombre que tenía delante: su jefe, su amigo, su mentor.
Se habían vuelto muy cercanos en los meses transcurridos desde que Jake se había unido a la unidad antiterrorista, y en ese breve espacio de tiempo, habían disuelto la barrera entre jefe y empleado.
Se veían como iguales, aunque el rango y la nómina a finales de mes dijeran lo contrario.
Al fin y al cabo, ambos compartían el mismo objetivo: erradicar el extremismo de las calles, paso a paso.
Era una de las razones por las que todos los demás en la oficina tenían envidia de su relación.
Mamadou no dijo nada.
Jake asintió con la cabeza, vaciló y se dio la vuelta.
—¿Adónde crees que vas? —preguntó Mamadou.
—Jefe, nosotros...
—Sin protección, no vas a ninguna parte. Necesitas un chaleco antibalas.
Cinco minutos después, equipado con un chaleco, un casco, un auricular y una pistola táser, Jake se puso en marcha hacia la entrada del cine.
El corazón le latía con furia en los oídos; la piel le vibraba con cada pulsación.
La luz intensa lo cegó mientras sus ojos intentaban reajustarse al entorno.
En el vestíbulo, hombres y mujeres vestidos con monos de plástico blanco, con guantes, gafas y mascarillas, estaban de rodillas, ocupándose de los escombros que habían quedado como resultado de la explosión anterior.
Jake pasó de puntillas a su alrededor, evitó las señales de pruebas del suelo, se disculpó por alterar la escena y continuó adelante.
Ignoró el cadáver que había en el suelo.
No porque lo hubieran cubierto con algo que le recordaba a una sábana blanca, sino porque no quería que las imágenes nítidas atormentaran su mente durante los próximos minutos.
Ya había visto cadáveres anteriormente, y volvería a verlos.
Con el paso de los años, había entrenado a su cerebro para empaquetar esas imágenes y compartimentarlas en los recovecos más profundos de su mente.
De ese modo, no podría encontrarlas, desenterrarlas y obsesionarse con ellas.
Tras unos pocos pasos más, se detuvo. Estaba en el precipicio.
Una línea recorría el suelo frente a él, donde el pavimento sólido se encontraba con la moqueta.
Se sentía como si estuviera a punto de adentrarse en el vacío de lo desconocido.
Tragó saliva con fuerza, tomó nota mental del camino que debía seguir y dio un paso adelante.
Ya no había vuelta atrás.
Al llegar al mostrador de las palomitas, giró a la izquierda y se dirigió al pasillo a oscuras, sin prestar atención a los pósteres de películas que colgaban de las paredes. Hacía mucho tiempo que no iba al cine.
Finalmente llegó frente a la sala catorce.
Se detuvo. Respiró. Se controló. Intentó relajarse.
Miró fijamente la puerta roja. A la izquierda.
A la derecha. El pasillo estaba vacío. No había rastro de Phillip esperándolo, acechando en las sombras, listo para abalanzarse por detrás. Jake tragó saliva y empujó la puerta.
No cedió. Estaba atascada, como si alguien se apoyara contra ella desde el otro lado.
Lo intentó de nuevo. Esta vez con más fuerza.
Seguía sin moverse.
Entonces, casi por instinto —al menos, supuso él que era instinto—, llamó a la puerta.
El sonido resonó por todo el pasillo y Jake sintió que su corazón se detenía momentáneamente mientras esperaba una respuesta.
Una señal. Un gesto. Una tos. Un grito. Una petición de auxilio.
Algo que le permitiera saber que había alguien al otro lado de la puerta, a salvo.
El teléfono que llevaba en el bolsillo vibró.
—¿Diga? —respondió Jake.
—¿Eres tú el que llama a mi puerta? —preguntó Phillip Bowden.
—Sí.
—Lo siento. No nos gustan las visitas comerciales. Tendrás que dar la vuelta por detrás. Allí hay mucha más intimidad.
—Estaré allí lo más rápido que pueda.
—¿Sabes por dónde es?
—Seguro que lo descubro. Ya soy mayorcito.
Jake se puso en marcha hacia el par de puertas dobles al final del pasillo. Al pasar por delante de los aseos a su izquierda, Jake recordó las imágenes que había visto de Phillip desapareciendo y reapareciendo momentos antes de tomar el cine como rehén.
—Los mayorcitos como tú también se pierden a veces. Hasta los más grandes.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó Jake—. ¿Tú te perdiste?
Silencio.
—¿Alguna vez te has sentido perdido, Phillip? ¿Y en Vietnam? ¿Te perdiste alguna vez allí? ¿Por qué te llamaban El Lobo, Phillip?
Silencio.
Luego: —No sabes de lo que estás hablando. Date prisa de una puta vez. Acabemos con esto.
La comunicación se cortó.
Jake bajó el brazo, aún con el teléfono en la mano.
Le sudaban las palmas y hacía girar el teléfono entre los dedos como si fuera una pelota antiestrés.
Atravesó las puertas dobles, giró a la derecha, avanzó por otro pasillo, recordó los planos del cine que solo había visto brevemente antes y se detuvo ante otra puerta.
Con cautela, la abrió. En cuanto se abrió, oyó el sonido inconfundible de un arma al amartillarse.
Una figura vestida de negro apuntaba con una Heckler & Koch MP5 directamente a la cara de Jake.
Su cuerpo se congeló de miedo y luego se relajó gradualmente al darse cuenta de quién era.
—¡Madre mía! —susurró Jake en voz alta, con la mano en el pecho y el corazón latiendo desbocado contra las costillas—. ¿Qué cojones estás haciendo?
—Vigilar y monitorizar —respondió el hombre. Sus palabras sonaban amortiguadas tras el pasamontañas.
—¿Y? —preguntó Jake—. ¿Has visto a alguien?
—¿A quién?
—¿Al tipo que buscamos?
El hombre tartamudeó, miró a su alrededor, totalmente despistado.
Frustrado, Jake miró por encima del hombro del soldado al resto de la unidad. Para entonces, algunos ya se habían percatado de su presencia y se dirigían hacia él.
—Detective —dijo uno de ellos. Jake lo reconoció como el sargento Marshall—. ¿Qué hace usted aquí?
—He venido a hablar con el objetivo. ¿Le han visto abandonar las instalaciones?
Marshall negó con la cabeza.
—Por lo que sé, sigue ahí dentro.
—¿Con la chica?
Marshall asintió. —A juzgar por lo que sabemos, sí.
"Vale", pensó Jake. "Siguen ahí dentro. Nadie sabe dónde, pero siguen ahí dentro. Todo va a salir bien. Tú vas a estar bien".
Jake debió de quedarse con la mirada perdida, porque el sargento Marshall le lanzó una mirada confusa. —¿Se encuentra bien, detective?
—¿Qué? Sí. Estoy bien. —Jake avanzó hacia la puerta—. Voy a entrar.
Para su sorpresa, Marshall lo dejó pasar. No fue hasta que Jake hubo avanzado unos pasos cuando Marshall lo agarró.
—Oiga, tome esto. —En sus manos sostenía una Glock 17—. Podría necesitarla. Guárdesela en la cintura.
Jake aceptó la pequeña pistola, comprobó el cargador de munición, lo cerró y luego se la colocó en la zona lumbar. Asintió en señal de agradecimiento antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta.
Al llegar, la mentalidad de Jake cambió. Minutos antes, cuando había entrado por la puerta principal, había tenido miedo. Estaba aterrorizado. Era vulnerable. Pero ahora, se sentía seguro. Invencible.
Armado, Jake abrió la puerta y se adentró en la oscuridad.
La película había terminado y la única fuente de iluminación era el pequeño hueco cuadrado en la pared junto a la sala de proyección.
Lo cual significaba que Jake no podía ver con claridad ninguna de las caras que tenía delante.
Se sentía como un ciervo ante los faros de un coche.
Se detuvo en medio del auditorio.
—Por fin —dijo una voz. Era Phillip—. Qué amable por tu parte acompañarnos.