Capítulo 17
J ake se aisló del mundo. Necesitaba pensar.
Y necesitaba hacerlo rápido. Estaba flaqueando.
Hasta ahora había fracasado en la negociación de los rehenes, y pronto el daño del que inevitablemente se le pedirían cuentas sería irrevocable.
Si iba a resolver esto, tenía que cambiar de estrategia, dar a sus superiores una razón para mantenerlo en el puesto y no deshacerse de él como de un pelo rebelde que colgara de su flequillo.
Para lograrlo, necesitaba espacio. Tiempo . Pero en la plaza no tenía ninguna de las dos cosas. Al contrario, estaba rodeado de una fatalidad temporal y espacial. Y, para empeorar las cosas, tenía a la jefa del país a su lado, escrutando cada uno de sus movimientos.
Mamadou le dio un toque en el pecho. No se había dado cuenta, pero seguía con el teléfono en la mano, pegado a la oreja, y parecía que aún estaba hablando.
—¿Qué ha dicho?
Jake repitió todo lo que Phillip le había contado. La primera ministra merodeaba a la izquierda de Jake, y él notó que escuchaba con atención mientras hablaba.
—¿Qué hacemos ahora, entonces, detective? —preguntó ella.
—Necesito hablar más con él. Aprender de él. Meterme en su cabeza.
—A la mierda con eso —dijo Mamadou—. No tenemos tiempo.
—Empiezo a pensar que usted no es la persona adecuada para este trabajo, Tanner —dijo la primera ministra.
Sus palabras le dolieron profundamente.
—Tendremos que encontrar a alguien que pueda rectificar esta situación.
—¡No! —exclamó Jake—. Eso no será necesario.
La primera ministra se cruzó de brazos. —Proponga una solución, de lo contrario habré desperdiciado un viaje hasta aquí y me habré puesto a mí y al resto de mi equipo en un peligro extremo para nada.
Luchando contra el impulso de poner los ojos en blanco, Jake se dirigió hacia Hamilton, aunque antes de irse reunió el valor para lanzarle una última mirada desafiante.
Como un niño que acabara de recibir una charla de ánimo, caminó entre la multitud con un renovado sentido de determinación y propósito.
—Hamilton, ¿qué tienes para mí sobre Phillip Bowden? —preguntó Jake, golpeando con el puño el interior de la furgoneta.
Hamilton dio un salto en su asiento. —¡Jake! Perdona, tío. No te había visto. Me has dado un susto. —Vaciló, miró a Jake a los ojos y buscó frenéticamente en su escritorio improvisado—. Vale. Información. Veamos.
—Está aquí —dijo una agente de pelo oscuro y corto a Jake. Tenía un documento en la mano y se lo entregó—. Todo lo que necesita saber sobre Phillip Bowden está ahí.
—¿Dónde estaba esto hace una hora cuando lo necesitaba?
La agente pareció desconcertada. —Son las tantas de la madrugada, detective. El personal escasea. Estamos desbordados en todas partes. Ya sabe cómo va esto.
—No me importa. No es una excusa.
Jake se contuvo antes de decir algo más de lo que fuera a arrepentirse. No había sido su intención gritarles. Eran sus colegas, y en su carrera ya había aprendido que es mucho más difícil reparar puentes que construirlos.
—Lo siento —dijo, intentando esbozar una media sonrisa—. Gracias. Se lo agradezco.
Dicho esto, se dio la vuelta y empezó a caminar de vuelta hacia Mamadou, echando un vistazo a la información más importante sobre la marcha.
Phillip Bowden tenía sesenta y siete años, había nacido y crecido en Nevada y era un entusiasta de las armas.
Se mudó al Reino Unido hace doce años. Esposa: fallecida.
Dos hijos, un chico y una chica, que seguían viviendo en Estados Unidos.
Tras años intentándolo, finalmente obtuvo una licencia de armas.
Solo para fines de caza. Por último, poseía y dirigía un pequeño negocio en pleno funcionamiento: un museo de armas y armaduras en el este de Inglaterra.
Debajo del texto de la página había una fotografía pequeña de Phillip posando con orgullo frente a su museo.
El último punto fue el que más interesó a Jake. En particular, la obsesión y fascinación de Phillip por las armas.
Jake pasó la página y siguió leyendo.
Y entonces halló la respuesta.
Phillip Bowden había servido en el ejército de los EE. UU. durante la guerra de Vietnam. En cuanto cumplió los dieciocho, se convirtió en soldado raso. Se había ausentado sin permiso tras una misión que salió mal.
Por eso solían llamarme «el Lobo».
Jake se detuvo junto a Mamadou, interrumpiendo su conversación con la primera ministra. Había otro caballero con ellos. Jake no lo reconoció.
—Muy bien —comenzó—. Esto es lo que va a pasar...
—No tan rápido —dijo Mamadou, señalando la tableta que el hombre que los acompañaba sostenía en las manos.
Jake miró la pantalla. La imagen estaba dividida en dos por el centro.
La parte izquierda estaba iluminada, con imágenes que parpadeaban.
La derecha estaba oscura. Jake la reconoció como la sala del cine.
La señal en directo que el sargento Marshall y su equipo habían logrado colocar a través de la salida de emergencia.
—¿Qué estoy viendo?
—A Phillip Bowden.
—¿Dónde está? —Jake entrecerró los ojos para ver mejor la pantalla.
—Exacto. ¡Ha desaparecido, joder!