Capítulo 16
L a estúpida zorra de la recepción se debatía en sus brazos.
Era menuda, delgada y ágil, pero desprendía una ferocidad que Phillip admiraba; como si fuera capaz de tomar represalias si fuera necesario.
Le propinó un golpe en la cara mientras él la agarraba del brazo.
Fue la primera y la única en defenderse, y en menos de cinco segundos.
Esto es exactamente lo que el país necesita , pensó. Excepto por las armas. Héroes capaces de defender lo que está bien y lo que está mal, con la voluntad suficiente para detener actos de violencia extrema y asesinatos .
—¡Quítame las manos de encima! —le gritó ella.
A su alrededor, otras mujeres gimoteaban y jadeaban.
—Como desees —dijo Phillip, soltando a la chica—. ¿Cómo te llamas?
—Louise.
—No me mientas. ¿Cómo te llamas?
—Tara.
—Tara —repitió Phillip. Ahora se acordaba—. ¿Qué hacías ahí arriba?
Tara no respondió; se limitó a mirarlo fríamente a los ojos.
—¿Quién te ha dicho que subieras?
—Nadie.
—¿Así que simplemente pasabas por allí por casualidad?
Ella se encogió de hombros.
—¿Cuántos años tienes, Tara?
—¿Acaso importa?
—Importa si quieres seguir viva.
—Diecinueve.
—Una niña. Aún tienes mucho que aprender.
Tara se mofó.
—¿Cómo qué? ¿Cómo no disparar a la gente?
—No exactamente. Creo que tienes que escuchar y aprender a respetar a los demás y a prestar atención, a hacer lo que se te dice... y a responderme con la verdad cuando te pregunte algo —Phillip vaciló—. ¿Quién te ha enviado allí arriba a espiarme?
—No sé su nombre.
—¿Ha sido la policía? —Phillip bajó la mano hasta el tobillo, sacó la 9 mm que llevaba en la funda y apuntó a la frente de Tara, entre las cejas—. Dame el nombre. ¿Quién te ha enviado a espiarme?
Tara abrió mucho los ojos cuando el metal frío rozó su frente.
—Tanner.
—Ah, el detective Jake Tanner. El héroe —los labios de Phillip se curvaron levemente—. Quizá tú y yo deberíamos hacer una llamada.
Guardó la 9 mm en el tobillo, sacó su móvil y marcó.
Jake Tanner respondió al primer tono.
—¿Bowden?
—Tanner. Creo que hay alguien a quien le gustaría hablar contigo.
Phillip sostuvo el teléfono contra la cabeza de Tara. Ella le devolvió la mirada con aire desafiante, probablemente decidiendo si debía decir algo. Al final, se dio por vencida.
—Jake, soy yo. Tara... Sí, estoy bien. No, todavía no. Yo... Yo voy a—
Phillip interrumpió la conversación apartándole el teléfono de la cara.
—Enternecedor. ¿Os conocéis los dos?
—No le hagas daño, Phillip —dijo Jake en su oído—. Tus problemas no son con ella. Son conmigo. Con el gobierno. Con el primer ministro. Ella es solo una civil inocente.
Phillip sacudió la cabeza.
—Sigues sin entenderlo, ¿verdad? Mi mujer era una civil inocente, y mira lo que le pasó. Al crimen no le importa si eres la persona más rica o la más poderosa del planeta. Te atacará desde cualquier parte. Es una perra cruel, y al fuego hay que combatirlo con fuego.
—Eso no te da derecho a disparar a la gente y a retenerla contra su voluntad, Phillip. Por favor, no le hagas daño. Ella no ha hecho nada malo.
—¿Hizo algo malo mi vecino cuando le dieron una paliza hasta mandarlo a la cama de un hospital cuando entraron en su casa?
¿Hizo algo malo mi amigo cuando le asaltaron en un paso subterráneo?
No, no lo hicieron. Pero eso no detuvo a los cabrones que se lo hicieron.
Y ahora tiene miedo de salir de su casa sin protección alguna.
¿Sabes lo que hace ahora? —Phillip vaciló a propósito, arrancando una respuesta forzada de Jake.
—No. ¿Qué hace?
—Lleva un cuchillo encima. En todos sus cincuenta y tres años sobre esta tierra, nunca ha tenido tanto miedo de vagar por las calles de su propio país.
Yo soy extranjero e incluso yo siento miedo, y me he criado rodeado de criminales.
Imagina cómo se siente todo el mundo en este lugar olvidado de Dios.
Phillip miraba fijamente a los ojos de Tara mientras hablaba.
Una pequeña parte de ella le recordaba a su mujer.
La otra parte le recordaba a la juventud de hoy en día.
El desafío. La arrogancia. La beligerancia.
La ingenuidad. La ignorancia. La creencia de que el mundo les debe todo.
Que no tienen que trabajar ni un día de su vida y alguien —algo— debería dárselo todo a cambio de nada.
Ella era la parte de la juventud y de la sociedad que él odiaba.
—¿Cómo se llama tu amigo, Phillip? —preguntó Jake.
—No te lo voy a decir. No vas a arrestarlo, no cuando hay gente peor ahí fuera.
—Eso es lo último que quiero hacer. Podremos ayudarle. Reubicarle. Asegurarnos de que se sienta protegido. Quizá incluso aumentar la presencia policial en su zona.
—¿Y quién va a pagarlo? Tú y yo sabemos que no hay presupuesto suficiente para hacer todas las cosas que queremos. Si lo hubiera, tú y yo no estaríamos en esta situación. ¿Y quién es la responsable de eso, Tanner? —Phillip vaciló—. Creo que sabes bien quién es; la tienes ahí mismo, al puto lado.
—Has puesto de relieve uno de los muchos problemas de este país, Phillip. Pero yo poco puedo hacer al respecto. Así que, ¿qué hacemos ahora?
Phillip se tomó un momento para observar su entorno.
Miró a su alrededor en el auditorio. Las numerosas caras horrorizadas y temerosas que lo observaban.
Todos estaban alerta, temerosos del próximo movimiento de Phillip.
Podía sentirlo. En el tiempo que los había tenido como rehenes, esperaba haber demostrado su infravalorada volatilidad; ellos notaban que estaba ahí, incluso la presentían.
Vale, le había puesto explosivos en la espalda a alguien y había sido el responsable de su muerte.
Pero hasta dónde estaba dispuesto a llegar...
eso aún no lo habían visto. No habían visto su verdadero propósito para estar allí.
Era hora de cambiar eso.
—Te diré lo que va a pasar, Tanner. Retira a tus hombres apostados alrededor del edificio y mándalos a casa. Y prometo que nadie saldrá herido. Después, voy a desaparecer.
—¿Cómo?
—En la oscuridad.
—¿Cómo?
—Es lo que hago. Por eso solían llamarme El Lobo.
Jake murmuró algo inaudible por el teléfono. ¿Había sido una risita?
—No tienes salida —dijo finalmente—. Aunque retiremos a todos los agentes, solo hay un lugar al que puedes ir.
—¿Cuál?
—A la cárcel.
—Interesante —Phillip hizo una pausa—. En cuanto a mi última petición: tú, el detective Jake Tanner, el héroe de la noche, entrarás en el cine y salvarás a tu amiguita.
Phillip acarició la mejilla de Tara. Ella se estremeció. Cerró los ojos. Phillip pudo sentir cómo se le ponía la piel de gallina.
María. Oh, María.
—¿Qué recibiré yo a cam—
Phillip cortó la llamada antes de que Jake pudiera terminar. Se guardó el teléfono en el bolsillo y contempló los jóvenes ojos de Tara.
—Muévete —dijo, gesticulando con el M16—. Tú y yo vamos a sentarnos.
Los dos subieron las escaleras hasta que Tara se detuvo en la fila F. Había dos asientos libres al final de la fila. Phillip se acomodó en el segundo asiento, mientras que Tara se sentó junto a él, en el pasillo.
Ahora toca esperar.