Capítulo 15
En cuanto los perdió de vista, los pensamientos de Jake volaron al instante hacia Tara. Cómo había puesto su vida en peligro. Cómo, si algo le pasaba, cargaría sobre su cabeza, sus hombros, su pecho... y sobre su carrera.
Solo esperaba que ella estuviera bien.
Viva...
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Jake a Mamadou.
—Nada —respondió él—. Tenemos que esperar a que los CTSFO instalen la cámara. Una vez hecho eso, nos reagruparemos y nos lo replantearemos. ¡Joder! —Mamadou golpeó con el puño el lateral de la furgoneta de cristales tintados con frustración.
Aislándose de los que lo rodeaban, Jake se alejó y marcó el último número que lo había llamado.
Debería haberle llevado directamente hasta Tara, pero el teléfono no dejaba de dar tono.
Después de unos diez segundos, Jake colgó; si Phillip la había capturado y se daba cuenta de que el teléfono estaba sonando, el contacto con ella se perdería definitivamente.
Lo único que podía hacer ahora era esperar. Y rezar para que ella, y todos los demás dentro de la sala, estuvieran a salvo.
Vivos.
El sargento Marshall guió al escuadrón hacia el interior del edificio como ya había hecho en muchas otras ocasiones. Con rapidez, con eficiencia, en silencio. Como un solo cuerpo, comunicándose telepáticamente, respirando al unísono.
La puerta trasera del edificio, su primer obstáculo, no supuso gran resistencia; una potente patada la combó hacia dentro y el equipo irrumpió en el interior.
Todos se habían memorizado la distribución del cine, así que cada uno podía encontrar el camino hacia el lugar correcto sin ayuda.
Incluso si uno de ellos se perdía y se separaba del resto del grupo, su brújula interna lo dirigiría hacia su destino.
Años y años de entrenamiento habían grabado a fuego esa capacidad en sus cerebros.
La silenciosa y letal máquina de matar avanzó por los pasillos desiertos y callados. La respiración de Marshall era constante mientras mantenía la vista fija en el cañón de su arma. El dedo listo sobre el gatillo. Preparado. Su cuerpo perfectamente afinado y alerta ante cualquier imprevisto.
Se detuvo ante unas puertas dobles, levantó la mano en el aire con los dedos extendidos y luego los cerró en un puño. El resto de la unidad se detuvo en seco tras él.
Marshall empujó la puerta. Las bisagras chirriaron.
Miró a través de ella, la abrió un poco más. Un poco más todavía. Haciendo una pausa cada vez que emitía un sonido.
La salida de emergencia de la sala catorce, un conjunto de puertas nada llamativas, estaba a la vista.
Antes de cruzar el umbral, Marshall hizo un reconocimiento del pasillo. Al juzgar que era seguro continuar, relajó el puño, extendió los dedos y atravesó la puerta con sigilo, cruzando el corredor. Se detuvo en el lado izquierdo de la salida de emergencia.
Uno a uno, sus hombres se unieron a él, alternando los lados de la puerta en los que se colocaban. Al final, siete quedaron a la izquierda y ocho a la derecha.
Una vez que todos estuvieron en posición, Marshall asintió al soldado que tenía justo enfrente, metió la mano en el bolsillo de la muñeca, sacó la cámara y la inspeccionó.
Luego inspeccionó la puerta. A pesar de los preparativos, la cámara era la única pieza del rompecabezas con la que no se sentía cómodo.
Si no encontraba un lugar seguro para dejarla, la misión habría sido un fracaso.
Cómo lo haría, no lo sabía. Pero esperaba que su segundo al mando sí lo supiera.
Miró el par de ojos de un azul intenso tras la máscara y el casco, y ambos intercambiaron una mirada de complicidad: ninguno de los dos tenía una propuesta.
En su lugar, Marshall centró su atención en la sala. Pegó la oreja a la puerta y esperó, escuchó.
El sonido de sollozos y gritos se oía distante a través de las finas rendijas de la puerta.
Entonces, alguien habló al otro lado. Marshall supuso que se trataba del hombre responsable de todo este calvario.
El hombre que quería que las armas fueran algo común para que él, y el resto de la población, pudieran defenderse.
Me encantaría ver cómo se defiende de esto , pensó Marshall mientras bajaba la mirada hacia su Heckler & Koch MP5 y acariciaba el gatillo.
Respirando con calma por la nariz, el sargento Marshall empezó a entreabrir la puerta de la izquierda.
Por suerte, esta vez las bisagras no hicieron ruido.
Se detuvo en cuanto hubo un pequeño hueco, lo bastante ancho para que cupiera el objetivo de la cámara, y la dejó ahí, suspendida en su sitio por la oposición de las dos puertas.
Era lo mejor que podía hacer.
Entonces Marshall retrocedió un paso y se llevó un dedo al oído.
—Cámara instalada. Confirmen imagen —susurró.
—Recibido, sargento. Imagen confirmada. Den media vuelta y salgan.
—Negativo —respondió—. Nos quedamos. Si pega un solo tiro, entramos.