Capítulo 14
L os pasillos estaban vacíos.
Resultaba surrealista que algo que solía estar tan densamente poblado estuviera tan desierto.
Incluso cuando se realizaban varios pases a la vez, siempre parecía haber ajetreo .
Aun así, Tara los recorría en estado de alerta máxima.
No sabía qué le esperaba al doblar la esquina.
Tampoco sabía si alguien irrumpiría desde las salas y la sobresaltaría o, peor aún, la atacaría.
Ni si una de las salas de proyección o los aseos iban a saltar por los aires y matarla en el proceso.
Su irracional imaginación prendía chispas de paranoia y pavor en su mente.
Tara se detuvo ante unas puertas dobles. Las abrió con suavidad y, al ver que el pasillo al otro lado estaba vacío, cruzó el umbral. Sintiéndose un poco más segura, bajó los hombros y se relajó. Luego atravesó otro par de puertas y finalmente llegó a la sala de proyección.
Abrió la puerta con cuidado, prestando especial atención al sonido que hacían las oxidadas bisagras, no fuera que alertaran a alguien de su presencia.
Una vez dentro, Tara se acercó a gatas al pequeño cuadrado en la pared que separaba la sala de proyección del auditorio. Apoyando la espalda contra el muro, se dejó deslizar hasta el suelo. Recuperó la compostura. Y escuchó.
El auditorio estaba en un silencio sepulcral. Un silencio inquietante. Tanto que se le erizó el vello de los antebrazos y se le puso la piel de gallina. No se oía ningún movimiento, ni rastro de respiración, de vida.
¿Estaban todos muertos?
Tara no quería pensar en ello, pero entonces se dio cuenta de que no tenía elección. Tenía que averiguarlo.
La policía se lo pedía.
Jake Tanner se lo pedía.
Con su Mercedes y su atractivo.
Gateando sobre manos y rodillas, Tara se situó bajo el hueco de la pared y se incorporó. Se asomó por el borde de la pequeña ventana, manteniendo la cabeza fuera de la proyección de la cámara; si se interponía, causaría una sombra en la pantalla que notaría hasta la persona menos observadora.
El auditorio estaba a oscuras, a excepción de la luz que rebotaba en la pantalla.
Frente a ella, había un hombre de pie sujetando una pistola.
A su lado estaba... ¡ Josh! ¡Oh, Dios mío, Josh!
Su rostro, iluminado por las imágenes parpadeantes proyectadas desde detrás de Tara, la llenó a la vez de emoción y de culpa.
Docenas de preguntas le pasaron por la cabeza.
¿Estaba bien? ¿Por qué lo retenían a punta de pistola?
¿Cómo se había metido en este lío? ¿Cómo se había metido cualquiera de los dos?
—¿Diga? —resonó una voz desde el interior del auditorio, y Tara se agachó frenéticamente bajo la ventana.
—Primera ministra —continuó el terrorista—, qué ocasión esta, ¿eh? No pensé que se presentaría de verdad... Todo el mundo está a salvo. Por ahora... Me temo que eso depende de cómo responda a mis demandas.
Intrigada, Tara se asomó con cuidado por encima del borde y volvió a mirar para ver que el terrorista sostenía un teléfono contra su oreja.
Esperó y escuchó, con un ojo puesto en él y otro en el mar de rehenes.
Tenía que ponerse en contacto con Jake Tanner.
Eso es lo que él le había dicho que hiciera.
En cuanto estuviera allí dentro y a salvo, debía llamarlo y contarle lo que estaba pasando.
Pero se había visto tan envuelta en la situación que la adrenalina le había impedido hacerlo.
Tara marcó el último número de su agenda. La remitió directamente a una centralita.
—¿Diga?
Tara se apartó de la ventana de un salto y apoyó la espalda contra la pared. Frente a ella, la enorme máquina que reproducía la película seguía zumbando, creando un suave runrún en la sala.
—Hola. Soy Tara. Necesito hablar con el detective Jake Tanner —susurró Tara.
—¿Perdón? ¿Quién es usted? ¿De qué está hablando?
Joder. Número equivocado.
Tara colgó e hizo lo único que se le ocurrió: marcar el 999.
En cuanto se estableció la llamada, explicó la situación.
—Por supuesto; un momento, por favor —le dijo la persona al otro lado.
Mientras esperaba al teléfono, Tara se alejó el aparato de la oreja. Manteniéndose fuera de la vista, se esforzó por oír la conversación del terrorista.
—Introduzca una nueva ley de armas, primera ministra, similar a la de los Estados Unidos, y todo el mundo, incluido yo, saldrá de aquí con vida.
Es así de sencillo... Entiendo lo que esto supondrá, pero es lo necesario para mejorar la seguridad de este país.
Imagine que estas personas de aquí tuvieran armas y entrara un atacante: el atacante no tendría ninguna posibilidad.
Hasta ahora, nadie ha muerto por una bala, y esta noche ha sido testigo de los peligros de los explosivos.
Si un terrorista suicida caminara por la calle en este país, tendría todo el derecho a acercarse a alguien y hacerse estallar delante de él.
Pero si arma a cada hombre, mujer y niño de este país, entonces podrá evitar que ese ataque ocurra.
Puede salvar vidas, primera ministra. La gente solo está a salvo cuando tiene una de 9 mm en la mano.
Un ruido procedente de su móvil distrajo la atención de Tara.
—¿Oiga, señorita? ¿Sigue ahí?
—Sí. Hola. Sigo aquí.
—Bien. Gracias por su paciencia. Lamentablemente, no me es posible contactar con el señor Tanner en este momento. Parece que su línea está ocupada. Seguiré intentándolo.
Tara negó con la cabeza. — ¿Podría pasarme con Amy? Trabaja en su equipo, en alguna parte. Conoce la situación. Lo siento, no sé su apellido.
—Desde luego. —La persona al otro lado pulsó un botón y la línea se quedó en silencio un momento.
—¿Diga? —dijo una voz familiar unos segundos después.
—Amy, gracias a Dios que eres tú.
—Tara, me alegra oír tu voz. ¿Estás bien?
—Todo lo bien que puedo estar.
—¿Dónde estás ahora?
—Dentro de la sala de proyección. El hombre con la pistola está al teléfono en este momento. Creo que está hablando con la primera ministra.
—¿Estás a salvo?
—Me dijeron que viniera aquí. Tengo que ponerme en contacto con el detective Jake Tanner. Me dijo que le informara.
—De acuerdo. ¿Qué ves?
—No mucho. Casi todo está a oscuras. Él está al frente con Josh.
—¿Josh? ¿Quién es Josh?
Justo cuando Tara iba a responder, la puerta de la sala de proyección se abrió de golpe. Nathan, el colega que la había abandonado al principio, entró en la sala.
Presa del pánico, Tara gritó. Su chillido agudo penetró en el aire casi silencioso, pillando a Nathan por sorpresa.
—¿Qué haces aquí? —susurró ella con dureza.
—He venido a buscarte —respondió Nathan.
Pero antes de que ella pudiera responder, un disparo resonó desde el auditorio y una bala atravesó la pequeña ventana y se incrustó en el techo.
—Quienquiera que esté ahí dentro, que no se mueva, joder —dijo el tirador.
Tara se quedó paralizada de miedo.
Había fallado. Se había delatado. Podía oír a Amy gritando su nombre de fondo, suplicando que respondieran. Nathan se tiró al suelo, protegiéndose la cabeza del yeso y el polvo que caían.
—Lentamente, quiero que salga con las manos en alto —dijo la voz tranquila y autoritaria desde el auditorio.
Con el pecho jadeante, Tara echó una última mirada a Nathan, susurró la palabra «vete» y luego se puso en pie, asomándose por la pequeña ventana de la pared. Allí, miró directamente al cañón de una pistola.