Capítulo 10
P hillip sonrió. El estruendo de la explosión, que le llegaba a través de las gruesas paredes casi insonorizadas, le produjo una sensación de hormigueo que le recorrió toda la piel.
Casi como si fueran alfileres y agujas. Y había valido la pena.
Meses de investigación, meses de planificación, de ensayo y error, de lastimarse a sí mismo en el proceso...
todo había sido para demostrarles de qué era capaz y hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Disparar a alguien no era suficiente; destruirlo , por el contrario, sí lo era.
Phillip alzó las manos, exigiendo silencio en la sala.
—Por favor, no os disgustéis —dijo—. Ella se suicidó. Había un pequeño interruptor en la parte trasera del dispositivo que solo se activaría si se quitaba una pequeña correa. Por tanto, quienquiera que quitase la correa es el responsable de su muerte, no yo. Ha sido un sacrificio necesario.
Phillip caminó de un lado a otro a lo largo de la pantalla. Esperaba que proyectara una sombra siniestra sobre su rostro.
—Deberíais dejar que su muerte os sirva de lección a todos.
Hoy en día, nadie quiere ser el héroe. Así que, cuando surge la oportunidad de protegernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos, simplemente nos quedamos al margen e ignoramos las atrocidades despiadadas que les ocurren a otros. ¿No estáis de acuerdo?
Silencio.
—Público difícil, ¿eh? Muy bien. Siguientes órdenes: todos y cada uno de vosotros, poneos de pie... ahora.
Les llevó un tiempo, pero finalmente todos los presentes en la sala cumplieron la orden.
—Es hora de cambiar las cosas. Quiero que os separéis de la persona o personas con las que habéis venido. Buscad un nuevo sitio en cualquier lugar de esta sala y sentaos. Tenéis treinta segundos. Cualquiera que se quede sin asiento recibirá un disparo.
Al principio nadie se movió, y sintió doscientos pares de ojos clavados en él.
No fue hasta que levantó el M16 cuando sus prisioneros reaccionaron.
Los que estaban en las primeras filas del cine saltaron de sus asientos y se amontonaron por las escaleras hacia la parte trasera.
Y en cuestión de segundos, estallaron los empujones.
Una masa de cuerpos luchando contra la marea de los demás por seguridad y protección.
Una seguridad y una protección que nadie estaba dispuesto a ceder.
Phillip observó con asombro cómo familias y grupos de amigos se dividían y se desvinculaban unos de otros.
Treinta segundos después, todo el mundo había encontrado un asiento.
—No ha sido tan difícil, ¿verdad? —preguntó Phillip—. Ahora que ya estáis instalados con vuestros nuevos amigos y familia, quiero que esperéis. Eso es todo lo que tenéis que hacer durante la próxima hora. Esperad, y no os pasará nada. Si armáis un escándalo, entonces tendremos un problema.
Phillip echó un último vistazo a la sala, confirmó que todo el mundo estaba sentado y luego marcó el último número de la agenda de Denise.
El detective Jake Tanner. El inexperto . Resultaba evidente lo aficionado que era Tanner. Iba a disfrutar haciendo de la vida del detective y de la primera ministra un infierno. Especialmente si me miente.
Phillip pulsó el botón verde y esperó a que respondieran a la llamada.
—¿Phillip? —preguntó Jake. Había un ligero matiz de aprehensión en su voz.
—Hola de nuevo, detective. ¿Le han gustado los fuegos artificiales?
—¿Qué ha sido eso? ¿Cómo lo has detonado?
—Yo no lo hice. Había un interruptor en la parte trasera que solo podía activarse manualmente. Uno de sus hombres lo inició. Uno de sus hombres ha matado a esa joven y probablemente a varios más. ¿Ha habido más heridos? ¿Ha perecido alguien más?
Jake Tanner vaciló. El sonido de los gritos y las sirenas resonaba, llenando de júbilo a Phillip.
—Ninguno.
—Me está mintiendo —siseó Phillip.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque eso es lo que hacéis. Mentís, hacéis promesas que no podéis cumplir. En el fondo, todos no sois más que políticos, ¿verdad? Después de todo, ellos os dirigen. Se hace lo que ellos dicen.
—Existe una mayor autonomía hoy en día de la que ha habido nunca.
—Cierto. Pero aun así no tiene permitido disparar a nadie sin el consentimiento de alguien, ¿verdad?
—Depende de las circunstancias. Depende de quién empuñe el arma. Depende de si tienen o no una justificación razonable para ello.
—¿Diría que esta es una justificación razonable, detective? ¿Diría que dispararme es una justificación razonable? —Phillip mantuvo el dedo suspendido sobre el gatillo de su M16. Se sentía frío al tacto pero también poderoso, etéreo.
Jake soltó un bufido al otro lado de la línea. —No soy yo quien tiene que tomar esa decisión. No soy yo quien tiene que justificarla razonablemente.
—Bueno, supongamos que lo hiciera...
—¿Por qué haces esto, Phillip? ¿Cuáles son tus exigencias? ¿Cuáles son tus justificaciones?
—¿De cuánto tiempo dispone, detective?
—De todo el que necesites. No me voy a ninguna parte.
—Yo tampoco.
—Entonces creo que es hora de que me cuentes qué quieres sacar de esto. Y si podemos llegar a un acuerdo amistoso. Sus intereses son los nuestros.
—Qué tierno.
—Así que dame el capricho. ¿Por qué haces esto?
Phillip inhaló profundamente, llenando todo su cuerpo de oxígeno, y habló—. ¿Cuál es su opinión sobre las armas, detective?
—¿En qué sentido?
—¿En el sentido de defenderse a uno mismo?
—No creo que sean necesarias. Creo que existen medios de protección más inteligentes y apropiados. Creo que son veneno, como el alcohol. Las armas tienen el poder de arrebatar una vida al instante; nadie debería tener ese poder. Jamás.
—¿Ha utilizado alguna alguna vez, Jake?
Jake vaciló. El prolongado silencio se llenó de un pesado presentimiento.
—No. Pero he visto la devastación que pueden causar.
—¿Cómo?
Otra vacilación.
—Un compañero mío recibió un disparo en la cabeza. Yo encontré su cuerpo.
—¿Se lo merecía, Jake?
—Hubo un tiempo en el que pensé que sí. Pero ahora, no. Nadie se lo merece.
—¿Por qué murió? —preguntó Phillip.
—Es una larga historia.
—¿No era este el momento de contar historias? Yo le estoy contando la mía. Ahora le toca a usted contarme la suya.
Jake suspiró por teléfono. —Era corrupto. Se metió de lleno con gente peligrosa y los traicionó. Fue mi jefe quien le disparó.
—A mí me parece que tuvo lo que se merecía.
—Cometió un error —dijo Jake—. Todos los hemos cometido.
Sí, sí, todos.
Nadie sentía eso más que Phillip.
—Su colega fue erradicado porque había obrado mal. Era malo.
—No era una enfermedad. No era un virus que se pueda curar simplemente con un disparo.
—Descubrirá que esa metáfora es cierta en más de un sentido, Jake. ¿Y si le hubiera hecho algo a su familia? ¿Seguiría sin merecérselo entonces?
—Eso es un asunto completamente distinto.
—Limite a responder a la pregunta, detective.
—No habría sido mi jefe el que le disparara. Habría sido yo.
—¿Por qué?
—Porque haría lo que hiciera falta para proteger a mi familia.
—Y eso es exactamente lo que hice yo.
Jake gruñó por el teléfono. El ruido que emitió sonó como si hubiera abierto la boca para hablar pero la hubiera cerrado inmediatamente después. Phillip se encargó de continuar.
—Fue el año pasado. Después de Navidad. Los adornos aún estaban puestos y quedaba pavo en el frigorífico.
Celebrar fue idea de mi mujer. Normalmente detesto toda esa mierda.
Es aburrido, innecesario y una pérdida de tiempo.
Pero este año era diferente. Era nuestro vigésimo aniversario de boda ese mismo mes.
Así que cedí. Y luego resultó ser el peor día de mi vida.
—¿Qué pasó?
Phillip tragó saliva antes de continuar.
—Era por la tarde. Mi mujer estaba lavando los platos.
Oí un golpe en la puerta, así que abrí. En cuanto la puerta se abrió de par en par, tres hombres irrumpieron en la casa, me tiraron al suelo y saquearon todo el lugar.
Mi mujer los amenazó con un cuchillo, pero se lo arrebataron y se lo clavaron en el estómago.
Se desangró en el suelo de nuestra cocina mientras yo era incapaz de salvarla.
No pude hacer nada al respecto. La sostuve en mis brazos hasta que llegó la ambulancia.
Se instauró un momento de silencio. Estaban llevando su nuevo vínculo a un nivel diferente. Phillip no le había contado esa historia a mucha gente. Significaba mucho para él. Y se había preparado para contarla esta noche, pero no había creído que le afectaría tanto.
—Siento oír eso —dijo Jake, sacando a Phillip de su trance—. Suena horrible. Debe de haber sido muy angustioso para usted.
—Lo fue.
—Perdóneme, pero ¿qué tiene eso que ver con las armas, con lo de esta noche?
—Porque, Jake, si esto hubiera ocurrido en Estados Unidos —mi país de origen, el lugar donde nací y me crié con orgullo—, habría podido defenderme.
Habría podido defender a mi mujer. Habría podido evitar su muerte.
Y habríamos podido compartir juntos el resto de los años que nos quedaban.
Pero su gobierno me arrebató ese derecho.
Me impidieron tener mi propia arma en mi propia casa, y nunca se lo perdonaré. ¿Lo entiende?
Jake Tanner no dijo nada.
—Y lo que es peor es que sus leyes y su parlamento consideran que está mal que me defienda e inflija daño a quienes entran en mi casa sin permiso, lo que significa que yo soy el castigado. ¿Sabe lo injusto que es eso?
—Lo sé.
—Así que... Espere —Phillip vaciló. La respuesta tajante y honesta de Jake le había pillado por sorpresa—. ¿Entonces qué puede hacer usted al respecto?
—Nada. No tengo ese poder para el cambio.
—Pero la primera ministra sí lo tiene.
—Correcto.
—¿Y dónde está ella?
—Está en camino.
Phillip consultó su reloj, utilizando la luz azul de la pantalla que tenía detrás para iluminarlo.
—Eso no es suficiente. Debería haber estado aquí hace ocho minutos.
—Lo entiendo. Pero viene de las afueras de Londres. Puede que le lleve un poco más de tiempo.
—¿Cuánto más?
Jake empezó a hablar, se detuvo, resopló por teléfono, se detuvo de nuevo y luego habló. —No lo sé.
Phillip sacudió la cabeza—. Eso sigue sin ser suficiente, detective. ¿No se supone que está usted al mando? Seguramente sabrá lo que está pasando, ¿o estoy tratando con la persona equivocada?
—¡No, no! ¡No lo está! Se lo prometo.
—Bien. Así que permítame dejar lo que quiero meridianamente claro: la primera ministra del Reino Unido tiene que estar fuera del cine con usted a su lado.
Tiene que estar aquí en treinta minutos ni un momento más tarde.
Así que váyase y hable con sus superiores o sus subordinados para que esto ocurra.
Y por cada minuto que se retrase, mataré a otro rehén.
Tengo más artefactos explosivos y muchas balas en mi bolsa.
¿Qué le parece? Tiene un minuto para confirmarme lo que necesito.