Capítulo 3
E n el cine reinaba un silencio sepulcral; todo el mundo en el interior estaba absorto en la pantalla de treinta y seis metros frente a ellos, con los ojos muy abiertos y la boca desencajada, listos y a la espera del siguiente puñado de palomitas.
Phillip estaba sentado al final de la última fila, justo en la embocadura de la entrada.
Recostándose en la butaca, cruzó los brazos y notó la pistola que llevaba debajo.
Dura. Sólida. Potente. Mortal. Era su orgullo y satisfacción.
La había comprado por primera vez veinticinco años atrás en un mercadillo de maleteros.
Su anterior dueño, un excombatiente de Vietnam, había querido deshacerse de ella por motivos matrimoniales y, según le habían asegurado a Phillip, nunca había disparado ni una sola bala en su breve existencia.
Eso no quería decir que no pudiera hacerlo y, después de que Phillip se la llevara a casa y se la enseñara a su mujer, la limpió, la reparó y luego se fue con ella a una zona remota del desierto, donde disparó varias ráfagas contra un trozo de roca aislado y arbitrario.
Desde entonces, había sido una parte importante de su vida.
Una posesión preciada que llevaba consigo a todas partes.
Lo mismo con la pistola que llevaba en el tobillo.
Esta última la llevaba siempre, sin importar la de alarmas de seguridad que activara en los centros comerciales.
No le preocupaba. A nadie se le ocurriría revisar sus tobillos cada vez que hiciera saltar una alarma.
Phillip notó algo clavándose en la vejiga. Le entraron unas ganas terribles de mear.
Se incorporó de la butaca, cogió la bolsa de deporte y salió de la sala. No tenía prisa. La película acababa de terminar el primer acto y él quería saborear cada momento. Una visita al baño no iba a hacer daño a nadie. Y no sabía cuánto tiempo pasaría hasta que tuviera otra oportunidad.
Horas.
Días.
Avanzando sin prisa por el pasillo, Phillip absorbió la luz dura y brillante de las pantallas de pósteres de películas que colgaban de las paredes y se detuvo un momento para mirarlas, buscando alguna que pudiera apetecerle ver.
Todas parecían carísimas, sobrevaloradas y demasiado dependientes del CGI y las pantallas verdes.
Ya no había actores con talento, ni buenas películas; nada que ver con las de su época, cuando tenían sentido, un propósito.
Los baños estaban vacíos. El sonido de la película salía por unos altavoces cutres en el techo, pero no conseguía ahogar el ruido del agua corriendo.
Y nada podía enmascarar el olor a amoniaco y mierda que flotaba en el aire.
Phillip dejó la bolsa de gimnasio sobre el banco del lavabo y se alivió en el urinario antes de lavarse las manos y volver hacia la sala.
Al llegar a las puertas, miró el reloj: 12:43 a. m.
Dos minutos para el gran momento.
Con cuidado, Phillip se deslizó por la puerta y entró en la sala. Agachado en las sombras, dejó la bolsa en el suelo, arrancó el M16 de los imanes y…
La puerta a su lado se abrió. Justo delante de él apareció un empleado del IMAX, con la chapa del nombre reflejando la luz de la pantalla. El chico, un adolescente, se quedó inmóvil mirando a Phillip, con los ojos muy abiertos.
Phillip reaccionó más rápido.
Lo agarró por el pecho, lo estampó contra la pared y lo sujetó allí. Con la misma mano, le tapó la boca y le clavó el cañón del M16 en la entrepierna.
Phillip notó la respiración del chaval en la palma, calentándosela, haciéndola sudar, húmeda y resbaladiza. Estaba seguro de que también olía a meado.
Pobrecillo .
Lo peor estaba por llegar.
Se inclinó hacia él y susurró— No hagas ni un sonido, ¿vale?
El chico asintió, con los ojos cada vez más desorbitados a cada segundo que pasaba.
Satisfecho, Phillip se agachó y metió la mano en la bolsa, manteniendo el arma presionada contra las partes nobles del chico. Segundos después, sacó una cadena de alta resistencia, recubierta por una funda de plástico para amortiguar el tintineo del metal. No era la panacea, pero bastaba.
—Cierra las puertas —susurró Phillip al chico, mientras lanzaba miradas rápidas por el pasillo, rezando para que a nadie más le entraran ganas de ir al baño y arruinara el plan antes siquiera de empezar.
El chico obedeció sin decir una palabra.
Presa del pánico, temiendo por su vida, estaba demasiado consumido por el miedo de que Phillip le disparara si no hacía lo que le ordenaba.
Y, en cierto modo, el crío habría tenido razón.
Pero en otros aspectos, no tanto. Si todo salía según lo planeado, Phillip no necesitaría disparar a nadie.
Y sus manos seguirían limpias.
El sonido de algo cayendo al suelo lo distrajo. El chico había dejado caer la cadena. Phillip maldijo para sus adentros y lo apremió con un empujón en la espalda.
—Vuelves a hacer ruido y te vuelo la puta cara —le siseó.
Menos de veinte segundos después, las puertas estaban cerradas con llave. Pero no había terminado. Tenía que asegurarse de que fueran impenetrables. No sabía qué defensas le enviaría el Gobierno británico, así que tenía que estar seguro de que estarían bien protegidas.
Se agachó y sacó un tubo grande de sellador de silicona de fuerza industrial, montado en una pistola de plástico.
—Échalo por los bordes de la puerta —ordenó—. ¡Y date prisa!
El chico hizo lo que se le ordenaba, muy consciente esta vez de la mayor amenaza que otro patinazo supondría para sus joyas de la corona. Y para su cara.
Al cabo de un rato, los bordes de la puerta estaban cubiertos de una sustancia blanca que se solidificaba en cuanto entraba en contacto con el aire. La barricada estaba completa. Cerradura y pegamento. Doble seguridad.
Phillip dio un tirón fuerte a las puertas. No se movieron. Estaban selladas. Nadie entraba. Nadie salía.
—Así me gusta, buen chico —dijo Phillip, clavando el arma en la espalda del chico y empujándolo hacia el interior del cine—. ¡Rápido!
Se detuvieron al final del pasillo, a pocos metros de la primera fila de butacas. Phillip se tomó un momento para respirar, controlarse y ordenar sus pensamientos. Su vida, y la de todo el país, cambiarían después de aquella noche.
—Haz lo que te diga y no te pasará nada —dijo Phillip—. ¿Entendido?
El chico asintió, manteniendo la mirada al frente, fija.
Sin decir nada más, Phillip empujó al crío por la espalda, lo lanzó rodando por el suelo y fue detrás de él, con el arma en alto y el dedo posado sobre el gatillo.
—¡Señoras y señores, su atención, por favor! —Phillip tuvo que esforzarse para hacerse oír por encima del sonido de la película.
Pero no habría servido de nada gritar más fuerte; todo el público estaba hipnotizado por la película, como monos adoctrinados mirando las imágenes parpadeantes, mientras seguían metiéndose comida en la boca sin parar.
Molesto por la escasa respuesta del público, Phillip se vio obligado a llevar a cabo la primera parte del plan que había querido evitar: disparó contra los altavoces.
El estruendo ensordecedor de las balas al estallar rebotó por el pequeño recinto, superando el ruido de los altavoces y ahogando el sonido de la película.
No pasó mucho tiempo antes de que los altavoces dejaran de funcionar y un silencio atónito cayera sobre la sala.
A medida que los espectadores iban asimilando lo que estaba ocurriendo, el instinto innato de supervivencia los dominó.
Salieron a la carrera de sus asientos, derramando palomitas y bebida por el suelo, y se lanzaron hacia las salidas.
En estampida, eligiendo su propia vida antes que la de los demás.
Un grupo de ellos se dirigió a la salida de emergencia al otro lado de la sala, su flanco expuesto.
Una ráfaga de balas los detuvo en seco.
Los gritos llenaron el aire. Agudos y graves. Al fondo, las imágenes de héroes y villanos perdidos en el espacio seguían parpadeando en la pantalla.
Phillip avanzó con calma hacia el centro del cine. Arma en alto. El chico agarrado con fuerza.
—¡Todo el mundo, de vuelta a sus asientos! —dijo—. O le pego un tiro al crío.
Y, tal y como estaban hacía solo unos instantes, los espectadores volvieron a sus butacas.