Capítulo 2
J ake Tanner, a pesar de sus denodados esfuerzos, no lograba dormir.
Durante las últimas horas, su mente había permanecido despierta, asolada por pensamientos sobre el trabajo, el mundo y sus pesares.
Estaba allí tumbado, boca arriba, con las manos entrelazadas tras la cabeza, mirando al vacío negro del techo.
Había poca luz en la habitación y, de vez en cuando, la oscuridad se movía, cambiaba y tomaba formas indiscernibles, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga alucinógena que se apoderara de su organismo.
Fuera, el sonido de los coches que pasaban veloces le recordaba que seguía en su casa, en el sur de Londres.
A salvo. A su lado, su adorada esposa, Elizabeth.
La hermosa Elizabeth. La madre de sus hijos.
Sus ronquidos suaves y su respiración acompasada le hacían sonreír. Hacían que se sintiera arropado.
Jake le dio un beso en la frente, se levantó de la cama y bajó las escaleras.
El salón estaba lleno del equipo de fotografía de Elizabeth: cámaras, objetivos, maletines de transporte, trípodes, focos.
Había estado entrando y saliendo de las casas de sus clientes con tanta frecuencia que no había tenido tiempo de desempacar nada.
Durante las últimas semanas, los dioses por fin habían empezado a prestarle atención y su trabajo como autónoma se había multiplicado por diez.
Ahora hacía de todo, desde fotografía de bodas hasta retratos, pasando por imágenes editoriales y fotografía de producto.
Forjándose una marca y una carrera. E incluso había tenido el valor de sumergirse de nuevo en el mundo de la fotografía de moda, solo que esta vez al otro lado del objetivo, donde quería estar y donde se sentía segura.
El número de clientes había crecido y, lógicamente, también sus recomendaciones.
La página web a la que le había dedicado tantos meses —e invertido el poco dinero que les quedaba— por fin estaba en funcionamiento y tenía un buen modelo de negocio.
Puede que se estuviera exigiendo demasiado, pero después de lo que le habían parecido décadas sin resultados, por fin estaba viendo un rendimiento positivo de su inversión.
Y Jake no podía estar más orgulloso ni ser más complaciente.
El desorden del salón era una concesión bienvenida, porque aquello la hacía feliz.
Durante demasiado tiempo se había sentido frustrada y a Jake le alegraba ver un cambio positivo en el ánimo de su mujer.
Mujer feliz, vida feliz.
Se sentó en el sofá y cogió el mando de la tele.
Cambió de canal una y otra vez. No echaban nada.
Póquer. Repeticiones de programas de la primera década de los dos mil que ya no le importaban a nadie.
Vídeos musicales. Noticias las veinticuatro horas.
Suficiente para dormir a cualquier insomne, pero no a él.
Había algo que le pesaba mucho en la conciencia.
Algo que no se atrevía a contarle a Elizabeth: a principios de semana, Jake había recibido un correo electrónico informándole de que, debido a recortes presupuestarios y otros chivos expiatorios de mierda financieros y políticos, se producirían algunos despidos en el SO15, también conocido como el Mando Antiterrorista, una de las ramas policiales más elitistas de la Met.
También era el nuevo hogar de Jake, y lo había sido durante los últimos cuatro meses.
Aún no se conocía el impacto real que los recortes tendrían en el departamento, pero no quería hacerse ilusiones.
Nadie estaba a salvo. Especialmente él. Nunca antes se había enfrentado a un despido, pero sabía que los miembros más nuevos del equipo solían ser los primeros en salir.
Por no mencionar que el número de inspectores de la CID en todo el servicio había descendido casi una décima parte en otros tantos meses, y el número de agentes de apoyo a la comunidad de la policía en Londres se había reducido en casi cinco mil.
Hombres y mujeres buenos, trabajadores y experimentados habían perdido sus empleos gracias a un gobierno que pensaba que podía gastar mejor el dinero en otra parte: en sus propias primas y repartiendo contratos a dedo entre amigos.
Y luego, cuando se preguntaban por qué las tasas de criminalidad se habían disparado como consecuencia de ello, tenían la audacia de culpar a los hombres y mujeres buenos, trabajadores y experimentados que se habían quedado haciendo el trabajo de dos.
Nadie estaba a salvo.
Jake dejó de pasar canales al llegar a una película que, por alguna razón, nunca había visto entera: Jungla de cristal .
Se quedó allí sentado, prestándole una mínima atención mientras su mente buscaba constantemente formas de mantener su puesto de trabajo a salvo.
Y entonces, a medida que el número de opciones se reducía gradualmente, empezó a pensar en las consecuencias de un despido.
Los ingresos de Elizabeth apenas bastaban para mantener a la familia; ambos lo habían admitido.
Así que la única otra opción sería encontrar un nuevo trabajo.
Quizá podría dedicarse a la psicología y dar uso al título en el que había invertido cuatro años de su vida.
O quizá podría volver a trabajar tras un escritorio el resto de sus días, en un centro de atención telefónica, vendiendo productos y servicios por teléfono, tratando con un público general malintencionado y beligerante de una manera distinta a la que estaba acostumbrado.
O quizá podría matarse a trabajar y mantener la seguridad laboral para el futuro.
Jake prefería la última opción.
En la pantalla, John McClane acababa de saltar desde la azotea del Nakatomi Plaza, sujeto por una manguera a cientos de metros de altura.
Mientras seguía viendo el resto de la película, sintió que su mente entraba y salía poco a poco de la consciencia, con el sonido de los disparos, los gritos y las explosiones de fondo arrullándolo hacia el sueño.