El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves, una semana después #7
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Jueves, una semana después #7

—No era capaz de pensar en otra cosa. Aquella noche sabía que Allan estaba con ella.

Me quedé despierta esperándolo para enfrentarme a él.

Para obligarlo a elegir. A pesar de los pesares, creí que me elegiría a mí.

Que elegiría lo que teníamos él y yo. Después de todo, habíamos construido una vida juntos.

Una familia. Esperé y esperé. Pero Allan no venía.

Cuando por fin lo oí subir la escalera, no me atreví a salirle al paso.

Mientras esperaba, la duda había ido creciendo en mi interior.

Así que me hice la dormida, hice como que me despertaba a medias, solo para comprobar que todo estaba en orden. Y luego, la mañana siguiente…

Yvonne tragó saliva y tomó un par de tragos de agua.

—La mañana siguiente, al comprobar que Sofie no estaba y que Allan le estaba mintiendo a la policía, supuse que había ocurrido algo. ¿Por qué iba a mentir si no? Y yo sabía que no podía perderlo. Tenía que salvarlo.

—¿A pesar de que creías que había asesinado a tu hija?

Patrik la miraba atónito. Recordó lo que había pensado desde que habló con Allan, sus reflexiones sobre el amor de un padre por su hijo, un amor que superaba todo lo demás. ¿Cómo pudo Yvonne sacrificar ese amor por el amor a un hombre? Sencillamente, no lo entendía.

—Es que no lo entiendes —dijo Yvonne, como si le hubiera leído el pensamiento—. Sofie ya no estaba. Yo lo sabía. Lo sentía. Había dejado de existir. No podía perder también a Allan.

Patrik bebió unos tragos de agua.

—¿Por qué has mantenido la búsqueda de Sofie todos estos años como si estuviera viva, si tan segura estabas de lo contrario?

—Era mi forma de tenerla aquí. No puedo dar otra respuesta.

Bajó la vista hacia el bolso, que aún agarraba bien fuerte en el regazo.

—¿A qué has venido? —preguntó Patrik sin rodeos.

Seguía sin comprender qué perseguía. ¿Querría su comprensión? ¿Pedir clemencia para Allan? Ya no estaba en manos de Patrik lo que pudiera pasar con él, dependía del juzgado.

—A Aino la maté yo.

Patrik se sobresaltó, le dio sin querer al vaso y lo volcó, de modo que el agua que quedaba se derramó por la mesa.

—¿Qué has dicho? —preguntó mientras cogía unas servilletas de papel de un estante.

—Yo maté a Aino —repitió Yvonne con voz firme—.

Yo creía que había sido Allan quien había matado a Sofie.

En la inauguración de Åldersro, fui a verla.

Por curiosidad, supongo. Pero, sobre todo, quería ver su decadencia.

La odiaba. Odiaba la idea de que Allan la hubiera querido.

Y que parte de él tal vez la quisiera aún.

Retorció el bolso sin aflojar los puños.

—Me alegraba de que estuviera a punto de desaparecer y quise comprobarlo con mis propios ojos.

En cuanto me vio, empezó a pedirme perdón.

Por lo que iba a verse obligada a hacer.

Trató de explicármelo, como si yo fuera a escucharla, a comprenderla.

Me mostró el cuaderno de notas y lo que había escrito en él aquella noche.

Y yo solo era capaz de pensar en que iba a arrebatarme a Allan.

Otra vez. Entonces fue como si algo extraño se apoderase de mí.

Agarré el pañuelo y apreté. Fuerte. Ella no opuso resistencia, y yo seguí apretando hasta que dejó de respirar.

Y hasta que aquellos ojos suyos tan bonitos se apagaron. Luego, me marché.

Patrik arrojó a la papelera las servilletas mojadas. Aún le costaba asimilar lo que acababa de oír.

—Es su palabra contra la tuya —dijo—. Allan asegura que la mató él, y ahora tú dices que la mataste tú. ¿Cómo sé que estás diciendo la verdad? ¿Cómo sé que no estás tratando de salvarlo?

Intentó interpretar la expresión del rostro de Yvonne. En aquel caso, nada parecía seguir ninguna línea ni un patrón determinado.

—No habéis hecho público el detalle del pañuelo.

Eso solo lo conoce el autor de los hechos.

Y, además, encontraréis mis huellas dactilares en el cuaderno.

Me lo llevé y se lo regalé a Allan por su cumpleaños.

Como prueba de cuánto lo quiero y para mostrarle lo que he hecho por él.

Y que él esté dispuesto a asumir la culpa por mí me basta. Con eso, ya sé lo que hay.

Patrik guardaba silencio. En ese momento, le vibró el móvil. Un mensaje de Erica.

«Tengo que hablar contigo. Ven a casa cuanto antes».

Se levantó.

—Yvonne Rudberg, quedas detenida por el asesinato de Aino Lönnrot.

Fue a buscar a Gösta. Yvonne se quedó inmóvil junto a la mesa, con el bolso en el regazo.

—¿Qué es lo que no podía esperar?

Patrik miraba a Anna y a Erica, que estaban sentadas en el sofá del salón.

—Anna ha encontrado una cosa —dijo Erica, y señaló un cuaderno rosa ajado y enrollado que había en la mesa.

—Dan ha comprado para los niños el viejo bote de Sofie, y con él venían un montón de chismes —dijo Anna—. Entre otras cosas, un termo. Cuando iba a fregarlo, encontré esto en el interior. Tuvo que pertenecer a Sofie.

Patrik se sentó a su lado y alargó el brazo en busca del cuaderno. Lo abrió con cuidado y empezó a leer en silencio.

En la garganta se le formó un nudo que crecía sin cesar. Sofie no escribía a diario, no era un diario abultado. Aun así, las anotaciones esporádicas revelaban mucha información. Cuando terminó de leer, dejó el cuaderno encima de la mesa.

—¿Vosotras lo habéis leído? —preguntó a Erica y a Anna, que habían guardado silencio durante la lectura.

Ellas asintieron. Ninguno de los tres dijo nada en un buen rato.

—Supongo que acabo de conseguir la última respuesta que necesitaba —dijo Patrik—. Joder. Cuántas cosas. Una reacción tras otra. Fue algo así como la tormenta perfecta. Si un solo factor hubiera sido distinto, si una sola de las personas implicadas hubiera sido sincera…

—Por primera vez en la vida me he planteado si se puede amar demasiado —dijo Erica.

Patrik asintió.

—Demasiado. Demasiado poco. Y todos los grados intermedios.

Magdalena, que no recibió de Monica el amor que merecía.

Yvonne, que quería a Allan más que a su hija.

Allan, que quería a su hijo muerto y, por así decirlo, lo trajo de vuelta a la vida.

Bengt y Gun, que tomaron una decisión funesta por amor a su hijo.

Y el amor que Jocke y Magdalena sentían el uno por el otro.

Y que tuvo unas consecuencias terribles.

Anna señaló el diario.

—¿Qué hacemos con él?

—Mañana me lo llevaré a la comisaría —dijo Patrik—. Puede esperar hasta entonces.

—En fin, por mi parte, yo esta noche les daré a mis hijos unos besos de propina —dijo Anna.

Abrazó con fuerza a Erica.

—Os dejo. He llamado a Dan, ya va para casa. Os manda un abrazo.

—Dale otro de nuestra parte —dijo Erica cariñosamente.

Miró a Patrik.

—¿Qué te parece si recogemos hoy un poco antes a los diablillos? Falta una hora para la salida, pero siento que esta casa necesita llenarse con un poco de pelea fraterna y de discusiones sobre a quién le toca usar el mando a distancia.

—Desde luego —dijo Patrik—. Yo voy por ellos, tú quédate aquí con Nora.

—Muy bien. Iré preparando un chocolate caliente y unos sándwiches para cuando lleguéis. Igual podemos bajar a la playa y hacer un pícnic.

—Un plan perfecto.

Patrik besó a Erica en la mejilla y le dio a Anna un abrazo de despedida. Echó una última ojeada al diario antes de marcharse. Esa noche pensaba dar a sus hijos tanto amor como fuera posible.

All Apologies — Nirvana

Todo se ha ido a la mierda. Absolutamente todo. Estaba segurísima. Pero luego cambié de idea cuando llegué. No podía hacerle eso a Magdalena. Pero luego encontré la nota. Y supe que tenía razón. Que él también me quería a mí.

Pero me equivoqué. Y mucho. Él no me quiere.

Me odia. Me ha llamado puta. Me ha dicho que quiere que me muera.

Magdalena también. Se ha quedado ahí mirando.

Y la mirada de él… He visto su mirada mientras me estrangulaba.

El odio que irradiaban sus ojos. Quería matarme. Aunque no lo consiguió, quería matarme.

Ellen también me odia. Todo el mundo me odia. No tengo a nadie. El colegio es una mierda. El instituto tampoco será mucho mejor.

Ahora entiendo a Kurt Cobain. Que puede ser demasiado doloroso vivir. Mi vida ha terminado esta noche.

Todos quieren que desaparezca. Pues os daré lo que queréis.

Ya no tengo fuerzas para escribir más. Espero que os arrepintáis cuando leáis este diario.

Podéis iros todos a la mierda.

Unos golpecitos en la puerta del baño sacaron a Rita de sus cavilaciones. Pensaba en el traslado a España, en lo mucho que echaría de menos a Paula y a los nietos. En la nueva vida.

—¡Eh! ¿Puedes recogerme en la comisaría dentro de un cuarto de hora?

—dijo Bertil desde el otro lado de la puerta—.

Me han enviado un mensaje, quieren entregarme un regalo de despedida.

No tengo guardado el número, pero seguro que es alguien de la clientela fija, o un ciudadano que quiere darme las gracias por todo lo que he hecho por este pueblo.

Como ya lo tenemos todo listo para la partida, nos vamos a comer en cuanto llegues.

Llevaban dos maletas cada uno, y Paula les ayudaría a almacenar el resto de las cajas de la mudanza en un guardamuebles. Rita había seleccionado los muebles que quería conservar, los demás también pensaban dejarlos guardados.

—De acuerdo, te recojo dentro de quince minutos —dijo Rita—. ¡Te quiero!

Se subió los pantalones y se lavó las manos.

La cara que la observaba desde el espejo brillaba sonrosada de felicidad.

Claro que se le encogía el corazón al pensar que ya no vería a sus nietos con tanta frecuencia, pero Paula le había enseñado a usar la aplicación Facetime.

Al menos, podrían hablar y verse a diario.