El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves, una semana después #8
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Jueves, una semana después #8

Sentía que era una decisión perfecta. Nunca llegó a creer que Bertil fuera capaz de dejar el trabajo por voluntad propia.

Los demás miembros de la comisaría nunca fueron conscientes de lo importantes que eran para él.

Era uno de los puntos débiles de Bertil, que no era capaz de mostrar a las personas lo mucho que significaban para él.

Pero ella lo sabía. Y esperaba que los compañeros, en el fondo, también lo supieran.

Luego estaba el tema de Ernst. El animal no aguantaría ni el viaje en avión ni el calor del sur de Europa, así que habían decidido que se quedara con Paula, al menos al principio.

Rita no sabía cómo iba a superar Bertil la añoranza y el vacío que dejaría el animal.

Tampoco quería que se notara lo importante que el animal era para él.

A ella no le costó mucho despedirse del apartamento.

Después del período que pasó con el cáncer, había quedado vinculado para siempre a las noches llenas de angustia por el miedo a morir y a las horas que pasó vomitando con la cabeza en el retrete.

Mientras estuvo enferma sintió como si las paredes estuvieran impregnadas de muerte, y nunca logró deshacerse del todo de esa sensación.

Paula y los niños lo llenarían de vida nueva.

Un cosquilleo de expectación le recorría el cuerpo.

Se sentó delante del ordenador que estaba en la mesa de la cocina y buscó de nuevo las fotos del apartamento.

Estaba deseando amueblarlo y, en gran medida, ya lo había hecho mentalmente.

En el balcón pondrían muebles de ratán de color claro con cojines en color azul.

Le encantaba el azul. También el dormitorio de matrimonio quería decorarlo en azul y blanco.

¡Qué noches maravillosas pasarían en el balcón! Sentados uno junto al otro mientras contemplaban la puesta de sol. Noches tibias, hermosas, que no se acababan nunca. Había metido en el equipaje una buena pila de libros para leer.

Siguió pasando las fotos. La cocina era su pieza favorita.

Amplia y luminosa y abierta a la sala de estar.

Estaba deseando ir a hacer la compra. Quizá encontrara tiendas de comestibles aparte de las de siempre.

Tomates frescos, madurados al sol. Pescado recién sacado del mar.

Buen jamón y almendras tostadas. Tendría tiempo para pasar horas en la cocina.

Preparar cada noche una cena que luego podrían disfrutar en el balcón, acompañada de un buen vino español.

Rita miró el reloj. Era hora de ir a buscar a Bertil.

Habían reservado mesa en el Telegrafen, y se verían allí con Paula, Johanna y los niños para celebrar una cena de despedida.

Se alegraba de que las chicas se llevaran bien, a pesar de todo.

Para los niños era perfecto, y ella se sentía más tranquila. Se las arreglarían bien.

La comisaría no estaba lejos, y Rita no tardó en aparcar delante del edificio, casi justo un cuarto de hora después de que Bertil se marchara de casa.

Al cabo de unos minutos, sacó el móvil y le mandó un mensaje:

«¡Estoy en la puerta!».

Transcurrieron cinco minutos, luego diez. Ni respuesta ni Bertil a la vista. Empezó a tamborilear irritada en el volante. Capaz era de haberse dormido. O de haberse retrasado charlando con algún colega.

Rita suspiró y se bajó del coche. Se acercó a la puerta.

Qué raro. Estaba cerrada. Dio unos golpecitos, pero las luces estaban apagadas.

No parecía que hubiera nadie allí dentro.

Sacó el móvil del bolsillo y llamó a Bertil.

Y enseguida oyó el sonido débil del teléfono en algún lugar, pero no procedente del interior.

Desconcertada, dobló la esquina y continuó por el lateral del edificio sin dejar de llamar. El tono sonaba cada vez con más fuerza. Cuando llegó a la parte trasera se paró en seco. En el suelo había algo parecido a un fardo. Se acercó a la señal que procedía de él.

Cuando llegó un poco más cerca, se detuvo de pronto.

Bertil yacía bocarriba, con el teléfono sonando en la mano con un timbre histérico.

A Rita casi se le doblaron las piernas, pero hizo un esfuerzo por seguir adelante.

Se inclinó y dejó escapar un grito. La sangre había brotado de una herida en el cuello y había formado un dibujo alrededor de aquel corpachón.

Su querido Bertil miraba inexpresivo al cielo sin ver nada. Era tarde. Ya era demasiado tarde.

Patrik detuvo el coche cuando llegó a la altura del Club de Vela.

El Victoria se encontraba sobre unas cajas de madera junto al cobertizo de Dan.

La mitad del casco ya estaba pintado, y el nombre relucía dorado en la popa.

Él no era creyente, el del servicio religioso de Navidad en Fjällbacka era el único día del año que iba a la iglesia, salvo que se celebrara un bautizo, una boda o un entierro, pero tampoco creía en la casualidad.

Alguien había intervenido para que el diario de Sofie llegara hasta ellos cuando más lo necesitaban.

Sin él, la última pieza del rompecabezas siempre habría estado rondándole los pensamientos.

Sofie se suicidó. Sobrevivió al intento de ahorcarse, pero perdió el conocimiento, de modo que Jocke y Magdalena creyeron que estaba muerta.

Lo que sucedió aquella noche la empujó al abismo.

En su desesperación, cogió la soga del cuarto de Gabriel, la ató a la barra del armario de su dormitorio y se la amarró al cuello.

Y el Victoria llevaba treinta años guardando su último mensaje.

Patrik se alegraba de que el barco volviera a la vida.

Arrancó el motor y giró a la derecha. La guardería se encontraba en la calle Nestorsvägen, conectada con el colegio, lo que resultaba muy práctico. Podían dejar a los niños y recogerlos en el mismo lugar.

Empezó por Maja. No era tan abierta y extrovertida como los gemelos.

Maja irradiaba una seriedad de adulta que a veces lo llenaba de orgullo y a veces, de preocupación.

Reconocía en ella muchos rasgos de Erica.

Y quería que Maja, a diferencia de su madre, pudiera seguir siendo una niña todo el tiempo posible.

—Hola, papá.

La pequeña sonrió serena y lo saludó con la mano mientras él se le acercaba por el patio del colegio. No hizo amago de darle un abrazo, aunque Patrik sabía que lo estaba deseando, así que él le dio un abrazo enorme y la levantó por los aires.

—¡Papá! ¡Mis amigos…! —se quejó bajito, pero correspondió de todos modos al apretón de su padre.

Patrik la dejó en el suelo y le dio la mano con una sonrisa.

—Es mi deber sacarte los colores en público.

—¡Anda ya!

—Que sí, es verdad, cuando tienes un hijo, ya en el mismo hospital materno, te obligan a firmar un contrato donde te comprometes a sacarle los colores en público.

—Anda ya, papá, qué bobo eres —dijo Maja.

La risa de Maja le aligeró el peso que sentía dentro.

—¿Vamos a buscar a tus hermanos? Mamá está preparando la merienda, nos vamos de pícnic a la playa.

—¿Podemos bañarnos?

Patrik negó con la cabeza.

—El agua está demasiado fría todavía, pero pasaremos un buen rato de todos modos.

—Bueno, vale, pero ¿no podemos quitarnos los zapatos y chapotear en el agua por lo menos?

Patrik estaba a punto de decir que no, pero se lo pensó y le sonrió feliz.

—Por supuesto que sí.

Saludó a Lisa, la pedagoga de la guardería. Anton y Noel la adoraban.

—Hoy pensaba llevarme a los chicos un poco antes, ¿sabes dónde están?

Miró por el patio, que estaba lleno de niños.

—Pues acabo de ver a Anton en la torre del columpio. A Noel llevo un rato sin verlo, pero voy a buscarlo.

—Estupendo, gracias.

Patrik y Maja se acercaron al columpio. Anton colgaba bocabajo y los saludó feliz con la mano en cuanto los vio.

—¡Mira lo que hago! ¡Ya llevo así mucho rato!

—¡Vaya! ¡Como un artista de circo! —Patrik lo bajó al suelo—. Venga, encontramos a Noel y nos vamos a casa.

—Nos vamos de pícnic a la playa —dijo Maja con tono de superioridad—. Y podremos meter los pies en el agua, papá me lo ha prometido, pero tendréis que subiros los pantalones para no mojaros.

—Noel se ha ido —dijo Anton, antes de echar a andar.

Patrik cogió a Maja de la mano y fue tras él.

—¿Qué has dicho? ¿Adónde se ha ido Noel?

—Han venido a buscarlo —dijo Anton, y empezó a saltar a la rayuela que había pintada con tiza en el suelo.

Patrik sintió cierto vértigo al oírlo. ¿Qué era lo que acababa de decir su hijo? Patrik lo agarró del hombro.

—Anton, esto es importante. ¿Qué quieres decir? ¿Quién ha recogido a Noel?

Anton se encogió de hombros.

—No lo sé. Yo estaba muy lejos, en la otra parte del patio. Solo vi que Noel se iba con alguien, y me pareció una injusticia no poder ir con él.

El pequeño arrugó el morro disgustado.

El tiempo se fue ralentizando hasta que se detuvo por completo. La preocupación empezó a provocarle náuseas en el estómago. Apretó con fuerza la mano con la que agarraba el hombro de Anton.

Lisa se les acercó con una expresión inquieta en la mirada.

—No consigo dar con Noel. Lo hemos buscado dentro y fuera. Anton, ¿tú lo has visto?

Patrik no reconoció su propia voz cuando respondió:

—Dice que alguien ha venido a recoger a Noel. Que alguien se lo ha llevado.

El rostro de Lisa palideció en el acto.

Patrik se agachó delante de su hijo.

—¿Viste si era un hombre o una mujer?

—No, llevaba una chaqueta enorme con capucha. Una chaqueta negra.

Patrik logró ponerse de pie, a pesar de que sentía en el cuerpo una debilidad extraña. Con el corazón desbocado en el pecho, sacó el teléfono. Comprobó con sorpresa que tenía diez llamadas perdidas de Gösta, y lo llamó enseguida con mano temblorosa.

—Gösta, llama a Mellberg. Llama a todo el mundo. Noel ha desaparecido.

—Estoy en la comisaría, Patrik —dijo Gösta con un nudo en la garganta—. Mellberg está muerto. Lo han asesinado.

Patrik perdió el equilibrio un instante. La tierra se tambaleaba cada vez más bajo sus pies.

Mellberg, muerto. Noel, desaparecido.

El corazón se le desbocó hasta que sintió que iba a estallarle el pecho. Luego, todo se fue a negro.