El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves, una semana después #6
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Jueves, una semana después #6

Después de su primera reacción al saber que el barco que Dan había comprado había pertenecido a Sofie, Anna terminó considerando que en realidad era una idea preciosa.

Ella no conoció a Sofie en persona, pero, a lo largo de los años, había visto en la prensa infinidad de fotos de la joven justo en ese barco.

Y se la veía feliz. Siempre aparecía con una gran sonrisa, sentada en el borde del bote con la barra del timón en una mano y la escota en la otra.

El escurridor ya estaba limpio, y lo enjuagó bajo el chorro del grifo.

El siguiente objeto era un termo. Aparte de la suciedad, parecía en buen estado, pero la angustiaba un poco pensar en lo que encontraría cuando desenroscara la tapa.

No quería saber cómo olía un chocolate de hacía treinta años.

Por un momento, sopesó la posibilidad de tirarlo a la bolsa de la basura con el resto de los trastos, pero, la verdad, estaba como nuevo.

Le costaba tirar algo que se podía usar.

Y, además, había pertenecido a Sofie. Al final, Anna se decidió y quitó la tapa.

Contuvo la respiración, pero no percibió ningún olor. Tal vez estuviera vacío.

Miró en el interior. Allí dentro había algo. Lo colocó con cuidado en el fregadero y se quitó los guantes. Se secó las manos a conciencia antes de sacar lo que había en el termo. Parecía un cuadernillo enrollado.

Anna se fue con él al sofá. Lo puso en la mesa. Era rosa y en la cubierta se leía Diario .

Cuando comprendió qué era lo que tenía delante, empezaron a temblarle las manos. Lo abrió y empezó a leer. Luego sacó el móvil y llamó a Erica.

—¿Sigue ahí?

Annika miró a Patrik desde su puesto tras el cristal de la recepción.

—El Führer ha abandonado el edificio. Para regresar mañana temprano.

—Vaya, ¿tan horrible es?

—No me sorprendería que Paula, Martin y Gösta estuvieran rematando su carta de dimisión en estos momentos.

Patrik frunció el ceño.

—Hablaré con ellos.

—Están en la cocina. Mellberg se ha ido a casa, iba a hacer el equipaje.

Patrik se dirigió a la cocina a toda prisa. Lamentaba no haber estado en su puesto en la comisaría, pero debía llevar a cabo los interrogatorios. Por la investigación y por sí mismo.

—Hay tarta. Tarta de entierro —dijo Paula sombría desde el lugar donde estaba sentada, de espaldas a la ventana.

Patrik se sirvió un café y señaló a Martin, que estaba sentado a un extremo de la mesa y miraba con una sonrisita.

—Tú no pareces tan abatido como Gösta y Paula —dijo.

Martin se encogió de hombros.

—El ambiente ha sido hoy tan deprimente en la comisaría que nadie parece haberse fijado en esto.

Sostuvo en alto la mano izquierda, y Paula soltó un grito.

—¿Cómooooo? ¿Se lo has pedido? ¿Y cómo lo has hecho? ¡Con la de planes maravillosos que tenía yo! Había pensado que podíamos organizar un flashmob , o que podríais ir a comer al Gästgifveriet y que los anillos estuvieran escondidos en el postre, o que…

Martin agitó la mano y contempló su anillo con admiración.

—Me di cuenta de que quería pedírselo de un modo que fuera como somos nosotros.

Nos encanta la vida que llevamos en casa.

Las tardes en el jardín. Asar carne en la parrilla y tomar una copa de vino mientras los niños juegan.

Cosas normales y corrientes, ya sabéis. Así que ayer me armé de valor justo después de una de esas tardes. ¡Y Mette me dijo que sí!

—Sí, ya nos hemos dado cuenta.

Paula se acercó para abrazarlo.

—Felicidades —dijo Gösta, y le dio también un abrazo, solo que algo más torpe. Luego se volvió rápidamente.

—Pero, Gösta, hombre, ¿estás llorando? —dijo Patrik con una amplia sonrisa, al tiempo que se acercaba para abrazar a Martin él también.

—Qué va, es que me ha entrado algo en el ojo —dijo Gösta, y se secó con la manga.

—Ya, claro —dijo Paula.

Patrik miró hacia las dos pizarras, que estaban llenas de las notas acerca de los asesinatos de Sofie y de Aino. De su vida y su muerte. De ganancias y pérdidas. Amor y odio.

—Bueno, pues parece que ya es hora de borrar esto —dijo.

—De todos modos, no hay forma de leer tu letra —repuso Martin mientras Paula examinaba el anillo—. Por cierto, ¿qué tal en Uddevalla? Te has perdido el encuentro militar que hemos tenido con el nuevo jefe.

—Uf, no quiero ni oírlo.

Patrik se sentó en una silla, se sirvió un buen trozo de tarta en un plato y empezó a comer.

—Da la impresión de que deberíamos haber convencido a Mellberg de que se quedara —dijo.

—Yo a lo mejor me mudo después de él a Torrevieja —dijo Gösta—. Allí hay muchas y muy buenas pistas de golf.

Patrik miró a Gösta, luego a Martin y a Paula.

—Aquí no se va nadie —dijo con un temblor en la voz del que él mismo se sorprendió—. Puede que no sea para tanto, habrá que darle una oportunidad. Pero sí, a ver, lo de Uddevalla.

Suspiró, tomó un sorbo de café para ordenar los pensamientos.

—Estuve hablando con Allan, y también con Gabriel. Poco después de que Joakim y Magdalena dejaran a Sofie ya cadáver llegó Gabriel. Ha confesado que la espiaba delante de su ventana.

—Menudo guarro —masculló Paula.

—Pues sí, esa noche fue a mirar por la ventana.

Y esto es lo único que todavía no me encaja.

Según él, encontró a Sofie ahorcada. Creyó que lo culparían a él, teniendo en cuenta cómo era la relación de ambos y también el hecho de que estaba colgando de una soga que le pertenecía.

Así que la descolgó y la llevó al cobertizo para ganar tiempo y pensar qué hacer con ella.

Allan lo vio salir de allí, sintió curiosidad y fue a mirar.

Encontró a Sofie y creyó que la había matado Gabriel.

No vio la soga, que Gabriel había dejado en el bote.

Así que decidió deshacerse del cadáver para proteger a Gabriel.

Y el resto, ya lo sabéis: ocultó a Sofie en la tumba del cementerio.

Aino lo vio llevando a Sofie, pero no supo qué era lo que había visto hasta el día siguiente, cuando oyó la noticia de que Sofie había desaparecido.

Dedujo lo que había ocurrido, pero guardó silencio durante estos treinta años.

Por amor a Allan, supongo. Ahora que había empezado a sufrir demencia, y quizá por ello, o quizá porque se le avivó la conciencia cuando apareció el cadáver de Sofie, decidió contarlo todo. Y entonces Allan la mató.

Patrik iba alternando la mirada entre las dos pizarras y sus colegas. ¿No sonaba como un paquete de regalo muy bien envuelto? ¿O era eso justo lo que indicaba que habían llevado a cabo un buen trabajo policial?

—Todo encaja, salvo que las versiones de Jocke y de Gabriel sobre cómo murió Sofie no coinciden —dijo Gösta.

Patrik asintió.

—El propio Jocke ha dicho en el interrogatorio que no podían pensar con claridad. Que gran parte de lo que ocurrió aquella noche resultaba confuso. El hecho de que devolvieran los vaqueros de Ellen, por ejemplo, no fue resultado de un planteamiento lógico, sino más bien un impulso del momento.

—Y pensar que la nota que había en el bolsillo, la que Dan le había escrito a Ellen, fue lo que activó la reacción en cadena —dijo Martin.

Se quedó haciendo girar el anillo en el dedo. Brillaba al sol que entraba por la ventana.

—Lleva tiempo acostumbrarse —dijo Patrik—. Pero dentro de unos años te sentirás desnudo sin él.

—¿Has hablado con Yvonne? —dijo Gösta—. ¿Le has preguntado por qué le proporcionó una coartada a Allan?

—Pienso hacerlo. Supongo que sospechó de Allan cuando oyó que estaba mintiendo a la policía. Pero sí, claro, hablaré con ella.

Paula miró a Patrik con un gesto elocuente.

—Hablando del rey de Roma… —dijo.

Patrik se volvió.

Yvonne estaba en la puerta de la cocina.

—¿Podría hablar con alguno de vosotros?

Patrik alternó la mirada de las pizarras a Yvonne, quería que la mujer se alejara cuanto antes de la cocina.

—Puedes hablar conmigo —dijo.

Se levantó y la llevó a su despacho.

Le indicó con la mano que tomara asiento, y ella se sentó y agarró con fuerza el bolso que tenía en el regazo.

—En primer lugar, quiero preguntarte una cosa —declaró Yvonne.

Patrik tomó asiento detrás del escritorio.

—Adelante —dijo—. Pero no puedo prometer que me sea posible contestar, si se trata de algo relacionado con la investigación.

—¿Verdad que ahora que Joakim ha confesado que mató a Sofie, a Allan solo lo acusarán del asesinato de Aino?

—Así es. Allan ha confesado que él mató a Aino.

Yvonne agarró el bolso con más fuerza.

—Quiero a Allan desde el instante en que lo vi.

Creo que ni él mismo comprende hasta qué punto.

Y siempre he creído que él me quería a mí también.

Ahora sé que es verdad. Que está dispuesto a sacrificarlo todo.

No solo por Gabriel, sino también por mí.

Eso es lo único que me importa. Pero justo por eso no puedo dejar que lo haga.

Dejó escapar un sollozo y se aferró al bolso de nuevo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Patrik.

Se cruzó de brazos y trató de comprender qué era lo que intentaba decirle Yvonne.

La mujer negó despacio con la cabeza.

—Al principio yo solo competía con Gabriel. Nunca podría ganar esa batalla, Allan estaba obsesionado con su hijo. Ahora comprendo por qué, pero entonces solo sentía que yo no era suficiente. Que jamás podría rivalizar con la relación que ellos tenían. Y Gabriel no era un niño que se hiciera querer.

Miró a Patrik con un gesto amargo en los labios.

—Yo veía cómo trataba Gabriel a Sofie, pero no hice nada. Porque sabía que por cada crítica que profiriese, Allan me querría un poco menos.

Se pasó la lengua por los labios, y Patrik salió un momento para ir a buscar unos vasos de agua.

La mujer bebió agradecida antes de dejar el vaso sobre la mesa.

—Hasta que un día noté que Allan estaba cambiando. Al principio no comprendía por qué, no quería comprenderlo, pero con el tiempo me di cuenta de que había otra. Y esa otra era Aino. Ahora no solo Gabriel lo apartaba de mí, sino ella también.

Se oyó otro sollozo. Yvonne pasó los dedos por el bolso.