El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves, una semana después #5
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Jueves, una semana después #5

Gabriel se encogió de hombros.

—Sofie y yo no nos llevábamos bien. Éramos como el perro y el gato.

—Sí, ya lo sé. Aun así, delante de su ventana hallamos unos restos biológicos de esperma que se corresponden con tu ADN, según los resultados de los análisis. ¿Eso cómo se explica?

Gabriel lo miró extrañado.

—Pues porque era guapa. Y no éramos parientes. Solo hermanastros. Cuando echaba las cortinas, quedaba una rendija, así que se veía el interior de su cuarto. Vamos, hombre, tú también has sido adolescente, ¿no?

Patrik se tragó las náuseas que le subían por la garganta. No podía decir todo lo que quería decirle al hombre que tenía delante. Estaba allí para conseguir las últimas respuestas. Lo que más deseaba en el mundo era dejar atrás aquella investigación.

—¿Por qué la cambiaste de sitio? Jocke ha confesado que la dejaron en la cama después de que él la estrangulara.

—Ya, pero eso no es verdad —dijo Gabriel con el ceño fruncido—. Me paré a mirar por la rendija de las cortinas cuando volví a casa de la fiesta. Y entonces aún estaba allí colgada.

—¿Colgada? —dijo Patrik—. ¿Puedes explicarte?

—Estaba colgada de una soga en su armario.

Mi soga. Enseguida pensé que se había suicidado, y que me cargarían a mí la culpa.

Así que entré en su cuarto y la descolgué de la barra del armario.

No sabía qué hacer con ella, así que se me ocurrió ganar tiempo para pensar en algo.

Y la única que entraba en el cobertizo era Sofie, mi padre e Yvonne no iban nunca.

La llevé allí, le quité la soga, la dejé en el barco y escondí el cadáver bajo una lona.

Luego me fui a dormir. No tenía ni idea de que mi padre me había visto.

Gabriel clavó la mirada en la mesa meneando un poco la cabeza.

—La mañana siguiente, cuando fui a ver, Sofie había desaparecido.

Solo quedaba la soga. No entendía nada. Había pensado deshacerme de la soga, pero mi padre claveteó la puerta del cobertizo.

Así que desistí. Pasé meses que no me llegaba la camisa al cuerpo, pero la policía no encontró nada, y yo guardé silencio.

Pensé que había esquivado una bala. ¿Cómo lo has llamado antes? ¿La mano de Dios?

Gabriel miró a Patrik a los ojos y se echó a reír.

Patrik se estremeció; el hombre que tenía delante le desagradaba hasta unos límites insospechados.

Trató de encajar todos los datos contradictorios de que disponía. ¿Estaba mintiendo Jocke sobre cómo mató a Sofie? ¿Por qué haría algo así?

—¿No viste ninguna carta de despedida? —preguntó.

—No había nada —dijo Gabriel—. Nada.

—¿Y estás seguro de que no estaba tendida en la cama? ¿Y de que estaba colgada en el armario?

—Puedes jurar que sí. Estuve un rato trajinando para poder bajarla. El armario es alto. Tenía la cara azul y la lengua como inflamada y colgándole por fuera de la boca.

El tono de Gabriel se volvió apagado y sordo. Luego levantó la cabeza con gesto retador.

—Las causas de Gotemburgo han prescrito. La última, hace un mes. Pronto estaré libre otra vez.

—Me parece que a tu abogado se le ha pasado darte cierta información —dijo Patrik secamente—.

He venido hablando con el fiscal. Una de las víctimas tenía dieciséis años y otra, diecisiete.

En su caso, el plazo de prescripción no empezó a contar hasta que cumplieron los dieciocho.

Así que yo en tu lugar no estaría tan seguro.

Gabriel resopló y su mirada cobró de nuevo una negrura desagradable.

Patrik supuso que sería la que las víctimas de Gabriel veían durante las agresiones.

Si hubiera dependido de él, lo habría encerrado y habría arrojado la llave al mar.

Pero sabía que, tarde o temprano, Gabriel volvería a estar libre.

Y Patrik no estaba seguro de que no atacara de nuevo.

—Adiós, Gabriel —dijo al tiempo que se levantaba—. Espero que no volvamos a vernos nunca más.

Cuando abandonó el edificio de la prisión, Patrik aspiró el aire limpio y algo fresco de principios de otoño. La puerta se cerró a su espalda y, a pesar de todo, sintió cierta satisfacción. A fin de cuentas, habrían de pasar muchos años antes de que Gabriel recuperase la libertad.

Ellen abrió despacio la verja del cementerio.

Dudaba y, a pesar de todo, sentía una atracción inexorable hacia el lugar donde sabía que residía el dolor.

Lo había ido sintiendo cada vez con más fuerza.

Curiosamente, gracias a ello ese dolor se le hacía más llevadero.

Era como si hubiera estado dormida toda la vida y de pronto se hubiera despertado.

Con cada paso que daba hacia la tumba en la que había estado enterrada Sofie iba creciendo el duelo en su interior.

Y una sensación cada vez más clara de haber llegado a un final.

Ya lo habían recogido casi todo. Bengt la había ayudado a encontrar una casa que alquilar en Gotemburgo con poco tiempo de antelación.

Gracias a sus contactos, Ludvig había conseguido un trabajo de prácticas en una empresa de construcción.

Y Elsa no había perdido un instante y se había matriculado ella solita en restauración, naturalmente.

Ellen no sabía aún qué iba a hacer. Tendría que darle tiempo al tiempo.

Primero debía adaptarse a las normas de un mundo que era del todo nuevo, donde el canto de generaciones de plañideras resonaba en su interior.

La fuerza de su lamento crecía a medida que se acercaba a la tumba donde había descansado Sofie.

Ellen no tenía miedo. Jamás se había sentido más cerca de su madre que cuando notaba cómo cobraban forma en su interior aquellas melodías.

Aino vivía dentro de ella. Al igual que su abuela.

Y su bisabuela. Y su tatarabuela. No estaba sola. Nunca estaría sola.

Mientras recorría el sendero de grava iba oyendo las voces que se alzaban de las tumbas. No veía a los muertos, pero su presencia era tan palpable como si estuvieran vivos.

El día anterior había ido a comprar un cuaderno de notas. No de color lila, como el de su madre, sino uno azul oscuro. Un libro de las lamentaciones. Ya sabía cuál sería la primera anotación. De quién sería.

Cuando se detuvo ante la tumba donde yació Sofie, cruzó las manos e inclinó la cabeza. Con los ojos cerrados, dejó que aquella melodía especial, la melodía de Sofie, fuera creciendo en intensidad, hasta que terminó conociéndola de memoria.

Ellen abrió la boca, aún con los ojos cerrados, y dejó que brotara el canto.

Era tan incuestionable como si lo hubiera oído mil veces con anterioridad.

Generaciones de plañideras cantaban con ella, con unas voces que envolvían a la suya.

En una de esas voces, Ellen oía a su madre.

Aino habitaba en su interior, todas cantaban juntas por el alma de Sofie.

Las últimas notas se extinguieron, y Ellen abrió los ojos. Por primera vez en muchos años lo vio todo claro. Todo iba a salir bien. Ella y los niños estaban juntos. Gabriel palidecería hasta convertirse en un recuerdo oscuro y lejano. Y ella había encontrado por fin su voz.

Cuando salió del cementerio, sintió el alma de Aino caminando a su lado.

Anna disfrutaba del buen tiempo. Sabía que los días de sol irían disminuyendo poco a poco, y que les aguardaba un largo invierno. Ella no era muy amante del invierno. Necesitaba el sol para funcionar.

Hacía un día perfecto para preparar el jardín: lavar los muebles y cubrirlos; proteger los rosales con sacos de yute. Dan le había dicho que esperase hasta que volviera del barco, pero ella quería disfrutar fuera del buen tiempo, y decidió empezar sin él.

Después de lavar los muebles, admiró su obra. Le encantaba usar el agua a presión. Ahora dejaría que se secaran al sol antes de cubrirlos con una lona, y eso también resultaba más fácil siendo dos.

Fue a buscar un café y se sentó en la escalera que bajaba de la terraza al césped.

Revisó lo que había ideado para la casa de Bengt y de Gun.

Después de que Gun la llamara, sacó de nuevo los bocetos y se alegró de poder continuar con el proyecto.

También había empezado a trabajar con el nuevo restaurante de Grebbestad, que abriría el próximo verano.

Ese proyecto era sobre todo un reto estético.

El propietario tenía debilidad por el oro y los tejidos oscuros y pesados, así que sería difícil tratar de convencerlo de que tal vez fuera más apropiado optar por tejidos y colores claros.

Era el eterno dilema del decorador: tener que transigir con la falta de gusto y de juicio del cliente.

Anna contempló el jardín. Las rosas quería dejarlas para el final. Para ella constituía el último gesto simbólico que confirmaba que el verano había tocado sin remedio a su fin.

La caja de plástico que venía con el bote estaba al pie de la terraza.

Esa sería la próxima tarea. Se agachó para levantarla.

Pesaba mucho, pero no tanto como para que no pudiera trasladarla ella sola.

Tenía una buena capa de polvo y de suciedad, al igual que los objetos que había en su interior.

Los limpiaría en el lavadero, aunque la mayor parte irían a la basura.

Dejó la caja en el suelo y se puso un par de guantes de goma de color rosa antes de empezar a llenar el fregadero con agua caliente y jabón.

Saltaba a la vista lo que era para desechar, así que empezó por los objetos más pequeños, que parecían dignos de conservarse, y fue tirando el resto.

Tiró latas de refresco vacías, envoltorios de helados, bolsas y cuencos de plástico y otras cosas que estaban estropeadas.

Los niños se pusieron contentísimos con el bote. Dan había comenzado con las reparaciones, y ya se veía lo bonito que iba a quedar. Anna y él les habían advertido que tendrían que esperar hasta el verano próximo para salir a navegar.

El nombre habían decidido conservarlo. Dan se esmeró en rellenar las letras doradas con pintura nueva. No les pareció bien cambiarlo. Victoria era el nombre que había elegido Sofie.