Jueves, una semana después #4
—Mi mujer y yo pensamos que, a nuestra edad, estaría bien llevar una vida más tranquila. Lejos de la capital. Hemos encontrado una casa maravillosa en una de las islas, y la hemos alquilado. Con opción a compra, si al final nos gusta.
—Volver a vivir en plena naturaleza. Rebajar la tensión. Lo entiendo perfectamente. Mi mujer y yo hemos comprado un piso en Torrevieja y vamos a…
—¡Ya está la tarta! —gritó Annika desde la cocina.
Bertil Mellberg respiró aliviado. La tarta solucionaba todos los problemas.
—Será una tarta de despedida y de bienvenida al mismo tiempo —dijo con una sonrisa, y encabezó la marcha hacia la cocina.
—Patrik tardará aún un rato, así que podemos empezar sin él —dijo Annika, y se puso a cortar la tarta Princesa en trozos que iba colocando en los platos. Paula, Gösta y Martin acudieron enseguida en busca del suyo.
—El mejor momento del día, el café —dijo Martin encantado mientras Annika le daba su plato.
—Doy por hecho que tenéis un horario establecido para la hora del café, ¿verdad? —dijo Ulf, y Mellberg dio un respingo. ¿Cómo va a ser eso? ¿Un horario fijo para el café?—. Nunca me ha gustado eso de ir a tomar café de pronto, sin más. Solo sirve para promover la vagancia.
Bertil le dio a Ulf una palmadita en el hombro, pero se arrepintió al ver su mirada, y retiró la mano en el acto.
—Confieso que es posible que haya permitido que en esta comisaría se relajen un poco —dijo—. Pero estoy convencido de que tú sabrás poner orden.
—Estoy deseando trabajar con todos vosotros —dijo Ulf mirando a cada uno de los presentes—.
Trabajo duro, disciplina y rigor han sido las palabras clave a lo largo de toda mi carrera.
Tanto da si es en la comisaría de una capital o en la de una ciudad de provincias, los principios son los mismos.
Mañana, cuando empiece, me gustaría mantener una conversación personal con cada uno de vosotros, para hacerme una idea de vuestras expectativas, vuestros cometidos, vuestras costumbres y objetivos.
Gösta suspiró, y Ulf se volvió hacia él.
—¿Alguna objeción? Ya sé que, en los últimos tiempos, se ha puesto de moda el llamado liderazgo moderno.
El consenso. La codecisión. La jerarquía plana.
Desde este momento quiero que sepáis que para mí todo eso es la principal fuente de la ruina de nuestra sociedad.
Por mi condición de jefe, yo soy quien tiene la última palabra, cuando yo tome el mando no habrá abrazos grupales.
—¡Así se habla! ¡Más claro, agua! —Mellberg estuvo a punto de darle una palmadita en la espalda, pero consiguió detener la mano—. Yo creo que eso merece un poco de tarta.
Cogió un plato con un trozo y empezó a comer a grandes cucharadas. Lo único que se oía era el tintineo de las cucharillas mientras todos comían en silencio.
—Ahí lo tenéis, Ulf ya ha empezado a meteros en cintura.
Bertil se rio y alargó la mano en busca de otra ración.
Ya pensaría en el tipo playero más adelante.
Mañana temprano salía el avión rumbo a latitudes más cálidas.
Rita y él no tardarían en poder sentarse en el balcón con un vaso de sangría en la mano.
Los asesinatos estaban resueltos, la comisaría quedaba en buenas manos, aunque algo estrictas. Desde luego, la vida iba de maravilla.
Llamaron a la puerta. Erica dejó a Nora en la sillita y fue a abrir.
—¡Gun! —dijo sorprendida. Se hizo a un lado y la dejó entrar.
—No quisiera molestar.
—No molestas, pasa.
Gun tenía la cara surcada por profundas arrugas. La energía que irradiaba por lo general se había apagado, y parecía apática.
Se acercó a Nora y se agachó.
—Ay, qué linda es. —Acarició entre las suyas la manita de Nora—. Hay que ver, lo chiquitines que son al nacer y cómo crecen luego. Aun así, para nosotras siempre son pequeños.
Erica asintió mientras se preguntaba qué querría Gun.
—Te entiendo perfectamente, es como si la cosa fuera rápida y lenta a un tiempo.
—Disfrútala todo lo que puedas —dijo Gun, y soltó la mano de Nora. Cuando se levantó, le crujieron las rodillas.
—Siéntate —le dijo Erica con amabilidad al tiempo que le ofrecía una silla.
—Solo quería darte las gracias. Y explicarte… —Se le quebró la voz, y se sentó avergonzada, bajando la vista hacia la mesa.
—No tienes que explicarme nada. Ni tampoco darme las gracias —dijo Erica.
Cogió a Nora.
—¿Quieres tenerla en brazos? Le gusta estar en todas las salsas.
Nora confirmó sus palabras con una sonrisa enorme, y Gun la cogió encantada.
—Joakim también fue un niño bueno y alegre. Yo habría querido tener más, pero después de él sufrí varios abortos, y luego decidimos abandonar la idea.
—¿Has hablado con él? —preguntó Erica, y se sentó enfrente.
Gun negó despacio con la cabeza.
—Solo han transcurrido unas horas, así que todavía no hemos podido. No puedo ni imaginarme cómo está.
—Estaba bastante afectado, pero yo creo que ha hecho lo que más le convenía. Confesar.
Gun abrazó a Nora.
—Sé que cometimos un error cuando nos contaron lo que habían hecho. Lo que había hecho Joakim. Se nos vino el mundo encima. Lo único que teníamos en mente era protegerlo. No deberíamos haber actuado así. Deberíamos haber dejado que afrontara las consecuencias.
—Son nuestros hijos, Gun. Por ellos hacemos cualquier cosa.
Erica contuvo el impulso de darle una palmadita en el hombro. Sabía que debería estar más enfadada. Por Sofie. La pobre Sofie, que había pasado treinta años en una tumba ajena sin que nadie lo supiera. Pero, al mismo tiempo, la comprendía. Ella misma caminaría sobre el fuego por sus hijos.
—¡Eran muy jóvenes! —dijo Gun, y se secó una lágrima—. Solo eran capaces de pensar el uno en el otro. Seguro que recuerdas el primer amor. No había nada más. Y ni se nos pasaba por la cabeza la idea de que pudieran venir otros amores.
—Sí que lo recuerdo. —Erica sonrió—. No podías comer, dormir ni pensar en otra cosa.
—Y la pobre Magdalena. Era como un pájaro herido cuando venía a nuestra casa. La queríamos. No solo la quería Joakim, nosotros también.
Erica observó las manos de Gun, que sostenían a Nora con cuidado.
—Yo creo que consagró su vida a tratar de compensar lo que había hecho.
Gun asintió. Le subió a Nora el calcetín, que se le estaba saliendo.
—Eso también lo recuerdo, los calcetines, que se caían a todas horas. Y sí, creo que tienes razón. Joakim se parece más a mí, cerró por completo esa puerta. Hizo como si jamás hubiera ocurrido.
—Todo termina aflorando en la vida tarde o temprano. No podemos huir del pasado —dijo Erica.
Gun suspiró con una mano descansando en el pie de Nora.
—Un error ha destrozado muchas vidas. A Joakim lo juzgarán por el asesinato de Sofie. A Allan, por el de Aino. Y Gabriel… Es incomprensible. Ellen es un despojo, y sus hijos no paran de llorar. Si nosotros… Allan no habría creído que el culpable era Gabriel, y Aino aún estaría viva.
—Bueno, es fácil decirlo cuando ya no tiene remedio. Ahora cada uno tendrá que vivir con lo suyo. Y creo que Magdalena encontró por fin la paz.
Gun no respondió. Mecía a Nora despacio en el regazo, y la pequeña reía gorjeando. Como siempre, Erica se sintió reconfortada por dentro al oírla.
—Acabo de hablar con Debbie, la exmujer de Joakim. Ella también está conmocionada, naturalmente, pero ha sido una conversación útil, y vendrá a vernos con los niños este verano.
—Qué bien. Y tú, ¿seguirás dirigiendo Åldersro sin Ellen?
Gun asintió.
—Sí, le compraremos su parte. Voy a tener que contratar a alguien, claro, pero necesito estar ocupada. Y he hablado con Anna. Reanudaremos la reforma de nuestra casa dentro de unas semanas.
Erica respiró aliviada al poder explicar algo que llevaba guardado dentro.
—Así fue como supe lo que había ocurrido —dijo—. Cuando vi las viejas fotos de vuestra casa en casa de Anna. Y me di cuenta de que faltaba la escalera de incendios.
—Menos mal que lo descubriste. Por extraño que parezca, siento una gratitud enorme por ello. De lo contrario, Joakim no seguiría con vida. Ahora, al menos, podremos ir a verlo. Seguimos teniendo a nuestro hijo.
—Gracias por tus palabras. —Dudó un poco al recordar la conversación telefónica que acababa de mantener—.
Mi editorial quiere que cuente la historia de Sofie.
Y he llegado a la conclusión de que yo también quiero contarla.
¿Qué os parece a vosotros? Si lo hago, terminarán removiéndose muchos sentimientos.
Gun reflexionó un instante. Luego respondió:
—Creo que debes hacerlo. Sofie tiene derecho a que se cuente su historia. No vamos a poner objeciones de ningún tipo.
—Gracias —dijo Erica.
Gun se levantó y dejó a Nora un tanto a su pesar.
—No te molesto más. Solo quería darte las gracias. Y, si necesitas a alguien que se quede con la pequeña un día, avísame.
—De mil amores.
Erica la acompañó a la puerta. Cuando Gun se marchó, abrazó a Nora. Hundió la nariz entre su pelo y aspiró el olor. No podía juzgar a nadie. El amor de unos padres por sus hijos era capaz de mover montañas.
Subió a su despacho con la sillita de Nora. Tenía un libro que escribir.
Patrik estaba apurando el café cuando se abrió la puerta de la sala de interrogatorios. Una agente de prisiones joven entró con Gabriel Rudberg. A diferencia de su padre, él no había envejecido durante el tiempo que había pasado en el calabozo.
Gabriel se sentó en la silla que había frente a Patrik, y este le indicó a la mujer que ya podía dejarlos solos.
—Hola, Gabriel —dijo.
—Hola.
Gabriel le dirigió a Patrik una mirada serena.
—Acabo de hablar con Allan, con lo que he obtenido respuesta a una serie de preguntas. Pero aún me quedan algunas. Sobre Sofie. ¿Quieres que haya un letrado presente?
Gabriel desechó la propuesta con la mano.
—No hace falta. Según me ha dicho mi abogado, he quedado libre de toda sospecha por lo que al asesinato de Sofie se refiere.
Meneó la cabeza.
—Joder, jamás lo habría imaginado. Jocke y Magdalena…
—Conocemos casi todos los detalles de lo que ocurrió aquella noche. Lo único que no entiendo es por qué trasladaste el cadáver de Sofie del dormitorio al cobertizo.