El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves, una semana después #3
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Jueves, una semana después #3

—Cuando volvimos a casa y subimos a mi cuarto por la escalera, mis padres nos estaban esperando.

Habían echado a todo el mundo. Y yo se lo conté todo.

Se quedaron horrorizados. Mi madre lloraba desconsolada y mi padre no paraba de vociferar, hasta el punto de que creí que todos se enterarían de lo que habíamos hecho.

Nos obligaron a prometer que no diríamos nada.

Al día siguiente, mi padre desmontó la escalera de incendios.

También nos dijeron que no podíamos seguir juntos.

Y nosotros lo aceptamos. En aquellas circunstancias, habríamos aceptado cualquier cosa.

Y lo que habíamos hecho creó una distancia gigantesca entre nosotros, de tal modo que casi no podíamos mirarnos a la cara.

Jocke se rio con amargura y se secó las lágrimas.

—¡Qué ironía! Maté a Sofie para que Magdalena y yo pudiéramos estar juntos, y eso fue lo que nos separó.

Erica alargó la mano, le rozó el hombro.

—Yo creo que Magdalena no podía seguir viviendo con ello, pero quiso asumir la culpa para liberarte a ti.

Jocke se estremeció.

—Estaba seguro de que podríamos olvidar. Al fin y al cabo, ahora se nos presentaba una nueva oportunidad. No podíamos deshacer lo hecho, pero ¿debíamos desaprovechar lo que teníamos a pesar de todo? No sé cómo voy a vivir sin Magdalena. Es demasiado doloroso.

Miró de reojo la pistola y Erica contuvo la respiración.

—¿De verdad crees que Magdalena habría querido que Allan fuera a la cárcel por un asesinato que no cometió? —dijo Erica despacio—. Tampoco sé por qué confesó, pero no fue él quien mató a Sofie, y no creo que a Magdalena le hubiera parecido justo.

Jocke no respondió. Volvió a echar una ojeada a la pistola. La cogió. Erica contuvo la respiración y contuvo el instinto de taparse los oídos, pero él tomó impulso con el brazo y lanzó la pistola lo más lejos que pudo al agua.

Jocke se levantó tan de repente que el trampolín volvió a zarandearse.

—Tienes razón, Magdalena no habría querido algo así. Lo mejor será acabar cuanto antes. ¿Me llevas a la comisaría?

—Claro —dijo Erica.

Mientras bajaban, se fue agarrando fuerte a la barandilla.

Crash! Boom! Bang! — Roxette

¡Esta noche lo vamos a pasar de locos! No veo el momento.

Llevo días probándome ropa, nada me convencía del todo.

Pero ¡resulta que Ellen me dijo que me prestaba sus 501!

Superlinda. Adoro a Ellen. Creo que la camiseta blanca nueva quedará perfecta con los vaqueros.

También he hecho varias pruebas de maquillaje .

Eyeliner, sombra de ojos azul y un montón de rímel.

Y un perfilador oscuro y lápiz de labios más claro. Chulísimo, vamos.

Sinceramente, ¡¡creo que será la mejor noche del año!!

Vamos a arreglarnos en mi casa. Siempre nos preparamos en la de Ellen, pero Aino le ha dicho que quiere estar tranquila. Superraro. Espero que se le pase pronto.

Le estoy dando vueltas, no sé si me atreveré a coger un poco de alcohol de las botellas de Allan y de mi madre. Si mezclo un poco de cada botella en lugar de coger mucho de una, no se darán cuenta. Voy a necesitar un extra de valor.

Dios mío, no tenía ni idea de que pudiera sentir algo así.

Jamás volveré a sentir nada parecido por nadie.

Él es el único. No puede estar mal, cuando me siento tan bien.

Sé que es ridículo hablar del destino, pero así lo siento, ni más ni menos.

Y él tiene que sentir lo mismo, seguro. Para él será superdifícil seguir fingiendo.

Pronto ya no hará falta. Gracias a que soy la valiente de los dos.

A que haré lo que hay que hacer. Por ellos. Por nosotros.

Tengo que dejar de escribir. Ellen no tardará en llegar.

—¿Cómo vas, Allan?

Patrik y Allan estaban sentados en un sencillo cuarto de los calabozos. Sin grabadora. Sin abogado. Allan había rechazado la oferta de Patrik. Solo ellos dos, dos sillas y una mesa. Y dos vasos de agua que nadie había tocado.

El hombre del chándal gris parecía haber envejecido diez años por lo menos.

—Ahí voy —dijo sin más.

Patrik se inclinó hacia delante. Durante el trayecto había decidido ir directo al grano.

—¿Por qué has confesado un asesinato que no cometiste?

Allan apretó los labios con fuerza.

—No sé a qué te refieres —respondió.

—Tú no mataste a Sofie. Lo sabemos. Fue Joakim Hagman. Magdalena Bergström también estaba presente. Joakim lo ha confesado hace unas horas. La estranguló.

Allan levantó despacio la cabeza. Su rostro reflejaba un asombro total.

—Pero, cuando la encontré en el cobertizo, creí que…

Guardó silencio de pronto, casi parecía que se hubiera mordido la lengua.

—¿En el cobertizo? —dijo Patrik—. Joakim la estranguló en su casa, en el dormitorio, y la dejó en la cama.

Se llevó a los labios el vaso de agua y tomó varios tragos.

—Allan, ¿qué creías que había ocurrido? ¿Por qué ocultaste el cadáver? El que hayas confesado un crimen que no cometiste indica que querías proteger a alguien. Y no confesaste el asesinato de Aino hasta que te conté que habíamos encontrado su cuaderno.

Allan se vino abajo.

—Vi a Gabriel saliendo del cobertizo cuando me acerqué a la casa a escondidas después de haber estado con Aino.

Sentí curiosidad por ver qué había estado haciendo y entré.

Y entonces la vi, debajo de una lona, con un pie asomando.

Y creí que Gabriel la había matado. Nunca estaban bien.

Siempre andaban discutiendo. Y Gabriel estaba siempre de un humor de perros.

Recordé la sangre que lo cubría cuando lo encontré, la violencia desmedida de su padre biológico.

Me entró el pánico y decidí esconder el cadáver.

Patrik se retrepó en la silla.

—Gabriel debió de llevarla al cobertizo desde el dormitorio. Pero ¿por qué?

Allan movió la cabeza de un lado a otro.

—No tengo ni idea. Hay montones de cosas que no entiendo.

—Escondió la cara entre las manos—. Todos estos años he vivido en la creencia de que fue Gabriel quien la mató.

Y lo único que quería era protegerlo. Es mi hijo.

No soportaba la idea de que me lo arrebataran.

Me necesitaba. Me necesita. Siempre me ha necesitado.

Miró a Patrik a la cara con lo que parecía un punto de rebeldía en los ojos.

—¿Y Aino? A ella no la matarías tú, ¿verdad? —lo presionó Patrik.

Allan se irguió muy digno.

—Yo quería a Aino. Lo habría dejado todo por ella.

Me destrozó por completo cuando me dejó.

Pero cuando comprendí que estaba dispuesta a contar lo que había visto, algo cambió.

Habría sido devastador para mi familia. Y, además, ella ya casi se había ido.

La Aino a la que yo quise había dejado de existir.

En cierto modo fue un acto de compasión.

Miró con calma a Patrik, que tuvo que apartar la vista.

—Tú también tienes hijos —dijo Allan—. Así que sabes lo que es.

No hay nada que uno no sea capaz de hacer por sus hijos.

Y Sofie ya estaba muerta. Ya no tenía remedio.

Sabía que para Yvonne sería doloroso no saber qué le había ocurrido.

Llevo treinta años viviendo con ello. Pero ¿qué podía hacer? Tenía que proteger a Gabriel.

—Tal vez le habría venido bien asumir las consecuencias.

Teniendo en cuenta el resultado —dijo Patrik, consciente de lo duro de su comentario.

Pero se acordó de Edith Lomander, cuyo caso había archivado el fiscal unos días atrás.

Ella lo dijo claro cuando llegó a la comisaría para confesar que había matado a su marido hacía treinta años, y que no podía vivir sin cargar con las consecuencias.

A decir verdad, no sabía cómo reaccionaría él si alguno de sus hijos hiciera algo malo. Era muy fácil creer que haría lo correcto, pero, cuando se trata de los hijos, las reglas de siempre dejan de existir.

Se inclinó de nuevo hacia delante y, en un tono más conciliador, dijo:

—Aunque retires la confesión del asesinato de Sofie, sigues acusado como responsable de la muerte de Aino. Eres consciente de ello, ¿verdad?

Patrik se levantó y colocó la silla en su sitio.

Allan asintió.

—Soy consciente de ello. De todo. Es mi responsabilidad. Es culpa mía que Aino esté muerta.

—Muy bien.

Patrik lo miró unos instantes por última vez antes de salir. Aún le quedaba por mantener otra conversación, antes de darlo todo por terminado.

—Bueno, pues ya los conoces a todos —dijo Bertil—.

Al menos, a todos los que están aquí. Patrik ha tenido que ir a Uddevalla, pero, si quieres charlar un poco más con ellos, los demás se quedan en la comisaría.

En fin, ha sido un poco lioso todo en medio de este caso, pero lo importante es que al final ha salido bien.

Ulf Kronquist se mostró de acuerdo. Llevaba el uniforme con un porte tal que, por una vez, Mellberg prefirió no pensar en las bolas de chocolate Delicato.

—¿Estamos seguros de que ya sí hemos detenido a los verdaderos culpables? Teniendo en cuenta lo lioso que ha sido todo, como bien has dicho.

Bertil tragó saliva. De pronto, se notaba la boca seca. Él, que era capaz de brillar en una sala llena de periodistas.

—Es cuestión de tiempo. Solo cuestión de tiempo —dijo—. Y Hedström está en la prisión de Uddevalla despejando las últimas incógnitas.

Ulf miró a Bertil de tal modo que este se sintió como un escolar delante de un director de colegio muy estricto.

—Ha sido bastante desafortunado que anunciarais que habíais atrapado al sospechoso del asesinato de Sofie, y que haya resultado ser otra persona.

—Ya digo, es que ha sido todo un tanto lioso.

Pero bien está lo que bien acaba. Y ahora te dejo a ti la nave.

No será un hueco fácil de llenar, pero tengo entendido que cuentas con un buen currículo.

Por curiosidad, ¿podrías decirme por qué decidiste aceptar el puesto?

Es un contexto mucho menos significativo que el entorno al que tú estás acostumbrado.

Ulf Kronquist eliminó una pelusa invisible del uniforme, por lo demás impoluto.