Jueves, una semana después #2
Subió a la primera planta. Ellen había empezado a preparar la partida. Había cajas por todas partes, con sus cosas y con todo lo que los niños habían subido de la cabaña. Las cosas de Gabriel estaban apiladas en el suelo.
Yvonne se quedó allí mirándolas. Luego cogió un montón de ropa y lo llevó al jardín. La dejó encima de una losa y dio varios viajes hasta que todas las pertenencias de Gabriel estuvieron apiladas en el mismo lugar.
Junto a la barbacoa, en la terraza, había una botella de alcohol para encender el fuego. Fue a buscarla y roció bien la ropa. Luego entró en la casa y volvió con un encendedor.
El odio la desgarraba por dentro. Desde que era un niño, Gabriel le había robado a Allan. Por su culpa, Allan nunca pudo ser suyo del todo. Pero ahora ya sí. Y Gabriel podía arder en el infierno.
Yvonne apuntó con el encendedor a la pila de ropa y apretó el botón. Cuando las llamas se alzaron delante de ella, sintió que algo cedía. Gabriel no existía ya. Y Allan era suyo.
—Aquí Ellen, ¿dígame?
Erica le explicó enseguida que quería hablar con Gun. No sabía a ciencia cierta qué decirle a Ellen. ¿Qué se le podía decir a una persona cuya vida acababa de saltar en pedazos? Así que optó por no decir nada.
—Ha salido a buscar a Jocke, que le había enviado un mensaje preocupante. Así que se ha marchado.
La preocupación resonaba con claridad en la voz de Ellen.
Erica pensaba a toda velocidad.
—¿Tenían Jocke y Magdalena algún sitio preferido? ¿Algún lugar donde se vieran a menudo y que fuera solo suyo?
Le zumbaban los oídos mientras esperaba la respuesta de Ellen.
—Pues sí, siempre se veían en Badholmen. En lo alto del trampolín.
—Gracias —dijo Erica antes de colgar.
Había dejado a Nora con Kristina, y ahora se apresuró hacia el coche. Enseguida puso rumbo a Badholmen.
Dejó el coche junto a los barcos de Salvamento Marítimo y cruzó a toda prisa el estrecho puente de piedra que constituía el único modo de acceder a los célebres baños de la zona.
En verano estaba siempre lleno de gente, pero ahora se veía vacío y desierto.
Cuando se acercó un poco más, vio la silueta de alguien en lo alto del trampolín.
Dio unos pasos y gritó su nombre.
—¿Jocke? ¡Soy Erica! ¡Erica Falck!
La figura no se inmutó. Erica dudó mirando hacia arriba. Cada año que pasaba se veía más destartalado, pero tenía que hablar con Jocke. Se agarró con fuerza para subir la escalera hasta que llegó a la cima. El trampolín se balanceaba al viento, y Erica tragó saliva.
Desde allí se veía toda Fjällbacka y el ancho mar. Un mar gris, desprovisto por completo del atractivo brillo azul del verano. En tan solo unos días, el tiempo había cambiado por completo.
—Jocke —dijo en voz baja mientras se le acercaba.
Estaba sentado en el borde, balanceando las piernas en el aire. Al acercarse un poco más, Erica vio la pistola que tenía a su lado. Se paró en seco. Tragó saliva varias veces. Pensó en Patrik. En Maja, Noel y Anton. En la pequeña Nora, que estaba con Kristina.
Y siguió avanzando. Se acercó un poco más.
El trampolín se zarandeó un poco cuando se sentó al lado de Jocke, con un metro de distancia entre los dos. Erica se agarraba a los tablones con tal fuerza que casi le dolían las manos.
—No deberías estar aquí —dijo Jocke en voz baja—. Quiero estar solo.
—Por favor, Jocke, todavía no lo sé todo, pero sí sé que algo sucedió aquella noche. Algo que nunca llegasteis a contar. Magdalena quería contarlo todo. De lo contrario, jamás habría dejado esa nota.
—He estado pensando en la nota desde que supe lo que ponía —dijo Jocke con la voz empañada por el llanto.
Levantó la vista hacia el mar y el viento le revolvió el pelo delante de la cara.
—Entre Magdalena y tú había algo más —dijo Erica—. ¿Por qué no me lo cuentas?
Miró de reojo la pistola. La tenía tan cerca que podría empujarla para que cayera al agua, pero no se atrevía, por si Jocke era más rápido.
—Lo éramos todo el uno para el otro. Habíamos encontrado a la mitad perfecta.
El viento se llevaba la voz débil de Jocke, y Erica tenía que esforzarse para oír lo que decía.
—Sí, de eso sí me di cuenta, teníais una relación fuera de lo normal, algo único.
Él asintió.
—El tipo de relación con el que la gente se pasa la vida soñando. Y nosotros la encontramos. Cuando éramos muy jóvenes, además.
—¿Qué ocurrió aquella noche? Creo que puedo intuir parte de lo sucedido, pero me gustaría que me lo contaras tú.
El cuerpo de Jocke se estremeció en un sollozo repentino.
—Fui un imbécil —dijo, y su voz sonaba ahora casi más débil si cabe—. Un completo imbécil. Cometí un error. Uno. Y por él lo perdimos todo.
Erica no comprendió al principio de qué hablaba. Luego, las piezas empezaron a encajar.
—Sofie —dijo—. Ese fue tu error.
Él asintió.
—Un error de borrachera. Había una fiesta en casa de uno de mis compañeros de clase.
Magdalena iba a venir, pero tuvo que quedarse en casa a cuidar de Monica, porque uno de los tipos con los que se juntaba le había dado una paliza.
Así que fui solo. Y Sofie estaba allí. Sabía que estaba enamorada de mí, pero yo no le daba importancia.
Yo solo tenía ojos para Magdalena. Pero aquella noche, perdí el conocimiento y me desperté desnudo con Sofie a mi lado en la cama.
Ella también estaba desnuda. Y me entró el pánico.
Magdalena y yo no teníamos secretos el uno para el otro.
Salvo eso. Era repugnante. Sofie tampoco lo reveló nunca, pero creía que para mí había sido importante, aunque no significó nada.
Erica volvió a echar una ojeada a la pistola. Luego negó un poco con la cabeza, como para sus adentros.
—¿Y aquella noche? ¿La de la fiesta en la que Sofie desapareció?
Erica se agarró con más fuerza a los tablones cuando una ráfaga de viento hizo que el trampolín oscilara un poco.
—Sofie estaba como una cuba. Había encontrado no sé qué nota en el bolsillo del pantalón donde decía lo típico, «Te quiero», y creyó que se la había puesto yo.
Pero yo no le había escrito nada. Así que vino a mi cuarto mientras Magdalena estaba en el baño y empezó a desvariar diciendo que los dos nos queríamos y quiso besarme.
Yo traté de explicarle como pude que lo que había pasado no significaba nada, que no significaba una mierda.
Que me había acostado con ella por error en plena borrachera.
Y entonces…, entonces vi que Magdalena estaba en el umbral. Lo había oído todo.
Erica se estremeció al oír el grito abisal de Jocke, como el de un animal herido. Gritaba y gritaba sin cesar. Al principio se asustó, pero luego se fue calmando hasta que se le estabilizó el pulso, y Jocke no tardó en volver a tomar la palabra.
—Le dije a Sofie que se fuera al cuerno.
Le dije que era una puta, una puta sucia y asquerosa.
No estoy orgulloso, precisamente, pero fue lo que le dije.
Le dije que la odiaba. Y ella se marchó de allí desesperada.
Oí cómo Ellen y ella discutían a gritos, y luego se marchó.
Y aquella mirada. La mirada que me lanzó Magdalena.
Habría preferido morir en ese instante antes que ver el daño que le había causado.
Nos habíamos prometido ser siempre el uno para el otro.
Y yo lo había estropeado todo. Antes de Sofie, Magdalena era la única chica con la que había estado, y yo era el único con el que había estado ella.
Nos habíamos prometido que siempre sería así. Pero yo lo estropeé todo. Mierda.
Erica tragó saliva.
—¿Qué quería Magdalena que hicierais? —preguntó.
Volvió a mirar la pistola de reojo. Jocke tenía la mano justo al lado, pero sin tocarla.
—Dijo que la única forma de deshacer lo hecho era acabar con ella. Acabar con Sofie. Es difícil de explicar ahora que comprendo lo disparatado que parece, pero en aquel momento me pareció de lo más razonable. Lógico. Y lo único que yo quería era arreglar las cosas con Magdalena.
—Así que bajasteis por la escalera de incendios que había al lado de tu ventana, para que nadie viera que abandonabais la casa.
—Sí, todo el mundo creyó que estábamos en mi cuarto enrollándonos.
Nadie nos echaría de menos. Subimos el volumen de la música a tope, bajamos por la escalera y fuimos en bicicleta a la casa de Sofie.
Nos colamos dentro, hasta su cuarto, que estaba en la planta baja.
Al vernos se quedó sorprendida, no se asustó.
Se había cambiado y estaba a punto de meterse en la cama.
Y yo iba como con el piloto automático. Magdalena ni siquiera tuvo que decir nada.
No hizo falta que me animara. Simplemente, le rodeé el cuello a Sofie con las manos y apreté.
Cuando dejó de moverse, la abandonamos allí, en la cama.
Y volvimos con las bicicletas. Por qué Allan la puso en la tumba y por qué se ha atribuido el asesinato es algo que ignoro.
Por un instante, miró a Erica a los ojos, pero enseguida volvió a mirar el agua.
—¿Por qué devolvisteis los vaqueros? ¿Y qué hicisteis con la camiseta de Sofie?
—Fue Magdalena. Se llevó los vaqueros y, de paso y sin darse cuenta, también la camiseta.
Sabía cuánto le gustaban a Ellen aquellos Levi’s 501, así que se los dejó en la escalera de la entrada de su casa.
Y tiró la camiseta a un contenedor. No sé.
Ninguno de los dos se paró a pensar, simplemente actuamos.
Negó con la cabeza.