El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves, una semana después
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Jueves, una semana después

P ATRIK acababa de poner la mano en el picaporte para salir cuando Erica apareció silenciosa detrás de él y lo rodeó con sus brazos.

—¿No puedes llegar un poco más tarde hoy? —dijo—. Los niños están en el colegio, podemos tomarnos un café antes de que te vayas. Apenas nos hemos visto en toda la semana. —Le revolvió el pelo—. Y, además, esto se está poniendo de un color más normal, así que mirarte vuelve a ser un gusto.

Patrik se volvió y le dio un abrazo. Dudó un instante, pero luego se quitó la chaqueta, que acababa de ponerse, y también los zapatos.

—Tienes razón. No hay ningún incendio que apagar, y el nuevo jefe no llegará hasta después del almuerzo.

Se sentó a la mesa de la cocina.

—¿Y cómo te sientes con lo del nuevo jefe? —dijo Erica al tiempo que le daba una taza de café—. ¿Estás decepcionado?

Se sentó frente a Patrik.

—¿Que cómo me siento? Pues claro que estoy decepcionado, pero, al mismo tiempo, son los de arriba los que deciden, no puedo hacer gran cosa.

Erica tomó un sorbo de café y lo miró otra vez de ese modo, como si lo estuviera viendo por dentro.

—He estado hablando con Gösta y me ha dicho que Mellberg se marcha mañana.

—Sí, Annika le ha organizado hoy una despedida. Nunca creí que diría esto, pero dejará un vacío tras de sí. ¿Quién pasará ahora los días durmiendo en el despacho?

Los dos esbozaron una sonrisa.

—¿Y tú? —dijo Patrik—. ¿Has tomado una decisión?

—¿Respecto al libro? Sí, ya me he decidido. Pienso escribir sobre Sofie. Pero no ahora. Quiero esperar un poco, dar a todo el mundo la posibilidad de recuperarse. Está demasiado reciente.

—Me parece sensato. No se va a hundir el mundo solo porque el libro tarde un año en salir.

—Exacto, así es. Pero, además, aún es mucho lo que no acabo de entender.

Patrik suspiró. Erica acababa de poner el dedo en la más dolorosa de sus llagas. Aún había muchas cosas que él tampoco entendía del todo. Y para las que tal vez nunca hallara respuesta.

—¿De verdad crees que la carta de despedida de Magdalena solo se refiere a la culpa que sentía porque discutió con Sofie antes de que la mataran? —dijo Erica—. ¿Por qué iba a expresarse de ese modo? «Yo maté a Sofie».

—Ya. Yo también he estado dándole vueltas a lo de la soga —confesó Patrik—. Es un detalle extraño en ese contexto, pero ayer nos llegaron los resultados del análisis del cuaderno de Aino. Hallaron en él las huellas dactilares de Allan.

—Y eso prueba su versión.

Se miraron a los ojos. Patrik intuía cómo se movían los engranajes en la cabeza de Erica.

—Y luego tenemos los vaqueros. Allan asegura que tiene lagunas y que no recuerda todos los detalles de aquella noche.

Pero ¿por qué iba a dejar los pantalones en la escalera de Ellen?

¿Cómo podía saber siquiera que eran suyos?

—Patrik clavó la mirada en la taza de café, como si allí pudiera encontrar una respuesta—.

Es difícil obviar que Allan ha confesado.

Y en el cuaderno de Aino hay una anotación según la cual, hace treinta años, ella misma vio a Allan llevar a Sofie al cementerio.

Erica soltó un suspiro.

—En medio de este asunto, pienso sobre todo en Ellen y en los niños.

Ellen no solo ha perdido a su madre. Lo que ha hecho Gabriel es…

—Erica puso una cara muy seria—. El otro día me la encontré en la tienda de comestibles.

Ha debido de perder diez kilos por lo menos.

Dijo que los niños y ella habían decidido mudarse a Gotemburgo.

Va a vender su parte de Åldersro a Gun y a Bengt.

Y el restaurante está cerrado definitivamente.

Esperan poder deshacerse del local cuanto antes.

Patrik colocó la taza en el lavaplatos.

—Bueno, ya sí que me tengo que ir. Pero ha estado muy bien poder charlar un rato.

Besó a Erica y se puso de nuevo la chaqueta. La miró otra vez antes de cerrar la puerta al salir. No sabía qué sería de él si no la tuviera a ella y a los niños. Qué sería de él sin su familia.

Erica estaba sentada a la mesa de la cocina con el runrún del lavavajillas de fondo.

La idea a la que había estado dándole vueltas toda la semana no había hecho sino reforzarse al oír las reflexiones de Patrik.

Allí había algo que no tenía sentido. Era como un rompecabezas, algunas de cuyas piezas no encajaran, pero que alguien hubiera ajustado a la fuerza presionando.

Subió al cuartito donde tenía el despacho.

Todo el material de sus investigaciones seguía aún clavado en el corcho, y el rostro de Sofie la contemplaba desde la pared.

Todo empezó con Sofie aquella noche fatal.

¿De verdad podía ser tan sencillo, que a Allan se le agotó la paciencia con la rebeldía de una hijastra adolescente?

No le parecía verosímil. Pero ¿por qué iba a confesar un asesinato que no había cometido?

Erica se sentó en la silla con el teléfono en la mano. Había tomado una foto de la carta de Magdalena antes de que llegaran Patrik y Gösta, y la había leído infinidad de veces desde entonces, como si quisiera descifrar lo que decía de verdad. «Yo maté a Sofie. Perdón. Magdalena».

A Monica la habían encontrado hacía tres días.

Uno de los vecinos se había quejado del olor que salía por una de las ventanas que daban al patio y que estaba abierta.

Junto al cadáver encontraron la jeringuilla con las huellas dactilares de Magdalena.

Estaba claro quién había matado a Monica.

Pero ¿por qué escribió Magdalena en el último mensaje que dejaría al mundo que ella había matado a Sofie?

Nora gimoteó desde el dormitorio, y Erica se levantó. Algo ausente, le cambió a la pequeña el pañal y le puso ropa limpia.

No podía dejar de pensar en ello. Allí había algo que no le cuadraba. Aún le quedaban preguntas por hacer, y sabía a la perfección a quién quería hacérselas.

Nora agitaba alegre los bracitos mientras Erica la metía en la mochila portabebés.

Le encantaba que la llevara ahí cuando iban de paseo.

Había empezado a hacer algo más de frío, así que iban las dos bien abrigadas.

Cuando bajó la vista y vio a Nora con el mono con las orejas de oso le entró risa. Adorable, ni más ni menos.

La casa parecía desierta y las luces estaban apagadas cuando llegó. Iba sudorosa tras la caminata, y se detuvo después de subir la empinada pendiente hasta la casa blanca. Anna le había contado que, después de lo ocurrido, Gun había suspendido la reforma, lo cual era del todo comprensible.

Llamó a la puerta, pero no le abrió nadie. ¿Seguiría Jocke durmiendo en el hotel? Se dio media vuelta para poner rumbo al hotel Stora cuando sintió una fuerza que la atraía hacia el jardín. La última vez que estuvo allí encontró el cadáver de Magdalena. Quería deshacerse de esa sensación.

El jardín estaba en calma y en silencio. Las hojas habían empezado a caer cada vez más, y se apilaban sobre el césped en grandes montones de un amarillo rojizo. En la hierba se veían las pisadas de todas las personas que se habían pasado la semana anterior yendo y viniendo por allí.

Erica entornó los ojos mirando a la casa. La vieja fachada se alzaba ante ella. Como una antigua dama que aún conservaba la dignidad. Esperaba que Bengt y Gun encontraran algún día las fuerzas para seguir con la reforma. El edificio lo merecía.

Erica pisó una pila de hojas secas y, de pronto, fue como si cuanto la rodeaba se hubiera detenido.

Las fotografías que había visto en casa de Anna fueron pasándole de nuevo por la retina.

Las fotos antiguas de la casa. Se hizo sombra sobre los ojos con la mano cuando levantó la vista hacia la ventana superior.

El cuarto de Jocke. Y recordó lo que le habían dicho Dan y Dragan.

Las ideas iban encajando cada vez más rápido.

Por el momento era sobre todo una intuición, una sensación.

Pero su sexto sentido le decía que iba por el buen camino.

Tras una última ojeada a la ventana, cogió el teléfono.

Yvonne no paraba de dar vueltas por la casa.

Todo aquello que con tanto esmero había creado a lo largo de los años acababa de derrumbarse.

Lo tenían todo. Hasta aquella noche de hacía treinta años, lo tenían todo.

¿Por qué insistió en mantener vivo el recuerdo de la desaparición de Sofie, en lugar de dejar que cayera en el olvido?

Había sido una necia, una vanidosa, al creer que lo hacía por Sofie.

Si hubiera dejado que el mundo la olvidara, tal vez el hallazgo de su cadáver no habría despertado tanta expectación.

Había hecho que los focos iluminaran a su familia y que se mantuvieran así. Año tras año.

Yvonne abrió la puerta de un armario y la cerró de golpe. Volvió a abrirla y la cerró otra vez, aún con más fuerza. Luego, otra vez, y otra. Quería romper algo, destrozar algo, cualquier cosa, con tal de sentir por un instante que podía dejar correr la ira.

Todo era culpa de Gabriel. Por fin podía reconocer lo mucho que siempre lo había odiado.

Desde el instante en que vio su semblante enfurruñado y rebelde.

Él lo había estropeado todo. Y, por si fuera poco, ni siquiera era hijo de Allan, sino el hijo de un drogadicto.

Un puto adicto asqueroso que no fue capaz de ocuparse de su hijo.

Desde luego, habría sido mucho mejor si hubiera muerto.

Si Allan hubiera llegado a su vida sin familia, sin nadie. Así habría podido ser solo suyo.

Ellen y los niños iban a mudarse. Tanto mejor. No quería tener en su entorno a nadie que le recordara a Gabriel. Si no podía estar con Allan, prefería estar sola.

A pesar de todo lo ocurrido, al recordar a Allan no podía sino sonreír.

Lo echaba de menos mucho más de lo que nunca imaginó que podría.

Los años que debía pasar sin él iban a ser duros.

Pero pensaba esperarlo. Él la quería, claro.

Si había algo en la vida que ella supiera con certeza era eso, que él la quería.