El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #8
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Jueves #8

—Bueno, no lo sabía antes de entrar. Lo siento, me he explicado fatal. Fui a su habitación para saludarla, entonces me lo dijo. Que me había visto aquella noche. Que no podía seguir guardando silencio.

Allan miró a Patrik, luego a Gösta.

—Merezco el castigo que me impongan. Estoy dispuesto a aceptarlo.

Pero ¿qué pasará con Gabriel? ¿No hay nada que podáis hacer?

No lo ha tenido fácil en la vida, le cuesta controlarse.

A saber qué estragos le causó la drogodependencia de su madre cuando estaba embarazada de él.

¿No podéis utilizar ese argumento en su defensa?

—Eso es cosa del juez, nosotros solo investigamos los hechos —dijo Patrik algo seco—. En cuanto tengamos una coincidencia en las pruebas de ADN y podamos relacionar a Gabriel con las violaciones, será imputado. El resto es cosa de la justicia.

Patrik se levantó, miró a su alrededor en la sala. Echó una ojeada rápida a la tela de araña del techo, que parecía haber crecido un poco.

—Hemos terminado el interrogatorio. Tu abogado te informará de cómo se desarrollará el proceso.

Patrik se quedó sin energía en cuanto cerró la puerta al salir. Se apoyó en la pared, pues sentía un mareo extraño.

—Joder —dijo Gösta—. ¿Qué hacemos con la carta de suicidio que dejó Magdalena, y en la que confiesa el asesinato?

Patrik respiró hondo varias veces y el mareo se le pasó un poco.

—Allan ha confesado y ha dado una versión creíble de cómo sucedieron las cosas —dijo—. La confesión de Magdalena se deberá seguro a los remordimientos. De hecho, esa noche ella y Sofie discutieron.

—Parece verosímil —dijo Gösta—. ¿Vas a alegrarle el día a Mellberg y a contarle que está resuelto? Así podrá brillar por un rato como el astro sol.

Patrik soltó un suspiro.

—No me queda más remedio, supongo. Pero antes tengo que llamar a Ellen. No puedo permitir que ella y sus hijos se enteren por los medios de comunicación.

Annika asomó la cabeza desde la recepción.

—¡Patrik! Los resultados están listos. Es Gabriel. En todos los casos.

Patrik sacudió la cabeza.

—Vale. Gracias. Entonces hay más aún que contarle a Ellen. Y, además, tengo que llamar a Carina Lundstedt. Ella también debe saberlo por mí. Después de todo, se trata de su hijo. Luego me encargaré de que recupere la caja con las fotografías.

—Cuántas vidas —dijo Gösta—. Cuántas vidas destrozadas.

—¿Por qué no coges el teléfono?

Gun se acercó corriendo a Jocke, que se estaba bajando del coche y la vio agitar los brazos alterada. ¿Qué estaba pasando?

—Me he quedado sin batería y no llevaba el cargador y…

Entonces vio la cinta policial rodeando la cabaña. Sintió que le temblaban las rodillas.

—¿Qué ha pasado? Por Dios, ¿qué ha pasado?

Bengt se le acercaba con los brazos caídos. Gun se echó a llorar temblando abrazada a él.

—Magdalena ha muerto —acertó a decir—. Se ha quitado la vida.

Jocke se desplomó en el suelo, su madre no fue capaz de sostenerlo. El corazón se le desbocó en el pecho y, al mismo tiempo, dejó de latir. El dolor le arrancó un lamento.

—No es verdad —dijo sin aliento—. No es verdad.

Gun lo abrazó de nuevo, pero él se soltó. Aquello era imposible, ¡qué demonios! Magdalena no podía estar muerta. Y él acababa de estar en el criadero de perros para reservar un cachorro, joder.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué? Todo iba bien —susurró.

Sintió como si la lengua le creciera en la boca.

—No lo sé. Yo tampoco lo entiendo. Acaban de llevársela, pero aún están examinando la cabaña. No podemos entrar.

—¿Dejó…? ¿Dejó alguna nota? Es que no lo entiendo.

Notaba la lengua cada vez más grande, como si no le cupiera en la boca. Tuvo que hacer un esfuerzo para articular las palabras.

—No sé, no sabemos nada. No nos han dado ninguna información.

Jocke se desplomó en el suelo. Gun se agachó a su lado. Bengt se acercó unos pasos, aún a cierta distancia de los dos.

—Lo importante es que nos mantengamos unidos, Joakim. Contamos con el apoyo mutuo. Siempre ha sido así.

Le acarició el pelo.

—La policía ha detenido a Allan y a Gabriel, no sabemos muy bien qué está pasando allí. Yvonne y Ellen fueron con sus hijos a Åldersro, la policía iba a registrar el domicilio familiar, están todos destrozados.

Jocke no paraba de negar con la cabeza. No superaría aquello. La única razón por la que había logrado mantenerse en pie en los momentos difíciles los treinta años últimos era la certeza de que Magdalena existía.

El mundo sin ella se le antojaba impensable.

—No puedo vivir sin ella. Es imposible.

Su madre seguía acariciándole la cabeza.

—Por supuesto que puedes. Ya lo lograste una vez, y volverás a conseguirlo. Tienes a tus hijos. Y nos tienes a nosotros. Siempre te apoyaremos, ya lo sabes.

—Te queremos, hijo, eres todo lo que tenemos —dijo Bengt con una voz sin apenas fuerza.

—Magdalena. Quiero a Magdalena.

Jocke apoyó la cabeza en las rodillas. Golpeó la mano de su madre, y ella retrocedió. No podía mirarla a la cara, intuía que estaba buscando consuelo en el regazo de Bengt.

Jocke se incorporó, y el dolor del pecho remitió un poco cuando empezó a moverse.

—Me quedaré en el hotel un par de días —dijo, y abrió la puerta del coche.

Con las piernas aún temblorosas, se sentó al volante.

—No deberías conducir en ese estado —le dijo su madre, e hizo amago de acercarse.

Bengt la sujetó por el brazo.

—Deja que se vaya, Gun. Ya volverá.

Jocke cerró la puerta del coche y lo puso en marcha. Agarró el volante con fuerza cuando retrocedió para alejarse de la casa. Todo aquello en lo que había puesto sus esperanzas se había esfumado. Era el fin.

—¿Qué te ha dicho? —Yvonne iba y venía de un lado a otro de la oficina—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué iba a quitarse la vida Magdalena?

Ellen temblaba cuando dejó el teléfono en la mesa. Miró a sus hijos. A Yvonne. Y supo enseguida por dónde debía empezar. Cómo iba a contarles lo que Patrik Hedström acababa de comunicarle.

Las náuseas le subieron hasta la garganta, y no pudo detenerlas. Corrió hacia la papelera que había en un rincón y vomitó.

—Ellen, ¿qué ha pasado?

La voz de Yvonne resonó chillona.

Elsa se acercó corriendo a su madre, la abrazó.

—Mamá, me preocupas. Cuéntanos, anda.

Ellen se limpió la boca y se puso de pie. Temblaba de pies a cabeza, y notaba en la boca un sabor agrio.

—Tienen retenidos al abuelo y a papá. Han llamado para que lo supiéramos antes de que salga en las noticias. Allan ha confesado el asesinato de Sofie y el de mi madre. Y Gabriel…

Ellen volvió a sentir náuseas y se abalanzó hacia la papelera. Esta vez era solo bilis, y se estremeció cuando salió la última bocanada.

—¡No, no, no! —gritó Yvonne desesperada.

Ellen se irguió de nuevo e hizo otro intento de continuar el relato. Las náuseas iban y venían en oleadas, y ella trataba de tragar para eliminar el sabor a bilis, que le provocaba nuevas ganas de vomitar.

—Gabriel… Papá es sospechoso de una serie de violaciones violentas en Gotemburgo. Tienen muestras de ADN que coinciden con el suyo.

Elsa empezó a llorar de tal manera que le temblaba todo el cuerpo. Ludvig se abrazó a su hermana, llorando con el rostro escondido entre su melena.

Ellen carraspeó un poco.

—Además, han averiguado que el abuelo secuestró a Gabriel cuando tenía tres años. No me han dicho mucho más, pero Gabriel no es hijo suyo.

Detestaba soltarles la verdad a la cara de ese modo, pero no había forma de endulzar semejante noticia. No había forma de mitigar su dolor. Miró a sus hijos. Quería abrazarlos como cuando eran niños. Soplar sobre sus rodillas magulladas. Pero se quedó inmóvil. Helada en medio de su propio tormento.

Yvonne, que había seguido gritando entre sollozos, calló de pronto. Le fallaron las piernas y se desplomó en el suelo. Se miró las manos murmurando sin cesar:

—Esto no está ocurriendo. No a nuestra familia, no. No está ocurriendo. No a nuestra familia, no.

Ellen se sentó en una silla. Un instante de ansiado descanso. Oía el llanto desesperado de sus hijos, pero no tenía fuerzas para consolarlos. En su interior resonaba la voz de Aino, sus cantos que ascendían y descendían componiendo un triste lamento. ¡Ay, cómo la echaba de menos ahora!

—No comprendo por qué mató Allan a mi madre —dijo en voz baja—. Ni a Sofie. Y Gabriel, ¿cómo pude vivir sin saberlo? ¿O tal vez sí que lo sabía y, simplemente, cerré los ojos a la verdad?

Ludvig profirió un grito. Un «¡No!» alto y fuerte. Todas las miradas se volvieron hacia él. Volvió a gritar su negativa mientras las observaba jadeante.

—Papá no puede haber hecho algo así —dijo—. Debe tratarse de un error. La policía comete errores todo el tiempo.

Ellen oyó en su interior el ruido de la puerta al cerrarse.

Vio ante sí la mirada oscura de Gabriel.

Aquella mirada que, bien lo sabía ella, lo transportaba a otro lugar, a una dimensión a la que ella nunca tuvo acceso.

Las horas que pasaba fuera después de que aquella puerta se cerrara.

Y la calma que mostraba cuando volvía a casa y parecía que esa negrura nunca hubiera existido.

¿Lo sabía en el fondo? ¿Debería haberlo sospechado?

¿Quién era el hombre con el que había vivido todos aquellos años?

Y con el que había tenido dos hijos. Se sentía asqueada.

¿Lo conocía siquiera? ¿Acaso fueron los buenos momentos la verdadera mentira?

¿Acaso se dedicó a interpretar un papel, a ocultar quién era en realidad?

Ellen se dio con el puño en la frente. Más fuerte, más fuerte. Solo quería sentir un dolor distinto del que en esos instantes la destrozaba por dentro.

Se oyó ruido en el pasillo. Debía de ser alguien del personal que se dirigía a la habitación de uno de los residentes.

Ellen se levantó y se dirigió a la puerta despacio.

—¿Adónde vas, mamá?

Elsa preguntó con voz angustiada, y la miraba con los ojos llenos de lágrimas.

Ellen no respondió. No tenía ninguna respuesta que dar ahora, cuando sentía que todo su yo poco a poco se iba colmando de odio.