El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #7
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Jueves #7

Se agachó y miró debajo de la cama. Nada. Abrió el cajón de la mesita de noche del lado izquierdo de la cama. Al parecer, era el de Yvonne. Unas gafas de cerca, una crema de manos y un libro de Colleen Hoover. Cerró el cajón y miró a su alrededor, sin saber muy bien por dónde continuar.

—Y la historia de Mattias, o bueno, de Gabriel. Mira que llevarse a un niño así, sin más.

Martin meneaba la cabeza mientras revisaba a conciencia el contenido de los cajones de la cómoda.

Paula se dirigió al tocador que había en el mismo lado de la mesita de Yvonne. Revisó los frascos y los botes de crema y abrió los dos cajoncillos que había, uno a cada lado.

—Si nos autorizan a continuar con los interrogatorios, puede que averigüemos todas las respuestas —dijo Martin.

Paula quitó el tapón de un frasco de perfume y lo olisqueó un poco antes de devolverlo a su lugar. En el piso de abajo oían trabajar a Farideh y a sus técnicos.

—¿Tú crees que Ellen lo sabía? —dijo, volviéndose a Martin—. Yo es que no me explico cómo puedes no saberlo. ¿Es posible ocultar una doble vida así de bien?

Martin se encogió de hombros.

—Pues claro. ¿No te acuerdas de aquel pastor que tenía hijos pequeños y que, en su tiempo libre, iba por ahí en bicicleta violando chicas en zonas de baño mientras su mujer no tenía ni idea? Al final fue ella quien lo denunció en cuanto lo supo.

—Una idea espantosa, la verdad. Andar fingiendo que eres una persona normal cuando en realidad eres un monstruo.

—Todos tenemos secretos —dijo Martin al tiempo que levantaba una pila de calzoncillos y pasaba la mano por el fondo del cajón—. La única diferencia es la magnitud.

Paula sintió un escalofrío. Abrió las puertas del armario, que era de madera oscura, mientras Martin se dirigía al cuarto de Gabriel y Ellen.

Estaba claro que un lado del armario era de Allan y el otro, de Yvonne.

Todo en perfecto orden, colgado en perchas idénticas.

En los estantes había prendas bien dobladas y en la última balda se veían cajas con logotipos de distintas marcas.

Paula decidió empezar por las cajas, pero no alcanzaba, así que arrastró la silla del tocador y la puso delante del armario.

Revisó las cajas de izquierda a derecha.

Contenían objetos como relojes, bolsos, gemelos y cinturones.

La última caja era plana y alargada, de color negro, sin ningún logotipo.

La bajó y abrió la tapa. Dentro había una funda de piel negra con las iniciales de Allan en elegante color dorado.

¿Sería una funda para el pasaporte o quizá la de una agenda?

Daba la sensación de que la mayoría de las cosas que había en las cajas eran regalos que se habían hecho el uno al otro a lo largo de los años.

Se oyó un teléfono en la habitación contigua. Martin hablaba en voz baja, y Paula no podía distinguir lo que decía.

Estaba a punto de tapar la caja de nuevo cuando atisbó algo que brillaba bajo la funda negra. Sacó el objeto y en el acto sintió un cosquilleo en el estómago. El cosquilleo que sentía siempre que encontraba algo decisivo.

—¡Martin! —gritó—. ¡Ven aquí!

Pero Martin ya estaba en la entrada. Aún tenía el teléfono en la mano.

—Acaba de llamar Patrik. Han encontrado muerta a Magdalena. Con una carta de suicidio en la que confiesa que mató a Sofie.

—Acaba de llamar la fiscal. —Patrik le hizo una señal a Gösta, que estaba hablando con Anna y Erica en la mesa del jardín—.

Podemos seguir con los interrogatorios —le dijo a su colega cuando este se le acercó—.

Farideh ha dividido al equipo mientras recibe refuerzos, Martin y ella y dos de sus técnicos vendrán aquí, mientras que Paula y otro técnico siguen con el registro en el domicilio de Allan.

En cuanto lleguen, volvemos a la comisaría.

Patrik bajó la voz para que Erica y Anna no lo oyeran, pero se expresó con cautela, por si acaso. Su mujer había dado muestras de estar dotada de algo así como un superoído.

—Paula ha encontrado algo. Te lo iré contando en el coche. Pero tenemos mucho de qué hablar con Allan.

Martin dobló la esquina de la casa y saludó a Erica y a Anna antes de acercarse a Patrik y Gösta.

—Ya estamos, podéis marcharos.

Patrik le dio un beso rápido a su mujer camino del coche. Quería llegar a la comisaría cuanto antes.

Unos minutos después, cuando entraron en la sala de interrogatorios, vieron que Allan tenía el aspecto de un hombre destrozado. Patrik lo veía bajo una nueva luz después de conocer el descubrimiento de Paula.

A su lado había un hombre con canas en las sienes y un traje de riguroso azul marino. Se levantó al verlos.

—Soy Frank Welder, el abogado de Allan.

—Bien, pues estamos listos para proseguir.

Patrik puso en marcha la grabadora. Annika ya había dejado en la mesa agua y café.

—Supongo que tu cliente conoce sus derechos.

El abogado asintió.

—Sí, está listo para hablar con vosotros.

—Muy bien.

Patrik se sirvió un café con un chorrito de leche. De pronto se dio cuenta de que no había almorzado, pero la adrenalina había anulado la sensación de hambre. Ya comería cuando todo hubiera terminado.

—En nuestra última conversación dijiste que tú habías matado a Sofie. Cuéntanos.

Allan clavó la vista en la mesa.

—La cosa estaba muy complicada en casa. Había muchas discusiones.

Sofie era adolescente. Y aquella noche todo se descontroló.

No hubo ninguna razón en particular. Estaba cansado.

Estresado por el trabajo, el restaurante estaba atravesando un período difícil en lo económico.

Poco después de irme a la cama con Yvonne oí que llegaba Sofie.

Era tarde, y bajé a comprobar que todo estaba en orden.

Sofie venía borracha y se comportó de forma desvergonzada.

No pude más y la estrangulé. La estrangulé con mis propias manos.

Seguía sin levantar la vista de la mesa.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó Gösta.

Se sirvió él también un café y les ofreció la jarra a los demás, pero todos lo rechazaron.

—Sabía que tenía que sacarla de allí. Esconderla.

Así que la llevé al coche y la metí en el asiento trasero.

Aparqué detrás de la antigua estación de bomberos y la llevé al cementerio.

Había dado un paseo por allí en el descanso del almuerzo y vi que estaban organizando los preparativos para un entierro.

Me pareció buena idea. Así descansaría en el cementerio.

En una tumba. Era lo menos que podía hacer.

Tenía en el coche un saco de ramas de abeto que iba a llevar a reciclar, y las esparcí por encima mezcladas con tierra para que no se viera el cadáver.

—Entonces, cuando la llevaste allí fue cuando perdió el coletero, ¿no? —preguntó Patrik.

—Debió de caérsele cuando la saqué del asiento trasero. No me di cuenta.

—¿Y qué hay de tu coartada?

—Yo mismo me sorprendí. —Allan ocultó la cara entre las manos—.

Pero Yvonne llevaba un tiempo tomando somníferos y no siempre tenía el sueño tan ligero como decía.

No pudo oír mi discusión con Sofie. Seguramente, querría que la policía dejara de perder el tiempo con nosotros y se dedicara a buscar a quien se llevó a su hija.

Siempre, siempre creyó que era un extraño.

Patrik asintió. La versión de Allan era en gran medida un informe objetivo, pero no presentaba grandes lagunas. O no mayores que las que podía provocar en la memoria un período de treinta años.

—¿Por qué dejaste los vaqueros de Sofie en la escalera de Aino? Me refiero a los vaqueros que le había prestado Ellen para que se los pusiera en la fiesta aquella noche.

Allan lo miró desconcertado.

—¿Los vaqueros en la escalera de Aino?

Negó con la cabeza.

—Gran parte de lo que ocurrió aquella noche es una neblina. Hay lapsos de tiempo de los que no tengo recuerdo.

Patrik asintió y anotó algo en el cuaderno.

—En cuanto al ADN hallado delante de la ventana de Sofie —continuó—, ¿sospechabas que era de Gabriel?

—No, no. Gabriel… —Allan sollozó y volvió a esconder el rostro entre las manos—. Sofie afirmó cosas de Gabriel, pero yo lo conozco. No podía creerlo, no podía creerlo.

Patrik y Gösta se miraron. Aguardaron a que Allan dejara de llorar. Al final, Patrik carraspeó un poco.

—¿Y Aino?

—¿Aino? —dijo Allan, y levantó la cabeza.

—Tuvisteis una aventura.

Allan se sobresaltó.

—Mi cliente ha aceptado hablar con vosotros de Sofie —dijo Frank, y le puso a Allan la mano en el hombro.

Pero Allan negó con la cabeza.

—Quiero hablar. Sí, tuvimos una aventura. Más aún, nos queríamos. Yo había pensado dejar a Yvonne. Construir un futuro con Aino. Pero aquella noche… Ella rompió conmigo. Dijo que se había terminado.

—Hemos encontrado su cuaderno de notas, Allan. En tu armario. El que desapareció cuando la asesinaron.

Patrik dejó las palabras flotando en el aire. Frank Welder se revolvió en la silla con nerviosismo y con cara de ir a protestar, pero Allan alzó la mano para detenerlo. Luego, respiró hondo.

—Yo maté a Aino. Me vio esa noche cuando llevaba el cadáver de Sofie al cementerio.

Yo no lo sabía. Nunca me dijo nada. Pero me di cuenta de que algo había cambiado.

Creí que se debía a que lo habíamos dejado, era una explicación natural.

Y después dejó de trabajar para mí. Nos convertimos en meros conocidos que se saludaban al cruzarse por la calle. No sabía…

Meneó la cabeza. Se enjugó con la mano una lágrima solitaria.

—El hallazgo del cadáver de Sofie despertó sin duda algo en su memoria.

Y pensaba contarlo. No podía permitirlo.

Así que, durante la fiesta de inauguración de Åldersro, me escabullí hasta su habitación cuando nadie me veía.

Había muchísima gente. La estrangulé y me llevé el cuaderno.

Lo escribía ya cuando estábamos juntos, y yo sabía lo que escribía.

Comprendí que aquel suceso tenía que figurar en él, así que lo cogí.

—¿Cómo sabías que pensaba contarlo? —dijo Gösta—. Si no os veíais.

Allan guardó silencio unos instantes. Se toqueteaba una uña con nerviosismo.