El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #6
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Jueves #6

El cristal de las ventanas, antiguo, estaba lleno de arañazos que dificultaban la visión, pero creyó distinguir una cama y a alguien tumbado en ella. Enseguida se apartó de la ventana. Le daría muchísima vergüenza que Magdalena la viera ahí fisgando como una idiota.

Continuó retrocediendo, pero, de pronto, sintió un mareo.

Como si el cuerpo que había en la cama quisiera contarle qué era lo que había visto.

Un sudor frío le recorrió la espalda cuando se acercó a la cabaña y se plantó delante de la puerta.

Dudó un instante, tragó saliva varias veces para contener las náuseas.

Al final bajó el picaporte despacio y abrió la puerta.

Estaba a punto de entrar cuando vio una nota en el suelo de la cabaña, a unos diez centímetros de la puerta. Se agachó y leyó la nota, casi sin poder dar crédito a lo que estaba viendo. Luego dio un paso, dejó atrás la nota y se acercó a la cama. Dejó escapar un lamento y retrocedió de nuevo.

—¡Patrik!

Mellberg lo llamaba a gritos desde su despacho y Patrik se detuvo a regañadientes. El jefe era la última persona a la que quería ver en esos momentos. El nutrido grupo de periodistas que se había reunido delante de la comisaría crecía por momentos, y los teléfonos no paraban de sonar.

—Cuánto interés, ¿no? —dijo Mellberg exaltado—. ¿Cuándo crees que podré dar la conferencia de prensa? Este caso está listo, como quien dice, ¿no?

Patrik respiró hondo y trató de conservar la calma.

—No, aún nos queda mucho trabajo por delante. He pedido una autorización para detener a Allan. Y el cambio de abogado por parte de Gabriel necesita ser aprobado para que podamos continuar con el interrogatorio.

Mellberg se lo quedó mirando atónito.

—¿Por qué quieres detener a Allan Rudberg?

—Bertil, esa es la razón por la que no puedes hablar con los medios antes de que sepamos qué tenemos entre manos. Y la información que acabo de darte no puede salir de aquí. ¿Me lo prometes?

Mellberg se estiró un tanto ofendido.

—Si hay alguien capaz de mantener la boca cerrada, ese soy yo.

Solo porque, en calidad de jefe, asuma la responsabilidad de mantener a la sociedad informada no significa que no sepa cuándo hay que tratar el asunto con delicadeza.

Ese tipo de equilibrios difíciles de mantener os es ajeno a quienes no tenéis ninguna responsabilidad de liderazgo.

Es la pesada carga que me corresponde llevar.

Bertil Mellberg aún era capaz de hablar con autoridad cuando quería. Y, pese a todo, tenía razón en una cosa: él era el jefe de la comisaría, y Patrik tenía el deber de informarlo de los detalles de la investigación. Por más que le costara.

—Allan acaba de reconocer que él mató a Sofie.

—Joder. —Mellberg empezó a rascarse la cabeza—. Pero, entonces, ¿qué pasa con Gabriel? ¿No era él el principal sospechoso? Es lo que yo había oído, así que…

—Aún queda mucho por investigar, pero sí, la nueva información complica el caso aún más. Y ahora, además, tenemos ahí fuera una horda de periodistas que esperan impacientes y que cuentan con una información errónea.

Mellberg asintió varias veces.

—Ya, puede que no haya sido muy acertado —dijo, aunque no parecía sentirlo de verdad—.

Son cosas que siempre ocurren en el curso de una investigación.

Giros inesperados. Ni te imaginas las historias que podría contar.

En fin. Mantenme informado, Hedström. —Acto seguido, despidió a Patrik con el pulgar hacia arriba.

Patrik volvió al pasillo meneando la cabeza. Madre mía. En ese momento vio a Gösta, que iba camino de los servicios.

—¿Ha localizado Martin a Farideh?

Gösta asintió.

—Han quedado con los técnicos en casa de Allan. ¿Quieres que vayamos? Estaremos mano sobre mano hasta que la fiscal diga algo.

—No, me prometió que respondería enseguida. Es mejor esperar a que llame, así podremos continuar la conversación con Allan y con Gabriel.

—Vale. Joder, tengo que ir a mear.

—Corre —dijo Patrik, y entró en su despacho.

Cerró la puerta y se dejó caer en la silla, delante del escritorio. Debería sentirse más animado. Tenían una confesión. Pero, en realidad, no había hecho más que suscitar nuevos interrogantes. Allan no había dicho nada de Aino. Ni de cómo y por qué mató a Sofie. Y, ¿acaso no tenía coartada?

Estaba tan inmerso en sus pensamientos que se sobresaltó cuando sonó el teléfono. Soltó un taco y leyó «Amor» en la pantalla.

Dudó un instante. Sabía que, si respondía, le llovería un alud de preguntas y, justo ahora, no podría responder a ninguna.

Dejó que sonara hasta que se agotó la señal.

Ya gestionaría la ira de Erica por la noche.

Siguió dándole vueltas a la cabeza mientras jugueteaba distraído con un clip. ¿Por qué querría Allan matar a Sofie?

Unos pasos se acercaron corriendo por el pasillo y la puerta de su despacho se abrió de golpe.

—Tengo a Erica al teléfono —dijo Annika—. Por lo visto no se lo cogías. En Fjällbacka ha pasado algo, y tiene que hablar contigo. ¡Ven!

Patrik se levantó enseguida, se dirigió a la recepción corriendo detrás de Annika y echó mano del teléfono. En un primer momento apenas pudo creer las palabras de Erica. Luego dijo:

—Salimos ahora mismo.

¿Qué demonios estaba pasando?

En ese momento, Gösta salía de los servicios subiéndose la cremallera.

—Tenemos que ir a Fjällbacka —dijo Patrik—. Erica acaba de llamar. Ha encontrado muerta a Magdalena.

Acudieron a la casa de la familia Hagman a toda velocidad. Patrik aparcó detrás del coche de Erica.

—¡Estamos aquí! —se oyó desde el jardín, y Gösta y él se apresuraron hacia la parte trasera de la casa.

Erica se le echó en los brazos y él la abrazó fuerte y saludó con la mano a Anna, que se había sentado en un viejo mueble de jardín bajo un manzano y estaba blanca como el papel.

—Muéstrame dónde está —le dijo en voz baja, y le secó a Erica las lágrimas con la mano.

Ella asintió y echó a andar hacia la cabaña blanca.

—O no, espera, mejor quédate aquí. Cuantas menos pisadas haya alrededor de la casa mejor. Vete con Anna.

Gösta permaneció allí mientras Patrik se dirigía despacio hacia la puerta abierta de la cabaña de invitados. Puso mucho cuidado en no tocar nada y en pisar lo menos posible.

La casita constaba de una sola habitación. En el suelo había una nota escrita con tinta azul y una letra clara. Patrik se estremeció ante lo que estaba viendo, pero continuó hacia la cama.

Con sumo cuidado, levantó el edredón. Los ojos inertes de Magdalena miraban al techo. No vio la sangre que había corrido de las muñecas hasta que no levantó el edredón, porque el colchón la había absorbido.

No cabía la menor duda de que estaba muerta.

Patrik regresó con cuidado hasta la entrada, volvió a mirar la nota. Leyó una vez más las palabras allí escritas.

«Yo maté a Sofie. Perdón. Magdalena».

Always — Bon Jovi

No sé cómo de amigas somos todavía Magdalena y yo.

Ella anda sobre todo con Jocke, y Ellen y yo somos las que estamos juntas.

Casi empieza a ser un poco raro cuando nos vemos las tres.

Supongo que es lo normal. Que al crecer nos separemos.

Pero yo creo que Ellen y yo vamos a ser amigas toda la vida.

Además, ahora que hemos empezado bachillerato, todo es superdistinto. Ahora empieza todo.

Gabriel sale a veces con amigos. Ni siquiera sé con quién va. Seguro que con otros bichos raros. Qué alivio cuando no está en casa.

Él todavía no ha visto mi peinado nuevo. Espero que le guste. Para mí que parezco mayor. Y me he puesto muy morena de tanto salir a navegar. Además, también he tomado el sol en el jardín después de embadurnarme con el nuevo aceite solar.

Esta mañana me he pesado. He perdido tres kilos.

¡Me puse supercontenta! Es una mierda comer solo requesón y zanahorias, pero vale la pena cuando noto que los vaqueros cortos me quedan holgados.

Pensará que estoy superguapa. Yo misma me siento guapa.

Si además pudiera hacer que me creciera un poco el pecho…

Pero, si no, siempre puedo meterme un poco de papel en el sujetador.

Había pensado hablar con Aino ayer. Contarle que tengo miedo. Pero parecía triste. No es normal en ella, así que no le dije nada. Y, además, ¿y si se hubiera reído de mí, igual que Ellen y Magdalena?

De todos modos, Magdalena nos ha invitado a Ellen y a mí a una fiesta en casa de Jocke.

He decidido no volver temprano a casa, me da igual lo que diga mi madre.

Ella no quiere que me lo pase bien. Pero prefiero apechugar con el castigo.

¡Esa va a ser mi noche! No tengo ni idea de qué me voy a poner, pero ¡voy a ver si puedo perder dos kilos más!

—¿Cómo queréis organizarlo?

Paula habló con dureza. Seguía furiosa con los periodistas, que pretendían entrar y tomar fotos y hacer preguntas en pleno registro domiciliario. ¿Es que habían perdido el juicio por completo?

—Nosotros empezaremos por la planta baja. Vosotros podéis ir arriba si queréis, así no nos estorbamos mutuamente. Pero ya sabéis: mascarilla, guantes, patucos de plástico y, si veis algo que haya que fotografiar o examinar, dais un grito.

Paula dio a Farideh el visto bueno levantando el pulgar. Le encantaba ver a los técnicos en acción.

Martin y ella subieron la escalera. La primera planta tenía dos dormitorios y una gran sala de estar con el techo abuhardillado donde había dos sofás bien grandes, libros y un televisor.

—Empezamos por el cuarto de Allan e Yvonne, ¿no?

—A ella no le ha gustado un pelo nuestra visita —dijo Martin, y entró en el dormitorio.

—Ya, pero es comprensible. Nos hemos llevado a su marido y a su hijastro, y ahora venimos a revolver en su casa.

Martin empezó a abrir los cajones de la cómoda que había justo a la izquierda.

—¿Tú qué piensas del caso? —preguntó—. Yo no entiendo un pimiento.

—Pues yo habría apostado toda mi fortuna por Gabriel —dijo Paula.