Jueves #5
Patrik lo observaba con calma. Trataba de ocultar el desprecio que sentía por aquel hombre, pero no estaba seguro de haberlo conseguido.
Gabriel resopló.
—Esto es un absurdo. Yo no he hecho nada, así que quiero acabar cuanto antes. Venga, empezad para que pueda irme a casa y poneros una denuncia de mil pares de narices.
Patrik asintió.
—Al llegar a la comisaría te hemos tomado una muestra de ADN, que ahora va camino de ser analizada para luego compararla con el ADN de varios casos relacionados entre sí.
Por un lado, con la muestra de esperma seco que la policía tomó hace treinta años delante de la ventana del cuarto de tu hermana y, por otro, con las muestras relacionadas con cuatro violaciones que se produjeron en Gotemburgo y que resulta que proceden de la misma persona.
Luego espabilaste, y empezaste a usar preservativo.
Tardaste un poco, por suerte para nosotros. Y por desgracia para ti.
Gabriel los miraba atónito. Abría y cerraba la boca sin articular palabra. Se retrepó en la silla. Luego, empezó a negar con la cabeza.
—No, no, no. Lo niego todo. Habéis cometido un error. Hace treinta años comprobasteis el ADN de mi padre, y no coincidía.
La abogada defensora frunció el ceño y miró primero a Gösta, luego a Patrik.
—Como comprenderéis, no he tenido tiempo de ponerme al día de los detalles del caso, pero parto de la base de que me entregaréis todo el material después de este interrogatorio.
Patrik asintió.
—Seguro que te preguntaste cómo era posible, ¿no? —le dijo a Gabriel—. Quizá pensaste que alguien cometió un error cuando le hicieron la prueba a Allan, ¿verdad? Como si hubiera intervenido la mano de Dios.
Gabriel masculló algo inaudible. Patrik hizo una pausa para pensar un poco cómo seguiría con el interrogatorio. Tenía presente en todo momento la confesión de Allan y, sin el cuadro completo, no estaba seguro de cuál sería la mejor forma de avanzar. Al final, se decidió.
—¿Sabías que tú no eres hijo de Allan?
Gabriel se sobresaltó. Se quedó atónito mirando primero a Patrik, luego a Gösta.
—Pero ¿qué mierda de locura es esa? ¡Pues claro que Allan es mi padre! En casa tengo un montón de fotos de él conmigo en brazos cuando era niño. ¡Vaya imbéciles!
—Oye, cálmate, haz el favor —dijo Gösta con tono autoritario.
Patrik prosiguió. Había logrado desequilibrar a Gabriel, y eso era justo lo que quería.
—Un niño llamado Mattias Mårtensson fue secuestrado en Malmö cuando tenía tres años. El secuestrador era Allan Rudberg.
El pecho de Gabriel se hinchaba entrecortadamente. Se acabaron los improperios y las salidas de tono.
—Gabriel, el hijo de Allan, murió a manos de su madre, que se quitó la vida después.
Allan lo enterró en el jardín de su casa, en Lund.
Cuando pasó por delante de vuestra casa con el coche, te vio llorando, lleno de sangre y sentado en la escalera.
Tu padre había maltratado gravemente a tu madre.
Allan te llevó consigo e hizo una llamada anónima a la policía para denunciar la agresión.
Gabriel negaba con la cabeza con vehemencia.
—Esto es una verdadera locura. Solo queréis desconcertarme. Alguien tuvo que buscar a ese tal…, ¿cómo se llamaba? Mattias.
Patrik se centró durante unos segundos en la telaraña del techo. Luego, volvió a fijar la mirada en Gabriel.
—La policía aceptó enseguida la teoría de que tu padre te había matado a golpes y había enterrado el cadáver en algún lugar. También tu madre, que se llama Carina, lleva toda la vida creyendo que eso fue lo que ocurrió.
Gabriel seguía sin dar crédito a lo que le decían.
—Pero, mi padre… —Guardó silencio. Se estremeció. Ocultó el rostro entre las manos—. La sangre… Había mucha sangre por todas partes. Siempre pensé que era una pesadilla.
Empezó a jadear, aún con el rostro oculto entre las manos.
En ese momento, llamaron a la puerta.
—¿Sí? —respondió Patrik impaciente.
No le gustaba que lo interrumpieran en medio de un interrogatorio, pero comprendió que debía de tratarse de algo importante.
Annika asomó la cabeza.
—Jan Kjellgren, abogado, acaba de llamar para comunicarnos que la familia de Gabriel lo ha contratado para representarlo.
Patrik ahogó un suspiro y se dirigió a Gabriel.
—¿Quieres cambiar de abogado y que te represente el que ha contratado tu familia? En ese caso, tenemos que interrumpir el interrogatorio y aprobar la sustitución.
Gabriel levantó despacio la cabeza, se quedó inmóvil unos segundos. Al final, asintió.
—Sí, sí quiero cambiar de abogado.
Erica había recogido a Nora en casa de Kristina y se le ocurrió pasarse a ver a Anna y tomarse un café con ella.
Los días se hacían muy largos encerrada con un bebé, y no quería ponerse a trabajar antes de que Patrik le hubiera contado algo más de lo sucedido.
Aún la embargaba la energía que había sentido cuando vio la conexión entre Gabriel y el niño secuestrado, pero no había avanzado más.
Anna se secó las manos en un paño de cocina y se acercó a Erica, que había llamado al timbre antes de entrar con Nora en brazos sin esperar a que le abrieran.
—Pero, ¡bueno! ¿Quién viene a ver a su tía? —dijo Anna haciéndole arrumacos a Nora.
—Kristina quería invitarme a café y a magdalenas de serrín, así que me inventé una importantísima reunión online con la editorial —dijo Erica—. Pero la verdad es que me apetece un café.
—Mala suerte. Ahora mismo iba a salir para tomar medidas en casa de Bengt y Gun.
Anna empezó a ponerse los zapatos. De pronto, se le iluminó la cara.
—¡Vente conmigo! Gun me ha mandado un mensaje hace un momento para decirme que tenía que ir a la residencia por un asunto de trabajo, pero que no había cerrado con llave y que podía ir si quería.
—Pues sí, por qué no —dijo Erica—. Hoy ya he cometido un robo en una casa.
Anna se estaba poniendo la chaqueta y se detuvo.
—¿Qué has hecho?
—Te lo cuento en el coche —dijo Erica. Echó una ojeada al salón—. Más ordenado que la última vez que estuve aquí. ¿Te has deshecho de algo o has vuelto a guardarlo todo en los armarios?
Anna se sonrojó.
—En fin, no podemos tirar cosas que están bien.
Es un despilfarro y no es nada ecológico.
—Soltó un suspiro—. Y, además, Dan se ha lanzado a comprar un bote de vela ligero sin preguntarme.
Y me ha pedido que me ocupe de los trastos antiguos que había dentro, que tienen una capa de varios centímetros de polvo y suciedad.
La caja está ahora en el jardín. Con un poco de suerte, lloverá.
—Sí, siempre llueve, tarde o temprano, no hay más que tener paciencia —dijo Erica, y cogió la sillita de Nora—. Vente conmigo en el coche, luego te traigo a casa.
—Genial.
Anna cerró la puerta y siguió a Erica.
Durante el breve trayecto hasta la casa de Bengt y Gun, Erica tuvo tiempo de contarle a su hermana su aventura matutina y, para causar más efecto, adornó un poco la historia. Anna fue reaccionando justo en los momentos que ella esperaba.
En efecto, cuando llegaron pudieron comprobar que la casa no estaba cerrada con llave.
—Es una casa preciosa —dijo Erica mirando a su alrededor. La invadió la misma sensación de antes: era una casa que había recibido mucho amor. Dejó la sillita con Nora dormida en el suelo.
—La estructura es una maravilla, pero, desde luego, necesita una actualización —dijo Anna—. Algo de color, muebles adaptados, nuevos tejidos, sustituir parte del mobiliario, el resto pensaba pintarlo o volverlo a tapizar, y quedará como nuevo.
Empezó a trabajar metro en mano.
—El coche junto al que hemos aparcado es el de Magdalena, ¿verdad? —dijo Erica mientras se hundía en el sofá desfondado—. A lo mejor está en casa.
Anna señaló el sofá.
—Ese sofá se queda, aunque renovaré el relleno y volveré a tapizarlo. Gun me dijo que es de la casa de sus padres, y que quiere conservarlo si es posible.
—Pues claro, tú eres capaz de hacer magia —dijo Erica, y pasó la mano por el estampado de flores de la tapicería.
—Es una pena, porque esa tela es de Josef Frank —dijo Anna mientras subía las escaleras—. Pero está demasiado gastada y descolorida, no se puede recuperar.
Erica se levantó y se dirigió a la cocina. Le fascinaban las casas en las que siempre parecía que acabaran de limpiar. El único rastro de que allí vivía alguien era una taza de café, un vaso y un plato que había en el fregadero, y unas migas de pan en la mesa de la cocina.
—¿Puedes estar pendiente de Nora un momento? —dijo mirando hacia arriba, y Anna le respondió que sí.
Abrió la puerta del balcón que había en la parte trasera.
La casa se encontraba en la parte alta de la colina y tenía vistas al mar.
Un día como aquel de final de verano parecía más hermoso aún con el cielo azul claro y las aguas en calma, así que bajó la escalera y se sentó en el banco que formaba parte de una mesa de jardín preciosa, algo desgastada y de color gris, que había bajo un manzano.
Era un jardín tranquilo. Solo se oía el trino de los pajarillos y unas voces apagadas que sonaban a lo lejos.
Fjällbacka estaba entrando en su período más silencioso.
Sin montones de barcos, de coches y de turistas.
El otoño y la primavera eran sus estaciones favoritas.
El invierno podía ser oscuro y frío, y el verano, ajetreado en exceso con tantos turistas.
El otoño y la primavera, en cambio, eran una delicia.
Una manzana cayó de golpe sobre el tejado de la cabaña de invitados.
Erica se preguntaba si Magdalena estaría allí o si habría dejado el coche en casa.
Llena de curiosidad, se levantó y se dirigió a la casita blanca.
Había dos ventanas pequeñas, una a cada lado.
Si Magdalena se había quedado en casa, no debía molestarla, pero no pudo contener las ganas de asomarse a mirar.