El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #4
87%

Jueves #4

Jocke echó mano del teléfono y empezó a buscar en Google algún criadero. El primer resultado era un criadero que se llamaba La fuente de oro y que se encontraba en Uddevalla. Perfecto. Podía pasar por allí y hablar con ellos antes de volver a casa después de la reunión.

Miró el reloj. Ya empezaba a ser hora de irse. Apuró el último trago de café y se puso la americana, que había dejado colgada en el respaldo de la silla.

Sture. Ese era un buen nombre para un cachorro. Siempre le había gustado poner a los perros nombres de persona. Sería perfecto. Todo sería perfecto. Lanzó un beso en dirección a la cabaña antes de salir a toda prisa.

—¡Mamá!

Elsa gritó con voz chillona al entrar con Ludvig pisándole los talones.

Ellen salió de una de las habitaciones que daban al pasillo.

Se había permitido sentarse a leerle un rato a Esther, que era de sus favoritas entre los mayores.

Estaban inmersas en el último libro de la saga de Viveka Sten que se desarrollaba en Åre cuando Elsa la llamó.

—¿Es que hay un incendio o qué es lo que pasa? —La sonrisa se le borró de la cara en cuanto vio la expresión de sus hijos—. ¿Está todo el mundo bien? ¿Se ha producido algún accidente en el restaurante?

Elsa se abrazó a ella y la empapó con su llanto.

—La policía ha estado en el restaurante. Se han llevado a papá. Y al abuelo.

Ellen apartó un poco a su hija.

—¿Qué dices? —Ellen sintió que el pulso se le aceleraba—. Venid, vamos a la cocina, es el lugar más tranquilo. Gun está en el despacho. Hemos tenido un poco de lío esta mañana con Lennart, que creía que le había dado un infarto, y resultó que eran gases del chile de ayer.

Ellen oyó parlotear a Gun mientras llevaba a sus hijos a la cocina. Se sentaron a una mesa y Ellen le acarició el brazo a Elsa.

—A ver, cuéntame.

—Cuatro policías han entrado en el restaurante y se han llevado a papá arrestado.

—Detenido —dijo Ludvig—. Han dicho que estaba detenido.

Elsa asintió varias veces entre sollozos.

—Luego le pidieron al abuelo que los acompañara también, pero yo creo que precisaron que fuera libremente, que él no iba arrest… Detenido.

Ludvig asintió.

—Sí, el abuelo los acompañaba por voluntad propia.

Ellen pensaba presa del nerviosismo mientras trataba de asimilar lo que le contaban sus hijos.

—¿Y papá se resistió o se fue con ellos?

Sintió escalofríos al imaginarse a Gabriel arrasando en la cocina en medio de una pelea con cuatro policías.

—Creo que el abuelo supo mantenerlo tranquilo, así que los acompañó sin oponer resistencia.

Ellen cerró los ojos. Gracias a Dios, menos mal.

—Vamos a casa de Yvonne para decidir qué hacer. Le aviso a Gun y salimos.

Ellen conducía demasiado rápido en dirección a Mörhult y estuvo a punto de chocar con un camión en una de las últimas curvas. Madre mía, tenía que calmarse.

—Tranquila, mamá —dijo Elsa agarrándose al asa de la puerta.

Ellen se dijo a sí misma que más valía soltar un poco el acelerador. Una vez en la casa, aparcó justo delante y salió a todo correr hacia la puerta de entrada, que abrió de golpe.

—¡Yvonne!

—¡Abuela! —la llamaron a gritos los niños.

Yvonne cruzó la puerta de la terraza con los guantes de jardinería y unas tijeras de podar en la mano.

—Madre mía, ¿a qué vienen esos gritos, es que…?

Calló al ver la mirada de Ellen. Se quedó pálida.

—La policía ha detenido a Gabriel y se han llevado también a Allan a la comisaría —dijo Ellen, y se sentó desfallecida en la cocina.

Se cubrió la cara con las manos. ¿Cómo podía estar ocurriendo todo aquello? ¿Por qué habían detenido a su marido? ¿Y qué quería de Allan la policía?

—Pero ¿qué dices?

Yvonne se sentó en la silla que había frente a Ellen. Tenía los guantes llenos de tierra, que cayó sobre la mesa mientras se los quitaba de un tirón.

—Debe de tratarse de un error. ¿Llamamos a un abogado?

Cuando la voz de Ellen empezó a sonar como en falsete, Elsa se puso a llorar de nuevo. Ludvig y ella se sentaron también alrededor de la mesa. Todos quedaron en silencio durante un minuto interminable. Luego Yvonne se irguió resuelta.

—Llamaré a Bengt, seguro que él conoce a algún abogado. Entonces sabremos qué hacer.

Yvonne se levantó y fue en busca del teléfono, que tenía en la encimera. Llamó a su amigo, le explicó en pocas palabras cuál era la situación y anotó algo en un cuaderno mientras hablaban.

Ellen y sus hijos la observaban en tensión. Elsa seguía sollozando, y Ludvig se inclinó sobre la mesa y le dio una palmadita torpe en la mano. En medio de aquella situación terrible, Ellen se animó al ver que Ludvig consolaba a su hermana.

—Tengo el número de un par de abogados muy buenos. Llamaré al primero enseguida. —Yvonne repitió lo mismo que le había contado a Bengt y fue respondiendo sí o no a las preguntas que le hacían.

Ellen tamborileaba impaciente con los dedos sobre la mesa. Si no se enteraba pronto de lo que estaba pasando, se volvería loca.

Cuando Yvonne terminó la conversación, se sentó de nuevo a la mesa. Cruzó las manos, que le temblaban visiblemente. Ellen se miró las suyas y comprobó que no temblaban menos.

Yvonne soltó una tosecilla.

—El abogado se ocupará del caso y tratará de averiguar de qué lo acusan. Si es cierto que Gabriel está detenido, pueden retenerlo doce horas, luego necesitan una orden de arresto o prisión de la fiscalía.

—¿Detenido? ¿Doce horas?

A Ellen le costaba asimilar aquello.

—No tiene ningún sentido que vayamos allí, no hay nada que podamos hacer. Es importante que intentemos mantener la calma. Es la mejor forma de ayudarles en estos momentos. Puesto que Allan no está ni arrestado ni detenido, puede volver a casa en cuanto terminen de interrogarlo.

Elsa lloraba cada vez más fuerte, y Ellen la rodeó con sus brazos.

—Todo se va a arreglar, ya verás —dijo—. Tiene que tratarse de un malentendido.

Llamaron a la puerta, un chirrido cortante y chillón que los sobresaltó a todos.

—¿Quién será, justo ahora? —dijo Yvonne irritada, y fue a abrir—. Sea quien sea, no llega en buen momento.

Ellen atisbó en la puerta a un hombre con una americana de tweed.

—Hola, soy del diario Bohusläningen , me gustaría saber si tienen algún comentario que hacer sobre…

Yvonne le cerró la puerta en las narices. Ellen nunca la había visto con tal cara de desesperación. Elsa seguía llorando y Ellen la abrazó.

Patrik miró al hombre mayor que tenía delante. Las ideas se le arremolinaban en la cabeza. Trataba de comprender qué estaba pasando en realidad.

Dio un golpecito en la mesa.

—Muy bien, Allan. Puesto que has confesado, nos vemos obligados a interrumpir esta conversación voluntaria.

Contactaré con el fiscal de inmediato para que dicte una orden de arresto.

Tienes derecho a un abogado, y si no tienes ninguno, te asignaremos uno de oficio.

Tienes derecho a guardar silencio y no estás obligado a responder a ninguna pregunta.

Tu abogado te informará de todo. Y, por el momento, lo dejamos aquí.

Se dirigió a su colega.

—Gösta, ¿puedes llevarlo al calabozo? Y trae a Gabriel mientras yo llamo a la fiscalía.

—Claro —dijo Gösta, y le indicó a Allan con la mano que se levantara.

Cuando salieron, vieron a Paula y a Martin yendo y viniendo delante de la puerta de la sala de interrogatorios.

—Ahí fuera reina el caos. Mellberg ha convocado a los medios —dijo Martin muy serio—. Lo he convencido de que espere que hayamos terminado los interrogatorios antes de hacer una declaración oficial. Y hasta que haya hablado contigo.

Aunque sabía de sobra que a Mellberg le encantaba ser el centro de atención, le sorprendió que ocurriera ahora. Aún sabían demasiado poco.

—Gracias, Martin —le dijo.

Paula mascullaba a su lado, y Patrik le puso una mano en el hombro.

—Ahora no tenemos tiempo, Allan acaba de confesar que él mató a Sofie.

Paula y Martin se quedaron atónitos.

—Pero ¿qué estás diciendo? —preguntó Paula—. Entonces, ¿no fue Gabriel, sino Allan?

Patrik asintió.

—Hemos interrumpido el interrogatorio, voy a llamar a la fiscalía. Le he pedido a Gösta que deje a Allan en prisión preventiva, y ahora pensaba hablar con Gabriel. ¿Ha venido el abogado?

—La abogada. Está esperando en mi despacho, voy a buscarla —dijo Paula.

Patrik se pasó la mano por el pelo, se masajeó un poco la cabeza en un intento de ordenar el torbellino de pensamientos.

—Esto lo cambia todo. Aún no tengo claro cómo voy a abordarlo en el interrogatorio a Gabriel, así que tendré que dejarme guiar por el instinto.

Respiró hondo, todo se calmó por unos segundos.

—Quisiera pediros que contactéis con Farideh y que efectuéis un registro domiciliario en casa de Allan. Debemos ser rápidos, ahora que tenemos encima a los medios.

—La llamo ahora mismo —dijo Martin, y sacó el móvil del bolsillo.

Patrik fue a la cocina e intercambió unas palabras con la fiscal.

Luego se sirvió un café y se acercó a las dos pizarras.

Un batiburrillo de pistas, fotografías, palabras sueltas e indicaciones horarias lo interpelaba mientras él trataba de conseguir que la confesión de Allan encajara con los hechos.

Estaba tan seguro de que había sido Gabriel…

Ahora se había alterado la imagen global y debía esforzarse por dirigir sus pensamientos en otro sentido.

Con la taza en la mano, volvió a la sala de interrogatorios, donde ya lo aguardaban Gabriel y Gösta. Tras él entró la abogada de oficio, que se sentó al lado de Gabriel.

—Jonna Stigh —se presentó la letrada dirigiéndose a Gabriel, que se limitó a asentir.

—Si alguien quiere café, puedo ir a buscarlo —dijo Patrik mientras ponía su taza en la mesa.

Los tres negaron con la cabeza.

Patrik puso en marcha la grabadora y recitó la fecha, los nombres y la hora, así como los derechos de Gabriel como detenido.

Él se inclinó rabioso hacia delante y apoyó los codos en la mesa.

—¡Menudos soplagaitas! ¿No os dais cuenta de lo que me estáis haciendo? ¡Esto arruinará mi carrera! ¡Me arruinará la vida! ¡La vida de mi familia!

Jonna le puso la mano en el brazo, pero él lo retiró de golpe.