Jueves #3
—Se llevaron el cadáver, y yo me quedé toda la noche en la casa.
Solo. Isabelle y Gabriel estaban a mi alrededor, por todas partes.
Sabía que no podría seguir viviendo allí.
Por la mañana, llamé a la guardería y les conté lo que le había ocurrido a Isabelle; les dije que Gabriel se quedaría conmigo en casa un tiempo.
Luego llamé al arrendador y le comuniqué que nos mudábamos.
No tenía ningún plan. Ninguna idea de qué hacer.
Solo sabía que no podía permitir que se llevaran a Gabriel al cementerio. Y que yo tenía que irme de allí.
Se aclaró la garganta y bebió el agua que le quedaba. Patrik le llenó el vaso y añadió un poco más al suyo y al de Gösta.
—Habíamos alquilado la casa amueblada, así que hice la maleta con lo imprescindible.
Pero no quería dejar mis cuchillos en el restaurante.
Me habían acompañado desde que terminé la formación de cocinero, fueron los primeros que me compré, con el primer sueldo.
Así que me acerqué a Malmö a buscarlos. Luego pensaba irme lejos.
No sabía adónde. Solo sabía que quería marcharme de allí.
Un coche tocó el claxon en la calle y Patrik se sobresaltó por lo repentino del ruido. A su lado, Gösta reaccionó igual y volcó sin querer el vaso de agua. Mientras secaba la mesa con una servilleta, Allan reanudó el relato como si el ruido no le hubiera afectado en absoluto.
—Cuando salía de Malmö me sentí mareado de pronto.
El nudo que había tenido en el estómago desde que encontré a Isabelle y a Gabriel quería subir y salir fuera.
Me detuve en el arcén y vomité. Estaba a punto de sentarme otra vez en el coche cuando oí a un niño que lloraba.
Lloraba desesperadamente. El sonido venía de una casa de por allí.
Allan levantó de nuevo la vista al techo. Se detuvo en una esquina. Patrik siguió su mirada y vio una tela de araña. Se preguntó cuánto tiempo llevaría allí.
—Doblé la esquina de la casa y vi a Gabriel.
Sí, ya sé que no era él. —Subrayó sus palabras con un gesto de la mano—.
Pero, por un instante, creí de verdad que era Gabriel.
Eché a correr hacia él, estaba desnudo, solo con el pañal, en la escalera de la entrada de la casa.
La sangre que le salía por la nariz le caía sobre el pecho.
Detrás de él la puerta estaba abierta, así que lo cogí en brazos y entré en la casa.
En el recibidor había sangre por todas partes y, en medio de aquel caos, una mujer tendida en el suelo.
Apenas se le distinguían los rasgos de la cara.
Creí que estaba muerta. No fue una decisión consciente.
La criatura temblaba en mis brazos y se aferraba a mi cuello.
Igual que Gabriel cuando lo llevaba a la cama por las noches.
Allan cerró los ojos, colocó los brazos como si estuviera sosteniendo a un niño.
—Me llevé al pequeño al coche y me fui de allí.
Al cabo de unos kilómetros caí en la cuenta de que la mujer tal vez no estuviera muerta, de que quizá necesitara ayuda.
Me detuve en una cabina y llamé. Al llegar a una estación de servicio, aparqué detrás, donde nadie podía vernos, y compré toallitas húmedas, un zumo, galletas y patatas fritas.
Y pañales. Al hacer el equipaje había metido en la maleta alguna ropa de Gabriel, así que saqué una camiseta y unos pantalones.
Limpié al pequeño y lo vestí, y nos marchamos.
Allan bebió un poco más de agua. La voz sonaba más serena.
—Cuando llegamos a Gotemburgo, me sentía demasiado cansado para continuar, de modo que nos quedamos un par de noches en un hotel cerca de Liseberg.
Me enteré de que buscaban cocinero en un restaurante, me presenté al puesto y me contrataron.
Encontré un apartamento en el barrio de Gamlestaden y…
el niño era mío. Tenía la partida de nacimiento de Gabriel, su pasaporte.
Aquel pequeño al que había encontrado delante de su casa cubierto de sangre se convirtió en Gabriel.
Allan respiró hondo varias veces, como si hubiera corrido una maratón.
—¿No preguntaba por su madre? —dijo Gösta, que tenía la cara casi gris.
Allan asintió y apuró el vaso de agua.
—Las primeras semanas. Le dije que su madre había tenido que salir de viaje, y que me había pedido que cuidara de él.
Y el pequeño lo aceptó. Al cabo de un tiempo, empezó a sentirse tranquilo.
Yo había seguido las noticias que iban publicando sobre el caso de maltrato en Malmö.
Vi que la mujer había sobrevivido y que la policía creía que el padre había matado a Gab…
a Mattias. También hablaban de la vida que llevaban, y creo que logré convencerme de que, aunque la madre hubiera sobrevivido, el niño estaría mejor conmigo.
Parte de la simpatía que Patrik había sentido por Allan desapareció cuando recordó la cara de Carina.
—Ayer vimos a su madre. Creía que su hijo había muerto. Y lleva todos estos años llorándolo. Tiene dos hermanastras que viven en Gotemburgo, donde coincidisteis en los últimos años de vuestra estancia allí.
Allan asintió despacio. Cuando volvió a tomar la palabra, lo hizo con voz firme. Casi fría.
—Estoy dispuesto a asumir el castigo que me impongan. Pero Gabriel ha sido mi hijo en todos los sentidos posibles. Lo he querido como tal.
Patrik dirigió de nuevo la mirada hacia la tela de araña. Se imaginó a Carina, que, durante cuarenta y cinco años, había vivido creyendo que su hijo estaba muerto. Sus hijas tenían un hermano cuya existencia nunca conocieron.
Miró a Allan.
—El secuestro es un delito grave, pero los quince años de plazo para su prescripción cuando el secuestrado es un menor empiezan a contar desde el día en que cumple la mayoría de edad.
Es decir, que prescribió cuando Gabriel cumplió treinta y tres años.
En el caso de tu hijo, cometiste, a mi juicio, un delito de profanación del cadáver, además de no cumplir con la obligación de comunicar su fallecimiento.
También eso ha prescrito. Pero me pondré en contacto con la policía de Malmö para que puedan desenterrar el cadáver de Gabriel.
Allan sacó otro pañuelo, las lágrimas empezaron a brotar de nuevo.
—¿Cómo lo habéis descubierto? —preguntó con un hilo de voz. Parecía que acabara de caer en la cuenta—. ¿Y por qué habéis detenido a Gabriel?
Patrik miró a Gösta, que asintió. Podían retener a Gabriel durante tres días, así que no entrañaba ningún riesgo ser sincero con Allan. De todos modos, no podría hablar con él.
—Por el ADN que encontramos delante de la ventana de Sofie. ADN de un resto de esperma. Y también hemos podido relacionarlo con el rastro de ADN del esperma que la policía encontró en una serie de violaciones brutales cometidas en Gotemburgo.
Allan se quedó blanco. Se hundió en la silla, el corpachón temblándole de nuevo entre sollozos.
Al otro lado de la ventana, delante de la comisaría, se oían voces y el ruido de puertas de vehículos que se abrían y se cerraban.
Gösta se levantó y fue a mirar.
—Vehículos de los medios de comunicación —dijo—. Supongo que Mellberg no ha podido contenerse. Esto va a ser un circo.
—¡Mierda! —soltó Patrik indignado.
Allan dejó de temblar. Miró a Patrik cara a cara.
—Fui yo quien mató a Sofie.
—¿Vas a estar en casa por la mañana? —le preguntó su madre desde el recibidor.
Cuando Jocke bajó volando las escaleras la vio con la mano en el picaporte de la puerta.
—No, tengo una reunión en Uddevalla dentro de una hora, me marcho ya —logró decir casi sin resuello—. Joder, nunca se me pegan las sábanas por la mañana. Había pensado hablar con Magdalena también.
Gun señaló el jardín.
—Ella también parece haberse quedado en la cama —dijo—. Su coche sigue ahí aparcado. Necesita descansar, así que déjala, pobrecita.
Jocke se pasó la mano por el pelo, que sabía que llevaba encrespado por completo.
—Da igual, tengo que irme ya —dijo con un suspiro.
—Lennart se ha puesto enfermo esta noche, nos falta una persona, así que me voy a Åldersro —dijo la madre, y bajó el picaporte—. Anna iba a venir a tomar medidas y demás, le mandaré un mensaje diciéndole que no tiene más que entrar. ¡No eches la llave cuando te vayas!
Salió y cerró la puerta.
Jocke abrió el frigorífico y se quedó allí plantado, mirando los distintos envases de yogur, leche y leche fermentada. Y todos esos litros de zumo de naranja en el que su madre tanto insistía.
Se tardaban cuarenta minutos hasta Uddevalla, así que le dio tiempo de tomarse un desayuno rápido. Al final se inclinó por una rebanada de pan con queso y mantequilla. Y zumo de naranja, por qué no.
Echó un vistazo a la cabaña de invitados. Aunque habría querido hablar con Magdalena, la dejó dormir. La había visto agobiada mientras estuvieron hablando bajo el manzano.
Cuando eran niños, Jocke odiaba a Monica. Por lo que le hacía a Magdalena. Por todo lo que no hacía por Magdalena. Ella se habría merecido mucho más. Se merecía mucho más.
Jocke pensaba hacer lo posible por colmarla de amor con el fin de curar las heridas que Monica le había causado por dentro.
Esa vieja bruja malvada. Magdalena no iba a prestarle ayuda económica.
Si Monica no podía permitirse conservar la casa, que la vendiera y se mudara a una residencia, pero él pensaba decirle a su madre que no le permitiera nunca quedarse en Åldersro.
Jocke se sentó con la tostada en la mano, el zumo y un café. Desde allí veía la cabaña de invitados. ¿Espantaría a Magdalena y la empujaría a marcharse si se le declaraba? En todo caso, ya habían perdido muchos años. No quería perder más.
Ya era tarde para que tuvieran hijos. Pero ¿quizá podrían hacerse con un perro? A ella siempre le habían gustado los golden retriever. Le daría una sorpresa regalándole un cachorro por Navidad. Con un gran lazo rojo en el cuello. Lo mejor sería encargarlo ya.