El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #2
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Jueves #2

Allan se quitó el chaquetón y se ató el delantal. Algo en su actitud debió de chocarle a Gabriel, porque dejó de picar verdura y lo miró extrañado.

—¿Ha pasado algo?

—Una mañana un tanto ajetreada, nada más. Hemos discutido un poco. Tú también estás casado, así que ya sabes.

Allan intentó soltar una risa, pero le salió más bien un graznido.

Se aclaró la garganta.

—¿Hacemos pruebas con el cangrejo? Me he traído la fuente y los que sobraron de ayer.

Levantó las bolsas que llevaba consigo y empezó a sacar el contenido.

—Puede ser una buena aportación a la carta, solo tenemos que conseguir el caldo perfecto.

Gabriel empezó enseguida a quebrar el caparazón de los cangrejos y a ponerlos en una bandeja del horno, pero se detuvo y se lo quedó mirando intrigado.

Se había quedado allí de pie con los brazos inertes.

Allan trataba de hacer algo, pero se dio cuenta de que solo era capaz de mantenerse así, sin moverse de donde estaba.

—¿Seguro que te encuentras bien?

—Gabriel, ¿he sido un buen padre? Sé que hemos tenido nuestras dificultades como familia, pero ¿qué clase de padre he sido?

—¿A qué demonios viene eso? —Gabriel siguió colocando los caparazones en la bandeja—. Claro que sí.

—Lo digo de verdad. Lo he hecho lo mejor que he podido, pero ¿ha sido suficiente?

Gabriel se limpió las manos en un paño. Suspiró.

—No sé muy bien por qué sales con esto ahora, pero has sido el mejor padre que podía desear. Sabes que es lo que pienso. En todo caso, el que siempre ha causado problemas he sido yo. Y no es culpa tuya.

—¿Estás seguro?

Allan oyó lo suplicante que sonaba su voz.

Tenía que saberlo. Se había perdido muchas cosas.

Muchas cosas que no eran lo que él creía.

Toda su existencia se había venido abajo y solo podía hacer una cosa: aferrarse a lo único que se le antojaba real: haber sido un buen padre para Gabriel.

El mejor padre que podía darle al pequeño.

—¿Por qué no lo dejamos para otro momento? Si queremos que nos dé tiempo de hacer la prueba antes de empezar con los preparativos para esta noche, tenemos que ponernos ya.

Gabriel colocó la bandeja con los caparazones de cangrejo en el horno y subió la temperatura.

Allan asintió.

—Tienes razón. Ya lo hablaremos en otro momento. ¿Empezamos con la base de verduras?

—Sí, encárgate del apio y las zanahorias, que ya me ocupo yo de la cebolla.

Allan cogió un cuchillo y una tabla de cortar. En la encimera ya había una caja llena de verduras frescas. Empezó a cortar el apio muy fino. Sentía en la espalda la mirada de extrañeza de Gabriel.

—¿Cómo ha conseguido Erica la fotografía? —preguntó Paula.

Patrik suspiró y tomó una curva un poco más cerrada de lo conveniente.

—Esa es una conversación que ya mantendré con ella esta noche.

Pero la cuestión es que no voy a poder utilizarla en la solicitud de detención que presente a la fiscal.

Por ahora, solo he informado de que vamos a realizar una detención; a partir de ahí dispongo de doce horas para entregar las pruebas necesarias.

Lo que sí tenemos es permiso para solicitar la prueba de ADN.

—Pues muy bien.

Patrik miró de reojo a Paula. Sabía que le caía bien Erica, pero sospechaba que tenía sus reservas respecto del hecho de que su mujer estuviera siempre tan al corriente de las investigaciones en curso. Y sin duda tenía razón. Pero ya hablarían de eso cuando todo hubiera terminado.

—A mí ahora mismo eso me importa bien poco —dijo—. Lo que cuenta es que podamos detenerlo. Lo primero que pienso hacer cuando tengamos a Gabriel en la comisaría es tomarle una muestra de ADN. En Gotemburgo se van a poner contentísimos.

—¿Cómo puede nadie vivir una doble vida hasta ese punto?

Patrik recordó a Ellen y a Elsa. Su dolor cuando encontraron muerta a Aino. Y ahora esto.

—Pues sí. Y aunque me alegro de que podamos detenerlo por fin, lo siento mucho por la familia —dijo.

Comprobó por el retrovisor que Gösta y Martin iban detrás. Gabriel era un hombre alto, más valía estar preparados por si no los acompañaba voluntariamente.

Aparcaron los dos vehículos delante del restaurante, y acordaron la estrategia antes de entrar con Patrik a la cabeza.

El establecimiento estaba vacío, pero con las mesas preparadas para la cena, y en la cocina reinaba una actividad febril.

Todos se pararon en seco al ver entrar a los agentes uniformados.

A Patrik le recordó al juego aquel al que siempre jugaban Maja y los gemelos: stop dance .

Patrik hizo un gesto a Gabriel, que salió por las puertas giratorias seguido de su padre.

—Gabriel Rudberg, quedas detenido, tendrás que venir a la comisaría para que podamos interrogarte. Allan Rudberg, tú no estás detenido, pero me gustaría que nos acompañaras para tomarte una declaración voluntaria.

Gabriel miraba a su padre y al personal. Señaló con la mano el comedor del restaurante.

—¿Qué es esto? ¿No veis que tengo un restaurante que preparar?

—Tienes que venir con nosotros a la comisaría —dijo Patrik sereno—. Y, como ya he dicho, me gustaría que Allan nos acompañara voluntariamente.

Le producía cierta preocupación el hecho de que se encontraran con Gabriel en un entorno lleno de cuchillos, y puso muy despacio la mano en la funda del arma reglamentaria.

—Hagamos lo que nos piden —le dijo Allan tranquilo a su hijo, y empezó a quitarse el delantal.

Gabriel se quedó pasmado. Cerró los puños con fuerza a ambos lados. Luego asintió sin decir nada y también se quitó el delantal.

Los empleados los siguieron con la mirada mientras salían del restaurante.

A Patrik se le encogió el estómago al ver la preocupación en el rostro de Elsa y de Ludvig. Aún no lo sabían, pero su vida estaba a punto de dar un vuelco. Otra vez.

Allan levantó la vista hacia Patrik y Gösta cuando se sentaron frente a él en la sala de interrogatorios.

—¿Tienes idea de por qué estás aquí? —dijo Patrik—. ¿De por qué queremos hablar contigo?

Allan movió la cabeza despacio.

—No. —Su respuesta sonó insegura e inquisitiva al mismo tiempo—. ¿Y Gabriel? Habéis dicho que estaba detenido. ¿Por qué?

Se giró en la silla de modo que quedó mirando hacia Patrik.

—Ya llegaremos a ese punto —dijo Patrik—. Tú puedes marcharte cuando quieras, pero hay una serie de aspectos que necesitamos aclarar contigo. Un niño de tres años llamado Mattias Mårtensson desapareció un buen día de su domicilio a las afueras de Malmö. ¿Tú sabes algo al respecto?

Allan se hundió en la silla. Primero se quedó inmóvil; luego empezó a sollozar y a temblar de pies a cabeza.

Patrik y Gösta guardaban silencio mientras el hombre que tenían delante lloraba desconsolado.

Al final se irguió un poco. Gösta le dio unos pañuelos.

—Yo me ocupé de aquel niño —dijo Allan secándose las lágrimas de la cara—. He sido un buen padre para él.

Patrik lo miró sereno.

—Pero no era hijo tuyo, ¿verdad? En la base de datos hemos visto que tú vivías en Lund, pero trabajabas en Malmö.

Y la carretera desde allí pasa por delante de la casa donde vivía Mattias.

Alguien hizo una llamada anónima desde una cabina telefónica que había en la carretera a Lund e informó de un caso de maltrato.

Se inclinó un poco más hacia Allan.

—Hemos conseguido componer la mayor parte del rompecabezas, pero queremos oírlo de tus labios. Y, además, querríamos saber dónde se encuentra tu hijo Gabriel. Tenía la misma edad que Mattias, solo se llevaban unos meses.

Allan empezó a llorar de nuevo, como si le hubiera sobrevenido el dolor de varias décadas. Luego respiró hondo, casi como con un suspiro de alivio, literalmente.

—Mi mujer, mi querida Isabelle se quitó la vida. Cuando fui a recoger a Gabriel del colegio ese día, me dijeron que Isabelle ya se lo había llevado. Siempre lo recogía yo, así que me fui corriendo a casa. Reinaba un silencio terrible cuando abrí la puerta.

De nuevo acudieron las lágrimas, y Allan se las enjugó con otro pañuelo.

—Al principio pensé que estarían fuera jugando, y me puse muy contento.

Isabelle llevaba tiempo mal, y su estado no hacía más que empeorar.

Se había pasado varios meses sin salir apenas de la casa.

Yo esperaba que hubiera mejorado un poco, que podríamos volver a ser una familia.

Pero entonces vi la puerta cerrada del dormitorio.

Allan empezó a temblar de nuevo por el llanto que se apoderó de él.

Patrik tragó saliva varias veces, pues no podía ni imaginar el dolor que habría sufrido aquel hombre.

Allan se sonó y se quedó mirándose las manos.

—¿Qué hiciste entonces?

La voz queda de Gösta sobresaltó a Allan tanto como a Patrik.

—Abrí la puerta del cuarto y ya intuía lo que iba a encontrar.

Gabriel yacía junto a Isabelle, en mi lado de la cama.

Estaban los dos bocarriba, con las manos cruzadas sobre el pecho, pero al tocarlos comprobé que ya estaban fríos.

En la mesita de noche de Isabelle estaba el frasco de pastillas vacío.

En la mía vi un vaso con restos de zumo. Los dos estaban muertos.

Patrik y Gösta aguardaron mientras Allan volvía a secarse las lágrimas. Se sonó, levantó la vista al techo y siguió hablando.

—No podía soportar la idea de que Gabriel se pudriera en una tumba en el cementerio.

Los cementerios le daban miedo. Era… No podía ser.

Así que lo enterré en el jardín. Debajo del balancín.

Le encantaba subirse en el balancín, y yo esperaba que allí fuera feliz.

Que no tuviera miedo. Luego llamé a la policía.

Cuando llegaron, les dije que había llegado a casa y había encontrado a Isabelle, y que Gabriel seguía en la guardería. Nadie lo cuestionó.

Allan carraspeó.

—¿Me podéis dar un poco de agua?

Gösta volvió enseguida con una jarra y tres vasos. Patrik le sirvió uno a Allan, que lo bebió a grandes tragos. Se limpió la boca con el dorso de la mano.