El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves
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Jueves

F UE COMO si se hubiera arrancado a sí misma del sueño. Cuando se despertó, Erica estaba sentada en la cama, lista para levantarse. Tenía el cerebro acelerado, ya sabía qué era lo que había estado buscando desde anoche.

—¡Patrik!

Cuando se volvió hacia su lado de la cama, vio que estaba vacío. Miró el reloj del móvil y soltó un taco. Las ocho y media.

Reinaba un silencio extraño en la casa mientras bajaba rauda las escaleras.

—¿Patrik?

Nada. En los candelabros de la mesa de la cocina había apoyada una nota.

«He pensado que te iría bien dormir un poco más. ¡He dejado a los niños en el colegio y Nora está con mi madre!».

Y, debajo, un corazón. Erica sonrió y se sintió llena de gratitud.

Y despejada. No tenía más que ponerse a ello.

Dejó la nota en la mesa y subió las escaleras en tres zancadas.

Se vistió a toda prisa y echó mano de una sudadera con capucha según bajaba de nuevo.

Por un instante, sopesó la posibilidad de llamar a Patrik, pero decidió que lo mejor sería asegurarse primero.

Condujo más rápido de lo debido rumbo a Mörhult, y se obligó a reducir un poco al llegar a la estrecha carretera.

Una vez en su destino, aparcó a cierta distancia de la casa.

No tenía pensado ningún plan sobre cómo hacer aquello.

Simplemente, se tiró de cabeza a la aventura con los sueños de la noche aún frescos en la memoria.

Muy despacio, se acercó a la puerta de entrada. Probó a bajar el picaporte. Al comprobar que no estaba cerrada con llave, se le aceleró el pulso.

Asomó la cabeza y aguzó el oído. Se oían voces apagadas en el piso de arriba, pero en el de abajo no parecía que hubiera nadie. La cocina, que se encontraba a la derecha, no podía verla, pero allí no se oía nada.

Se había puesto unas deportivas y, cuando dio los primeros pasos por la casa, rezó una plegaria para que el suelo no crujiera.

Miró de reojo hacia la primera planta: las voces parecían proceder de uno de los dormitorios.

No tenía ni idea de qué iba a decir si la descubrían.

Tendría que improvisar. Pasó rauda por delante de la escalera y entró en el salón.

El álbum de fotos estaba en la estantería.

Erica se agachó en busca del primero. Con el oído en alerta máxima, abrió el álbum y lo fue hojeando hasta la página que buscaba. Centímetro a centímetro, fue sacando la fotografía de la funda de plástico, y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Luego, volvió a colocar el álbum en su sitio.

Las voces del piso de arriba elevaron el volumen. Sonaba a discusión. Reconoció la voz de Yvonne, y supuso que la voz varonil pertenecía a Allan. Era obvio que algo iba mal entre ellos, sus voces subían y bajaban, pero Erica no podía distinguir las palabras.

Con la fotografía en el bolsillo, se dirigió a la puerta.

Rechinó un poco cuando la abrió, y Erica maldijo para sus adentros.

En cualquier caso, no parecía que el sonido hubiera llegado hasta Allan e Yvonne, sus voces seguían resonando alteradas entre las paredes y contra una puerta que, a buen seguro, estaría cerrada.

Cuando Erica cerró sigilosa a su espalda la puerta de entrada, soltó un hondo suspiro de alivio. Ahora quedaba la cuestión de cómo le explicaría a Patrik de qué modo había conseguido la foto. No le iba a gustar. Pero, en este caso, lo que contaba era el resultado. Y eso bien valdría una reprimenda.

Se sentó en el coche y salió volando hacia Tanumshede. Sentía que la foto le ardía en el bolsillo.

—¿Qué es lo que quieres enseñarme?

Anna iba tanteando con los pies el terreno irregular mientras Dan le cubría los ojos con las manos.

—Ya lo verás —dijo Dan satisfecho, y retiró las manos—. Voilà !

Anna se quedó boquiabierta al ver la embarcación de vela ligera que cabeceaba junto al pesquero de Dan.

—¿Has comprado un barco de vela?

—Pues sí.

Anna frunció el ceño.

—¿No habíamos acordado esperar al verano que viene?

—Surgió una oportunidad y la he aprovechado. Lleva sin usarse mucho tiempo y necesita un poco de amor, pero será perfecto para los niños. Lo he conseguido por cinco mil coronas. Una verdadera ganga.

—Me habría gustado que antes lo hubieras comentado conmigo. Pero, en fin, es un buen precio. ¿Quién es el vendedor?

Dan atrajo a Anna hacia sí.

—Yvonne —dijo—. Había una nota en el Club de Vela, y la retiré enseguida, antes de que la viera otro. Fui a recogerlo ayer, pero quería darte la sorpresa a ti antes de enseñárselo a los niños. ¿Te imaginas la cara que van a poner?

Dan sonreía de oreja a oreja.

Anna lo miró fijamente.

—¿Es el barco…? ¿Es el barco de Sofie?

Dan asintió despacio. La abrazó un poco más.

—Lo habían tenido allí todos estos años, pero ya se sentían preparados para deshacerse de él.

—Pues no sé muy bien qué pensar.

Anna miró el barco blanco con el amarillo del nombre, Victoria, desconchado.

—Pues a mí me parece bonito que pueda salir a navegar de nuevo, que sea fuente de felicidad.

Anna descansó la mirada en la pequeña embarcación. Casi le parecía ver a Sofie allí sentada, gobernándola en mar abierto con una amplia sonrisa.

—Ya, puede que tengas razón.

—Tengo todo el invierno por delante para ponerlo a punto, sobre todo necesita una mano de pintura. Pero no tiene fugas, o sea, no parece que la madera se haya agrietado. Los remos sí, un poco, quizá tengamos que comprar unos nuevos.

Señaló con la cabeza una caja de plástico que había en el muelle.

—También me han dado algunas cosas del barco.

Según Yvonne, puede haber de todo, más o menos útil, pero me ha dicho que lo que no sirva podemos tirarlo.

Todo está un poco sucio, así que he pensado que podemos llevárnoslo a casa y fregarlo bien.

Podemos darles la sorpresa a los niños cuando los recojamos del colegio, ¿no?

Anna apoyó la cabeza en el hombro de Dan. Su grueso jersey le picaba en la cara, pero le encantaba.

—Eres demasiado bueno, pero no te cambiaría por nada del mundo. Por supuesto que se lo enseñamos después del colegio. Les va a encantar. Y luego podrá utilizarlo Flisan.

—Justo lo que yo pensaba.

Dan le dio un fuerte abrazo, y se quedaron así unos instantes. Anna aspiró aquel aroma que tanto adoraba, antes de liberarse de sus brazos.

Señaló la caja.

—Y supongo que a mí me toca fregar todo eso, ¿no?

—Te lo agradecería un montón. Yo me encargo de arreglar todo lo demás.

—Eso espero, no pienso ni lijar ni pintar, que ya lo hago bastante en el trabajo.

Colocó la caja en el maletero, se volvió y miró el barco de nuevo. Quedaría precioso. A los niños les iba a encantar.

Patrik se levantó del escritorio con la taza de café vacía en la mano. Cuando salía del despacho, volvió a sacar el móvil del bolsillo. Erica no había dado señales de vida. No podía seguir durmiendo a esas horas, ¿no? ¿O estaría enfadada porque la había dejado dormir? A veces uno no sabía…

Martin salió de su despacho y Patrik le hizo una señal alzando la taza.

—Ya he hablado con Malmö para informar de cuál es la situación —dijo—. ¿Tú has hablado con Gotemburgo?

—Acabo de colgar —dijo Martin—. No les hemos proporcionado demasiado material con el que trabajar, pero han dicho que harían lo que pudieran.

Patrik resopló.

—Da la sensación de que tenemos mucho material y muy poco al mismo tiempo. Sabemos quién era el violador cuando tenía tres años, que es mucho más de lo que sabíamos antes, pero nada sobre lo que le ocurrió después, ni tampoco cómo encontrarlo.

—Daremos con una pista —dijo Martin.

—De camino a la comisaría he empezado a preocuparme pensando si no llevarían al pequeño al extranjero.

Un asunto de trata de personas o algo así.

En ese caso, no lo encontraremos nunca. —Patrik se rascó la cabeza—.

¿Deberíamos contactar con la Interpol y proporcionarles una foto de Mattias para ver si pueden contrastarla con sus bases de datos? Por si se fue del país.

—Vale la pena intentarlo —dijo Martin encogiéndose de hombros—. Soy partidario de que intentemos todo lo que no parezca una completa locura.

La puerta de la comisaría se abrió de golpe, y Erica entró a toda velocidad.

—¡Patrik!

El interpelado se quedó blanco como la cera.

—¿Ha ocurrido algo? ¿Los niños están bien? ¿O se trata de mi madre?

Erica agitaba las manos en señal de negativa.

—No, no, todos están bien. Es por el caso. ¿Dónde tienes la caja de las fotografías? Las de Mattias.

—En mi despacho.

Erica le dio un leve empujón en el pecho.

—Pues ve a buscarla y ven con ella a la cocina. —Señaló a Martin—. Ven tú también, puede que necesitemos más pares de ojos.

Patrik y Martin intercambiaron una mirada. Luego, Patrik fue a buscar la caja de las fotografías al despacho. Cuando volvió a la cocina, Erica se sentó en una de las sillas más próximas a la ventana.

Alargó la mano con ansia en busca de la caja.

—Voy a enseñaros una cosa. —Sacó las fotos y las puso sobre la mesa—. Sentaos.

Patrik y Martin obedecieron.

—Mirad bien a Mattias.

Señaló las fotos y seleccionó aquella en la que el pequeño tenía tres años, la última que le hicieron antes de que desapareciera, y la puso encima de las demás.

Luego se metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó otra fotografía.

La puso al lado de la que ahora era la primera del montón y la señaló.

—¿Veis lo mismo que veo yo?

Patrik miró las fotos y luego a Erica.

—¿Cómo has conseguido otra foto de Mattias? Esa no estaba en la caja, ¿no?

—¡Exacto! ¡Son como dos gotas de agua!

Patrik se inclinó hacia delante. La foto que Erica había sacado del bolsillo tenía que ser del mismo niño. ¿O no? Las diferencias eran mínimas. Habrían podido pasar por gemelos.

—No entiendo nada. ¿Quién es ese?

Erica hizo una pausa y lo miró a él y luego a Martin y luego otra vez a él. Patrik tenía ganas de inclinarse y zarandearla para que hablara. Al final, Erica señaló la foto y dijo:

—Ese es Gabriel Rudberg.

—Perdonad que llegue tarde, ponedme a trabajar.