El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #10
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Miércoles #10

Cuando se metió de nuevo en la cama y se tapó con el edredón, vio ante sí los ojos del niño. Y esos ojos la siguieron a lo más hondo del sueño.

—Bueno, ha sido una noche estupenda —dijo Allan mientras se ponía el pantalón del pijama—. Sé que a Gabriel no le ha hecho mucha gracia que cerremos esta noche, pero tiene que aprender a desconectar también.

—Me alegra que hayas estado a gusto —dijo Yvonne mientras se retiraba el maquillaje con una toallita.

A estas alturas, Allan conocía sus rutinas a la perfección. Cada noche lo mismo. Ella cogió el tarro azul de Nivea y empezó a ponerse una capa de crema en la cara. Se untó también los codos, que se le quedaban resecos con facilidad.

—Ludvig está deseando empezar en la obra —dijo Yvonne, y se puso un poco más de crema.

—Sí, seguro que le va sobre ruedas. Y para Elsa estoy mirando escuelas. Tiene mucho potencial. Si el restaurante sigue yendo bien, tal vez podríamos permitirnos mandarla a la London Culinary School de Londres. ¿Qué te parece?

Yvonne, que estaba sentada delante del tocador, se volvió a mirarlo.

—Para eso tendrás que convencer a Ellen, más bien. Le resultará difícil tener a Elsa tan lejos.

—Ya, pero yo creo que a veces es bueno cortar el cordón umbilical —dijo Allan, y se acurrucó entre las sábanas.

Yvonne enarcó las cejas.

—Como Gabriel y tú, ¿no?

—Touché . Aunque él estuvo fuera y se las arregló solo durante muchos años. No lo olvides.

—Ya, pero ahora está en casa otra vez —dijo Yvonne—. Como un bumerán.

Allan alargó el brazo hacia ella.

—¿No podemos hablar de otra cosa esta noche? Para terminar la velada de un modo agradable, ¿no?

Levantó el edredón para invitarla a meterse en la cama e Yvonne le sonrió. Pero seguía con el mismo brillo extraño en los ojos que durante la cena.

—Por mí, estupendo. Pero, antes, tu regalo.

Abrió el armario y rebuscó dentro. No tardó en sacar una cajita envuelta en papel de regalo. Era fina y alargada, y Allan apenas notaba su peso en la mano.

—¿Más regalos? —dijo Allan—. Vaya, no hacía falta.

—No se trata de si hace falta, sino de si quiero. Y de lo que quiero regalarte.

Se sentó en el borde de la cama, a su lado. Allan trató de retirar el cordel sin deshacer el nudo, pero le cortaba los dedos.

—Espera, voy al baño por unas tijeras para las uñas.

Yvonne volvió enseguida, y Allan cortó el cordel y lo dejó caer al suelo. Luego retiró la cinta adhesiva y el papel de regalo.

—¿Qué es esto?

—Es para que comprendas cuánto te quiero. Cuánto quiero lo que tenemos. —El brillo que resplandecía en la mirada de Yvonne se intensificaba más y más—. No hay nada que no fuera capaz de hacer por ti. Eres mío, Allan. Siempre lo has sido. Y ahora, además, lo sabes.

Al principio, Allan no supo lo que estaba viendo.

Pero, cuando lo comprendió, fue como si la tierra se hubiera resquebrajado bajo sus pies.

Era incapaz de hacer nada más que mirar atónito a Yvonne.

Ella seguía sonriendo, ya con la expresión de quien ha perdido el juicio.

Se inclinó sobre él, apretó los labios y lo besó.

—Feliz cumpleaños, mi amado Allan.

Cotton Eye Joe — Rednex

No me explico por qué me gusta esta canción. Será que estoy loca. Se me ha metido en la cabeza y se me ha pegado como un chicle. Al mismo tiempo, se siente una un poco orgullosa. Son suecos, y esto es un hit mundial. Es superguay. Roxette también son guay.

Hoy ha estado tranquila la cosa en el minigolf. Tenía el primer turno, y cuando hace tan buen tiempo, la gente sale con el barco. Igual debería haberme traído un libro o algo, pero en realidad no me gusta leer; además, mi jefe se pondría hecho una fiera si me pillara leyendo en el trabajo.

Había pensado salir a navegar después, pero soplaba tan poco viento que no valía la pena.

El mar está como un espejo. Creo que al final, después del instituto, me mudaré a Gotemburgo.

Quiero vivir cerca del agua. Sería rarísimo vivir en un sitio sin mar.

Y en Gotemburgo está todo. No hay nada que me apetezca más que vivir en una capital grande.

Me da un poco de envidia Magdalena, que sabe lo que quiere ser.

Yo no tengo ni idea. Me decidí por Economía porque me parecía…

, bueno, no sé por qué. Tal vez debería haber elegido Sociales, como Ellen, así estaríamos en la misma clase.

Va a ser un alivio cuando ya no tenga que estudiar.

Todo el mundo cree que voy a ir a la universidad, porque como tengo buenas notas…

O, por lo menos, las tenía. Pero creo que no quiero.

Ayer vi a Monica en la plaza. Estaba en la terraza del bar bebiendo cerveza. El tío ese tan asqueroso estaba con ella, así que di un rodeo.

Mañana libro. ¿Y si le pregunto si quiere hacer algo?

¿Tendré valor de preguntarle? No entiendo por qué me da miedo que se enfade.

Él también quiere. Podemos ir a algún sitio donde nadie nos vea.

Nadie tiene por qué enterarse. Pero si no consigo verlo pronto otra vez, los dos solos, no podré seguir respirando. Es como si fuera mi oxígeno.