Miércoles #9
Gabriel y Sofie fueron como el agua y el aceite desde el principio.
Como dos planetas distintos que se hubieran visto obligados a ocupar un sistema solar común.
Igual que Yvonne y él se vieron obligados a estar juntos.
Por la soledad. Y la brecha había seguido ensanchándose hasta que formó un agujero negro que los había engullido a todos.
A Allan le pinchaba en la piel la mirada de Yvonne. Ese brillo extraño que tenía en los ojos le resultaba casi desagradable.
Se irguió un poco y cogió otro cangrejo.
—Tu salsa blanca es magistral, Yvonne. Como todo lo que haces. Salud, y gracias a todos por esta cena de cumpleaños. El año que viene, repetimos.
Se oyeron risas dispersas y todos alzaron las copas. Pero las sonrisas no se reflejaban en la mirada. En la de ninguno de ellos.
En la casa reinaba el silencio. Jocke se acercó a la ventana para contemplar la cabaña de invitados en el jardín. Estaba a oscuras. La decepción aún lo atormentaba.
Magdalena le había enviado un mensaje cuando volvía a casa desde el centro de salud.
Le decía que tenía migraña y que iba a acostarse en cuanto llegara.
Ni siquiera se había acercado a decirle hola.
¡Le habría gustado tanto compartir con ella la noticia, contarle que el abogado lo había llamado para decirle que Tilda y Elias podrían viajar a Suecia ese verano y que, de cada dos períodos de vacaciones, pasarían uno con él! Pero tendría que esperar a mañana.
En cierto modo, la decepción por Magdalena devoraba la alegría ante la perspectiva de que pronto abrazaría de nuevo a sus hijos, los estrecharía entre sus brazos y aspiraría su aroma tan particular.
La precocidad de Tilda y los ingeniosos razonamientos de Elias, que siempre le arrancaban una sonrisa.
Jocke tragó saliva y se dejó caer en la cama.
Sacó la caja que aún seguía allí debajo.
Su madre no había cambiado nada en el cuarto cuando él se marchó, y dormir allí era como dormir en una máquina del tiempo.
Aunque también le infundía una seguridad extraña.
En muchos sentidos, fue una época feliz.
Una época feliz con Magdalena.
Sacó las fotografías que había en la caja y se quedó un buen rato mirando la primera, acariciando el rostro de ella. Era lo más hermoso que había visto en la vida. El cabello oscuro, las largas pestañas y los ojos azul claro. Formaban una pareja preciosa, y lo sabían.
Las imágenes de todos esos instantes. Magdalena y él en el jardín. Magdalena y él en Badholmen. Magdalena y él en un barco camino de una de las islas. Lo compartían todo. Hasta que él lo estropeó por un único instante de estupidez.
Ahora, la vida le brindaba una nueva oportunidad.
Lo sentía en cada fibra de su cuerpo. Magdalena había vuelto, estaba durmiendo allí, a tan solo unos metros de él.
Tilda y Elias vendrían a verlos, a menudo.
Magdalena y él podrían ser una familia, aunque no tuvieran hijos comunes.
Jocke estaba convencido de que ella querría a los hijos de él como si fueran suyos. Era una persona llena de amor.
Ya desde el segundo en que la vio junto a las taquillas del colegio supo que era su media naranja. Cuántas veces no deseó que hubiera una forma de cambiar el error que cometió en su día, de deshacer lo hecho de alguna forma.
Jocke dejó las fotos y se levantó de la cama.
Abrió despacio la puerta, que rechinaba si se abría de golpe, y fue a la planta baja.
Se quedó ante una de las ventanas que daban al jardín.
Fuera estaba todo negro como la pez, aunque una farola que relucía a un trecho de allí arrojaba un débil resplandor sobre el blanco de la cabaña de invitados.
Sin hacer ruido, abrió la puerta trasera y salió descalzo a la terraza.
Notó que el césped estaba mojado, pero no le importó.
Pegó el oído a la puerta de la cabaña tratando de oír la respiración de Magdalena.
Nada. Siempre se había metido con ella por eso, le decía que dormía como si estuviera muerta.
Muy despacio, puso la mano en el picaporte y empezó a bajarlo, pero se detuvo a medio camino.
Magdalena tenía que dormir. Ya hablarían mañana. Tenían toda la vida por delante. ¿Qué era una noche, en comparación?
Erica tenía la vista clavada en el techo. Todo estaba en calma y en silencio, lo único que se oía eran los leves ronquidos de Patrik a su lado. Algo le rondaba la cabeza, una idea vaga que no era capaz de identificar y que le impedía conciliar el sueño.
Cruzó las manos sobre la barriga y cerró los ojos. La serenidad se negaba a hacer acto de presencia. Suspiró y se levantó de la cama. Los ronquidos de Patrik cesaron un instante, pero enseguida se reanudaron con la misma tranquilidad que antes.
Erica se dirigió con sigilo a la planta baja.
Encima de la mesa de la cocina estaba el material de la investigación.
Sacó las fotografías y las colocó sobre el tablero.
Al verlas, la inundó la ira. El pequeño llevaba la ropa sucia y andrajosa, a veces varias tallas por encima de la suya.
Todo indicaba que su vida era un infierno.
A pesar de la cantidad de destinos que había descrito y en los que había profundizado mientras trabajaba en sus libros, no alcanzaba a comprender cómo podía haber gente que no quisiera a sus hijos y no los cuidara.
Era un tema del que nunca había podido hablar con Anna.
Ella, que tantos años había vivido en el seno de una relación violenta con el padre de Emma y Adrian que, al final, acabó en tragedia.
Cuántas veces no había querido preguntarle a su hermana por qué siguió con él tantos años, aunque sabía que la verdad no era tan sencilla.
Las relaciones eran mundos complejos. Interferían en ellas los sentimientos, interfería el miedo.
No solo el miedo a la situación en la que uno se encontraba, sino también el miedo a lo desconocido, a quedarse solo.
Erica pasó un dedo por la foto. ¡Ojalá pudiera hablar! ¿Qué destino habría sufrido aquel niño? ¿Entre qué gente malévola se habría criado, para que en su interior hubiera crecido algo que lo empujó a querer hacer daño a los demás?
Sabía que Patrik opinaba que sentía demasiadas simpatías por el pequeño.
Que no era de recibo culpar a las vivencias de la infancia del daño que hacías a otras personas, habían hablado del tema infinidad de veces.
Que todo el mundo tenía que cargar con su responsabilidad.
Sin embargo, era difícil ignorar hasta qué punto nuestra infancia nos formaba como personas.
Ella misma sufría aún las consecuencias de las heridas de haber tenido una madre que no fue capaz de comportarse como tal.
Igual que Anna. Y quizá fuera ahí, precisamente, donde hallaría la respuesta a por qué Anna había tomado las decisiones que tomó en la vida.
¿Cuáles fueron las opciones de Sofie aquella noche?
¿Fue una decisión trascendente? ¿Varias, de menor magnitud?
Desde luego que Sofie no tenía ninguna responsabilidad por lo que le ocurrió.
Pero una serie de decisiones de menor calado y el azar podían acarrear consecuencias fatales.
Erica lo había visto en infinidad de ocasiones en su trabajo a lo largo de los años.
Las preguntas de los familiares: ¿Por qué no fui a verla justo esa noche?
¿Por qué no fue allí una hora más tarde, y así nada habría ocurrido? Por qué, por qué…
Pequeñas decisiones sin importancia que nadie imaginaba que acabarían en catástrofe.
La mirada huraña del niño la atravesaba. Erica reunió las fotografías, las metió en la caja y cerró la tapa. Seguía sin poder precisar qué le palpitaba en el subconsciente.