El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #8
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Miércoles #8

Patrik se la quedó mirando e intentó apartar las ideas que le rondaban la cabeza. Luego fue a buscar la caja que le había dado Carina.

—Noel tiene fiebre —dijo Erica cuando Patrik llegó a casa.

—¡Ay, pobre! ¿Estás malito?

Patrik se acercó a Noel y se sentó a su lado en el sofá.

Dejó el maletín a sus pies. Sin saber por qué, a Erica se le saltaron las lágrimas al ver a su marido abrazar a uno de sus queridos y traviesos gemelos.

Tal vez por el libro que estaba escribiendo y por tanto pensar en Sofie.

La certeza de que una familia podía verse inmersa en el dolor más oscuro de un día para otro.

—La abuela me ha dado un té asqueroso —dijo Noel en voz baja—. Con limón. Pero mamá me ha ayudado y ha bebido a escondidas.

—Me tomé unos tragos por el equipo —dijo Erica—. Y tu madre ha preparado sopa de col verde para la cena.

Patrik hizo una mueca de espanto. Erica abrió la puerta del horno.

—Tranquilo. Tengo en marcha una salchicha de Falun con macarrones. Pero no te olvides de darle las gracias y decirle lo rica que estaba la sopa de col.

Nora siguió a Erica con la mirada desde la sillita que estaba junto a la mesa de la cocina, y Erica se agachó para acariciarle la mejilla regordeta.

—Yo he prometido que le voy a decir que estaba muy rica —dijo Maja, que estaba dibujando en el sofá.

—Y yo —dijo Anton. Estaba sentado en el suelo, delante del televisor, pero se fue al sofá con Patrik—. Le voy a decir que estaba riquísima, que es lo más rico que he comido en todo el mundo entero.

Patrik le revolvió el pelo.

—Bueno, no exageres mucho —dijo—, o la abuela nos traerá sopa de col todos los días.

Anton y Noel resoplaron a la vez.

—No asustes a los niños —dijo Erica con una sonrisa. Puso un poco de leche en una olla y encendió el fogón—. Estaba pensando hacer los macarrones en salsa blanca, espero que te guste la idea.

—Justo lo que necesitaba.

Patrik se levantó del sofá y se sentó a la mesa de la cocina. Sacó del maletín una carpeta y una caja de metal.

Nora emitió un alegre burbujeo cuando vio a Patrik, que estuvo haciéndole carantoñas un ratito antes de volver al material que acababa de sacar.

Erica no pudo contenerse más. Se sentó a su lado y se inclinó sobre el ancho hombro de su marido.

—Me prometiste que me tendrías al corriente.

Patrik le sonrió.

—Calma, calma, ya voy. Pero, desde luego, es una historia increíble.

Sacó un papel y se lo dio a Erica. Era una copia del informe de la policía de Malmö.

—Estamos buscando a un niño de tres años que desapareció hace cuarenta y cinco.

Erica lo miraba atónita. Se oyó un chisporroteo a su espalda y Erica se volvió. La leche había empezado a subir, así que acudió corriendo, bajó el fuego y echó los macarrones mientras removía con una cuchara. Tras una rápida ojeada a la olla, volvió a sentarse al lado de Patrik.

—A ver, repítemelo.

Patrik continuó en voz baja.

—Un tal Mattias Mårtensson desapareció a la edad de tres años. La policía creyó que su padre lo había matado a golpes y se había deshecho del cadáver el mismo día que casi acaba con la vida de su madre. De modo que nunca lo buscaron.

—¿Ni siquiera su madre?

Patrik negó con la cabeza.

—Gösta y yo hemos estado hablando con ella hoy.

Cuando Mattias desapareció, Carina, su madre, estaba en un período de consumo habitual de drogas e inmersa en una relación marcada por la violencia física.

Su pareja, Lars, había maltratado al niño con anterioridad.

Y en el apartamento encontraron sangre de Mattias.

—¿Mucha? —preguntó Erica.

—No, solo un poco. Pero bastó para que la policía sacara sus conclusiones. Y Carina no tenía ningún motivo para cuestionarlas.

Sonó la alarma de la cocina y Erica fue a retirar la olla.

—Quiero que me lo cuentes todo, pero ya seguiremos después de cenar.

Puso nuez moscada en su plato y en el de Patrik, y los niños se sentaron a la mesa. Erica no paraba de darle vueltas a la cabeza, y Patrik tenía el ceño fruncido mientras hablaba con los chicos del último capítulo de La patrulla canina .

Cuando terminaron de recoger la cocina entre todos después de la cena y los niños se sentaron en el sofá para ver Moana , Patrik sacó de nuevo el material y abrió con cuidado la cajita metálica.

—Le he prometido a Carina que se las devolveré. Son las únicas fotos que tiene de Mattias.

Erica cogió el montoncito de fotografías.

—¿Vais a hacerlas públicas? Puede que alguien lo reconozca.

—Bueno, Mellberg está deseando ponerse ante las cámaras, claro, pero yo prefiero comprobar primero qué podemos averiguar. No quiero prevenir a Mattias, o como se llame hoy, de que vamos tras su pista.

Erica miró las fotografías. Estaban algo amarillentas, pero, al mismo tiempo, podían haberse tomado solo unos días atrás.

Se le encogió el corazón al ver al pequeño.

Solo había un par de fotos en las que saliera sonriendo y, por lo general, tenía una expresión huraña en la mirada, como si hubiera perdido la esperanza.

Erica se estremeció, como si la temperatura hubiera descendido de golpe varios grados.

—Pobre criatura. Me pregunto qué no habrá tenido que sufrir.

—No olvides por qué lo estamos buscando —dijo Patrik con tono severo—. Por mucho que haya pasado en la vida, él también ha hecho daño a mucha gente.

Erica dejó las fotos en la mesa.

—Eso es verdad —dijo—. Pero hay gente a la que nunca se le brinda una oportunidad. Y quién sabe qué horrores tuvo que soportar, si fue a parar a manos de la persona equivocada.

Patrik la rodeó con el brazo y apoyó la cabeza en la de ella. El calor de su cuerpo la caldeó un poco.

—Tienes buen corazón. Esa es una de las muchas razones por las que te quiero.

—Por eso, y por mis macarrones en salsa blanca.

—Sí, por los macarrones también. Quizá sobre todo por los macarrones, ahora que lo pienso.

Erica le dio una palmada en el brazo. Luego volvió a coger la primera fotografía y se fijó en el niño. ¿Qué le habría ocurrido? ¿Dónde iría a parar?

El niño le respondía con su mirada tristona. Una mirada que le resultaba un tanto familiar.

—Qué bien que hayamos conseguido juntarnos todos una noche —dijo Yvonne, y alargó el brazo para coger una cigala.

La mesa estaba puesta con lujo festivo, y las velas arrojaban un cálido resplandor sobre los rostros de quienes había sentados alrededor de la mesa. Como de costumbre, a Allan le llamó la atención la habilidad de Yvonne para conseguir que una habitación pareciera agradable al menos.

—Esta noche habríamos tenido lleno —protestó Gabriel, y chupó el jugo de la cabeza de una cigala con un burbujeo.

—Gabriel —dijo Ellen en voz baja.

Él se encogió de hombros.

—Lo siento, papá. Claro que tenemos que celebrar tu cumpleaños.

Allan lo miró asintiendo.

—Os lo agradezco. Y bien podemos permitirnos una noche libre, teniendo en cuenta lo bien que va el negocio.

—Me han dicho que habéis vendido el barco —dijo Ellen mirando la caseta.

Yvonne le dirigió una sonrisa.

—Sí, Allan y yo pensamos que ya era hora. Tenemos que empezar a pasar página, como dijo el rey.

—Así quizá podamos dejar atrás todo esto —dijo Gabriel, y cogió un cangrejo—. Qué buenos, por cierto. Estupendos. Deberíamos tener algún plato de cangrejo en el menú, papá.

—Desde luego, si son así de buenos, claro.

Allan se sirvió también un cangrejo. El poder de atracción de Gabriel cuando se entusiasmaba con algo hacía que olvidara todos los momentos en los que la negrura lo dominaba.

—Pero ¿y la abuela? —dijo Elsa. Había dejado los cubiertos en la mesa—. ¿Cómo vamos a dejar nada atrás cuando no sabemos quién la mató?

El trozo de cangrejo que Allan acababa de meterse en la boca empezó a crecerle allí dentro.

Algo en el ambiente que imperaba alrededor de la mesa lo llenaba de preocupación.

La alegría de Yvonne se asemejaba a la de un niño la mañana de Nochebuena.

Le había lanzado alguna que otra mirada elocuente durante la cena, como si tuviera un secreto y no fuera capaz de resistir las ganas de compartirlo con él.

Pero él no quería más secretos. Solo quería una cena tranquila y en paz con su familia el día de su cumpleaños, una cena en la que todos se llevaran bien y hablaran de lo que había pasado a lo largo del día y de lo que tenían pensado hacer en adelante.

Los planes de Ludvig de solicitar unas prácticas en alguna constructora, cosa que, en verdad, era una buenísima idea.

Los planes de Elsa de empezar a estudiar restauración.

Conversaciones normales sobre las tareas que había que llevar a cabo en el jardín antes de que llegara el invierno.

Elsa los miró de nuevo a todos con un punto de rebeldía en los ojos.

—¿Soy la única aquí que piensa en la abuela?

Allan vio que Ludvig le daba un puntillón por debajo de la mesa.

Ellen le puso la mano en el brazo para tranquilizarla.

—Pues claro que todos pensamos en la abuela, sabes bien lo triste que estaba y que estoy, pero ahora mismo no podemos hacer nada. La policía sigue investigando, y, cuando la recuperemos, le haremos un entierro precioso. Si quieres, puedes participar a la hora de organizarlo.

Elsa bajó la vista y volvió al tenedor. Al poco, todos estaban comiendo de nuevo.

—¿A que me ha salido bien la salsa blanca? —dijo Yvonne señalando con la mano la mesa, puesta con suma elegancia—. Toma un poco más de pan de ajo, tengo otra tanda en el horno. Sofie era capaz de comerse una barra entera.

En la mesa se hizo el silencio.

Allan observaba a Gabriel, que estaba poniéndose otro trozo de pan. El negro cabello le caía sobre los ojos. Recordaba aquella vez que Gabriel rompió el plato de pura rabia al ver que Sofie se comía el último trozo de pan de ajo. La mirada temerosa de Sofie. La mirada sufrida de Yvonne.