El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #7
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Miércoles #7

—No que yo vea en el informe. Lars y Carina se movían en círculos de drogodependientes, y ellos también consumían, según veo.

Pronto surgió la sospecha de que Lars golpeó también al niño cuando agredió a Carina.

Teniendo en cuenta el rastro de sangre que encontraron.

Y durante el interrogatorio en el hospital, Carina confesó que a veces Lars también agredía al niño.

—¿Sabéis dónde se encuentra Lars en la actualidad?

Patrik le tocó el claxon a un Peugeot que lo adelantó pegándose demasiado a él.

—Puedo buscarlo. —De nuevo se oyó teclear a Jenny Segerstedt—. Falleció. Murió de sobredosis poco después de salir de la cárcel.

—Mierda —dijo Patrik dando un puñetazo en el volante.

—¿Se puede saber por qué os interesa tanto este caso? —preguntó la agente.

—Todavía no, lo siento, pero seguro que necesito volver a contactar contigo.

—Muy bien. Pues mantenme al corriente, ya tengo curiosidad.

Cuando concluyeron la conversación, Patrik se quedó pensativo tamborileando con los dedos en el volante.

—¿Qué demonios pasa aquí, Gösta? ¿Cómo puede desaparecer un niño de tres años sin dejar rastro? ¿Dónde ha estado todos estos años? ¿Cómo ha logrado llevar una vida sin identidad? ¿Sin documentación?

—Bueno, supongo que averiguarlo es nuestro trabajo —dijo Gösta—. Pero a saber cómo lo vamos a conseguir.

Patrik pisó un poco más el acelerador. Estaba deseando llegar a la comisaría cuanto antes.

Ellen se cercioró de que la puerta de la entrada principal de Åldersro estuviera bien cerrada. Últimamente se atascaba un poco, y algunos de los empleados no comprobaban que quedara encajada. Tendría que llamar a un cerrajero, si es que Gun consentía ese gasto.

Encontró a Gun en el aparcamiento, delante de su coche, y la saludó con la mano. Ellen sospechaba que había empezado a fumar otra vez. A escondidas. Muy comprensible, si ese era el caso, teniendo en cuenta la presión que soportaban todos.

El coche de Ellen estaba aparcado en la plaza contigua. Dejó la maleta en el asiento del acompañante y abordó a Gun.

—Magdalena ha venido a verme esta mañana. Me ha parecido agobiada por algo.

Gun la miró brevemente antes de deslizar la vista hacia la residencia de ancianos.

—Bueno, seguro que es el tema de Monica —dijo—.

Parece que a Magdalena se le ha venido todo encima.

No fue buena idea irse a vivir con su madre, eso ya lo sabía yo.

Y, además, no tenemos ni idea de lo que habrá presenciado y lo que habrá sufrido a lo largo de los años.

¿Cómo se llama eso que padecen los soldados? ¿TEDT?

—TEPT. Desde luego, es posible. Tiene que haber visto muchas cosas horribles. Pero, no sé, me ha dado la sensación de que había algo más. Habló mucho de Sofie.

Gun abrió la puerta del coche y parecía a punto de entrar, pero se volvió de nuevo hacia Ellen.

—Yo solo quiero que podamos poner punto final a esto. Casi preferiría que no hubieran encontrado a Sofie.

Ellen asintió. Si cerraba los ojos, podía recrear la imagen. Sofie gritando de tristeza y desesperación.

—Es terrible, pero yo siento lo mismo. Y quizá así mi madre aún seguiría viva.

Gun se sobresaltó cuando la alarma estridente de un coche empezó a sonar al otro lado de la calle. Cesó enseguida, y ella volvió a mirar a Ellen.

—Si la gente fuera capaz de no remover las cosas… —dijo—. Pase lo que pase, nada hará que vuelva Sofie. Ni Aino.

—Viene a verme en sueños —dijo Ellen—. La oigo cantar.

Gun extendió los brazos. El llavero que tenía en la mano tintineó.

—Ahí lo tienes. A ti tampoco te está sentando bien todo esto. No es que yo no quiera que averigüemos quién mató a Aino. Es solo… Es solo que me gustaría que el asunto pudiera descansar en paz de una vez.

Ellen asintió en silencio.

—¿Cómo se siente Jocke ahora que Magdalena se ha ido a vivir a vuestra casa?

—Joakim siempre ha sido un ingenuo. Un soñador.

No ve la realidad como es, no sabe distinguir qué es lo mejor para él.

Nunca ha dejado de pensar en Magdalena. A pesar de todo, yo tenía la esperanza de que la vida los mantuviera separados, pero no puedo gobernar sus elecciones, por mucho que quiera.

Es mi único hijo. No hay nada que no fuera capaz de hacer por él.

Ellen echó a andar hacia el lado del conductor, pero se detuvo. Se dirigió de nuevo a Gun.

—Me preocupa Magdalena —dijo—. Sé que llevamos treinta años sin ser amigas, pero estábamos muy unidas. Éramos como hermanas.

Gun resopló.

—Magdalena es más fuerte de lo que crees. De los dos, el débil es Joakim.

—¿Cómo lo sabes?

—Siempre ha sido así. Joakim no fue tan fuerte como habría sido necesario —dijo Gun, y se sentó en el coche—. Bueno, tengo que irme a casa, Bengt me está esperando. Se le dan bien muchas cosas, pero preparar la comida no se cuenta entre ellas.

Ellen se quedó mirando el coche de Gun mientras se alejaba del aparcamiento. Como un eco lejano, oyó el cántico de Aino. Triste, fatídico.

Patrik envió un mensaje de texto cuando se acercaban a Tanumshede, así que todos se encontraban ya reunidos en la cocina. Reinaba un ambiente tenso y de expectación.

—El café está en marcha y he repuesto la bandeja de los bollos —dijo Annika al tiempo que se sentaba con el cuaderno de notas preparado.

—Gracias —dijo Patrik.

Se sirvió una taza antes de empezar. Todas las miradas se centraban en él y en la pizarra que tenía al lado.

—Lo más probable es que hayamos identificado al asesino o, al menos, a la persona que acechaba delante del cuarto de Sofie.

Contamos con una muestra de ADN que quizá pueda confirmarlo, pero, hasta que se compruebe, tenemos una hipótesis sólida con la que trabajar.

Lo más seguro es que el ADN que tratamos de identificar proceda de un tal Mattias Mårtensson, si es que sigue llamándose así en la actualidad.

Desapareció de Malmö a la edad de tres años, y lo dieron por muerto.

Annika quedó sobrecogida y, por unos instantes, dejó de escribir.

—El padre de Mattias —continuó Patrik—, Lars Edberg, era un drogadicto y un delincuente conocido, que agredió a su mujer, Carina Mårtensson, la madre de Mattias, hasta casi matarla.

Cuando la policía se personó allí alertada por una llamada anónima, no encontraron a Mattias.

Había cierta cantidad de sangre que resultó ser del niño, de modo que la policía trabajó partiendo de la hipótesis de que Lars había matado a su hijo y se había deshecho del cadáver. Un cadáver que nunca apareció.

—Estás de broma —dijo Martin boquiabierto—. ¿Estáis seguros?

Patrik señaló con la mano la pizarra, en cuya superficie había escrito las palabras de apoyo para su exposición.

Se preguntó qué habría pensado Erica de su letra.

—Como decía, no podremos estar seguros al cien por cien hasta que obtengamos una coincidencia con la muestra de la madre.

Pero sí, yo diría que es una suposición bastante fundada.

He llamado al exmarido de Carina, el padre de las hermanastras de Mattias, mientras volvíamos y me ha asegurado que es imposible que él tenga hijos en la región.

Y creo que dice la verdad. No quiero que perdamos el tiempo mientras esperamos los resultados de la prueba de ADN, así que hagamos lo posible por tratar de averiguar dónde se metió Mattias.

—Un niño de tres años no habría podido sobrevivir solo, alguien tuvo que traerlo aquí —dijo Paula.

Patrik asintió.

—Es una conclusión lógica, pero ¿cómo lograron que recorriera las instancias de la administración pública y toda la vida sin documentación? Eso es lo que no me explico. Tiene que haber dejado un rastro en algún sitio.

Mellberg alargó la mano en busca de un bollo con un movimiento tan rápido que Ernst se levantó.

—Imagínate cuando esto llegue a los titulares de la prensa —dijo.

Patrik soltó un resoplido que no consiguió ahogar del todo.

—No podemos informar a los medios hasta que veamos que es el momento de emitir una orden de búsqueda y captura. Vamos a necesitar la ayuda de la policía de Malmö para hablar con los servicios sociales y preguntar entre los conocidos de Lars y Carina. Entre otras cosas.

—Siempre y cuando luego quede claro que el caso lo resolvimos nosotros —dijo Mellberg, y dejó el bollo.

Ernst volvió a tumbarse sobre sus pies.

—Tiene que haber algún sitio donde alguien reaccionara al ver aparecer de pronto a un niño de tres años —dijo Gösta.

Martin lo miró.

—Quizá alguien que vivía aislado —dijo—. O sea, pensad en la familia aquella que no detectaron los radares y que vivió durante años y años con sus hijos en una granja.

Patrik apartó la vista de la pizarra y miró a sus colegas sentados alrededor de la mesa.

—Desde luego, podría ser. Y si quien se llevó a Mattias se mudó a otra región de Suecia, podemos buscar por todo el país. Así que, al final, tal vez haya que recurrir a la ciudadanía, pero, desde luego, para mí es el último recurso. Nos ahogaremos en pistas falsas.

Patrik miró el reloj.

—Ha sido un día largo y empieza a hacerse tarde.

Propongo que nos llevemos esta información a casa y que reflexionemos durante la noche, ya veremos si se nos ocurren más formas de abordarlo.

La policía de Malmö nos habrá enviado ya por correo electrónico el material que tienen de la investigación antigua, y Annika puede encargarse de que mañana la tengáis en la bandeja de entrada.

Leed, reflexionad y ya veremos cómo seguimos.

En cualquier caso, esta investigación ha experimentado un avance considerable.

Annika salía de la cocina en último lugar cuando Patrik la llamó.

—¿Podrías mirar ahora mismo si los de Malmö han enviado el material y sacar una copia? Así me la llevo a casa.

—Pues claro. —Annika dudó un instante antes de marcharse—. Espero que tú sustituyas a Mellberg, Patrik.

—Bueno, habrá que aceptar lo que venga, Annika. No es nada en lo que pueda pensar ahora. Y tampoco está en mi mano.

—Ya, pero quería que lo supieras.

Se dio media vuelta y se dirigió a la recepción.