Miércoles #6
—Necesitaríamos tu ayuda. ¿Podrías darnos una muestra de ADN para que comprobemos si es el ADN materno el que encaja con nuestra muestra? Y si tienes alguna foto suya, perfecto.
—No muchas, pero alguna guardé. Espera, voy a buscarlas.
Carina se levantó y se fue diligente.
Patrik y Gösta se quedaron sentados en silencio. En el jardín, al otro lado de la ventana, Patrik vio a un hombre elegante de pelo blanco, con la misma ropa de trabajo que Carina, que pasaba por delante con una vaca guiada con una cuerda.
—Desde luego —dijo Gösta.
—Sí, ya —dijo Patrik. Ninguno de los dos encontraba las palabras para seguir.
Carina volvió a la cocina con una cajita de latón en las manos y la dejó delante de ellos en la mesa.
—Esto es lo que tengo. Podéis llevároslas, si me prometéis que las recuperaré.
—Te prometo que las trataremos con sumo cuidado. Y que las recuperarás.
Muy despacio, Patrik abrió la tapa de la caja. En el interior había un puñado de fotografías que fue hojeando poco a poco. Gösta acercó un poco la silla para verlas.
—Tienes razón —dijo Patrik—. Es un niño muy guapo.
Sostuvo en alto una foto en la que Mattias tendría entre dos y tres años. Cabello oscuro, ojos azules y una amplia sonrisa.
—Esa es la última foto que le hicieron. Era un niño muy lindo. ¡Y vaya genio tenía! Supongo que lo había heredado de Lars.
Carina se pasó las manos por los brazos.
—Ya no te molestamos más —dijo Patrik—. Pero mi compañero te va a tomar una muestra de saliva de la cara interna de la mejilla.
Y nos llevamos las fotografías. Te prometo que nos pondremos en contacto contigo en cuanto sepamos algo.
Sobre todo, si hay coincidencia. Y me interesa mucho la lista de nombres.
¿Recuerdas también el del policía responsable de la investigación?
—Escribiré los nombres lo mejor que recuerde, pero el del policía lo he olvidado, por desgracia. Era bajito y grueso, es lo único. Seguro que la policía de Malmö tiene esa información, fue un caso bastante sonado. La prensa local escribió mucho al respecto.
—Lo averiguaremos. Gracias. Y sigue adelante con esta labor.
Patrik miró de reojo hacia la gran sala donde un grupo de mujeres y niños veía la televisión.
—Gracias a vosotros —dijo Carina, y sacó el móvil—. En fin, será mejor que llame a Anette. Tengo cinco llamadas perdidas. Hemos de hablar sobre algo que debería haberle contado hace mucho.
—Suerte —dijo Patrik. Y lo decía de todo corazón.
El gran reloj de la pared resonaba con su tictac. Allan casi nunca reparaba en él, pero ahora le resultaba tranquilizador.
Estaba hojeando el periódico y le llamó la atención un artículo sobre el desarrollo de los niños que no tenían teléfono inteligente.
Era muy liberador disfrutar de un día de descanso en el restaurante, tenía que reconocerlo.
Seguro que a Gabriel no le había hecho ninguna gracia, y Allan se preguntaba cómo habría logrado convencerlo Yvonne.
En todo caso, él se sentía aliviado. Trabajar tantas horas en el restaurante lo agotaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer ni ante sí mismo siquiera. Pero ¿qué podía hacer?
Le había prometido a Gabriel que siempre podría contar con su apoyo.
Los padres de Allan fallecieron en un accidente de coche cuando él apenas tenía un año, y se crio con los abuelos paternos, que eran demasiado mayores y tenían muy poco interés por educar a un niño otra vez.
Se mudó de la casa a los dieciséis y nunca más volvió a verlos.
Ellos tampoco intentaron contactar con él.
Cuando Isabelle le contó que estaba embarazada, hizo el sagrado juramento de que siempre protegería, educaría y apoyaría a su hijo. Y era una promesa que pensaba cumplir hasta su muerte.
Levantó la vista del periódico cuando Yvonne entró en la cocina.
—¿Quién ha venido? —preguntó.
Yvonne miró por la ventana, se rascó un poco el cuello enrojecido.
—Dan Karlsson, ya sabes. He puesto un anuncio en el Club de Vela, y me ha llamado. Esta tarde vendrá a llevarse el Victoria.
Allan dobló el periódico.
—¿Estás segura? Aún no nos han devuelto el cadáver de Sofie para enterrarla. Y la investigación policial sigue en marcha. ¿No deberíamos esperar hasta que hayan terminado?
—Por lo que a mí respecta, está terminada —dijo Yvonne.
Se acercó a Allan y lo rodeó con sus brazos.
—No debería haberlo mantenido todo vivo a lo largo de los años. Era mi forma de recordarla. Nunca pensé que la encontrarían. Debería haber dejado que cayera en el olvido.
Las manos de Allan descansaban sobre el periódico encima de la mesa.
—Era tu hija. Hiciste lo que creías correcto —dijo incapaz de mirarla a los ojos.
—La investigación no conducirá a nada —dijo Yvonne con un nudo en la garganta—. Ha pasado demasiado tiempo. Quiero vender el barco para que podamos pasar página. La enterraremos y seguiremos adelante como una familia.
Lo abrazó más fuerte, y él sintió que le costaba respirar.
El amor de Yvonne podía ser asfixiante. Él jamás fue capaz de corresponderlo como ella quería. Siempre supo que Yvonne era consciente de que él nunca la había querido como ella lo quería a él. Pero hizo lo que pudo. Pagó un precio por ello, y seguiría pagándolo mientras viviera.
Allan le dio una palmadita en el hombro y se liberó de su abrazo. Se dio cuenta de que se había sentido dolida, pero tenía que respirar.
—¿Estás segura de que la policía no prefiere que siga ahí por ahora? ¿Por si quieren examinarlo de nuevo?
Yvonne resopló.
—Ya han tenido su oportunidad. Y Gabriel ya les ha explicado por qué había una soga en forma de dogal. Por Dios, si tenía el cuarto lleno de trastos así. No será el único adolescente que ha pasado por una fase rara.
—Bueno, tú haz lo que creas que es mejor —dijo Allan. El sonido del reloj de pared a su espalda se le antojó de pronto apremiante—. Seguro que tienes razón.
Pero el tictac se interrumpió súbitamente, y a Allan se le encogió el corazón. Sabía que no le volvería a latir hasta que el tictac se reanudara.
Cuando se oyó otra vez, Allan tomó aire tan en silencio como pudo.
—Anda, ¿y has conseguido encontrar cangrejos? —dijo.
—Pues claro. Y pensaba hacer mi salsa de eneldo, que tanto te gusta.
Yvonne le sonrió y, como siempre, lo dejó prendado con su imponente belleza. Empezó a sacar los platos y los cubiertos con la intención de poner la mesa para la cena.
—Tengo que pasarme por casa de Ingemar a las cinco.
—Qué bonito. Y qué bonito disfrutar de una noche con toda la familia.
Yvonne lo besó en la mejilla.
—Por ti, cualquier cosa, cariño. Ya lo sabes. Cualquier cosa.
—Hola. Soy Patrik Hedström, de la policía de Tanumshede. Busco a alguien que me pueda dar información sobre un caso con cuarenta y cinco años de antigüedad. Un caso de maltrato que incluye un niño de tres años desaparecido, quizá asesinado.
Patrik conducía tan tranquilo por el carril derecho. Llevaba el móvil en el soporte, entre los dos asientos, y había puesto el altavoz. A su lado, Gösta tragó saliva varias veces.
Transcurrieron unos instantes antes de que alguien se pusiera al teléfono, pero al final oyeron un ruidito que indicaba que habían pasado la llamada.
—Hola, soy Jenny Segerstedt, comisaria del distrito policial de Malmö.
Era una voz clara y joven, y Patrik se preguntó qué edad tendría. Parecía adolescente.
—Hola, aquí Patrik Hedström, de Tanumshede. ¿Necesitas comprobar mi identidad?
—Ya lo hemos hecho, hemos llamado a tu jefe, Bertil Mellberg.
Patrik y Gösta intercambiaron una mirada. Estaba bien que Mellberg respondiera al teléfono por lo menos.
—Perfecto. Verás, tengo entre manos un caso que me ha llevado a una investigación que hicisteis hace cuarenta y cinco años. Un caso de maltrato con un menor desaparecido.
Se oyó cómo Jenny Segerstedt tecleaba algo.
—He recopilado el material que buscas. Como comprenderás, ninguno de los policías que llevaron esa investigación sigue en activo.
—Ya, eso pensaba yo, pero me sería muy útil echarle un vistazo al material que haya.
—Puedo enviártelo por correo electrónico, pero ¿quieres un resumen?
Patrik lanzó a Gösta una mirada rápida y tuvo que frenar de golpe detrás de un camión que no parecía tener mucha prisa.
—Te lo agradecería, si tienes tiempo.
—Por supuesto. Verás, hay un tal Lars Edberg, condenado por maltrato a su pareja, Carina Mårtensson.
Se supone que en el apartamento deberían haber encontrado a su hijo de tres años, pero cuando llegó la patrulla, no había ni rastro del pequeño en el domicilio.
Los técnicos encontraron una pequeña cantidad de sangre, que resultó ser del niño.
Jenny Segerstedt volvió a teclear. Hablaba rápido, pero no se había atascado una sola vez.
—La víctima, Carina Mårtensson, estaba muy malherida cuando la encontraron, y la llevaron al hospital de inmediato.
Solo tenía recuerdos fragmentarios del suceso, y dijo que no sabía qué había podido ocurrirle a su hijo.
Lars Edberg fue sometido a varios interrogatorios, en todos afirmó que ignoraba dónde se encontraba el pequeño.
Además, aseguró que, y cito: «Carina era dada a los accidentes y se había caído y se había dado un golpe».
Patrik soltó un taco al oír tal desfachatez. Recordó a Carina mientras se pasaba las manos por los brazos, como si estuviera reviviendo cada golpe.
—¿Quién llamó a la policía? —preguntó.
—Espera, voy a ver.
Nuevos golpes de teclado. Patrik echó una rápida ojeada a Gösta, que parecía tan expectante como él. El camión se desvió por fin y Patrik pudo pisar un poco más el acelerador.
—La policía recibió una llamada anónima —dijo Jenny Segerstedt al fin.
—¿Y nunca identificaron a la persona que la hizo?
—No, nunca lo averiguaron.
—¿Había otros sospechosos, aparte de Lars? —preguntó Patrik.