El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #5
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Miércoles #5

—¡Hola! Me he cruzado con Ulla y me ha dicho que has ido a recoger a Noel a la guardería. ¿Es que está enfermo?

Erica soltó un suspiro. Desde luego, en Fjällbacka las noticias corrían como el viento.

—Nada, un poco de fiebre. Está aquí tan tranquilo con su mamá.

—El ojito derecho de la abuela —dijo Kristina con un punto dulce en la voz—.

Pues acaba de llegar la caballería. Este niño necesita líquido y vitaminas.

Me he traído unas naranjas, y pensaba hacer té con miel y limón.

La miel es bactericida y esta, en concreto, la compré este verano en la granja de Lysekil.

Kristina sostenía en el aire un tarro de cristal. Se fue a la cocina y empezó a trajinar.

—Mamá, lo del limón en el té da asquito —susurró Noel horrorizado.

Erica lo tranquilizó con una palmadita en el brazo.

—Yo te ayudo, toma un sorbito y ya me ocupo yo del resto —le respondió ella en voz baja.

—Hay mucho resfriado por ahí, la gente ya no protege bien el sistema inmunitario. Pero, bueno, ¿qué es esto? ¿Estáis bebiendo zumo?

Kristina se acercó sosteniendo la botella de concentrado con la que Erica acababa de prepararle el zumo a Noel como si de un arma de fuego se tratara.

—Bueno, acabas de decir que tiene que tomar líquido.

—Líquido, sí, no un montón de colorantes sintéticos y de cosas raras que se llaman E-algo. Estas sustancias son la causa de que la gente ya no tenga sistema inmune, sobre todo, los niños. Tantos aditivos le chupan al cuerpo el alimento y no aportan nada de nada.

Noel se pegó más a Erica.

—Pues a mí el zumo de concentrado me gusta —susurró.

—Bueno, voy a hacerle un zumo de naranja para que se lo tome —dijo Kristina.

Erica sabía que no serviría de nada. A los niños no les gustaba encontrarse restos de pulpa en el zumo.

—Oye, ¿cuándo fue la última vez que limpiaste la casa? Que el hogar esté limpio es fundamental cuando hay niños pequeños, tenlo en cuenta.

—Pues yo he leído varios artículos en los que afirman que un poco de suciedad es fundamental para desarrollar el sistema inmune —intentó rebatirla Erica, aunque sabía que ella haría oídos sordos a su comentario.

Al menos esos artículos eran un consuelo para ella cuando no tenía ganas de limpiar.

—Haré una ronda con la aspiradora.

Kristina sacó la aspiradora del armario, la puso en marcha y empezó a pasarla por la cocina y el salón.

—No oigo lo que dice Scooby —se quejó Noel, y Erica contó hasta diez mientras subía el volumen del televisor.

A veces envidiaba muchísimo a Patrik. Habían decidido que él se tomaría la baja de paternidad cuando Nora cumpliera seis meses, pero ahora tenía la sensación de que faltaba una eternidad para esa fecha.

Él podía ir al trabajo, hacer cosas de adultos, ir al baño solo.

Mientras que ella estaba en casa con un bebé, un hijo enfermo y una suegra que invadía cada milímetro de su esfera personal.

Por supuesto que adoraba a sus hijos por encima de todo, pero también adoraba ser Erica. Tener su propio espacio. Poder respirar y pensar hasta llegar al final de un razonamiento. Eso seguro que le pasaba a todo el mundo, ¿no?

La aspiradora se detuvo y Erica bajó el volumen del televisor.

—Te noto cansada, Erica —dijo Kristina—. ¿Quieres un café?

Asintió agradecida y se abrazó aún más a Noel. Nora empezó a protestar en la sillita, y Erica hizo amago de levantarse.

—No te levantes, yo me encargo. Tú ocúpate de Noel, ya me encargo yo de la pequeña.

Kristina cogió a Nora y se le iluminó la cara cuando miró a la niña. Con Nora en brazos, se volvió hacia Erica.

—Ya sé que seguramente no lo digo lo bastante a menudo, pero gracias, Erica. Gracias por haberme dado lo mejor que tengo en la vida. —Apretó la carita de Nora contra la suya—. Y tampoco digo lo bastante a menudo que eres una madre maravillosa para mis nietos.

Erica sintió que se le saltaban las lágrimas.

A veces le entraban ganas de estrangular a su suegra, que podía ser una pesada de marca mayor, pero, al mismo tiempo, sabía que todo lo hacía y lo decía por amor.

La vida no era en blanco y negro. Y había que aprender a vivir con el tono de gris adecuado.

—¿Quién es Mattias?

Patrik dejó la galleta y se sacudió de los dedos unas migas que cayeron sobre la mesa.

—Mi hijo…

A Carina empezó a temblarle el labio inferior. El ruido de niños que armaban jaleo llegó hasta la cocina, y Patrik oyó que las madres trataban de acallarlos.

—Anette nos comentó que solo están ella y su hermana —dijo Gösta. También él dejó en el plato la galleta que acababa de coger.

—No lo sabe nadie. Nunca lo conté. Era otra vida.

—La amiga de la que nos has hablado —dijo Patrik en voz baja— eras tú, ¿verdad?

Carina asintió.

—Sí, era yo.

Guardó silencio y tomó un sorbo de café. Luego siguió hablando. Tenía la voz frágil, pero con un tono magnético.

—Entonces vivíamos en Malmö. Lars y yo. Me apellidaba Mårtensson. Y Lars, Edberg. Unos nombres muy formales para dos almas extraviadas.

Carina apretó la taza con la mano.

—Yo me desvié pronto, empecé a beber a los doce años, a tomar drogas a los catorce.

Me rodeaba de malas compañías, me saltaba las clases.

En fin, seguro que os resulta familiar la historia.

Y Lars era diez años mayor que yo, adicto, con una buena colección de delitos menores.

Seguro que esa historia también la conocéis.

—Y Mattias, ¿es vuestro hijo?

Carina asintió y dejó la taza en la mesa.

—Nació cuando yo tenía veinte años y Lars, treinta.

No estábamos preparados para ser padres.

La vida que llevábamos no era apropiada para que naciera una criatura.

Pero sucedió, y yo me alegré. No sé por qué, creí que un hijo lo resolvería todo.

Conseguiría que Lars fuera más amable conmigo.

Nos ayudaría a poner orden en nuestras vidas.

—Pero no fue así —dijo Gösta en voz baja.

—No. No fue así. El caos no hizo más que empeorar.

Los primeros años de Mattias transcurrieron en una continua bruma de drogadicción.

Y los ataques de Lars empeoraron. Sobre todo, contra mí, pero también contra Mattias.

Nunca lo denuncié. ¿Para qué? Así que me limitaba a meterme otra raya. Intentaba olvidar. Y un día…

Carina cerró los ojos y se reclinó en el asiento. Empezó a palparse el cuerpo. Tal vez las partes donde Lars la golpeaba con más fuerza. Patrik no se atrevió a preguntar.

—Era cinco de julio. Mattias acababa de cumplir tres años.

No recuerdo qué fue lo que lo desencadenó.

Seguramente nada concreto. No hacía falta gran cosa.

Lars estalló. Solo recuerdo que me llovían los golpes.

Luego, todo se volvió negro. Y lo siguiente que recuerdo es que me desperté en el hospital.

—¿Y Mattias?

Patrik se dio cuenta de que tenía las manos cruzadas con fuerza. La violencia contra las mujeres y los niños siempre lo sacaba de sus casillas. No se le iba de la cabeza. Podía hacer que se despertara gritando por la noche.

—Mattias había desaparecido. La policía encontró restos de su sangre en el salón, pero ni rastro de él.

Supusieron que Lars lo habría matado y habría ocultado el cadáver en algún lugar.

El pequeño nunca apareció, y Lars acabó en la cárcel por malos tratos.

Ni siquiera por intento de asesinato, a pesar de que estuve al borde de la muerte.

Y yo nunca dudé de que la policía tuviera razón sobre Mattias.

Ya había visto de qué era capaz Lars, pero nunca lograron demostrar que hubiera matado a nuestro hijo.

—¿Y cómo saliste de aquello? —preguntó Patrik.

Carina volvió a exhibir esa sonrisa que hacía que su cara resultase muy diferente, muy viva.

—Stefan era enfermero en el hospital. Me cuidó, fue mi ángel de la guarda.

Cuando me dieron el alta, seguimos viéndonos, y me ayudó a desintoxicarme.

Me apoyó mientras hacía el programa de los doce pasos.

Cuando me casé con el padre de las niñas, seguíamos siendo amigos.

Y después, cuando me separé de él, Stefan y yo volvimos a tener una relación muy estrecha.

Él siempre me decía que no debía volver la vista atrás.

Y he seguido su consejo. Por eso nunca les conté nada a mis hijas.

Patrik volvió a coger la galleta y le dio otro mordisco. Sabía a galleta casera.

—O sea que, en realidad, nadie intentó dar con Mattias, ¿no?

Carina se levantó y se sirvió otro café. Una mujer entró en la cocina, pero se marchó enseguida después de una mirada de Carina.

—No, como decía, encontraron restos de su sangre en el salón.

Y, teniendo en cuenta cómo me había agredido a mí su padre, parecía lógico pensar que estaría muerto.

Yo me pasé un tiempo en el hospital, solo recibí alguna que otra visita de la policía, que venía a informarme de cómo iba la búsqueda.

Y cuando por fin me dieron el alta, la investigación había terminado.

—¿Tienes alguna teoría acerca de lo que pudo ocurrir? Si partimos de la suposición de que el ADN que tenemos es de Mattias.

Carina negó con la cabeza.

—Ni idea. Nunca he tenido motivos para planteármelo.

Pero por nuestro piso pasaba mucha gente.

La mayoría de ellos eran de los que uno no quiere tener cerca de su hijo.

Puedo intentar hacer una lista, aunque ignoro el nombre completo de la mayoría, como mucho recuerdo el nombre de pila o el apodo.

En la vida que llevábamos, a nadie se le ocurría presentarse con nombre y apellido.

Gösta la miró a la cara.

—Siento que hayamos venido a remover sentimientos de antaño —dijo.

Carina volvió a sentarse.

—Si Mattias está vivo, será un milagro. No habría podido pedir nada mejor. Con la de veces que me he preguntado qué habría sido de él… Cómo sería de adulto. Era un niño precioso.

Le falló un poco la voz, y las manos le temblaban en torno a la taza.

Enterarse de que un hijo que creía muerto tal vez aún estuviera con vida… Patrik no podía ni imaginar la sensación.