El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #4
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Miércoles #4

Carina negó con la cabeza.

—Por una amiga. Ella… Casi la matan a palos antes de que lograra huir. Era una situación horrorosa. Drogas. Violencia. Una impotencia absoluta. La policía no hizo nada hasta que por poco muere. Entonces a él lo metieron en la cárcel y ella pudo emprender una nueva vida.

—Veo que tenéis animales.

Carina sonrió, y la expresión ceñuda de su rostro desapareció como por encanto.

—Sí, tenemos ovejas, gallinas y dos vacas.

Y una pandilla de gatos. Yo creo en el poder curativo de los animales.

Y del trabajo duro. Las mujeres que viven aquí tienen que colaborar, y tenemos un huerto grande en el que todo el mundo participa.

A los niños les encanta. Muchos de ellos vienen de la ciudad y nunca habían visto un huerto.

Cultivamos la mayoría de las verduras que consumimos.

El verano que viene, Stefan quiere que pongamos colmenas.

Yo no sé muy bien qué pensar, pero sería genial tener miel propia.

—Haces un trabajo admirable —dijo Patrik con el corazón en la mano.

Siempre había sentido un respeto enorme por la gente entusiasta que consagraba su vida a ayudar a los demás. Y en un mundo como el nuestro, hacía falta gente así.

Carraspeó un poco y se centró: habían ido allí a trabajar.

—Pues nosotros teníamos unas preguntas que hacerte —dijo, y, tras dudar un poco, cogió una galleta de sirope. Gösta, por su parte, apuntó a una de vainilla, que engulló de un bocado.

—¿A mí? ¿Qué queréis saber?

Carina lo miraba extrañada.

Patrik repitió lo que le había dicho a su hija. Que tenían un caso en el que habían encontrado una coincidencia de ADN con ellas.

—Anette había entregado una muestra a la base de datos de una empresa de investigaciones genealógicas. Y, a través de esa muestra, hemos encontrado el vínculo con un hermanastro. Es a él a quien buscamos. ¿Sabes si tu exmarido tuvo otros hijos?

Se hizo un silencio sepulcral en la cocina. De pronto, el rostro de Carina perdió por completo el color mientras la pobre mujer agarraba la taza con todas sus fuerzas.

—Mattias —dijo—. Está vivo. Mattias está vivo.

A Patrik se le aceleró el corazón. Ya tenían un nombre.

—Tú lo estropeaste todo. Me convertiste en la persona que soy.

Monica se despertó sobresaltada en el ajado sillón y se quedó mirando a Magdalena.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿No te habías mudado?

Monica alargó el brazo en busca del mando a distancia y encendió el televisor con un gesto elocuente. Magdalena le arrancó el mando de las manos, apagó la tele, y lo dejó en la mesa a una distancia que obligaría a su madre a levantarse para alcanzarlo.

Luego se sentó en el sofá. Lo único que sentía cuando miraba a su madre era odio. Ya no había vuelta atrás.

—Tú me convertiste en la persona que soy. Destrozaste en mí algo que no he podido reparar.

Monica suspiró ruidosamente, casi como un burbujeo.

—Pero, madre mía, ¿es que vas a soltar otra vez tu rollo lastimero?

Pobrecita Magdalena, que tuvo una infancia horriiible, a quien taaan mal le fue en la vida.

No tienes nada de lo que quejarte, señorita, pero siempre te ha encantado considerarte una víctima.

Siempre necesitas tener alguien a quien culpar.

Y claro, ahí tu madre es la opción más a mano.

Eso es lo que pasa, supongo. Es el yugo que debo soportar como madre.

—Yo no me veo como una víctima.

La voz de Magdalena sonaba tranquila, pero por dentro hervía de ira. La misma ira cuyas ascuas había albergado en su interior durante tantos años como un odio que, cociéndose a fuego lento, había devorado todo lo que era hermoso y limpio.

—Pero, si soy una víctima, es porque tú me hiciste así. Nunca te preocupaste por mí. La de veces que tuve que oír que deseabas no haberme tenido. ¿Quién le dice algo así a una niña pequeña? Una niña que solo ansiaba un poco de cariño. Que solo quería que la quisieran.

Monica soltó una risa, y alargó el brazo en busca de la botella de vodka. Se sirvió en el vaso sucio que tenía delante.

—Cariño. Menudo rollo. ¿Y eso qué coño es?

¿Quién puñetas me ha querido a mí, eh? —Apuró el vodka y se sirvió más enseguida—.

Tuve que aprender a arreglármelas sola desde el principio, y eso es lo que intenté enseñarte a ti también.

No puedes confiar en nadie. Tienes que procurarte lo que quieres por ti misma.

Deberías estarme agradecida por haber hecho que aprendieras algo así, en lugar de venir aquí a entonar un ridículo lamento de autocompasión.

Magdalena casi soltó un sollozo.

—Tú a mí no me enseñaste nada. Simplemente, creaste una criatura maligna. Que yo he tratado de compensar por todos los medios. Para deshacer todo lo que hiciste tú.

Monica la miró furiosa y tomó un buen trago. Magdalena observaba todos sus movimientos.

—¿Quién te ha metido en la cabeza esas ideas? ¿Bengt y Gun? ¿O ha sido Jocke? ¿Has venido a ventilar tus traumas conmigo o algo así? Y se supone que debería echarme a llorar y pedir perdón por todo lo que te hice mientras tú te quedas ahí como una santa o algo así.

—No me escuchas. Yo no soy ninguna santa.

Monica soltó una carcajada.

—Puedes jurar que no.

A pesar de que ya empezaba a articular mal, tomó otro trago de vodka. Señaló a Magdalena.

—Eras un bicho ya de niña. Te paseabas por aquí en pantalones cortos y camisetas pegadas con la intención de quitarme a mis hombres. No creas que no me daba cuenta de cómo te comportabas. Normal que no pudieran dejar las manos quietas.

Entonces brotaron las lágrimas. Magdalena las dejó correr.

—Era una niña, mamá. La primera vez tenía ocho años.

Monica resopló.

—Ya sabías más que el demonio. Eras muy consciente de lo que hacías. Si alguien puede lamentarse aquí, soy yo. Si alguna víctima hay aquí, soy yo. Tú hiciste lo posible por destrozarlo todo.

—Tú me destrozaste a mí —dijo Magdalena con tono severo—. Y sigo rota.

Echó mano del bolso y rebuscó en el interior hasta que encontró lo que quería.

Monica tomó el último trago del vaso e hizo amago de arrojárselo a Magdalena, pero se le cayó de la mano y rodó por el suelo hasta detenerse debajo de la mesa.

—Una puta, eso es lo que eres. Una putilla. Siempre lo has sido.

La risa de Monica resonó chillona y estridente. Magdalena quería taparse los oídos, aislarse de todo, pero no era posible.

Se levantó y rodeó el sillón. Se colocó detrás de Monica. Con mucho cuidado, retiró el envoltorio de plástico de la jeringa y comprobó la presión. Luego, la dirigió al cuello de su madre.

Basket Case — Green Day

Creo que se me está yendo la cabeza. Sé que hay alguien que me vigila. No tiene sentido que insista en decirlo. Nadie me cree. ¿Y si hablo con Aino? A veces tengo la sensación de que ella es la única persona que escucha de verdad.

Ellen todavía no se atreve a decirle nada a Dan.

Pero yo cada vez siento con más fuerza que debería atreverme a decirle algo a él.

Aunque esto no esté bien, no hay nada que sea más importante que el amor.

Yo también tengo derecho a ser feliz, ¿no?

Y sé que él también quiere. Aunque no lo diga.

Y comprendo que no va a ser fácil, pero ¿qué hay en la vida que valga la pena y sea fácil?

¿No será nuestro amor más trascendente después de haber tenido que luchar por él? Nosotros contra el mundo.

Le mentí a Aino y le dije que mi madre me había dado permiso para hacerme la permanente, así que ayer me la hizo en su casa.

Creí que a mi madre le iba a dar un derrame cuando llegué.

Pero le dije que no había sido culpa de Aino.

Que le había mentido. Pensé que me castigaría sin salir o algo así.

Pero se limitó a reñirme. Luego se fue a su dormitorio.

Está todavía más rara que de costumbre. Va deambulando por la casa y apenas habla conmigo.

Por mí, bien. ¡Y el pelo me ha quedado de miedo!

He tenido que tirar las Buffalo. No había forma de que quedaran limpias, y apestaban a alquitrán y gasolina. Pero ahora tengo las Converse blancas que me regaló Magdalena, que son más chulas todavía. Así que no pasa nada.

Estoy decidida, creo, tengo que echarle valor. Decirle ALGO por lo menos. ¿Y si él también sueña conmigo? ¿Con nosotros? Las consecuencias serán terribles. Pero todo pasará. Si él me quiere como lo quiero yo, valdrá la pena.

Si no le digo nada, SÉ que voy a volverme loca.

—Cariño, estás ardiendo.

Erica le puso la mano en la frente a Noel. En cuanto la pedagoga llamó, fue a buscarlo con Nora en el coche, y ahora lo iba guiando por el pasillo.

—Túmbate en el sofá, enseguida voy a taparte. ¿Quieres un poco de zumo? Tienes que beber mucho.

Noel obedeció y se tumbó en la rinconera del sofá.

Erica lo cubrió con una manta y puso Scooby-Doo en la tele.

Cuando era Anton el que estaba en casa, casi siempre había que ver La patrulla canina .

Últimamente, él se había convertido en el gemelo más travieso, y Noel era demasiado bueno por lo general para llevarle la contraria a su hermano. De más pequeños era todo lo contrario.

Los pequeños eran igual de traviesos, pero Patrik y ella siempre decían en broma de Anton que llegaría a ser o director ejecutivo de éxito, o líder de la sección local de los Hells Angels.

Después de prepararle a Noel un botellín de zumo a base de concentrado, Erica se sentó a su lado en el sofá y recostó sobre su pecho la cabeza del pequeño.

Él se acurrucó con ella como un cachorrillo, y Erica empezó a acariciarle el pelo mientras veían cómo cazaba vampiros la pandilla de Scooby-Doo.

—¿Seguro que no tendrás pesadillas luego? Acuérdate de aquella vez que…

—Mamá, ¡tenía cuatro años! Era muy pequeño. ¡Ahora soy mayor!

Erica sonrió. Para ella, él jamás sería mayor. Incluso cuando tuviera cuarenta y le sacara una cabeza, Noel seguiría siendo su niño pequeño. Igual que sus hermanos.

Miró de reojo el teléfono. Sin noticias de Patrik. Se estaba muriendo de curiosidad.

De pronto se abrió la puerta de la calle, y por ella entró Kristina.