Miércoles #3
—¿Una conexión conmigo? Pues yo no he cometido un delito en la vida.
—No estamos aquí por eso —dijo Gösta con esa voz tan amigable que era capaz de adoptar cuando quería—. Se trata de un parentesco de ADN. Estamos buscando a un hermanastro tuyo.
—¿Un hermanastro? —Anette los miraba más desconcertada aún—. Yo no tengo ningún hermanastro.
Patrik se inclinó hacia delante.
—¿Podrías hablarnos de tu familia? —le dijo.
Anette miró a su alrededor. Se rascó un poco el brazo.
—Pues tengo una hermana, de padre y madre, que se llama Maria.
Mis padres se separaron cuando nosotros estábamos en el último curso de primaria.
Nos criamos en Malmö. Cuando mi madre conoció a Stefan, mi hermana y yo estábamos en secundaria, y nos mudamos todos a Gotemburgo.
Mi marido me regaló un test de ADN por Navidad, porque sabe que me encantan esas cosas.
Saber algo más de mis orígenes y todo eso.
Resulta que tengo un treinta por ciento de finesa, un cuarenta por ciento de sueca y un veintiocho por ciento de rusa. Fue una sorpresa. Y ahora, esto.
Anette se encogió de hombros.
—Y tu padre, ¿tiene más hijos?
—No, que yo sepa. Pero, claro, nunca se sabe.
Soltó una risita nerviosa. Patrik tomó conciencia de la bomba que acababan de soltar de pronto en la paz de su vida cotidiana.
Se había concentrado tanto en seguir la pista que ni se había planteado ese aspecto.
Sin embargo, no había mucho que pudiera hacer.
Tenían que perseguir el rastro del ADN dondequiera que los llevara.
—¿Y tu madre? —preguntó Gösta.
—Ella solo nos tiene a Maria y a mí. En su caso es más fácil saberlo.
Volvió a reírse con cierto nerviosismo, y Patrik se dio cuenta de que la mujer no paraba de darle vueltas a la cabeza. Más o menos lo mismo que le ocurría a él cuando trabajaba en un caso.
—Es decir, ningún hermanastro que tú sepas, ¿no? —insistió.
—No, pero lo mejor será que habléis con mi madre. Puede que ella sepa algo de mi padre que yo ignoro.
—¿Dónde se encuentra?
Patrik se inclinó hacia delante.
—Lleva un centro de día para mujeres que han abandonado una relación de violencia. Es una mujer maravillosa. Puedo daros la dirección, se encuentra en una granja en las inmediaciones de la ciudad.
Anette se levantó y fue en busca de papel y lápiz. Escribió una dirección, arrancó la hoja y se la entregó a Patrik.
—Gracias, le haremos una visita.
—¡Suerte! Eh… Perdón, estoy un poco impresionada.
Anette se llevó la mano al pecho.
—Lo comprendo, y te pido perdón por aparecer así.
—¿Puedo preguntaros qué pasa con mi hermanastro?
Patrik negó con la cabeza mientras se ponía de pie.
—Sintiéndolo mucho, no puedo revelar información. Pero empezaremos por hablar con tu madre. ¿Podrías facilitarme también los datos de contacto de tu padre?
Anette asintió, y escribió otra nota, que le entregó a Patrik.
—Ahora se encuentra en Mallorca con su nueva esposa, pero seguro que podéis localizarlo en el móvil.
—Gracias.
Se despidieron con un apretón de manos y se encaminaron al coche.
—¿Tú qué dices? —preguntó Gösta cuando se sentó en el asiento del copiloto—. ¿Empezamos por el padre? Parece el escenario más verosímil. Ya digo, si hubieran tenido un hermano por parte de madre, lo habrían sabido.
—Pues yo creo que lo mejor es empezar por la madre —dijo Patrik—. Después de todo, estamos por la zona. Tal vez ella sepa de su exmarido algo que las chicas ignoran de su padre. A veces no da uno crédito a lo que la gente oculta incluso para sus seres queridos.
—Vale —dijo Gösta, e introdujo la dirección en el GPS—. Probemos con los secretos de familia.
—¿Cuánto pedís por él? Lleva mucho tiempo ahí parado, ¿no?
Dan observaba crítico el Victoria en el penumbroso interior de la caseta.
Yvonne miraba el barco. Aún no estaba segura de que aquello estuviera bien. De que estuviera bien separarse de él.
—¿Qué te parece cinco mil coronas? No es excesivo, creo yo, pero tendrás que llevártelo como está. Y hay algunos trastos que van incluidos.
Yvonne señaló la caja en la que había ido poniendo todo lo que fue encontrando mientras lavaba el barco.
—Es una mezcla de cosas interesantes y basurilla, no he ido clasificándolo, así que tendrás que tirar lo que no quieras.
Dan se rascaba la cabeza.
—Los niños llevan tiempo dando la lata con que quieren su propio barco. Han ido un par de veranos a la escuela de vela. Y cinco mil coronas es un buen precio. Así que no hay que darle muchas vueltas.
—Bueno, pues trato hecho —dijo Yvonne.
Quería dejarlo zanjado antes de arrepentirse.
—¿Estás segura? —dijo Dan, como si percibiera sus dudas—. Sé bien de quién era el barco. Pero al ver el anuncio en el Club de Vela pensé que podía echarle un vistazo por lo menos. Y es un barco bonito. Aunque lleva mucho tiempo parado.
Yvonne asintió.
—Es una verdadera lástima que nadie lo haya usado. Debería estar en el agua.
—Muy bien, pues vendré con mi barco para llevármelo. No tengo remolque para el coche, pero si lo echamos al agua, puedo atarlo al mío.
—Muy bien —dijo Yvonne.
Pasó la mano por el bote. Ya era hora de dejarlo atrás. Eso no significaba que dejara atrás a Sofie.
—Puedo pasarme esta misma tarde, si te va bien.
—Sí, estaré en casa. Pero ven antes de las cuatro si puedes, es el cumpleaños de Allan y tenemos que preparar algunas cosas para la fiesta.
—Ah, pues felicítalo de mi parte —dijo Dan con tono alegre—. Y los niños se van a poner contentísimos, pensaba darles una sorpresa. Lo amarraré en mi atraque del muelle, y pensaba ponerle alrededor una cinta roja con un lazo bien grande.
—Buena idea —dijo Yvonne.
Ya estaba hecho. Solo quería que Dan se marchara. Ni siquiera les había dicho nada del bote a Allan y a Gabriel. Pero esa decisión no era asunto de ellos. Era asunto suyo.
Yvonne se dirigió a la casa después de haberse despedido de Dan, pero cambió de idea, se dio media vuelta y echó a andar hacia el acantilado.
Soplaba un viento frío, y se cerró bien la rebeca alrededor del cuerpo.
Había varios barcos en el agua y, por un momento, vio ante sí a Sofie surcando las aguas en el Victoria, con la vela bien cazada.
Así era como más le gustaba recordarla. Libre, en el mar.
Si Sofie hubiera vivido hasta hoy, no la habría reconocido.
Tal vez ni lo habría intentado. A veces se preguntaba si por eso había luchado tanto por mantener vivo el recuerdo de Sofie todos esos años.
Como una penitencia. O quizá incluso como un castigo.
Pero no se explicaba cómo podría haber hecho las cosas de otra forma.
Había creado lo que nunca había tenido. Había construido algo que no podía permitir que nadie le arrebatara.
Esta noche iban a celebrar el cumpleaños de Allan. Siempre le encantó hacer de sus cumpleaños un acontecimiento. Su entusiasmo infantil por su propio cumpleaños era una de las muchas razones por las que lo quería. Lo planeaba con todo detalle cada año, y elegía el regalo con mucha antelación.
Él no se percató, pero los gemelos que le había regalado por la mañana llevaban grabadas las iniciales de los dos.
A e Y. Esta noche se lo mostraría. Allan e Yvonne.
Encadenados para siempre. Él no podría dejarla jamás.
Y eso terminó por infundirle seguridad. Aunque las heridas siempre estarían ahí, como bien sabía ella.
Allan era suyo. Para siempre. Y aún tenía para él otro regalo, que pensaba darle en la cena.
Un regalo especial. Que le demostraría de una vez por todas lo grande que era el amor que le profesaba. El amor que compartían.
La granja tenía una situación perfecta a orillas de un lago. Dos viviendas grandes y un cobertizo, todo rodeado de fronda.
—¡Menuda casa! —dijo Gösta cuando se bajaron del coche.
—Sí, y parece todo muy cuidado.
Patrik miró a su alrededor y notó que unas mujeres que estaban fuera se metían corriendo en una de las viviendas.
Una mujer salió a la explanada. Tenía el pelo cano recogido en una cola de caballo, y llevaba lo que parecía su ropa de trabajo, un forro polar y unos pantalones recios de color verde con multitud de bolsillos.
—¿Quiénes sois y qué queréis?
Habló con un tono severo y con los brazos en jarras.
—Somos de la policía de Tanumshede. Patrik Hedström y Gösta Flygare.
Patrik le mostró su placa.
La mujer pareció relajarse un poco y bajó los brazos.
—Vaya. Perdón por el recibimiento. Tenemos que ser precavidas con los extraños. Sobre todo, si son hombres, como comprenderéis.
—Lo comprendo perfectamente. —Patrik alzó las manos como excusándose—. Pero hemos venido porque necesitamos hablar contigo, si es que eres Carina Lundstedt, claro.
—Sí, esa soy yo. Pasad. Justo íbamos a tomar café.
La siguieron hasta la amplia casa de color blanco, en cuyo interior se desplegaba una actividad febril. Había mujeres y niños en todos los rincones. Juguetes, revistas, prendas de costura, dibujos infantiles. Resultaba caótico pero agradable al mismo tiempo.
—Ahora mismo estamos desbordadas. Varios casos urgentes.
Los llevó a la cocina, donde unas mujeres estaban poniendo en la mesa las tazas de café y las bandejas de galletas y bollos.
—Gracias, oye, ¿podemos estar aquí un rato? Son de la policía, así que no hay peligro —dijo Carina para tranquilizarlas.
Las mujeres, que tenían cara de miedo, se relajaron un poco y salieron corriendo de la habitación.
—Bueno, decidme, ¿de cuál de mis chicas se trata? No tengo ninguna de la zona de Tanumshede, pero me figuro que alguno de los maltratadores se habrá mudado allí.
Carina les acercó una bandeja con galletas de vainilla y de sirope.
—No afecta a ninguna de las mujeres que tienes aquí —dijo Patrik—. ¿Cuánto hace que diriges este centro?
—Quince años. Llevaba muchos años trabajando en la Oficina de Empleo cuando me casé con Stefan y me mudé a Gotemburgo. Pero siempre sentí la necesidad de hacer algo más. Algo que tuviera trascendencia. Y, por suerte, mi marido también quería lo mismo.
—¿Fue por una experiencia personal? —preguntó Gösta cauteloso.