El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #2
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Miércoles #2

—Te imprimiré el nombre. Pero, como ya he dicho, me siento un poco decepcionada, ha sido demasiado fácil. En principio, podríais haberlo averiguado vosotros mismos.

—Para nosotros es fantástico. Yo me había hecho el cuerpo a que llevaría tiempo.

Patrik cogió el papel y se dirigió a la puerta.

—¡Despídeme de los niños! ¡Me voy a la comisaría!

Se volvió.

—Perdón, Sylvia, no me voy a ir sin darte las gracias, ¡muchas gracias!

—Vete, vete —dijo Sylvia, y apagó el ordenador—. Esto me ha alegrado el día, pero creo que ahora lo que voy a hacer es irme a dormir.

Erica cogió la sillita de Nora y le dio a Sylvia una palmadita en el hombro.

—Gracias. Muchas gracias, de verdad.

Sonrió satisfecha mientras se sentaba en el coche, tras asegurarse de que todos los niños llevaban el cinturón. Había conseguido ver el nombre impreso en el folio. Y no pensaba irse a dormir. Pensaba ponerse a buscar en Google.

—¿Ellen?

—Ah, hola, Magdalena. ¿Tú por aquí?

Sentada ante el escritorio de su despacho de Åldersro, Ellen se cruzó de brazos, como para protegerse. Magdalena la entendía perfectamente. Todo su ser le pedía a gritos que se encogiera al máximo. Que se volviera lo más pequeña posible. Sin embargo, lo que hizo fue ponerse muy derecha.

—¿Podemos hablar un rato tranquilamente?

Ellen pareció dudar al principio, pero luego asintió.

—Pasa. Gun ha salido, así que estaremos solas.

—Qué bonito ha quedado todo.

—Gracias. Dime, ¿qué es lo que quieres?

Magdalena se sentó en una silla, sin saber muy bien cómo continuar. Sin saber muy bien qué decir.

—Yo la dejé en la estacada. Dejé en la estacada a Sofie.

Trató de encontrar las palabras, pero no le salían.

Ellen soltó un sollozo.

—Mira, yo no puedo más. La muerte de mi madre… Hay montones de cosas que no entiendo.

Magdalena la miró. Los recuerdos la inundaron de nuevo.

—A eso me refiero. Tenemos que… Tengo que… Olvidar sin más es imposible.

—Yo también la dejé en la estacada, Magdalena. Tú no eres la única. No me di cuenta de lo mal que estaba. Era como si algo se le hubiera quebrado por dentro aquella noche.

Ellen apretó más aún los brazos a su alrededor. Una parte de Magdalena quería levantarse e ir a abrazarla, recuperar el cariño que se tuvieron un día. Pero entre las dos se interponían demasiadas cosas. Durante mucho tiempo habían callado demasiadas cosas.

—Las tardes que pasábamos con mi madre —dijo Ellen con un suspiro—.

En nuestra casa. Yo creo que eran los únicos momentos en los que Sofie estaba tranquila.

Debería haberme interesado más por cómo se encontraba y qué le estaba ocurriendo.

Pero tenía dieciséis años. Estaba demasiado ocupada con mis cosas.

Y debería haberme interesado más por cómo te encontrabas tú.

Con Monica. Solo que tú tenías a Jocke. Así que pensaba que era suficiente.

Ellen volvió a sollozar.

—No pienses eso —dijo Magdalena—. Tú no tenías ninguna responsabilidad para conmigo. Y, en efecto, yo tenía a Jocke. Pero Sofie solo nos tenía a nosotras.

Ellen se inclinó un poco sobre el escritorio.

—¿A qué has venido exactamente, Magdalena?

El sol entró por la ventana y le iluminó el cabello como una aureola.

Ellen siempre fue la bondadosa, la que cuidaba de los demás.

A pesar de todos los años que Magdalena había dedicado a tratar de hacer el bien, nunca tuvo la capacidad innata de Ellen de querer ayudar.

Su necesidad de hacer el bien tenía otro origen. Un origen egoísta.

Respiró hondo. La esquirla le arañaba el pecho, le quemaba el corazón.

—Lo único que quiero es decir que lo siento. Y que os quería. Te quería a ti y quería a Sofie.

—No sé qué decir —acertó a responder Ellen con la voz entrecortada—.

Éramos unas niñas. Yo también os quería.

Pero, desde entonces, hemos vivido una vida entera.

Yo también he tenido remordimientos. Por Sofie.

Por unas palabras que nunca deberían haberse pronunciado. No hay nada que podamos hacer ya.

Se retrepó en la silla.

—Ahora lo único que quiero es saber qué le pasó a mi madre. Quién quería hacerle daño. Bueno, y a Sofie también. Pero no sé qué pretendes al venir aquí con tu dolor después de treinta años. No puedo cargar con ese dolor también. Con el mío tengo bastante.

Magdalena sacudió la cabeza. La esquirla presionaba más cerca del corazón.

—Lo comprendo. No sé para qué he venido. Solo quería verte.

—Magdalena, te deseo lo mejor. Gun me contó que te has alojado en su cabaña de invitados.

Quizá Jocke y tú podáis reencontraros un día.

De ser así, me parece maravilloso. Y tú y yo nos saludaremos cuando nos veamos por el centro.

Intercambiaremos unas frases de cortesía, como hacen los conocidos.

Pero no podemos seguir machacándonos con el pasado como si todavía fuéramos amigas. Yo tengo lo mío, y tú tienes lo tuyo.

Magdalena se levantó.

—En fin, no quería molestarte. Y tienes razón. Tú tienes lo tuyo y yo tengo lo mío.

Ellen no lo entendía ahora, pero llegaría a entenderlo.

—Adiós, Ellen.

Ellen asintió.

Cuando salió a la calle, Magdalena se quedó unos instantes parada en la escalera y dejó que el sol le calentara el rostro. Luego se dirigió al cementerio. Era lo más cerca que podía estar de Sofie. Había unas cuantas cosas que tenía que decirle a ella también.

Erica sintió cierto cargo de conciencia por haber dejado a los niños tarde en el colegio y en la guardería y, además, atiborrados de azúcar. Puso la excusa de que se habían quedado dormidos, con la esperanza de que los niños no se chivaran de la breve excursión matutina.

Dejó que Nora siguiera durmiendo en la sillita cuando llegaron a casa, pero le quitó el mono para que no le diera calor.

Escribió el nombre de «Anette Jussander» en el campo de búsqueda de Google y obtuvo muy pocos resultados. Los descartó todos, salvo uno, basándose en la edad que figuraba en el informe, y enseguida encontró una página de Facebook.

Erica estuvo un buen rato mirando la foto de perfil.

Desde ella le sonreía alegre Anette, una mujer rubia y algo rechoncha con una corona de flores en el pelo delante de un mayo que se entreveía al fondo.

Siguió bajando en la página. Las publicaciones de Anette parecían ser públicas y, aunque no eran muchas, la mayoría se centraban en su familia, un hombre y dos niños a finales de primaria.

Visitas al parque de atracciones de Liseberg, excursiones por el bosque, el camping Böda en verano con la caravana. Parecía una familia de lo más normal.

Algo frustrada, Erica continuó mirando la página.

Habría dado cualquier cosa por ser invisible y acompañar a Patrik mientras seguía la pista.

¿Y qué diría Anette Jussander? Esa mujer siempre sonriente en Facebook, ¿cómo reaccionaría cuando supiera que su hermanastro era un brutal violador? Y quizá también un asesino.

Era difícil hacerse una idea de la gente a partir de las redes sociales, pero Anette parecía una buena persona.

Una madre normal. No había ningún enlace a publicaciones racistas, ninguna intervención autocompasiva donde buscara la simpatía de la gente, ningún trol en el campo de los comentarios.

Solo corazones y abrazos de amigos y conocidos.

¿Sabría que, en su entorno más próximo, existía algo muy oscuro?

¿Tendrían ella y su hermano algún contacto?

¿Habría entre ellos alguna relación? En su Facebook no se veían fotos que pudieran ser de sus hermanos.

Erica siguió bajando. Había varios enlaces a otras tantas organizaciones benéficas. El Fondo Sueco contra el Cáncer Infantil, apoyo a Ucrania y una organización femenina que ayudaba a mujeres que habían logrado salir de una relación de violencia.

Erica soltó un suspiro. Allí no había nada que le diera la menor pista con la que seguir tirando del hilo.

Siguió buscando en Google un rato, pero no encontró nada que le diera más información sobre Anette Jussander.

No tenía Instagram, no había información laboral, no había imágenes, más allá de las de su página de Facebook.

Un ruido en la planta baja le avisó de que Nora se había despertado. Muy a su pesar, Erica abandonó sus intentos de encontrar algo más, bajó y cogió en brazos a la pequeña.

Abatida, se sentó en el sofá con Nora, que le dedicó una sonrisa.

—Sí, preciosa, menos mal que una de las dos está contenta hoy. Mamá no sabe muy bien qué hacer ahora.

Abrazó a su hija. Tendría que esperar. Tal vez la tal Anette fuera la clave de todo y, con el rompecabezas armado, sabría cómo proceder.

Patrik había recogido a Gösta en la comisaría y, a diez kilómetros de la dirección de Anette Jussander en Kålltorp, se les acabaron los temas de conversación y pusieron un programa de la emisora P3.

Notaba que Gösta estaba tan ansioso como él.

Se encontraban muy cerca. Muy cerca de dar un gran paso adelante en la investigación.

La casa se hallaba en Sparrgrensgatan, en el barrio residencial de Kålltorp.

La zona parecía agradable y bien organizada, con casas de madera antiguas y frondosos jardines con rosales y manzanos.

Aparcaron delante de una casa blanca con los marcos de puertas y ventanas pintados de azul y llamaron a la puerta.

Les abrió una mujer rubia de unos cuarenta años.

—¿Anette Jussander?

—Sí —dijo la mujer sin moverse de la puerta.

—Patrik Hedström y Gösta Flygare, de la policía de Tanumshede. Nos gustaría hacerte unas preguntas, ¿podemos pasar?

—¿La policía de Tanumshede? Sí, claro.

Anette los pasó a un gran salón. Era luminoso y amplio, con un buen sofá de rinconera, y estaba lleno de estanterías abarrotadas de novelas policiacas.

—Es la primera vez que la policía viene a mi casa —dijo con cierta sorpresa mientras se sentaba en un sillón—. ¿Qué ha ocurrido?

Les indicó el sofá, y Patrik y Gösta tomaron asiento.

—Estamos investigando un caso en el que hemos encontrado una conexión contigo —dijo Patrik.

Anette dio un respingo.