Miércoles
—¡C UMPLEAÑOS feliz, cumpleaños feliz…!
Allan se sentó en la cama. Cada uno cantaba la melodía en un tono distinto, pero así tenía que ser, claro.
Y entonces, entraron en el dormitorio. Yvonne hacía equilibrios con una bandeja con una tarta Princesa y las velas encendidas.
Detrás de ella venía toda la familia: Gabriel, Ellen y los niños.
Acababan de despertarse y todos iban un poco enfurruñados, menos Elsa, que siempre estaba de un humor estupendo por la mañana.
—¡Felicidades, abuelo! —dijo, y se lanzó sobre la cama para abrazarlo.
Le dio un paquete enorme y blandito muy bien envuelto.
—Pero, no, hombre, ¿para qué habéis…? —dijo mientras todos se sentaban en la cama a su alrededor.
El que Allan protestara formaba parte del ritual, pero todos sabían que aquello le encantaba. Los cumpleaños tenían algo que conseguía alegrar la vida.
—Toma, cariño.
Yvonne le dio un paquete duro y pequeño, y lo besó en la mejilla. Ellen le entregó un regalo de parte de Gabriel y ella, y, o muy mal conocía a su hijo, o no tenía ni idea de lo que contenía el paquete.
—Sí, papá, felicidades —dijo Gabriel con voz ronca.
Le dio un abrazo, y Allan retuvo a Gabriel unos segundos más de lo necesario.
Los recuerdos de todos los cumpleaños se le venían a la cabeza uno tras otro en momentos como aquel.
El primer cumpleaños de Gabriel, cuando, con el pelo revuelto y una sonrisa enorme, se sujetaba a los barrotes de la camita mientras Isabelle y él entraban cantándole el cumpleaños feliz.
El primer cumpleaños que celebraron después de la muerte de Isabelle.
Ese fue en Gotemburgo, en el pisito del barrio de Gamlestaden al que acababan de mudarse.
Gabriel cumplía cuatro años, y se tomaron la tarta sentados en el suelo, en platos de papel y con cubiertos de plástico. Todos los cumpleaños de Sofie.
Se sacudió para ahuyentar los recuerdos.
—Venga, ábrelos —dijo Elsa ansiosa sosteniendo ante él su regalo—. Este es de Ludvig y mío.
Allan los quería a todos muchísimo. La cosa salió así al final. Y bien estaba. Aunque la nostalgia siempre estaría presente. La nostalgia de lo que no salió.
—¡Qué bonito! —Sostenía en las manos un batín azul marino mientras acariciaba el esponjoso tejido—. Es perfecto, ¡me hacía falta uno nuevo!
—Pues sí, ya podemos tirar el viejo, creo yo —dijo Yvonne, y señaló su regalo—. Venga, ahora el mío.
Allan abrió el paquetito. Eran un par de elegantes gemelos de plata, y le dio las gracias a Yvonne con un beso en la mejilla. Por último, abrió el de Ellen y Gabriel. Un par de zapatillas de casa azul marino.
—Van con el batín, me puse de acuerdo con Elsa —dijo Ellen.
Ahora se la veía algo más animada, con un poco más de color en las mejillas. Allan alargó el brazo y le dio una palmadita cariñosa en la cara.
—Gracias a todos, no hacía falta.
—Pues claro que hay que celebrar tu cumpleaños —dijo Yvonne, y empezó a repartir platos y cucharillas.
En realidad, comerse la tarta en la cama resultaba lo menos práctico del mundo, pero siempre lo habían hecho así.
—Yo tengo para ti un regalo mío, papá —dijo Gabriel.
Le entregó un paquete rígido, alargado.
Allan se lo quedó mirando. Siempre era Ellen la que se encargaba de comprar los regalos. Nunca Gabriel. Muy despacio, empezó a retirar el papel.
—¡Madre mía! ¡Un Mcusta Zanmai! Gabriel, te has pasado.
Allan miraba extasiado el cuchillo japonés. El acero relucía.
—Es una forma de darte las gracias. Por todo lo que has hecho por mí. Y por todo el trabajo de ahora con el restaurante y todo eso.
Gabriel evitaba mirarlo a los ojos, pero Allan comprendía el significado de aquel regalo.
Decía más que mil palabras. A ninguno de los dos se le daba bien hablar de sentimientos, pero el amor que se profesaban era un amor sin palabras, sin límites.
Se le hizo un nudo en el pecho y se sorbió los mocos.
—Bueno, ¿vamos a comer un poco de tarta o qué? ¿Es de Setterlinds?
—Pues claro —resopló Yvonne, y empezó a cortarla y a servir los trozos—. No iba a comprar una tarta del Konsum para tu cumpleaños. Y esta noche cenamos todos en casa. He encargado cigalas y alguna que otra cosa rica.
—Me mimáis demasiado —dijo Allan, y le hincó el diente a la tarta.
Gabriel se inclinó hacia él.
—Me tienes que dar una corona, papá. Dar un cuchillo sin recibir una moneda a cambio trae mala suerte.
—No sabía que fueras supersticioso.
Allan enarcó las cejas mirando sorprendido a Gabriel, que se encogió de hombros.
—No queremos aumentar la dosis de mala suerte. Más vale no arriesgarse.
Se hizo un instante de silencio. Luego, Allan cogió el móvil, que tenía en la mesita de noche, y le envió a Gabriel una corona.
—Ya está, ya te he transferido una corona. ¡Ya basta de mala suerte!
Allan tomó otra cucharadita de tarta. Miró a su familia, sentada alrededor de la cama. Todos reunidos. Había hecho un buen trabajo. Como fuera, lo había hecho bien.
Erica oyó a lo lejos algo que no pudo identificar al principio. Pero el sonido no cesaba y, poco a poco, empezó a emerger a la superficie desde el profundo sueño en el que se encontraba sumida.
Zarandeó un poco a Patrik, que dormía a su lado sin inmutarse.
Habían pasado una mala noche con Nora, y ninguno de los dos había dormido mucho.
Las noches en las que se alegraban satisfechos de lo bien que dormía la pequeña eran un sueño lejano.
Ya no tosía, pero Erica sospechaba que ahora tenía que ver con la barriga.
—Patrik, despiértate. Están llamando.
Patrik balbució algo incomprensible y miró a su alrededor medio dormido.
—Están llamando —repitió Erica.
Patrik se incorporó y miró el teléfono.
—¡Mierda! ¡Es Sylvia Sjölund!
Los dos se espabilaron en el acto. Cuando Patrik cogió el móvil, Erica le dio un codazo en el costado señalando el aparato. Él parecía dudoso, pero al final suspiró y pulsó el botón del altavoz.
—Aquí Patrik Hedström. —Tenía la voz ronca, y se aclaró un poco la garganta—. Perdona la ronquera matutina.
—¡Ay, lo siento! ¿Te he despertado?
La voz de Sylvia resonaba clara y alegre. Erica se inclinó y se acercó a Patrik para apoyar la cabeza en su hombro.
—No te preocupes. ¿Has encontrado algo ya?
—¿Que si he encontrado algo? Me quedé despierta esperando los resultados, que llegaron en torno a las dos. Así que no he pegado ojo en toda la noche. Pero creo que sería mejor no hablarlo por teléfono. Es mucho más sencillo que lo veas, si puedes venir, claro.
—¡Por supuesto! ¿Puede ser ahora mismo?
Patrik ya había sacado una pierna de la cama, y empezó a reunir la ropa, que estaba esparcida por el suelo.
—Puedes venir cuando quieras. Ya sabes dónde estoy.
Patrik empezó a vestirse. Cuando vio que Erica se levantaba también, la miró sorprendido.
—Creo que los niños están viendo la tele. Quédate durmiendo mientras duerma Nora.
—Yo también voy —dijo Erica, y cogió un par de vaqueros de la silla que había junto a la ventana.
Ni por asomo pensaba perderse aquello.
—No, no me parece que…
Erica alzó la mano.
—¡Esto ha sido idea mía!
—Pero, los niños, ¿quién se va a…?
—Yo también voy, ya te digo.
Se puso los calcetines y, por la cara de Patrik, comprendió que su marido sabía que había sido derrotado.
Diez minutos después iban los dos hacia Grebbestad, cada uno en su coche. Los gemelos quisieron ir en el coche de Patrik, y Erica se llevó a Maja y a Nora. La pequeña ni se había despertado cuando la sacó de la cuna, y ahora seguía durmiendo en la sillita del coche.
—¡Uy, si viene toda la familia! —dijo Sylvia sorprendida cuando abrió la puerta.
Erica le dio la mano y se presentó.
—Hola, soy Erica Falck. Mi suegra nos ha hablado muy bien de ti. Un placer conocerte.
Sylvia sonrió satisfecha y se apartó para dejarlos pasar a todos.
—Tengo zumo y galletas, les puedo poner un poco a los niños en la cocina. Salvo que penséis que es demasiado temprano para que tomen azúcar.
—Qué va. Gracias —dijo Erica mientras guiaba a sus hijos por el amplio pasillo.
Los gemelos gritaron de alegría cuando entraron en la cocina. Zumo y galletas para desayunar. Maja parecía dudosa, como si se preguntara qué pacto habría alcanzado su madre.
Con los niños ya instalados alrededor de la mesa de la cocina, Erica y Patrik siguieron a Sylvia hasta su despacho.
Sobre una mesa de escritorio de madera de roble añosa y muy labrada había un ordenador enorme.
El despacho tenía aún más libros y carpetas si cabe que el salón que habían dejado atrás.
Erica puso delante de la puerta a Nora, que seguía durmiendo plácidamente. Le dio una palmadita en la mejilla, la pobre merecía descansar después de una noche tan movida.
—Ahora veréis —dijo Sylvia—. Colocaos detrás de mí.
Es mucho más sencillo mostrarlo que explicarlo por teléfono.
Con todo, no ha sido ni mucho menos tan complicado como yo esperaba.
Yo habría querido hallarme ante un auténtico reto al que hincar el diente.
En el caso de Linköping hubo que revisar varias generaciones y varias ramas familiares para encontrar al asesino.
Esta vez ha sido más directo al grano, por desgracia.
Resopló descontenta sin dejar de teclear en el ordenador.
—En otras palabras, si no te he entendido mal, has encontrado a un pariente cercano, ¿no es eso? —dijo Patrik.
—Bastante cercano. Las bases de datos son tan buenas como lo sea su contenido. Es decir, dependen de quiénes hayan depositado su ADN y quiénes hayan actualizado su árbol genealógico. Pero en este caso, hemos tenido un poco de suerte.
—¿Cuál es el pariente más cercano que has encontrado? —preguntó Erica.
Sylvia señaló la pantalla.
—Hermanastros —dijo—. Ahí deberíais tener un buen punto de partida, ¿no?
—Es…
Patrik tartamudeaba, y Erica le dio un codazo. Comprendía lo que implicaba esa información, y se sentía aliviada y exaltada a un tiempo. Por él, por la investigación, por todos.
—¡Es fantástico, fantástico! —logró decir Patrik al fin.