Martes #7
Bertil abrió un cajón y sacó una bola de coco Delicato del paquete.
La vida podía ser muy ingrata a veces, no cabía duda.
En fin, una vez que se hubiera marchado, lo echarían de menos.
Entonces comprenderían hasta qué punto había sido un recurso decisivo para la profesión policial en general y para la comisaría de Tanumshede en particular.
Abrió el ordenador y pinchó las fotos del apartamento en la página de la inmobiliaria.
Enseguida se sintió más animado. Mientras los demás seguían trabajando como esclavos, él pasaría los días con Rita sentado al sol disfrutando de la vida.
Tal vez debería iniciarse en algún hobby.
Los días podían resultar largos cuando uno no tenía nada que hacer.
La lectura nunca había sido su fuerte, eso ya lo hacía Rita, que andaba enfrascada en algún libro a todas horas.
Pero él siempre había tenido el pálpito de que poseía aptitudes para los negocios bursátiles.
¿Tal vez podría probar en ese campo? O en lo de la nueva moneda digital, el bitcoin, quizá.
Algún negocio con el que aumentar un poco la pensión.
Sacó otra bola de coco de la caja y se recostó en el sillón mientras se la comía. Seguramente, echaría otra cabezadita.
—Qué pronto has vuelto.
La voz de Jocke hizo que Magdalena girase la cabeza. Lo vio en el seto, regando las plantas.
Magdalena se le acercó cruzando el césped bien cuidado y dejó atrás la cabaña de invitados. Entonces vio que Jocke estaba regando las orpinas, la hierba del amor. Qué irónico era todo.
—He cancelado las últimas visitas de hoy. Necesitaba respirar.
—¿Nos sentamos un rato?
Jocke la cogió del brazo y la llevó hacia un manzano.
Magdalena no se lo impidió. El calor de la mano de Jocke en su brazo le resultaba familiar.
Demasiado familiar. Ya no era capaz de discernir entre lo que era bello y lo que era feo.
Por eso había cancelado las citas con los pacientes.
Poco a poco, sentía cómo se resquebrajaba la realidad que con tanto esmero había hilvanado.
Magdalena, la médica que había vivido salvando vidas en varios países africanos.
Magdalena, la mujer cuyos colegas habían ensalzado como a una heroína.
La humanista, la que a todos socorría, esa buena persona.
Se sentaron en el viejo banco de madera, junto a la no menos vieja mesa, bajo el manzano.
Magdalena se miró las manos. Le temblaban.
Unas manos que habían salvado muchas vidas.
Unas manos que habían sostenido a niños moribundos, que habían visto cómo se les escapaba la vida o cómo regresaba a sus cuerpos.
Lo había intentado. Lo intentó de verdad.
La conversación con Gun durante el desayuno le había llegado a los rincones más recónditos del corazón. Las manos no pararon de temblarle durante todo el trayecto. Y aún le seguían temblando.
Jocke le cogió una entre las suyas.
—¿Recuerdas lo que hay grabado bajo el tablero?
Magdalena asintió. Se sentía como si se le hubiera desprendido un trozo del pecho y estuviera suelto, arañándole, sangrando.
Le recordó a un cuento que había leído de niña, La reina de las nieves , de H.
C. Andersen, en el que las esquirlas de un espejo mágico convertían en hielo un corazón en cuanto una sola lo penetraba.
¿Sería eso lo que le había ocurrido a ella?
—Nuestras iniciales —respondió—. Las grabamos cuando hicimos un año juntos.
Jocke se agachó y miró debajo del tablero.
—Ahí siguen. Y verás, Magdalena… —El flequillo rubio le llegaba por los ojos mientras la miraba a la cara—.
Yo creo que no son solo nuestras iniciales lo que sigue ahí.
Nosotros también seguimos ahí. No creo que quisiéramos estar separados.
No he dejado de pensar en nosotros a diario desde entonces.
Y creo que a ti te ha ocurrido lo mismo.
Seguía mirándola. Irradiaba tanta esperanza que Magdalena tuvo que apartar la mirada.
—Sí, he pensado mucho en nosotros —dijo al fin—. En todo. Y cuando no pensaba en ello, soñaba con ello.
Jocke empezó a respirar más rápido, le apretó la mano.
—¿No entiendes lo que eso significa? Estamos hechos para vivir juntos.
La cosa se complicó un tiempo. Deberíamos habernos aferrado el uno al otro.
Pero ahora se nos ha presentado otra oportunidad.
No puede ser puro azar que los dos hayamos vuelto aquí.
Donde empezó todo. Podemos dejar atrás el pasado. Empezar de nuevo.
Lo mismo que Gun le dijo por la mañana. Aunque con otras palabras. La esquirla se desplazó un poco en el pecho, más cerca del corazón. Una parte de ella quería creer que lo que Jocke proponía era viable. Una parte de ella lo amaba aún con tanta fuerza que parecía que iba a estallarle el corazón.
Como si hubiera oído sus pensamientos, Jocke prosiguió:
—Es posible, Magdalena. Es posible. Hoy somos más sensatos, más maduros, sabemos más de la vida. El plan siempre fue que estuviéramos juntos. Yo jamás cometería los mismos errores. Tú jamás cometerías los mismos errores.
—¿De verdad lo crees? —dijo Magdalena en voz baja—. ¿Somos más sensatos? ¿Más maduros? ¿Sabemos más de la vida? Todo lo que he visto hasta ahora me ha hecho sentir que sé menos.
—Somos lo bastante inteligentes para saber cuándo es hora de seguir adelante. De dejar atrás el pasado. Por favor, Magdalena, yo te quiero. ¡Quiero lo que somos! ¿No podemos seguir construyendo sobre esa base? Según el plan inicial.
Una manzana cayó a su lado de golpe. Aún estaba de un amarillo reluciente, perfecta, intacta. Pronto empezaría a pudrirse en la tierra, le saldrían manchas oscuras que se extenderían poco a poco hasta que solo quedara una plasta marrón.
La esquirla se desplazó más cerca aún del corazón. El cuerpo entero de Magdalena ansiaba apoyar la cabeza en el pecho de Jocke, hundirse en su costado y sentir cómo la envolvía su calor. Pero eso solo le proporcionaría una tregua breve y vana ante el frío que se le extendía por las entrañas.
Esa esquirla llevaba treinta años moviéndose por su cuerpo, recordándole su presencia de vez en cuando gracias a sus bordes afilados.
No había vuelta atrás. Su destino había tomado otro rumbo.
Y Jocke era un loco si creía que era posible olvidarlo.
Había instantes en los que ella, de forma irreflexiva, se había convencido de que así era.
Pero no, jamás podría olvidar. Y ahora sabía qué era lo que tenía que hacer.
Magdalena se levantó de la vieja mesa de madera y se dirigió a la cabaña de invitados. Mientras cerraba la puerta sentía en la espalda el amor de Jocke.
Patrik aún tenía el rostro cansado de Ellen en la cabeza cuando él y Gösta entraron en la comisaría.
Martin se les acercó raudo por el pasillo.
—¿Has visto mi mensaje?
—No, se me habrá pasado —dijo Patrik. ¿Otra vez tenía el móvil en silencio? Era facilísimo darle sin querer al dichoso botón.
—Farideh llamó a tu despacho, así que respondí. Han encontrado en la cuerda del dogal el ADN de Sofie.
—Joder —dijo Gösta—. Pues entonces habrá que hablar otra vez con los Rudberg. Ya os dije que ahí había algo raro.
—Lo abundante de la muestra indica que la tuvo alrededor del cuello —dijo Martin, balanceándose angustiado sobre los pies.
A Patrik empezó a acelerársele tanto el pulso que le zumbaba la cabeza.
—O sea, en el bote de Sofie hay una cuerda que tiene su ADN. Y en el cadáver se aprecian lesiones que apuntan a un ahorcamiento. La cuestión es solo por qué estaba allí la cuerda, y por qué el cadáver de Sofie apareció sin ella en la tumba del cementerio.
—Justo lo que pensé yo —dijo Martin.
Se dirigieron a la cocina. Tenían que actualizar las pizarras, plasmar en ellas todas las ideas y teorías. Los pensamientos ya empezaban a enfrentarse entre sí en la cabeza de Patrik, que apremió el paso.
—¿Y si citamos a Gabriel? —dijo Gösta—. Para un interrogatorio más formal.
Patrik negó con la cabeza.
—Todavía no. Lo único que tenemos es un montón de suposiciones.
No olvides que en el armario de Sofie había fibras de cuerda que coinciden con las del dogal y con las halladas en la tumba.
Ese es un dato que tenemos que encajar en el rompecabezas.
Yo quisiera tener algo más sólido antes de citar a más testigos.
Se dirigió a la pizarra y cogió un rotulador.
—¡Hedström! —rugió Mellberg desde su despacho.
Patrik miró a Martin, que se encogió de hombros al tiempo que negaba con la cabeza.
—Sé tan poco como tú, pero no parece contento.
—Más vale resolverlo cuanto antes.
Patrik llamó a la puerta y abrió.
Mellberg levantó la vista de su mesa y le indicó que entrara.
—Siéntate.
Le señaló la silla que tenía enfrente.
—He estado hablando hoy con la Jefatura y dicen que has pedido autorización para conseguir datos de ADN de estudios genealógicos. He quedado como un idiota que no tenía ni idea. ¿Por qué no me lo habías comunicado?
Mellberg se inclinó hacia delante sobre la mesa. Tenía la manga y la pechera del jersey llenos de migas.
—Llamamos a la puerta esta mañana, cuando íbamos a celebrar la reunión, pero, como no respondías, pensamos que estarías fuera. Y, claro, luego nos fuimos Gösta y yo. Pero, desde luego, debería habértelo comunicado. El fallo es solo mío.
Mellberg gruñó un poco, pero se lo veía apaciguado.