El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Martes #6
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Martes #6

—Pues menos mal, porque estábamos como cubas. Gun y Bengt debieron de quedarse a cuadros cuando volvieron a casa. Seguro que fueron los vecinos los que llamaron, porque estábamos armando mucho jaleo. Supongo que a Jocke le cayó una buena.

Dragan se rascó la nuca, parecía avergonzado.

—Y eso que Magdalena y él ni siquiera estuvieron abajo en la fiesta, se la pasaron en la cama, en el cuarto de Jocke.

Nosotros no paramos de darles la lata aporreando la puerta, pero nada.

Luego, cuando llegaron los padres, nos echaron de allí en medio del escándalo, y ahí se les acabó la fiesta, claro.

De pronto, se puso muy serio.

—Si puedo ayudar de alguna forma… Es terrible, todo es terrible. Y ahora, Aino. Nadie habla de otra cosa. Dile a Patrik que espero que atrapen al culpable.

—Descuida, se lo diré —murmuró Erica.

Dejó de nuevo a Nora en la sillita y vertió el cuenco entero de aliño en la ensalada.

—Ayer estuve hablando con Sylvia —dijo Kristina inclinándose hacia delante—. Me contó que Patrik se había pasado por allí.

Erica dejó el tenedor. Acababa de comprender por qué Kristina había querido comer con ella de pronto.

—Tú no puedes comentar esas cosas, Kristina. Y Sylvia no debería habértelo contado.

—Bah, no pasa nada. Sylvia y yo nos hemos hecho muy amigas. Y ella sabe la confianza que tenemos Patrik y yo. El caso es que me dijo algo así como que podían usar las bases de datos de los estudios genealógicos para encontrar al asesino.

Dragan volvió en ese momento con el pan integral y otro cuenco de aliño, y Erica mandó callar a Kristina. Cuando el cocinero se hubo marchado, continuó en voz baja:

—Ya has oído lo que ha dicho Dragan: el tema está en boca de todos, y los periódicos no paran de buscar información. Patrik no lo tendría nada fácil si se filtraran datos de la investigación. Sobre todo, si es a través de su madre.

—Por supuesto, lo entiendo. Soy muy discreta.

Kristina bajó la voz con tono dramático e inspeccionó el pan con mirada crítica.

—Esto parece mezclado con harina blanca. Les daré mi receta, solo contiene fibras saludables. Algo difícil de masticar, pero también es saludable masticar bien.

Levantó la vista hacia Erica.

—Sylvia me dijo que la policía está esperando la autorización. ¿Cuánto puede tardar? No serán meses, ¿verdad? Sylvia está lista para el pistoletazo de salida, la vi emocionadísima ante la idea de ayudar a la policía.

—En esta ocasión yo creo que puede ir bastante rápido. La prueba de ADN ya la tienen, y se trata de un caso prioritario. Me figuro que le darán caña al tema. Pero no hables de esto con nadie, por favor.

Kristina asintió.

—Con nadie.

Hizo un gesto como si se cerrara la boca con llave y la arrojase lejos.

Erica soltó un suspiro.

—Pareces cansada, Erica. Si es lo que yo digo, que no os cuidáis como es debido. Tendrías que empezar cada mañana con diez minutos de mindfulness . Yo tengo una paz interior increíble desde que empecé, Gunnar dice que es como si fuera otra persona. Y tengo una aplicación fenomenal que podrías usar.

Lo primero que pensó Erica fue que preferiría clavarse en el pecho el cuchillo que sostenía en la mano que tener que escuchar todas las mañanas a algún yogui diciéndole «escucha tu interior» o lo que quiera que dijeran. Pero tenía la sensatez suficiente como para no protestar.

—Anna va a redecorar la casa de Bengt y Gun Hagman. Va a hacerles una reforma —dijo en un intento desesperado de cambiar de tema.

Hablar de otras personas y sus proyectos siempre era un buen método para desviar la atención de Kristina.

—Anda, pues qué bien. La verdad, no escatiman en nada.

Ese Volvo nuevo tremendo que tienen no habrá sido barato, y reformar una casa tan grande y tan antigua debe de costar una fortuna.

Pero la última vez que pasé por delante me pareció que estaba muy descuidada, así que hacen bien en tomar medidas.

Si necesitan ayuda de carpintería, dile a Anna que Gunnar lo hará encantado.

Una camarera pasó con una pizza que olía a gloria, y Erica notó un rugido anhelante en el estómago. Cuando llegara a casa, sacaría un bollo del congelador. Se lo merecía.

—A ver, ¿quieres pedírselo ahora, mientras aún hace buen tiempo? ¿O más adelante?

Paula se sentó en el borde de la mesa de Martin.

—Pues si ya tengo el anillo, ¿para qué esperar?

Martin se ruborizó hasta la coronilla.

—Y pensar que hasta tú te has convertido en adulto. Una esposa, hijos, una casa —dijo Paula para chincharle.

—Ya, quién lo iba a imaginar.

Martin le sonrió a su colega. Había madurado tarde, y lo sabía. Había dedicado demasiados años a jugar. Fue Pia quien le ayudó a comprender que ya era adulto. Pia y su hija Tuva. Tuvo que cerrar los ojos un instante cuando lo traspasaron los recuerdos.

Cuando volvió a abrirlos, comprobó que Paula lo miraba con cariño.

—Nadie podría alegrarse más que Pia al verte hoy. Ella habría querido que siguieras adelante con tu vida y que fueras feliz con una nueva familia.

—Lo sé.

Martin miró el retrato de Pia, que aún tenía en el escritorio de la oficina.

También tenía fotos de ella en el hogar que compartía con Mette, que nunca puso ninguna objeción, sino que, al contrario, pensaba que era la madre de Tuva y que, por tanto, siempre tendría un lugar en sus vidas.

Una de las miles de razones por las que Martin quería a Mette.

—¿Tú sabes cómo quiere celebrarlo Mette?

—Ella quiere una boda en el jardín de casa. Una celebración discreta, con nuestros amigos más íntimos.

—Me parece precioso —dijo Paula—. Y yo, a punto de volver a Tinder.

Martin soltó un lamento.

—Joder, yo me muero antes que meterme en Tinder otra vez.

Levantó la vista hacia Paula, que movía las manos en señal de que no se lo había tomado a mal.

Pero así lo sentía él hasta la médula: todas aquellas mañanas que se despertaba en un piso nuevo cada vez, incapaz de recordar cómo se llamaba la persona que tenía a su lado. La sola idea lo dejaba exhausto.

—No pasa nada. El tema de cómo vamos a vivir se ha resuelto. Me quedaré con el piso de mi madre y Bertil. Ya han encontrado un apartamento en España.

—¡Vaya! Así que al final apuestan por irse.

Martin se esforzó por asimilar la idea. La vida en la comisaría no sería igual sabiendo que Mellberg no estaba durmiendo en su despacho.

Por extraño que pudiera parecer, él también se había convertido con los años en otro miembro más de la familia.

Como ese tío que en realidad nadie quería ver en las fiestas familiares, pero que todos echaban de menos si no acudía.

El sonido de una llamada los sobresaltó a los dos. Procedía del despacho de Patrik.

—Algún periodista otra vez, seguro. Ojalá entendieran que no podemos facilitarles información de las investigaciones.

El teléfono seguía sonando y Martin se levantó.

—Voy a responder. Total. No se rinden nunca.

Entró en el despacho de Patrik y atendió la llamada.

—Aquí Martin Molin.

—Hola, soy Farideh. Quería hablar con Patrik.

—Está fuera, puedes llamarlo al móvil, pero ahora mismo estará ocupado. Si quieres que le diga algo…

—Sí, claro, te lo digo a ti. Ya tenemos los resultados de los análisis de la cuerda. Han hallado rastros de ADN de Sofie. La localización y la cantidad indican que la tuvo alrededor del cuello.

—Joder. Se lo diré a Patrik. Gracias.

Martin se quedó mirando el teléfono después de colgar.

El ADN de Sofie en la cuerda… Comprendía que se trataba de una información trascendente, pero no hacía más que suscitar más interrogantes.

Si a Sofie la estrangularon con el dogal, ¿cómo no lo llevaba al cuello cuando la metieron en la tumba? ¿Y por qué estaba en su barco?

Llamó al móvil de Patrik y le dejó un mensaje de voz.

—¡Buenos días! ¡Soy Bertil! Mellberg. Eso es, Bertil Mellberg. De la comisaría de Tanumshede.

Bertil frunció el ceño con cara de irritación. Qué poca memoria tenía la gente para los nombres. Había conocido al jefe regional en un congreso en Gotemburgo haría dos o tres años, y se presentó debidamente.

—Exacto, nosotros somos los que llevamos la investigación sobre el caso de Sofie. Sí, desde luego, estamos avanzando mucho. ¿La autorización? Pero ¿qué autorización? ¿Para el ADN?

Bertil cerró los ojos. Trataba de recordar lo que habían comentado en las reuniones. En realidad, ¿cuándo fue la última vez que participó en una reunión? Se le habían juntado tantas cosas que se vio obligado a delegar mucho en Patrik.

—Sí, claro que estoy al corriente, es solo que en estos momentos tenemos muchas vías de investigación abiertas. Sí, vamos a ver qué ocurre.

Bertil se rascó la calva presa del desconcierto. No tenía ni idea de lo que le hablaba el jefe. Se imponía una conversación con Patrik al respecto en cuanto volviera. La comunicación era el alfa y la omega de una dirección eficaz.

—El caso es que, en realidad, yo llamaba por otro motivo.

He tomado la dura decisión de que ya es hora de dar el relevo.

En fin, de dejar la jefatura. De dejarlo todo.

No, no de inmediato, como es lógico, antes quiero llegar al esclarecimiento de este caso.

No se me ocurriría dejar al equipo desamparado en medio de una investigación tan trascendente.

Desplazó un pie y Ernst soltó un suspiro de desencanto desde debajo de la mesa.

—Quería avisar con tiempo, porque sé que se trata de un hueco importante que suplir. Muy bien, estupendo, entonces ya está dicho, enviaré la documentación en cuanto cierre este caso.

Bertil colgó. Debía reconocer que lo decepcionó un poco el que no hubieran recibido la noticia con más protestas, pero seguramente así eran las cosas en el seno de la política policial.

Los colegas exitosos se consideraban una amenaza, no un recurso.

Así que, llegado el momento, en el cuartel general todos celebrarían que un cerebro policial de su calibre abandonara el Cuerpo.

Se inclinó y le acarició a Ernst la cabeza. El animal emitió un gruñido de placer.