Martes #5
Miró de reojo a Patrik, que se dio cuenta de que Gösta pensaba que estaba siendo un poco duro.
Ellen daba toda la sensación de poder venirse abajo en cualquier momento, pero él no tenía mucha paciencia para las mentiras.
Y Ellen había mentido. O, por lo menos, se había pasado treinta años ocultando información importante.
—Por razones que ahora no puedo aclarar, no llegamos a inspeccionar la caseta después de la desaparición de Sofie. Sin embargo, al examinarla ahora, hemos encontrado el dogal. Y, tal como dices, lleva treinta años cerrada a cal y canto.
—Pero ¿un dogal? ¿Cómo es posible? Es de lo más absurdo.
Ellen los miraba desconcertada.
Patrik se aclaró un poco la garganta.
—Gabriel asegura que es suyo.
Ellen frunció el ceño.
—Pero ¿por qué iba Gabriel a…?
Se retrepó en la silla y volvió a suspirar.
—Bueno, sé que tuvo un período en el que fue muy aficionado a…, en fin, temas escabrosos. Iba al instituto vestido de negro y con los ojos pintados de negro, lo que en Tanumshede llamaba mucho la atención. Si alguien me hubiera dicho entonces que él y yo íbamos a casarnos y a tener hijos…
Ellen sonrió un poco y, de pronto, pareció diez años más joven.
—Había varias bandas de rock duro con las que estaba obsesionado, y adoptó esa cultura. Supongo que son fases típicas de los adolescentes, ni más ni menos.
—Sí, eso fue lo que nos dijo él.
Ellen debió de reaccionar a algún matiz en la voz de Patrik, porque le dirigió una mirada cortante.
—Gabriel no tiene nada que ver con esto. Yvonne, Allan y él quedaron destrozados con lo que le ocurrió a Sofie. Sin lugar a dudas.
Sufrió un golpe de tos y cogió otro pañuelo del paquete.
—¿Sabéis algo más de mi madre?
Se secó los ojos con el pañuelo.
—Estamos llevando a cabo un trabajo muy minucioso. A Erica le comentaste un dato sobre el que queríamos preguntarte. Le dijiste que Aino escribía en un cuaderno a modo de diario, ¿es cierto?
Ellen asintió.
—Sí, el cuaderno de mamá. El cuaderno del dolor.
—¿Por qué lo llamaba así? —dijo Gösta.
—En él anotaba todas las citas con quienes habían perdido a alguien, todos los entierros en los que cantaba y todas las almas con las que, según ella, se encontraba entonces.
También anotaba en él sucesos importantes de su vida.
Era como un diario. Aunque un diario emocional.
No de los de «hoy hace sol y sopla el viento», sino de asuntos que le afectaban desde el punto de vista sentimental.
Patrik soltó un taco para sus adentros. Ese cuaderno les habría sido muy útil.
—¿Y dices que ha desaparecido? —preguntó.
—Siempre lo tenía en el cajón de la mesita de noche. Si no estaba en su habitación, ha debido de llevárselo alguien.
—¿Y se te ocurre por qué querría nadie llevarse ese cuaderno?
Patrik cambió de postura en la silla, el sol le daba en los ojos con demasiada intensidad.
Ellen negó con la cabeza.
—Mi madre siempre intentó ahorrarme todo lo que era duro en su vida.
Ella era mi puerto, el regazo acogedor en el que siempre podía refugiarme.
Recuerdo la noche que volví a casa de la fiesta.
Era la primera vez que llegaba borracha, y aún estaba enfadada por la pelea con Sofie.
Mi madre no dijo una palabra. Me ayudó cuando empecé a vomitar y me obligó a beberme un litro de agua.
Luego preparó chocolate caliente y unos sándwiches.
Y se limitó a abrazarme, no dijo nada. Pero…
Ellen clavó la mirada en el suelo.
—Pero ¿qué? —dijo Patrik.
Se desplazó otro poco: los rayos del sol parecían decididos a perseguirlo dondequiera que se sentara.
—Recuerdo que me dio la impresión de que ella también estaba triste cuando llegué a casa.
Eso no era normal. Mi madre nunca estaba triste.
Pero esa noche me di cuenta de que había estado llorando.
Yo era una adolescente egocéntrica, ocupada al máximo con mi propio drama y, en aquel momento, no me hice preguntas.
—Y, al pensar en ello ahora —dijo Gösta—, ¿tienes idea de por qué podía estar triste esa noche?
Al cabo de unos segundos, Ellen negó con la cabeza.
—Hacía tiempo que no la veía tan contenta como ese año.
Estaba a gusto en el trabajo, le encantaba que Sofie y Magdalena vinieran a casa.
Estaba feliz. —Se encogió de hombros—. Tal vez ocurriera algo en el restaurante.
A lo mejor estaba cansada, porque eran demasiadas horas.
El caso es que, no sé por qué, a mí se me quedó grabado en la memoria que estaba triste, justo por lo raro que era.
Patrik apartó la silla de la ventana y del sol. Ellen y Gösta lo observaban en silencio.
Se excusó con un gesto, antes de continuar.
—¿Sabes si conoció a alguien? —dijo—. ¿Llevaba a algún hombre a casa? ¿O había alguien con quien tú supieras que se veía?
Ellen lo miró pensativa.
—¿Y eso qué importa? ¿Qué importancia tiene que conociera a alguien hace años?
La han asesinado ahora. Pero, no, no tengo ningún recuerdo de nada parecido.
Sé que circularon una serie de rumores sobre Allan y ella, las chismosas de aquí tuvieron la amabilidad de contármelo.
Pero yo no me lo creo ni remotamente. Conozco a Allan desde hace muchos años, he sido una parte de la familia, así que me habría enterado.
Y, además, él nunca se habría atrevido. Yvonne lo vigila como un halcón.
No puedo ni imaginar lo que habría ocurrido si hubiera sorprendido a Allan en una historia así.
Una risita nerviosa.
—Qué va, eso son solo rumores de pueblo. Nunca he pensado que tuvieran la menor relevancia.
—¿Y lo que Aino le dijo a Erica de que había algo que quería contar? —dijo Patrik.
—Sinceramente, no tengo ni idea de lo que puede ser, pero mi madre sufría demencia. ¿Quién sabe lo que tenía en la cabeza?
Patrik miró a Gösta, que negó con un gesto.
—Pues muchas gracias, ya hemos acabado por esta vez. Y quiero que sepas que estamos haciendo todo lo posible por averiguar qué le ha sucedido a tu madre.
—Os lo agradezco mucho —dijo Ellen con una sonrisa que, sin embargo, no llegó a reflejarse en sus ojos.
Cuando se marcharon, los despidió con un ademán de cansancio.
Erica suspiró después de colgar. Su suegra quería invitarla a almorzar en el Bryggan.
No era lo que mejor le venía en esos momentos, pero decirle que no a Kristina era como tratar de atrapar a un cerdo enjabonado.
Sin saber cómo, se oyó a sí misma decir no solo que iría, sino incluso lo bien que lo iban a pasar.
Kristina ya había llegado cuando ella aparcó el carrito fuera y entró con Nora en la sillita. Su suegra le hizo señas con la mano por si no la había visto, a pesar de que el restaurante estaba casi vacío, que era lo habitual una vez que la temporada turística llegaba a su fin.
—¡Estoy aquí! —Kristina se quedó mirando a Nora—. ¿No le pones más ropa de abrigo para sacarla a la calle? ¡Va a pillar una pulmonía! Tengo un mono de lana de cuando Patrik era pequeño, te lo doy, la lana mantiene el calor de verdad, no como esos materiales nuevos que tienen que «respirar».
Erica tragó saliva varias veces para no hacer ningún comentario respecto a las prendas de lana que su suegra le regaló cuando nació Maja, y que le provocaron erupciones durante más de una semana.
Dejó la sillita de Nora en la silla que había a su lado y se sentó.
—Me he tomado la libertad de pedir para las dos. No había mucho donde elegir para quien mira bien lo que come, pero al menos tenían ensalada de gambas.
Erica miró con añoranza el menú. Hoy, precisamente, le habría apetecido mucho más una de sus pizzas.
—Ensalada de gambas, perfecto.
En ese preciso momento les pusieron en la mesa dos fuentes de ensalada. Kristina llamó a la camarera, que ya iba de camino a la cocina.
—Perdón, quería preguntar, estas verduras, ¿son ecológicas? Es que no como nada fumigado con productos químicos. Y el aliño, ¿puede ser sin lactosa?
La camarera murmuró una respuesta inaudible y se marchó.
—Es increíble que los restaurantes no sean un poco más responsables.
Y no es solo por salud, sino también por el medio ambiente.
Por cierto, he visto que Patrik y tú utilizáis mucho plástico en la cocina.
Hay muchísimos informes científicos que demuestran lo perjudicial que es y la cantidad de plástico que ingerimos procedente de objetos de cocina normales y corrientes.
Yo lo he sustituido todo por madera, y los tuppers de plástico por otros de cristal.
Uno de los cocineros salió de la cocina y se dirigió a su mesa. Erica quiso que se la tragara la tierra al ver que era Dragan, antiguo compañero de clase de Dan, así que hizo como que estaba muy concentrada en quitarle a Nora la rebeca.
—Hola, Kristina, ¿todo en orden?
Le dedicó una amplia sonrisa y saludó a Erica con la cabeza.
—Bueno, quería saber si las verduras son ecológicas. Y si tenéis algún aliño sin lactosa. Ah, y si el pan puede ser integral.
—Las verduras son ecológicas, sí. Y, por supuesto, ahora mismo te traemos aliño sin lactosa y pan integral. ¿Para ti también, Erica?
Erica sabía que, para estar a buenas con su suegra, la respuesta debería ser sí, pero, sencillamente, aquel no era día de pan integral.
—A mí me va bien así, gracias.
Kristina la miró decepcionada cuando Dragan se alejó.
A medio camino, el cocinero se detuvo y volvió a la mesa.
—Por cierto, Erica, ¿te has enterado de algo más sobre la investigación? Yo a mi mujer tengo que contárselo todo, si no, me toca dormir en el sofá.
Se rio de buena gana.
—¿A qué te refieres? —dijo Erica.
Nora empezó a protestar un poco, así que se la sentó en el regazo.
—Nada, es que me llamaron de la comisaría hace unos días para preguntarme por la fiesta de la que desapareció Sofie, ya sabes. Y Dan también estuvo.
Erica asintió.
—Ah, claro, sí, hablé con él del tema. Pero no parece que tuviera mayor trascendencia.