El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Martes #4
67%

Martes #4

—Yo tengo que irme al restaurante ahora —dijo Gabriel—. Llamadme si queréis saber algo más, pero, sí, el dogal es mío, lo más seguro. Y si encontráis una estrella arrojadiza también es mía.

Fue a la entrada, cogió la chaqueta y salió dando un portazo.

—Disculpad a mi hijo. Tiene mucho temperamento. Y lo de Sofie le ha afectado muchísimo. A veces le cuesta gestionar sus sentimientos.

—Tranquilo, he visto cosas peores —dijo Patrik en tono conciliador—. En todo caso, ya sabemos de dónde ha salido el dogal.

Gösta y Patrik se levantaron. Gösta tenía la sensación de que había algo más por lo que debían preguntar, pero ¿qué?

Yvonne se subió el cuello de la camisa.

—La verdad, fue una época horrible la que pasó fascinado por todas aquellas cosas tan raras —dijo—.

Allan y yo estábamos muy preocupados. Por suerte, un día desapareció todo, y pasó a colgar pósteres de futbolistas.

Espera a que tus hijos sean adolescentes, Patrik, y comprenderás a qué nos referimos.

Es como vivir en un manicomio un par de años, como si se convirtieran en otras personas.

—Vaya, qué alentador —dijo Patrik riendo—. Para mí, que tengo cuatro, serán muchos años de infierno adolescente.

Cuando se despidieron, volvieron al coche en silencio.

—No sé yo —dijo Gösta mientras se ponía despacio el cinturón de seguridad.

Se agarró al tirador de la puerta cuando Patrik giró para salir de Mörhult rumbo a Fjällbacka—.

La explicación de por qué había allí un dogal parecía inocente, pero es una extraña coincidencia que a Sofie la estrangularan y que hayamos encontrado una cuerda en su barco.

Patrik asintió sin apartar la vista de la carretera.

—Esperaremos a ver si Farideh encuentra algo más. Pero estoy de acuerdo contigo. ¿Qué me dices? ¿Primero un café y luego Ellen?

—Primero el café. Me está haciendo falta.

Gösta se agarró aún más fuerte al tirador cuando Patrik tomó la curva hacia Galärbacken.

Gun miraba de reojo a Magdalena por encima de la mesa de la cocina.

—¿Es que hoy empiezas tarde?

Magdalena miraba por la ventana, con el rabillo del ojo veía aletear las cortinas estampadas de flores.

—Dos pacientes cancelaron la cita esta misma mañana con poca antelación, pero tendré que irme dentro de media hora más o menos.

—Sí, yo también debo ponerme en marcha pronto.

Se hizo un pesado silencio entre las dos.

Magdalena mordisqueaba su sándwich de jamón cocido mientras trataba de encontrar un tema del que pudieran conversar.

Gun la había invitado a desayunar cuando vio que estaba en la cabaña, pero ahora daba la impresión de no saber muy bien qué decir.

Al final, se inclinó sobre la mesa de la cocina.

—¿De verdad crees que ha sido buena idea?

Magdalena dejó el sándwich en el plato. Negó con la cabeza.

—No lo sé. Es que no sabía adónde ir. Pero si quieres que me vaya, me iré, por supuesto, no quiero molestar.

—No, no era eso lo que quería decir. Es solo que estoy preocupada. Han pasado muchos años.

Magdalena asintió, y volvió a reinar el silencio.

Los recuerdos de antaño azotaron a Magdalena en oleadas.

Todos los desayunos que había tomado allí, con Jocke y con sus padres.

Desayunos llenos de animada conversación, desenfadados, donde todos hacían lo posible para que ella se sintiera en casa.

Ella no solo quería a Jocke, sino que adoraba todo su entorno, a su familia, el amor que se tenían y que se mostraban sin cesar. Todo aquello que ella nunca tuvo.

Como si hubiera podido leerle el pensamiento, Gun dijo:

—Sentíamos muchísima pena por ti. Eras como un ave herida cuando llegaste a nosotros. Y nos encantaba tenerte entre nosotros.

—Y a mí estar aquí —dijo Magdalena en voz baja.

Trató de tomar otro bocado, pero el pan le crecía en la boca, así que dejó otra vez el sándwich en el plato.

—Lo digo en serio. Si queréis, me marcho hoy mismo.

No quiero ser un incordio. Puedo alojarme en el hotel Stora mientras busco una habitación que alquilar.

O si no, vuelvo a Gotemburgo, tengo un colega de Médicos Sin Fronteras que trabaja en un centro de salud de la ciudad y siempre me dice que tengo un puesto allí cuando quiera.

Gun se inclinó a un lado, cerró la ventanita y el aleteo de las cortinas cesó.

—No queremos que te vayas. Soy una boba y estoy asustada.

Joakim es todo lo que tenemos, ya lo pasamos muy mal todos los años que estuvo en el extranjero.

Y estamos contentísimos de que haya vuelto a casa.

Y esta siempre será tu casa también, Magdalena.

Ya hemos dejado atrás lo trágico, lo mejor es no pensar en ello.

—Y lo he intentado, pero no sé si es viable siquiera. Dejar atrás algo así. Creo que la vida es como una mochila que siempre llenamos con lo que nos ocurre, de modo que se vuelve cada vez más pesada.

Gun se la quedó mirando.

—Tú mira hacia el futuro. No pienses en ello.

—Al oírtelo decir, parece fácil.

Gun se levantó, se dirigió al frigorífico y sacó un cartón de zumo de naranja para llenar los vasos.

—Imagínate que cierras una puerta, y luego procuras no abrirla nunca más.

Magdalena tomó un sorbo de zumo e hizo una mueca al notar lo agrio del sabor. En el pecho no paraba de crecerle un nudo. Desearía tener la capacidad de Gun para cerrar puertas. De ser así, no habría tenido que dedicar treinta años a buscar a la desesperada el perdón.

Gun le cogió la mano y la miró a los ojos, como para subrayar lo que pensaba decir.

—Lo que tenga que ser, será, pero nunca hablamos de lo que ha sido.

—Lo que tenga que ser, será —murmuró Magdalena.

Le habría gustado poder decir esas palabras con más convencimiento.

—¿Ellen? ¿Tienes un minuto?

Patrik llamó con unos toquecitos discretos a la puerta del despacho de Åldersro.

Ellen levantó la vista del ordenador.

—Pasa. Me imaginaba que vendríais.

Patrik y Gösta entraron y se sentaron frente a ella. Tenía el escritorio lleno de fotografías de Gabriel y de los niños.

—Comprendo que queráis hacerme algunas preguntas —dijo.

Parecía cansada. Cansada y resignada.

Patrik se aclaró un poco la garganta y sacó el cuaderno de notas.

—He estado hablando con mi mujer, como habrás imaginado. Y tenemos unas dudas que plantearte. Lo primero de todo: ¿por qué no mencionaste nunca lo de los vaqueros? La prensa y la televisión mostraban a todas horas fotografías de la ropa que llevaba Sofie cuando desapareció.

—Mis vaqueros. No sus vaqueros. Y sí, claro, comprendo que fue un grave error por mi parte. No sé qué te habrá contado Erica.

—Cuéntanoslo todo, como si no supiéramos nada. Empieza por el principio.

Ellen se apartó de la cara un mechón suelto y se retrepó en la silla. Todo era paz y tranquilidad en Åldersro. Lo único que se oía era el sonido lejano de un televisor encendido.

—Sofie y yo tuvimos una pelea terrible esa noche en la fiesta.

Estábamos borrachas y nos enzarzamos. Por algo tan ridículo que ni recuerdo qué fue.

Y Sofie estaba destrozada. Empezó a gritar que no quería seguir viviendo.

Me pareció que estaba pasándose de dramática y no cedí, así que me tiró a la cara la gargantilla que yo le había regalado y me mandó al cuerno.

Luego, cuando me enteré de que la daban por desaparecida…

Ellen se enjugó una lágrima que le rodaba por la mejilla.

—Todos estos años he vivido pensando que se había suicidado. Y que devolvió los vaqueros que le presté porque sabía que a mí me encantaban. Así que siempre creí que se encontraba ahí, en el mar. Y supongo que creí que lo de los vaqueros no tenía tanta importancia, ni la gargantilla tampoco.

Durante unos minutos, Ellen escondió el rostro entre las manos y lloró acongojada. Patrik y Gösta aguardaron en silencio, aunque Gösta se removía en la silla al lado de Patrik.

Finalmente, Ellen levantó la vista. Alargó la mano en busca de un paquete de pañuelos que había en el escritorio. Se secó los ojos a toda prisa y se sonó la nariz.

—Entiendo tu reacción —dijo Patrik con calma—. Nadie te acusa de nada, pero en el bolsillo había una nota, ¿verdad?

Ellen asintió.

—Sí, había una nota. Decía: «Te quiero». Se la entregué a Erica.

—La hemos visto, sí —dijo Gösta.

Patrik miraba a la mujer apesadumbrada que tenía delante. ¿Debería contarle que Dan había escrito esa nota para ella? ¿Mejoraría en algo la situación o, al contrario, no haría sino empeorar las cosas más aún?

—¿No tienes ningún recuerdo de por qué discutisteis Sofie y tú aquella noche? —preguntó.

Ellen negó con la cabeza.

—Esa noche está muy borrosa. Solo recuerdo fragmentos.

Que las tres estábamos de un humor de perros.

Magdalena estaba enfadada, aunque no tengo ni idea de por qué.

Luego ella y Jocke se fueron al dormitorio de él y se quedaron allí el resto de la noche.

Los chicos no paraban de darles la lata, subieron varias veces a aporrear la puerta y a meterse con ellos.

Sofie estaba de mal humor por algo y no paraba de gritar y de llorar, y luego la tomó conmigo no sé por qué.

Así que me enfadé y le respondí a gritos también.

Después de aquello, me quedé en un rincón, me enrollé con un chico y pasé de todo lo demás.

Fue un caos, es lo único que puedo decir.

Ellen cogió otro pañuelo y se sonó discretamente.

—Siempre nos habíamos llevado bien, éramos una piña. A la mañana siguiente, cuando me desperté, sufrí un ataque de angustia, lo único en lo que podía pensar era que teníamos que hablar para reconciliarnos. Solo que ya era demasiado tarde.

Se enjugó otra lágrima. Dejó escapar un suspiro.

Patrik se inclinó un poco hacia delante.

—Acabamos de estar en casa de tus suegros y hemos hablado con ellos y con tu marido acerca de un dogal que encontramos en el bote de Sofie.

Ellen dio un respingo.

—¿Un dogal? ¿En el bote? Pero si esa caseta lleva todos estos años cerrada a cal y canto.

—Sí, eso es —dijo Gösta.