Martes #2
—Mientras esperamos, Gösta y yo iremos a hablar con la familia de Sofie sobre los nuevos datos. Tenemos el dogal que encontramos en el velero de Sofie.
Patrik rodeó la palabra «dogal» en la pizarra.
—Tenemos algo llamativo, puesto que ahora Ellen nos ha contado que los vaqueros que Sofie llevaba la noche de su desaparición estaban en la escalera de su casa la mañana siguiente.
Marcó también con un círculo la palabra «vaqueros», y continuó:
—Otra cosa es una nota que se encontraba en el bolsillo de esos vaqueros, una nota donde dice «Te quiero».
No parece que esté relacionada con el caso.
Fue Dan, mi cuñado, quien metió la nota en el bolsillo del pantalón ese día, pero más temprano, cuando Ellen aún lo llevaba puesto en el instituto, pues eran sus vaqueros.
En todo caso, como sabéis, lo que podemos descartar es, como mínimo, tan importante como todo lo demás.
Escribió la palabra «nota» en la pizarra y la puso entre paréntesis.
—Bueno, supongo que yo sigo comprobando quiénes se mudaron de la zona, ¿no? —preguntó Paula.
—No sabemos cuánto tardará en llegar la autorización para la comprobación genealógica del ADN, así que sí, debemos seguir trabajando como hasta ahora.
Por cierto —dijo Patrik dando unos golpecitos con el rotulador en la mesa—, Ellen me habló de un cuaderno de notas color lila que su madre guardaba en el cajón de la mesita de noche.
Dicho cuaderno no se encontraba en la escena del crimen, así que puede que sea interesante.
Sobre todo, teniendo en cuenta que el cajón de la mesita de noche del cuarto de Aino en Åldersro estaba abierto.
Escribió en la pizarra de Aino «cuaderno de notas» y «mesita de noche», y rodeó con un círculo ambas expresiones.
—Por otro lado, podemos tachar la cadena de plata de la lista de objetos que faltaban en el caso de Sofie.
Según Ellen, Sofie se la tiró a la cara durante una discusión en la noche de autos, así que la tiene en su poder.
Tenemos que aclarar con ella todos los detalles.
Podemos encargarnos tú y yo, Gösta, ya que vamos a estar por la zona.
Si Ellen se encuentra en casa, preferiría que Yvonne y Allan no estén presentes cuando hablemos con ella, pero es posible que haya vuelto al trabajo, así que habrá que comprobarlo por el camino.
—Lo compruebo yo —dijo Gösta.
Patrik asintió mirándolo agradecido.
—Te he dejado en la mesa la carpeta con las violaciones ocurridas en la zona —dijo Martin, y soltó un bostezo—. Perdón. Ha sido una noche espantosa con el peque.
—¿Has visto algo interesante?
Patrik dejó el rotulador en la base de la pizarra.
—Yo diría que no. Nada que encaje en el modus operandi del violador de Gotemburgo.
—Bueno, le echaré un vistazo de todos modos cuando vuelva de Fjällbacka. Pero era un poco por probar. Pues nada. A seguir trabajando. Gösta, ¿estás listo para salir ya?
—Cuando quieras. ¿Puedo comer por el camino?
Cogió uno de los bocadillos de queso que había en una cesta en la mesa de la cocina.
—Mientras no lo llenes todo de migas… —sonrió Patrik.
Nora había pasado muy mala noche, y Erica se miraba las ojeras en el espejo.
Se acercó un poco y observó todas las arrugas diminutas que había empezado a notar últimamente.
Nunca se le había pasado por la cabeza que estaba envejeciendo hasta que notó lo que creía que era la premenopausia.
Antes de enterarse de que estaba embarazada.
Desde muchos puntos de vista, se sentía la misma persona que cuando tenía veinte años.
Y nunca le había preocupado envejecer. Pero al ver el nuevo color de pelo de Patrik, se puso a cavilar.
Si a él le preocupaban los signos de su propio envejecimiento, ¿habría advertido también los de ella?
Era algo que no se había planteado jamás.
La idea de hacerse viejos, de arrugarse y tener achaques juntos siempre despertó ternura en ella. ¿Lo vería él de otro modo?
Erica se examinó a conciencia el cuero cabelludo con la nariz pegada al espejo.
Desde luego, allí se veían ya unas cuantas canas.
Seguro que más de una le había salido esa noche, después de pasarla en vela con Nora.
La verdad, no se apreciaban mucho entre el pelo rubio, pero si uno se fijaba, se veían claramente.
¿Acaso Patrik pensaba que estaba empezando a hacerse vieja?
Lo de teñirse el pelo, ¿sería un guiño para sugerirle que debería hacerse algún retoque?
No habían vuelto a hacer nada en la cama desde que nació Nora.
Su cuerpo ya se había repuesto, sí, pero cuatro hijos, uno de ellos un bebé, no eran precisamente un afrodisiaco. Además, no habían pasado ni dos meses.
En general, en los últimos años habían tenido cada vez menos relaciones sexuales.
En honor a la verdad, casi siempre era Patrik el que tomaba la iniciativa y, para ser más sincera aún, a veces accedía como si hiciera un sacrificio.
Prefería que se sentaran abrazados en el sofá a liarse en la cama.
¿Sería así como comenzaba la decadencia?
Madre mía, ¿debía empezar a preocuparse?
Por lo demás, todo iba divinamente. No había nadie en el mundo con quien quisiera estar más que con Patrik. Él era su mejor amigo. Su querido esposo. Y un padre maravilloso para sus hijos. Pero ¿y si con el trajín de los niños y el trabajo habían empezado a perderse el uno al otro?
Con unas pinzas, se quitó varios de los cabellos grises.
Qué va, era demasiado deprimente. Tenía que salir, hablar con otro adulto. Por suerte, Anna había decidido trabajar en casa hoy.
Media hora después, Erica llamaba a la puerta de su hermana con Nora en la sillita. Aquello era un puro caos.
—¿Os han entrado a robar?
Erica echó un vistazo al salón. Parecía que habían vaciado los cajones y habían esparcido el contenido en distintos montones por el suelo.
—¡Estoy haciendo limpieza! —exclamó Anna con la cabeza metida en un mueble de la cocina—.
He estado viendo una serie donde exponían un método para alcanzar la armonía en el hogar.
El método KonMari. Empezó a hacerse popular hace unos años, seguro que has oído hablar de él.
Consiste en eliminar todo lo que es superfluo y te resta energía.
Hay que sopesar cada objeto y comprobar si te hace feliz.
—¿Si te hace feliz? —Erica recogió del suelo un gran objeto circular con unas afiladas hojas metálicas en el centro—. ¿Y qué sientes con esto, por ejemplo? ¿Te hace feliz? Y, además, ¿qué puñetas es?
Anna se volvió y echó una ojeada.
—¡Es estupendo! Lo compré en Temu. Es para cortar sandía.
—Ah. Claro, una de esas cosas que no pueden faltar en ningún hogar —dijo Erica con ironía, y dejó a Nora sobre una manta en el suelo—. Entonces, ¿lo que hay ahí es todo aquello de lo que te vas a deshacer?
Señaló la pila de trastos en la que había encontrado el cortador de sandía.
—Qué va, ya te digo, es estupendo. Este verano lo usaremos mucho. La verdad es que, por ahora, no he encontrado nada que tirar.
—En otras palabras, todos estos chismes te hacen feliz, ¿no es eso?
Erica señaló los distintos montones que había en el suelo.
Anna asintió.
—He encontrado infinidad de cosas que había olvidado que tenía.
Esto, por ejemplo. —Anna sostenía en la mano un aparato pequeño de color turquesa—.
Es una máquina eléctrica para hacer pasta.
Cambias el disco según la forma que quieras dar a la pasta, metes la masa en este agujero y, chas , ¡pasta fresca!
—De Temu también, supongo —dijo Erica.
—Tienen montones de cosas estupendas.
Anna volvió a meter la cabeza en el mueble y siguió dejando cosas en el suelo.
—¿Condiciones laborales? ¿Contratos esclavos? ¿Nada que te dispare las alarmas?
Erica se sentó en el suelo al lado de Nora y le ofreció un dedo para que jugara con él.
—Mi moral es de lo más deficiente cuando se trata de hacer compras —dijo Anna sin el menor atisbo de arrepentimiento ni de cargo de conciencia.
Erica arrugó la nariz, pero pensó que esa batalla no le correspondía: que cada cual se avergonzara por lo suyo.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó Anna, y paró de revolver en el armario—. Parecías un poco alicaída por teléfono. ¿Va todo bien?
—Bueno, ya sabes cómo son las cosas los primeros meses con un recién nacido. Y encima hay que tener fuerzas para atender a los otros hijos. Además, ahora Patrik está trabajando como un loco, cosa que comprendo perfectamente. Así que nada grave, solo una mala racha.
Le hizo cosquillas a Nora en el cuello y continuó:
—No sé, pero, de pronto, esta mañana me ha entrado un agobio repentino por la edad. Me he puesto a quitarme canas y luego me he visto un pelo negro larguísimo en la barbilla.
—Uf, lo de los pelos en la barbilla hay que tomárselo en serio.
Anna se levantó sonriendo, se fue al frigorífico y sacó una gran jarra de cristal con un líquido rosa.
—¿Te apetece un poco de batido de frutas? Se me había olvidado que teníamos la licuadora. Fresas y plátano, ¿quieres?
Sirvió un buen vaso y se lo dio a Erica. Luego se acercó a Nora y la cogió en brazos.
—Ven aquí, que eres el ojito derecho de la tía.
—¿Cómo le va a Flisan con la adaptación a la guardería?
Anna le dedicó a Nora una gran sonrisa.
—Demasiado bien, casi. Después de unos días nos dijeron que ya podíamos empezar a recogerla a las dos.
—Bueno, siempre ha sido una niña tranquila y segura.
Anna echó al suelo un montón de cosas que había en el sofá y se instaló allí con Nora en brazos. Erica se sentó a su lado.
—Y el trabajo, ¿qué tal va?
Erica miró a Anna airadamente.
—Claro, como sabes que siempre puedes distraerme preguntando por el trabajo…
—Pues sí. —Anna sonrió satisfecha—. Animarte a que hables de lo que estás escribiendo siempre es el mejor remedio.
—Vale, vale, pues caigo en la trampa. Y la respuesta es: no lo sé. La editorial quiere que escriba sobre Sofie. Y he empezado a reunir material.
Tomó unos sorbos del batido.
—Te conozco. Cuando empiezas a curiosear en torno a un tema, no hay quien te pare.