El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Martes
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Martes

—Y A HAN contestado de la inmobiliaria. ¡Los vendedores aceptan nuestra oferta!

Bertil sonreía encantado delante del ordenador. Esa sonrisa que hacía que Rita sintiera por lo general un amor inmenso y, en algunas ocasiones, una gran preocupación. A veces, una combinación de ambos sentimientos.

Se sentó frente a él a la mesa de la cocina. El sol de la mañana le iluminaba la cara y, por un instante, el color naranja que había traído de las vacaciones resultó menos llamativo.

—¿De verdad? —preguntó Rita.

Bertil asintió, y sonrió más aún.

—¡Ay, Dios mío! —acertó a decir—. ¡Ay, Dios mío!

—Tenemos por delante una nueva vida, cariño.

Rita solo era capaz de asentir. Un sentimiento de gratitud la colmó por dentro. Hacía tan solo unos meses, creía que iba a morir. Ahora, en cambio, iba a tomar un avión para ir a vivir al sol una vida tranquila y para disfrutar de todo el tiempo del mundo. Junto con el hombre al que tanto quería.

Bertil tecleaba sin cesar y el corazón de Rita empezó a latir más rápido.

Después del período que duró la enfermedad, llegó a quererlo más aún.

Sabía que no todo el mundo veía en él lo que veía ella.

Bertil no siempre era una persona fácil, y tenía sus aristas, pero ella adoraba cada una de esas aristas.

Tenía un gran corazón, y por esa razón lo amaba.

—Tenemos que hablar con Paula —dijo—. Pregúntale si quiere quedarse con el apartamento antes de que Johanna firme la compra de otro. Es práctico por los niños, pero quizá sea incómodo para ellas dos vivir tan cerca la una de la otra, ¿no?

Rita era consciente de que estaba divagando, pero los pensamientos iban y venían todos a la vez.

Tenían muchísimos asuntos que organizar, tenían que empezar a hacer el equipaje, comprobar los documentos que había que arreglar con las autoridades fiscales.

Luego tendrían que amueblar el piso en España, decidir qué querían llevarse y qué dejarían allí, tal vez Paula quisiera conservar parte de los muebles o a lo mejor prefería comprar mobiliario nuevo.

—Para ya —dijo Bertil con dulzura, y puso la mano sobre la de ella—. Ya veo que la maquinaria de la angustia se ha puesto en marcha. Prepararemos una lista de lo que hay que hacer, e iremos haciéndolo poco a poco. No puedes empezar a estresarte ya, no te conviene.

—Gracias, cariño, lo intentaré.

—Juntos lo conseguiremos.

Ella asintió.

—¿Cuándo vas a entregar la carta de dimisión?

Bertil cerró el portátil y se pasó la mano por la calva. La tenía recién afeitada y brillaba en color naranja chillón, salvo allí donde había empezado a mudar la piel.

—Pues es difícil decir una fecha exacta. En cuanto hayamos puesto punto final a esta investigación. No quiero dejar al equipo en la estacada. Imagínate, nunca esclarecerían el caso sin mí.

Rita albergaba la clara sospecha de que eso no se ajustaba a la realidad, pero no dijo nada. Además, comprendía que Bertil quisiera marcharse por la puerta grande.

—¿De qué habláis?

Paula salió de la ducha con el albornoz y la cabeza envuelta en una toalla.

—Siéntate —dijo Rita dando una palmada en la silla que tenía a su lado—. Tenemos que contarte una cosa.

—¿Habéis encontrado ya piso en España? —dijo Paula después de sentarse.

Rita se sobresaltó y asintió enseguida. No era fácil darle a su hija una sorpresa.

—Bueno, ¿y cuál es el plan? ¿Cuándo tengo que dejar el piso? Porque no puedo volver al antiguo hasta que Johanna haya encontrado otro.

Rita miró a su hija, consciente de lo herida que se sentía al tiempo que fingía indiferencia, así que se volvió hacia Bertil, que asintió.

—Pues habíamos pensado que podrías quedarte aquí —repuso—. Si quieres, claro. Y Johanna puede quedarse con tu piso. Así los niños lo tendrán fácil para moverse. Si Johanna y tú os lleváis bien, podría ser la solución perfecta, ¿no?

—¿Quedarme aquí? —Paula los miraba atónita.

Rita se dio cuenta de que la idea empezaba a cobrar forma en su cabeza—.

Sería muy práctico, claro. Y la verdad es que Johanna y yo hemos tenido muy buena relación últimamente.

Así que, bueno, sí, ¿por qué no? Pero tengo que hablar con ella, claro, no sea que le parezca una pésima idea. Se lo diré hoy mismo.

Se puso de pie.

—Bueno, ¿cómo es el piso que habéis encontrado?

Bertil abrió con dramatismo la tapa del ordenador y señaló la pantalla con la mano.

—¡Mira! Un balcón donde da el sol por la mañana, nuestro dormitorio, dos cuartos para ti y para los niños, y un amplio salón con la cocina integrada. Podemos mudarnos dentro de dos meses.

—Es precioso. —Paula abrazó a Rita con fuerza—. Me alegro mucho por ti, mamá. Por los dos. Y los niños y yo iremos a veros siempre que podamos.

—Eso espero —dijo Rita al tiempo que se le saltaban las lágrimas.

Una nueva vida. Una vida distinta. Pero una vida, al fin y al cabo.

Yvonne se había despertado antes que nadie. Allan y Gabriel llegaron a casa tarde, como siempre. Y parecía que Ellen había logrado dormir por fin.

Se puso los guantes de goma amarillos que usaba para fregar los platos.

Con mucho cuidado, abrió la puerta que Gösta, el policía, había forzado con la palanca y entró con el cubo de agua y el detergente.

Una vez dentro, se detuvo. Estornudó un par de veces a causa del polvo que revoloteaba en el aire.

Los policías no habían vuelto a colocar la lona sobre el bote, sino que la habían dejado allí delante hecha un lío. La apartó para poder acercarse bien a la embarcación y respiró hondo.

Pasó la mano por la borda. Con lo que a Sofie le gustaba aquel bote…

Y la cantidad de horas que había pasado con él en el mar, sin importarle el tiempo que hiciera.

El fuerte viento no la amedrentaba, al contrario, le encantaba cazar la vela de modo que el barco fuera escorado mientras surcaba las olas. En el mar Sofie nunca tenía miedo.

Yvonne se inclinó y sacó del cubo una esponja amarilla.

La estrujó y empezó a trabajar. Primero limpió el nombre que había escrito en el lateral.

Victoria. De pronto cayó en la cuenta de que no sabía por qué Sofie lo había bautizado con ese nombre, pero, cuando le regalaron el barco a la edad de siete años, insistió en que debía llamarse así.

Esa era una de las cosas que jamás podría preguntarle a su hija.

Las letras relucieron doradas cuando terminó de retirar el polvo acumulado después de tantos años.

La esponja se ponía negruzca enseguida, y tenía que enjuagarla en el cubo y estrujarla de nuevo para no ir esparciendo la mugre.

Una vez terminó de limpiar ese lado del barco, observó en la madera los rasguños largos y profundos de aquella vez que un estocolmense, con un barco más grande de lo que aconsejaba su capacidad para llevarlo, embistió el costado del Victoria.

Al final la cosa terminó bien, pero Sofie pasó semanas enfadada y protestando contra los «navegantes domingueros».

¡A saber dónde habría oído que los llamaban así!

Una vez limpio el otro lado, Yvonne empezó a sacar lo que había en el interior del barco. Fue metiendo la basura en una bolsa que llevaba para ese fin, y todo lo demás en una caja de plástico que había encontrado por allí.

Era algo que deberían haber hecho mucho antes, en lugar de dejar que se deteriorase, que se llenase de polvo y suciedad, de esa capa oscura que cubría todo lo que un día fue bello y limpio.

Allan había vuelto a hablar en sueños. Ella nunca le dijo nada al respecto, ni le contó lo que decía. Pero cada vez que ocurría, le causaba el mismo dolor.

La vida siempre fue injusta. Ella no había conocido otra cosa, y había aprendido a aferrarse más fuerte que nadie a lo que había logrado. Se merecía lo que tenía, aunque no pudiera tenerlo todo. Había aprendido a no intentar conseguir más, sino a aceptar.

Yvonne sacó los remos y los dejó junto al bote.

Podía venderlos también. Pondría un anuncio en el Club de Vela.

Siempre había demanda de veleros ligeros en buen estado, y este parecía haber sobrevivido bien a todos esos años en la caseta.

La madera no parecía reseca y, si lograba eliminar toda la suciedad, quedaría precioso.

Victoria merecía volver a navegar.

Yvonne siguió frotando con fuerza, y en la frente empezaron a brotarle unas gotas de sudor. No podía parar. Seguir y seguir. Era lo único que podía hacer. Frotarlo todo hasta dejarlo limpio otra vez. Como si nunca hubiera estado tan mugriento.

Salió para vaciar el cubo y cambiar el agua una vez más. Nada podía quedar limpio si se lavaba con agua sucia.

—Tengo una idea que quizá resulte algo controvertida, pero me parece que puede ser nuestra forma de avanzar.

Patrik se inclinó hacia delante con los brazos cruzados. Gösta lo miraba lleno de curiosidad. Paula y Martin acababan de sentarse con una taza de café.

Bertil brillaba por su ausencia. Habían llamado a la puerta de su despacho, pero estaría tan dormido que no había forma de despertarlo.

—Ayer estuve hablando con Sylvia Sjölund, genealogista. La verdad es que fue Erica quien me dio la idea. Mi madre está asistiendo a un curso que imparte Sylvia y, en fin, Erica me recordó el caso de Linköping.

—Ya me estoy imaginando por dónde vas —dijo Martin.

—Pues sí, existe la posibilidad de identificar el ADN encontrado a través de las bases de datos de las investigaciones genealógicas. Y Sylvia está dispuesta a ayudarnos. He hablado con la fiscal esta mañana, antes de la reunión, y no se ha mostrado del todo contraria, dado el impacto del caso.

—¿No llevará mucho tiempo? —dijo Paula.

—¡No tiene por qué! —Patrik intentaba no mostrar demasiado entusiasmo, pero era difícil. Y si lo conseguían…—. Depende de la proximidad del parentesco. Si son parientes cercanos, puede tardar un par de días, según Sylvia.

—Qué pasada —dijo Martin.

—Os mantendré informados de lo que diga la fiscal. Sylvia puede empezar enseguida, en cuanto tengamos la autorización.

Patrik se acercó a la pizarra de Sofie y cogió un rotulador.