Lunes #13
Se abalanzaron sobre sus piernas y casi consiguieron que perdiera el equilibrio.
—Tranquilidad, tranquilidad, hay abrazos para todos.
Se dirigió al sofá seguido de los pequeños y los abrazó. El montón de documentos de genealogía que Kristina le había dado a Erica y que ella había olvidado tirar a la basura cayó de la mesa del salón y se esparció por el suelo.
—Y yo qué, ¿eh?
Erica preguntó con un gesto dramático. Los niños se abrazaron al cuello de Patrik con más fuerza aún.
—¡Solo abrazamos a papá! —gritó Noel.
—Ya me lo temía yo —dijo Erica entre risas.
Le hizo un guiño a Patrik mientras recogía los papeles, y les echó una rápida ojeada antes de dejarlos de nuevo sobre la mesa. Ya los tiraría más tarde.
Le encantaban los momentos así. Cuando estaba reunida toda la familia. Claro que a veces resultaba un poco caótico, pero era un caos maravilloso.
Cuando el festín de abrazos empezó a calmarse y los niños se fueron a jugar, Erica puso a Nora en el regazo de Patrik, que la abrazó con fuerza.
—Ella también tenía ganas de ver a su papá.
—Pues claro que sí, chiquitina, claro que querías ver a papá —dijo Patrik, que se vio premiado con una amplia sonrisa sin dientes.
Se acomodó con Nora en el regazo y respiró hondo.
—Qué alivio volver a casa. ¿Me traes un Alvedon? Tengo un dolor de cabeza infernal.
—Tenemos Ipren.
Erica fue a buscar la pastilla y un vaso de agua, que puso encima de la mesa delante de Patrik.
—Tengo que confesarte una cosa. Hoy no te lo conté todo, todo.
Patrik se llevó la pastilla a la boca y puso cara de asco.
—¡Puaj! No soporto tener que tomar pastillas. —Levantó la vista hacia Erica—. Sí, ya me di cuenta de que había algo.
—Ellen me dio una nota que encontró en los vaqueros que le prestó a Sofie y que ha conservado todos estos años. En la nota decía «Te quiero». Y reconocí la letra, pero no podía estar segura al cien por cien, así que quise comprobarlo antes de hablar contigo.
—Ya, ¿y luego?
Erica no quería saber qué estaba pensando Patrik mientras mecía a Nora y la miraba con el ceño fruncido. Sacó la nota del bolso y la dejó encima de la mesa.
—La escribió Dan.
—¿Dan? —dijo Patrik atónito—. No era eso lo que esperaba oír. ¿Le escribió Dan esa nota a Sofie?
Erica negó con la cabeza.
—No. Yo también le hice esa pregunta. Se la escribió a Ellen. Y se la metió en el bolsillo ese mismo día, en el colegio. De modo que la nota estaba allí cuando Ellen le prestó los vaqueros a Sofie esa tarde.
—No veo que pueda ser importante para la investigación.
—Ni yo. Y seguro que la nota no tiene nada que ver con lo ocurrido.
Erica observaba a Patrik, que seguía con Nora en el regazo. Algo que no encajaba le rondaba la cabeza. Pero ¿qué?
—¿Qué estás pensando? —preguntó Patrik.
—No sé. Hay algo extraño en aquella tarde. Al parecer, era muy raro que Ellen y Sofie discutieran. ¿Por qué se pelearon esa tarde?
—El alcohol y las hormonas adolescentes no son buena combinación.
Erica se encogió de hombros.
—Ya, ya lo sé. Y si esa historia no hubiera acabado con el asesinato de una niña de dieciséis años, a la que luego metieron en una tumba del cementerio, no le habría dado tanta importancia. Pero es que a Sofie le pasó algo terrible aquella noche.
—Yo creo que averiguaremos la respuesta cuando encontremos al donante del rastro de ADN, o eso espero.
Pero, al mismo tiempo, temo que no lo consigamos.
—Patrik hizo una pedorreta en la carita de Nora, que soltó un gorjeo de entusiasmo—.
Es una mierda, Nora. Es una mierda que papá tenga que revisar un hormiguero entero.
Erica miró los documentos sobre genealogía que le había dado Kristina. ¿No había mencionado su suegra algo del ADN?
—Tú sabes el tema ese al que tu madre dedica ahora todo su tiempo libre, ¿verdad?, lo de la investigación genealógica. Está haciendo un curso con Sylvia, que se supone que es experta en el asunto.
Patrik asintió distraído. Nora estaba jugueteando con los botones de su camisa.
—¿Y recuerdas el caso de Linköping? —continuó Erica.
Patrik se volvió hacia ella.
—Cuando utilizaron el ADN de las investigaciones genealógicas, ¿no?
Erica asintió.
—¡Eso es! Tenían el ADN de un agresor desconocido, y la policía dio con él gracias a su árbol genealógico.
Patrik acercó la cabeza a la de Nora.
—Pero ¿esas cosas no llevan un montón de tiempo?
—Ni idea, supongo que dependerá de lo enrevesado que sea el árbol genealógico en cuestión, pero a lo mejor valdría la pena mirarlo, ¿no? ¿Y si va más rápido que vuestra revisión de todos los registros?
—Vale, le mandaré un mensaje a mi madre para preguntarle cómo se llama la genealogista, aparte de Sylvia, y dónde puedo localizarla.
Erica cogió en brazos a Nora mientras Patrik echaba mano del teléfono. Casi de inmediato, se oyó que entraba la respuesta.
—Sylvia Sjölund. Vive en Grebbestad.
Erica le hizo un gesto con la mano libre.
—¿A qué esperas?
—Bueno, puedo llamarla y concertar una cita para mañana.
—Es muy importante, más vale tratarlo cara a cara. Anda, vete, ya me encargaré de que la cena esté lista cuando vuelvas.
Patrik se levantó del sofá.
—Eres la mejor. No tardo.
Erica lo despidió con la mano mientras salía por la puerta.
Cogió los documentos que le había pasado Kristina.
Albert Vogel. El tatarabuelo paterno del abuelo materno de Patrik.
Un conocido ladrón que mató a su mujer y a sus tres hijos y que huyó a América.
A lo mejor lo de la genealogía no era un rollo tan aburrido como ella pensaba.
—Ludvig, mesa tres. Es en la que no comen gluten.
El nieto cogió los platos, hizo un gesto con la cabeza y salió diligente hacia el comedor.
Allan le dio a Gabriel con el codo en el costado.
—Reconoce que ha sido un acierto poner a Ludvig a servir mesas y a Elsa en la cocina.
Gabriel le sonrió. Esos ojos, que podían ser tan sombríos, tenían ahora un brillo especial.
—Vale, vale, no hace falta que me lo restriegues. Vosotros teníais razón y yo estaba equivocado.
—Esta noche hay buen ambiente. Todo el mundo parece satisfecho. ¿Te importa que salga a tomar el aire un momento? Da la sensación de que todo está controlado, ¿no?
—Claro, sí. Vete a dar una vuelta.
Gabriel volvió a concentrarse en la sartén grande donde estaba asando la caballa en un poco de mantequilla.
Allan colgó el delantal en un gancho junto a la puerta trasera.
Cuando salió, respiró hondo. Ya no tenía el mismo aguante, acababa agotado de estar de pie tantas horas seguidas.
Yvonne tenía razón en que debería trabajar menos, tomárselo con más calma.
Pero Gabriel necesitaba su ayuda. Llegado el momento, la economía permitiría que él fuera retirándose.
Mientras tanto, prefería morir en su puesto antes que abandonar a su hijo.
Fue caminando despacio hasta el cementerio. Una parte de él quería dar media vuelta y dirigirse hacia otro lugar, pero algo lo atrajo hacia allí.
Cuando dejó atrás Åldersro, se paró de pronto.
Había luz en el comedor, y supuso que era la hora de la cena.
Ellen le había dicho que quería volver al trabajo mañana, y esperaba que fuera una decisión sensata.
Pero que se quedara en cama no mejoraría las cosas.
Lo ideal era, sin duda, que volviera al trabajo.
El otoño se aproximaba paulatinamente. Tal vez luego llegara el famoso veranillo y detuviera un poco su avance, pero por ahora las temperaturas habían empezado a bajar. Las hojas de los árboles aún se veían verdes, pero pronto adquirirían tonos amarillos y anaranjados.
Era una tarde parecida a la de treinta años atrás. Él aún tenía el restaurante de la plaza, y esa noche estaban completos. La celebración de un quincuagésimo cumpleaños y una cena de empresa los obligaron a sudar la camiseta toda la noche.
Él y Aino.
En la cocina formaban un equipo fantástico. Por lo general, casi nunca tenían que decirse nada para saber lo que necesitaba el otro.
Allan se detuvo de pronto. Respiró tembloroso.
Tenía la sensación de que aquello hubiera ocurrido en otra vida. Y así era, de hecho. Esa noche, todo cambió. En muchos sentidos.
Cruzó la verja y entró en el cementerio.
Lo sobrecogió su belleza. La iglesia, que se alzaba sobre la roca a la izquierda, y las sepulturas, que se extendían por suaves colinas a la derecha.
Se preguntó dónde iría la tumba de Aino.
Y la de Sofie. Aún esperaban que les dijeran cuándo podrían enterrarla.
Allan temía el día del funeral. Sabía que se convertiría en un espectáculo. Los periodistas aún los llamaban a diario, y los periódicos estaban llenos de actualizaciones sobre el caso y ahora, además, de especulaciones acerca de la muerte de Aino.
Le costaba asimilar algo tan irreal como que Aino estuviera muerta. Habían pasado muchos años sin hablarse. Intercambiando tan solo una inclinación de cabeza si se cruzaban por el centro del pueblo. Era lo mejor. Tuvo que conformarse con el hecho de que ella existiera en el mundo.
Las cosas habrían podido ser muy diferentes.
En ocasiones se imaginaba cómo habría podido ser su vida con tanta claridad como si fuera un recuerdo auténtico.
Como en aquella película, Dos vidas en un instante , donde dos realidades paralelas se desarrollaban a la vez, dos vidas que dependían de una única decisión.
La decisión no fue de él. Él habría tomado una distinta por completo. A veces, cuando se sentía atrapado, cerraba los ojos y sentía la misma libertad de entonces.
Se detuvo ante la tumba donde había estado enterrada Sofie y sintió un escalofrío.
Aún estaba abierta, vacía. Un trozo olvidado de cinta policial aleteaba al viento y daba una pista de lo que había ocurrido allí.
Se sentó en cuclillas, trató de intuir que sería lo que Aino le contó que había sentido.
Una presencia. Un alma. Una voz. Pero él no sintió nada.
No había ninguna voz que le hablara, que le dijera qué debía hacer.