Lunes #12
—Desde el momento en que Ellen hundió la lengua en la boca de aquel chico, hice lo posible por hacer como si no existiera. Lo siento. ¿Por qué? ¿Te han dicho algo?
—Pues es que ahora mismo no puedo hablar del tema. —Erica se puso de pie—. Dale un beso a Anna de mi parte. Y besos a los niños.
Se puso los zapatos en el recibidor y abrazó a Dan, casi más aliviada de lo normal después de la conversación. ¿Por qué se había preocupado tanto?
—Ah, oye, me he cruzado con Patrik en el supermercado. ¿Podemos comentar su nuevo color de pelo? —Dan sonreía burlón.
—Mejor no —dijo Erica riendo.
Volvió a guardar la nota en el bolso. Tenía un poco de cargo de conciencia por no haberla mencionado cuando habló con Patrik, pero primero quería tener la certeza de que no era relevante.
Tan solo uno más de los rastros que desorientaban sin conducir a ninguna parte, y que aparecían a medida que hurgaba en qué fue lo que de verdad le ocurrió a Sofie Rudberg.
—Me llevará una semana por lo menos revisar a todos los que se han mudado. —Paula se apoyó en el marco de la puerta del despacho de Patrik—. Porque no habrás pensado limitarte solo a Fjällbacka, ¿verdad?
Patrik negó con la cabeza.
—No, sería reducirlo demasiado, es obvio. Yo creo que todo el municipio de Tanum es un buen punto de partida. Aunque comprendo que exigirá más tiempo, pero no podemos dejar que nadie se escape por limitar el ámbito de búsqueda.
—Estoy de acuerdo. —Paula se sentó en una silla—. ¿Tú qué dices del dogal? Tenemos que hablar con la familia de Sofie.
Patrik dejó el cuaderno en el que había anotado algunas de las ideas que se le habían ocurrido tras la visita de Erica. Era como si le rebotaran en la cabeza, y necesitaba plasmarlas por escrito para seguir avanzando en sus razonamientos.
—Pues, desde luego, es un hallazgo interesante.
En el esqueleto de Sofie había huellas de ahorcamiento o de estrangulamiento, y al no tener partes blandas, no podemos determinar nada, según Farideh.
Había pensado esperar hasta saber algo más sobre la cuerda, pero en realidad creo que lo mejor será que Gösta y yo vayamos mañana a casa de la familia Rudberg.
Así Martin y tú podéis centraros en los individuos que se mudaron de Tanum y en las violaciones.
Patrik miró el cuaderno lleno de frases garabateadas a toda prisa.
—Hay unas cuantas cosas que quería comentar con vosotros, pero tendrá que ser en la reunión de mañana.
Así todos tendréis la misma información al mismo tiempo.
—Dudó un instante con un dedo sobre una de las notas—.
Por cierto, ¿tú sabes algo de si Bertil ha pensado jubilarse? ¿Irse a vivir al sur de Europa?
Paula dirigió la vista hacia la chaqueta de Patrik, que se había caído del perchero y estaba arrugada en el suelo. Se rascó un poco el brazo.
—Pues yo creo que están a punto de comprarse un apartamento en España. Debería habértelo comentado antes.
Patrik alzó las dos manos.
—No, no, no tienes por qué informarme de todo lo que se le ocurra en casa, faltaría más. —Se rascó la nuca—. Nunca creí que diría algo así, pero la verdad es que sería rarísimo que Bertil no estuviera en la comisaría.
Paula se rio.
—Te entiendo perfectamente. Ese hombre tiene algo. Mejora con el tiempo. Durante la enfermedad de mi madre se ha portado de maravilla, y los niños lo adoran.
Patrik tuvo que contener el impulso de levantarse y darle un abrazo a Paula. Había faltado muy poco para que ella perdiera a su madre, y para que Bertil Mellberg perdiera al amor de su vida, pero se limitó a hacerle un leve gesto de despedida cuando se levantó y se fue.
Patrik volvió a ojear el cuaderno. ¿Quién habría dejado los vaqueros que Sofie llevó a la fiesta en la entrada de la casa de Ellen?
¿Fue la propia Sofie? ¿O fue el asesino?
Y, en ese caso, ¿por qué? ¿Y dónde estaría el cuaderno del dolor que escribía Aino?
Si el asesino se lo había llevado porque lo comprometía de algún modo, a estas alturas ya estaría destruido.
¿Qué diría ese cuaderno? ¿Qué era lo que sabía Aino?
¿Y por qué habría querido contarlo ahora, treinta años después?
Se masajeó las sienes con las yemas de los dedos y se presionó la base de la nariz. Se le venía encima un dolor de cabeza de aúpa, y sabía que necesitaba tomarse un descanso de un par de horas. Estar solo con Erica y los niños.
Apagó el ordenador, se llevó el cuaderno y recogió la chaqueta del suelo. Mañana sería otro día.
Magdalena abrió la puerta sin hacer ruido. Con un poco de suerte, Monica estaría durmiendo. Siempre echaba una siestecita a media tarde, y ella solo pensaba recoger lo preciso y marcharse enseguida otra vez.
—Anda, mira quién se ha colado por la puerta.
Magdalena se sobresaltó al oír la voz balbuciente de Monica en el cuarto de estar. De nuevo se sentía como una niña pequeña temerosa de su madre.
Cerró los ojos y respiró hondo varias veces. Luego entró en la sala. Monica estaba sentada en el sofá viendo algún reality en la televisión. De los altavoces salía un crujido, como de costumbre.
—Solo venía a recoger unas cosas —dijo Magdalena.
—Ya, ¿y cómo has pensado que me las arregle yo? —dijo Monica, sin apartar la mirada del televisor.
Con una mano daba palmaditas a una botella con un resto de vodka mientras la otra sostenía un vaso que pronto estaría vacío.
—He hablado con servicios sociales. Vendrán todos los días.
—Los servicios sociales. —Monica resopló y apuró el vaso antes de llenarlo de nuevo hasta el borde con un temblor en las manos—. Seguro que me mandan a un puto Muhammed que me robará todo lo que tengo.
—Claro, lo mejor será que escondas el oro de la familia —dijo Magdalena.
Monica dejó el vaso en el suelo de golpe.
—Oye, tú. Ya sé que siempre te has creído mejor que yo. —Amenazó a Magdalena con un dedo huesudo—. Ya de niña eras una engreída. Nada de lo que hacía yo era lo bastante bueno.
—Uf, otra vez esa historia.
Magdalena suspiró y subió la escalera hasta su habitación. Pensaba meter unas cuantas prendas en una bolsa y no volver a poner un pie allí nunca más.
Cuando abrió la puerta y entró en su cuarto fue como si las paredes se hubieran estrechado, le costaba respirar.
La casa llevaba desde los noventa sin reformar y, por un instante, volvió a tener dieciséis años y se vio tumbada en la cama mirando el papel de la pared y escuchando los pasos que se aproximaban a su puerta.
—¿Te has creído que no sé quién eres en realidad? —aulló Monica desde la sala de estar—. ¡Puede que engañes a los demás, pero a mí no! ¡Yo siempre supe quién eras! ¡Una putilla! ¡Una puta desagradecida y asquerosa!
Magdalena apoyó la cabeza en la pared. Palabras. Eran solo palabras. Pero unas palabras que le habían arrojado a la cara infinidad de veces. Siempre supo que era una hija no deseada. No querida. Y si alguna vez albergó la menor duda, Monica siempre acababa despejándola.
Cuando Magdalena era pequeña, soñaba con que alguien acudiría a salvarla.
Su padre, cuya identidad nunca llegó a conocer, se presentaría un buen día con los brazos abiertos y se la llevaría de allí.
A un hogar, a una familia, a un lugar seguro donde pudiera vivir para siempre.
Sin embargo, fueron otros los hombres que intentaron abrir su puerta.
Y ellos ofrecían cualquier cosa menos amparo.
Magdalena reunió la ropa de las perchas y la metió en la bolsa. Guardó también lo que había en los cajones y en el cuarto de baño. Tras años trabajando en Médicos Sin Fronteras, había aprendido a viajar ligera de equipaje, y nunca se agenció un lugar fijo en el que acumular cosas.
—No te creas que no sé adónde te has ido.
A casa del tal Jocke, ¿no? Con Bengt y Gun, a su casa tan elegante.
Eso es lo que siempre has querido. Por eso ibas con Jocke como una perra en celo ya de adolescente.
Pero, qué quieres que te diga, si alguien merecía vivir más o menos bien esa era yo.
¡Yo sí que habría llegado a ser alguien importante de no ser por ti, Magdalena!
El balbuceo se transformó en sollozos.
Magdalena cerró los puños. Ahí era donde la borrachera de Monica más hiriente le resultaba: cuando se entregaba a la autocompasión. Prefería la ira. Prefería las acusaciones de siempre.
Cuando terminó de guardarlo todo, miró a su alrededor. La cama. La mesita de noche. El escritorio donde se sentaba a mirar por la ventana y a soñar con otros mundos. No había allí nada que ella necesitara ya. Nada más a lo que quisiera regresar.
—A mí no me engañas, Magdalena. Sé quién eres. Y puedes irte a la mierda.
Magdalena observó a Monica mientras bajaba la escalera. Sollozaba con la cabeza un poco ladeada. Aún tenía el vaso en la mano. No tardaría en dormirse. Siempre acababa así.
Cuando Magdalena era pequeña, la tapaba con una manta para que no pasara frío. En esta ocasión, no hizo nada. Nunca más.
Cuando cerró la puerta tras de sí, oyó el vaso estrellarse contra el suelo.
Erica acababa de dejar el biberón en la mesa de la cocina cuando oyó el coche en la puerta.
Besó a Nora en la coronilla y se la apoyó en el hombro para que eructara.
Oyó a los tres mayores alborotando en el salón.
En la tele echaban un programa de dibujos animados, y Erica habría podido jurar que se oía el sonido de dos iPads por lo menos.
—Mira, cariño, ya está aquí papá.
Sabía que eran figuraciones suyas, pero le pareció que el cuerpecillo que tenía en brazos daba un respingo de alegría. Pegó a Nora a su pecho con más fuerza mientras se acercaba a la entrada y se le llenaron los ojos de lágrimas por el amor que sintió que la inundaba.
—¡Qué pronto has vuelto! —dijo cuando Patrik abrió la puerta. Le acercó la cara, y él le dio un beso que sabía al espantoso café de la comisaría mucho más de lo que le habría gustado—. Acabo de ir a recoger a los niños. Se van a poner muy contentos de ver que ya has vuelto.
—¡Papá! —Los tres niños se acercaron corriendo, como confirmando lo que Erica acababa de decir.