El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Lunes #11
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Lunes #11

—Ya. Me di cuenta de que el cajón estaba abierto. ¿Se lo llevaría quien la mató? ¿Tal vez porque lo que iba a contar figuraba en ese cuaderno?

—Eso solo lo sabremos si lo encontráis.

Patrik sirvió más café en las tazas y se sentó de nuevo.

—Ya, la cuestión es por dónde empezamos a buscar.

Erica se volvió hacia las pizarras.

—Dogal. Barco de Sofie. ¿Qué quieres decir con eso?

Patrik se estiró hacia atrás y miró preocupado en dirección al pasillo.

—Puedo buscarme un problema grave si alguien se entera de que has visto todo esto.

Erica resopló.

—Vamos, nadie se va a enterar.

—Vale, vale. El caso es que había varias fibras de una cuerda azul en el armario de Sofie, y también en la tumba donde la encontraron.

No teníamos ni idea de qué importancia podría tener, pero hace treinta años nadie examinó la caseta del barco de los Rudberg.

Así que Paula y Gösta fueron allí a echar un vistazo.

Y en el velero de Sofie encontraron un dogal hecho con ese tipo de cuerda azul para embarcaciones. Se ve que lleva ahí todos estos años.

—¿Un dogal? —Erica se volvió de nuevo hacia la pizarra. Entornó los ojos—. Es imposible leer tu letra, Patrik. ¿Qué pone ahí? «Estrangulamiento manual/cuerda». ¿Qué quieres decir?

Patrik volvió a echar una ojeada al pasillo.

—Que Farideh encontró en el esqueleto lesiones que pueden apuntar a las dos cosas. No ha podido determinarlo —dijo en un susurro.

—Ah.

—Ya he dicho más de la cuenta, así que lárgate antes de que me despidan.

—Tranquilo, eres demasiado imprescindible aquí. —Erica lo besó en los labios y le revolvió el pelo—. La ventaja de llevar el pelo así es que no te hará falta gorro para el invierno.

—Ja, ja. Muy graciosa. Si quieres un viejo por marido, lo tendrás. Y oye, voy a hablar con Ellen. ¿Eso fue todo lo que te dijo? ¿Algo más?

Erica dudó. Solo una milésima de segundo. Hasta el punto de que Patrik no estaba seguro de que hubiera dudado de verdad. Al final, ella negó con la cabeza.

—No. Nada más.

Patrik se la quedó mirando pensativo mientras se alejaba de la comisaría. Conocía bien a su mujer. Y había algo que no le había contado.

—Ahí tienes la harina. Espero que haya suficiente.

Yvonne dejó las bolsas en cuanto cruzó la puerta de la cocina del restaurante. El personal iba acelerado, casi como si tuvieran miedo. ¿Era Gabriel quien hacía que se sintieran así?

—¿Cómo está mamá? —dijo Elsa con voz débil mirando a Yvonne con los ojos muy abiertos.

—Está descansando. Magdalena ha ido a verla. Todo está en orden, solo tiene que dormir y alimentarse mejor.

Yvonne esperaba que Elsa sintiera un poco de la tranquilidad que intentaba transmitirle.

—¿Quién demonios ha encargado tan poca harina? —masculló Gabriel, y sacó los paquetes de harina de trigo duro de las bolsas del Coop.

—Yo —respondió Allan agotado.

Yvonne se le acercó y le acarició la mejilla.

—A ti también te haría falta descansar un poco más. Oye, Gabriel, así vas a acabar con tu padre.

Allan le apartó la mano.

—Estoy bien. Tenemos todas las noches del mes completas, así que no queda más remedio que seguir.

—Sí, sí, yo me encargo de mi padre —dijo Gabriel con esa oscura sombra en la mirada, e Yvonne supo que no debía decir nada más.

Así había sido siempre. En cuanto demostraba la menor preocupación por Allan, Gabriel daba un paso al frente dispuesto a marcar territorio. Allan desvió la mirada de ella a Gabriel. Yvonne sabía que nunca le había gustado estar entre dos fuegos.

—Hoy ha venido a vernos alguien muy distinguido. Erica Falck se ha pasado por casa. Quería ver a Ellen. Qué amable, ¿verdad, Gabriel?

Él no respondió. Se limitó a seguir echando la harina con movimientos bruscos en el banco de trabajo y formó un montón con un agujero en el centro.

—Y luego vino también la policía. Querían echar un vistazo a la caseta del barco. Dijeron que nunca llegaron a examinar ese lugar cuando Sofie desapareció.

Gabriel estaba rompiendo huevos: separaba las claras y echaba con cuidado las yemas en el agujero que había en el centro de la harina. Después empezó a batirlas con un tenedor.

—Pues no entiendo por qué tienen que seguir husmeando en nuestra casa —dijo Allan—. Ninguno de nosotros tuvo nada que ver.

—Bueno, ¿y han encontrado algo? —dijo Gabriel, y empezó a trabajar la masa—. ¿Han encontrado nuestros más oscuros secretos? Igual tenemos más cadáveres allí escondidos.

—No seas así, Gabriel. No me dio la impresión de que hubieran encontrado nada, pero cuando abrieron la puerta de la caseta pensé que igual ya era hora de hacer algo. Quizá deberíamos vender el barco de Sofie y arreglar un poco la caseta. Lleva demasiados años cerrada.

—¿Y no podemos limitarnos a dejar las cosas como están? —dijo Gabriel, y apartó a un lado la masa—. ¿Hay que revolverlo y despejarlo todo? Llevamos treinta años machacándonos con este tema. Y ahora han encontrado a Sofie, ¿es que no es suficiente? ¡Estoy harto de tanto rollo con Sofie!

—¡Gabriel! —dijo Allan tan alto que el personal, al que Yvonne no conocía, retrocedió y salió de la cocina.

Gabriel dio una palmada en el banco de trabajo.

—¡Así ha sido siempre! ¡Sofie estaba casi en un pedestal mientras yo cargaba con la culpa de todo!

—¡Cállate ahora mismo! —dijo Allan con ese tono de voz que no permitía objeciones.

Yvonne se esforzó por ocultar una sonrisita.

Por fin se había decidido Allan a dar un zapatazo.

Con el tiempo que llevaba deseando que llegara ese instante.

Con el tiempo que llevaba suplicando que se produjera, cuando el caos en casa impregnaba cada minuto de sus vidas.

Cuando su hogar era un campo de batalla en cuyo centro se encontraba Gabriel.

Allan jamás había sido capaz de pararle los pies, de ponerle límites, de obligarle a afrontar las consecuencias de sus actos. Yvonne nunca entendió por qué. Y la que salía perdiendo era Sofie.

Gabriel se equivocaba. Sofie nunca tuvo ningún pedestal en el que refugiarse.

Allan rodeó a Gabriel con sus brazos. El instante de triunfo de Yvonne había pasado tan rápido como llegó.

Gabriel no respondió al abrazo, pero tampoco se apartó de Allan.

Se dejó envolver en su amor. Ese amor del que ella nunca había podido formar parte.

Siempre recibió las migajas, mientras que Gabriel se lo llevaba todo.

Cerró la puerta al salir.

Si Allan fuera consciente de cuánto lo quería, si lo supiera… Pero no podía decírselo.

—¡Hola! Anna no está en casa, se ha ido a la oficina.

Dan abrazó a Erica y ella entró en el vestíbulo. La casa de Dan y Anna se encontraba en Falkeliden, justo detrás de una hilera de pisos de ladrillo visto, y siempre reinaba en ella un desorden liberador.

—Bueno, la verdad es que quería hablar contigo.

—Pasa, pasa. —Dan se apartó a un lado y dejó entrar a Erica—. Acabo de llegar del colegio. Los lunes terminamos un poco antes.

Fueron al salón, cuyo suelo se veía entero cubierto de juguetes.

Pero Erica sabía que Anna y Dan estaban a gusto en su hogar, desordenado pero lleno de amor.

Se alegraba de que Anna hubiera hallado por fin la dicha que tanto tiempo había perseguido.

Y por eso mismo se sentía un poco nerviosa.

¿Estaría a punto de destruir lo que Dan y ella habían construido?

—Hay que tener más paciencia que un santo para trabajar enseñando a un grupo de adolescentes todos los días.

—Bah, si son estupendos.

Dan se sentó en el sofá y extendió los brazos a lo largo del respaldo.

Erica se sentó enfrente, en un sillón, y se inclinó un poco hacia delante.

—Dime, ¿a ti te gustaba Sofie?

Dan se sobresaltó e hizo una mueca.

—Pues no. Te lo habría dicho cuando hablamos la última vez. Nunca me interesó.

—Pues la noche que desapareció llevaba esta nota en el bolsillo de los vaqueros.

Erica sacó del bolso la nota que le había dado Ellen y la dejó en la mesa, delante de Dan.

—Y esa es tu letra, ¿verdad?

Dan se inclinó y miró la nota.

—¿Qué es esto? —preguntó rascándose la cabeza, lo que le revolvió más aún el pelo rubio—. Sí, sí, es mi letra, pero… ¿Sofie? Qué va.

Negó con la cabeza.

—¿Estás seguro? —dijo Erica—. Estaba en el bolsillo de los vaqueros que llevaba en la fiesta.

—Estábamos tan borrachos que apenas recuerdo cómo llegué a casa después de la fiesta. Me pasé el día siguiente vomitando, y mi madre estaba que trinaba. Así que no sé, pero… —Ladeó un poco la cabeza—. Creo que ya voy cayendo en lo que puede ser. Es verdad que escribí esa nota.

La cogió de la mesa. La examinó a fondo.

—Y la metí en el bolsillo de unos vaqueros, pero no era Sofie quien los llevaba. Era Ellen.

Erica suspiró aliviada. Pues claro que era Ellen.

—Claro, es que Ellen le había prestado los vaqueros a Sofie. ¿Recuerdas en qué momento metiste la nota en el bolsillo?

Erica se retrepó en el sillón y algo duro se le clavó en la espalda. Metió la mano y sacó una pistola de agua enorme con la que apuntó a Dan mientras le preguntaba.

—Este fin de semana hemos estado jugando a la guerra de las pistolas de agua.

Y gané yo. —Sonrió, pero luego se puso muy serio de nuevo—.

Madre mía, han pasado treinta años. Y ya te dije que estaba colado por Ellen.

Pero la nota… Creo que fue en alguna hora libre en el instituto, el mismo día de la fiesta, me fui a su colegio a pasar un rato.

Ella estaba delante de las taquillas, de espaldas a mí, y no sé cómo conseguí colársela sin que se diera cuenta.

Una chorrada. Me sentí de lo más valiente, como si hubiera dado el primer paso, pero era anónima, así que ¿cómo iba a saber que se la había escrito yo?

—Y luego, en la fiesta, ¿no le dijiste nada?

—Pues no. Ese era el plan, pero ella empezó a enrollarse con un chico. Así que me dediqué a beber más rápido para ahogar mis penas. Supongo que pensé que era normal que no le interesara un chico menor que ella.

Dan dejó la nota en la mesa.

—¿De dónde la has sacado?

—No puedo revelártelo. Dime, ¿notaste algún desencuentro entre Ellen y Sofie?