Lunes #10
Ellen quiere que veamos la serie La naviera, pero a mí me parece una chorrada. Solo de ver al personaje que llaman Joker me dan ganas de vomitar. Pero es guay que podamos estar en su casa, así que supongo que tiene derecho a elegir.
Estoy deseando tener mi propia tele. Así podremos ver algo en mi cuarto también.
Rita se colocó detrás de Bertil.
—Tiene muy buena pinta. Pero, dime, ¿de verdad estás listo para dejarlo?
Bertil alargó la mano para coger un trozo de bizcocho.
Había ido a casa a almorzar y se había entretenido en la cocina con el ordenador.
Pero cuando uno trabajaba tan duro como él, podía permitirse un descanso más largo para almorzar, al menos de vez en cuando.
Y en casa, con Rita a su lado y con Ernst durmiendo tan tranquilo a sus pies, era donde mejor se encontraba.
Ni siquiera un adicto al trabajo como Bertil Mellberg podía negar una realidad así.
—No puedo llevar siempre todo el peso sobre mis hombros —dijo—. O acabaré quemado. Con esta investigación cosecharé mi último triunfo y terminaré enarbolando la bandera del éxito.
Rita lo besó en la coronilla.
—Empieza a pinchar, va siendo hora de que te afeites otra vez.
Bertil se pasó la mano por la calva.
—Pues sí, cuando vuelva del trabajo. Por desgracia, tengo que ir pensando en salir ya.
Se sentó a Rita en el regazo.
—¿Te das cuenta, cariño, de que pronto estaremos tomando el sol y disfrutando de la vida? Tú y yo solos. Con una jarra de sangría en el balcón.
Rita lo abrazó.
—¿Quién crees tú que te sucederá? ¿Patrik?
—Pues… —Bertil se rascó la nuca—. Yo he intentado enseñarle desde la base, pero yo no soy quién para determinar si está listo. Es una decisión que toman en instancias superiores. De todos modos, resolveré el caso y entregaré los papeles al día siguiente.
Acarició a Rita en la mejilla.
—¿Qué te parece? ¿Hacemos una oferta de compra por esa perla?
Rita se levantó y se dirigió al fregadero. Empezó a meter los platos del almuerzo en el lavavajillas.
—Yo lo único que temo es que luego eche mucho de menos a los niños —dijo.
—Pero si vamos a venir continuamente. Y ellos también pueden venir a vernos en vacaciones, ya lo hemos hablado.
Además, si nos mudamos, este piso se quedará libre.
Para Paula y Johanna sería de lo más práctico poder vivir en el mismo bloque, así los niños pueden ir y venir con comodidad. ¡De lo más práctico!
Rita lo miró sonriente.
—Lo tienes todo bien pensado, desde luego. Y tienes razón. Si algo me ha enseñado el cáncer es que hay que aprovechar los días que nos quedan.
—¡Eso es! Pues voy a llamar a la inmobiliaria ahora mismo. Seguro que puedo conseguir un buen precio, porque a mí lo de negociar se me da de miedo, ya te digo.
Mellberg sacó el teléfono y marcó el número que figuraba en la página web. Una conversación breve antes de volver a la comisaría. A menos que tuviera que dar una cabezadita después de la llamada: tomar decisiones de tal calado resultaba agotador.
—¿Algún informe preliminar?
Patrik iba de un lado a otro delante de la comisaría con el teléfono pegado a la oreja. Trataba de hacer caso omiso de los chillidos de las gaviotas.
La paciencia no era una de sus virtudes, y las horas de espera que conllevaba siempre toda investigación policial lo sacaban de quicio.
Pero el apremio de los medios de comunicación había valido la pena esta vez, pues la presión mediática había conducido a que todos dieran prioridad al caso Sofie.
Y, en consecuencia, a la muerte de Aino Lönnrot.
—Acabo de hablar con la forense, la autopsia está lista —dijo Farideh con un tono correcto y cálido a un tiempo—. El resto de las pruebas tardarán un poco aún.
—¿Y el resultado?
Patrik enseñó el puño a un coche con matrícula noruega que pasó demasiado rápido por delante de la comisaría en dirección oeste.
—Hemos confirmado que la estrangularon con el pañuelo que llevaba puesto en el cuello —dijo Farideh—. No han hallado ningún otro factor que hubiera podido contribuir a su muerte. La verdad es que gozaba de muy buena salud, a pesar de tener alzhéimer.
Patrik dio la espalda a la carretera.
—¿Crees que podréis encontrar huellas dactilares en el pañuelo?
—Vamos a intentarlo, pero no tengo muchas esperanzas. La ropa es complicada en ese sentido, pero el pañuelo tiene una superficie muy lisa, así que haremos lo posible.
—Ya, claro, es mucho pedir que haya algo que sea fácil.
Patrik suspiró y le dio una patada a una piedra.
—¿Nada más?
—No, estamos procesando lo que hallamos en la habitación de Aino, y eso nos llevará algo más de tiempo.
—Vale, muchas gracias.
Patrik colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo antes de saludar al ver que un coche que conocía bien entraba en el aparcamiento.
Cuando el coche aparcó, Patrik miró esperanzado en el interior, pero Nora no estaba.
—Está en casa con la abuela —dijo Erica al tiempo que abría la puerta—. Tengo que hablar contigo de una cosa.
Patrik besó a Erica, le rodeó los hombros con el brazo y entraron juntos en la comisaría.
—Vamos a mi despacho —dijo Patrik.
—Espera, voy por un café —dijo Erica—. ¿Tú también quieres uno?
—Pues sí, por favor —dijo Patrik, y se alejó por el pasillo.
Se quitó la chaqueta y se sentó, preguntándose qué querría decirle su mujer. En ese momento, comprendió el error que acababa de cometer.
Salió corriendo hacia la cocina y se detuvo al ver a Erica delante de las dos pizarras, donde podía leerse toda la información actualizada sobre el caso.
—Oye, se supone que tú no tienes que ver eso.
Erica siguió allí sin apartar la vista de las pizarras.
—Demasiado tarde. Es casi como cerrar el establo cuando la vaca ya se ha ido. —Señaló la mesa—. Ahí tienes el café.
Patrik se sentó resignado a la mesa de la cocina.
Sabía cuándo había perdido. Y, o muy mal conocía a su mujer o ya tenía varias fotos de las notas en el móvil.
Y no pensaba cachearla y borrar las imágenes contra su voluntad, porque, en ese caso, tendría que instalarse en el sofá durante meses.
De todos modos, no tenía fuerzas para pensar siquiera qué diría si alguno de sus colegas entrara en la cocina en ese momento.
—¿Qué es eso? —Erica señaló varias palabras subrayadas en una de las pizarras—. «Violador Gotemburgo ADN». ¿Habéis encontrado alguna conexión entre el ADN y un violador de Gotemburgo?
Patrik se cubrió el rostro con las manos unos segundos y soltó un lamento.
—A veces me gustaría que fueras un poco más tonta. Pero sí. Eso es. El ADN hallado delante de la ventana del dormitorio de Sofie pertenece a alguien que cometió varias violaciones en Gotemburgo. Si encontramos a ese hombre, creo que se producirá un avance decisivo en la investigación.
—Ya. ¿Y qué estáis buscando? ¿Violaciones similares cometidas por la zona? ¿A gente que se haya mudado de aquí a Gotemburgo?
—¿Seguro que no quieres empezar a trabajar con nosotros?
—No podía evitar sentirse orgulloso de su mujer.
A pesar de su tendencia a meter las narices en todo, no podía por menos de reconocer que tenía talento para la investigación policial—.
En fin, sí, eso es lo que estamos mirando.
Solo que nos llevará tiempo. Y ahora, con lo de Aino, no quiero que ocurra nada más, que nadie más salga mal parado.
—Tiene que estar relacionado —dijo Erica mientras miraba de una pizarra a la otra, como memorizando los detalles.
—A ver, ¿de qué querías hablar conmigo?
Patrik señaló la silla que había enfrente, y Erica se apartó contrariada de las pizarras y tomó asiento.
—¿No os habéis planteado haceros con una máquina de Nespresso? —Hizo una mueca de desagrado al primer sorbo.
—No eres la primera que lo sugiere. Pero ¿qué quieres que te diga? No me gustan los cambios.
Erica enarcó una ceja y señaló el pelo de su marido.
—Ya, bueno. A ver, ¿qué querías? —dijo impaciente.
Erica se dejó de bromas. Patrik la miraba atónito mientras ella le contaba que Ellen le había prestado los vaqueros a Sofie, y que los recuperó esa misma noche.
—¿Estás diciendo que el pantalón que la policía se ha pasado treinta años buscando se encontraba en casa de Ellen? ¿Y que alguien lo dejó en la escalera de su casa la noche del asesinato?
—Sí. Y la cadena de Sofie también está en casa de Ellen. Discutieron durante la fiesta y Sofie se la quitó y se la arrojó a la cara.
Patrik soltó un lamento.
—No lo entiendo. ¿Por qué no ha dicho nada antes?
—Lleva todos estos años creyendo que Sofie se suicidó. A causa de su discusión. Dice que, antes de la disputa, esa misma noche, Sofie dijo varias veces que quería morirse. Así que tuvo que haber algo más. ¿Qué ha dicho Yvonne sobre el estado de ánimo de Sofie cuando se marchó de casa aquella noche?
Patrik miró las pizarras y tomó un sorbo de café. No estaba tan malo, la verdad. ¿Una máquina de Nespresso? ¡Ni de broma!
—Que todo iba bien. Que Sofie estaba contenta.
—Pero lo único que tienes es su testimonio, ¿no? Tal vez ocurriera algo en casa e Yvonne esté intentando ocultarlo.
—Cierto. O puede que pasara algo en la fiesta.
Pero hemos vuelto a interrogar a todos los que estuvieron allí esa noche.
Uno había fallecido. Y otro se fue de Suecia y no hemos logrado localizarlo.
Pero las personas con las que hemos podido hablar no han mencionado ninguna discusión.
Por otro lado, parece que todos estaban como cubas.
Alguien había llevado aguardiente, y a partir de ahí todo es muy confuso.
Erica le sonrió. ¡Cómo le gustaba a Patrik ver ese brillo en sus ojos!
—Sí, Dan me dijo lo mismo.
—¿Sabía Ellen a qué podía referirse Aino cuando dijo que había algo que debía contar?
Erica negó con la cabeza.
—No, no tenía ni idea. Aunque, claro, a saber si es verdad. Pero ¡espera! Dijo que Aino llevaba un cuaderno de notas color lila. Lo llamaba el cuaderno del dolor, y se desahogaba escribiendo en él. Cosas importantes. Lo guardaba en el cajón de la mesita de noche.
Patrik soltó un suspiro.