Lunes #9
La puerta se abrió en cuanto bajó el picaporte.
Por suerte, en Fjällbacka poca gente cerraba con llave la puerta de la calle, salvo que se fueran de viaje.
Entró sigilosamente. Lo más probable era que Ellen estuviera en casa, pero, con un poco de suerte, seguiría en el dormitorio, en el piso de arriba.
En realidad, era perfecto que siguiera allí, también necesitaría hablar con ella, pero no sin antes haber confirmado lo que sospechaba.
Los álbumes de fotos se encontraban de nuevo en su lugar de la estantería.
Yvonne era tan ordenada que resultaba patológico.
Haciendo el menor ruido posible, sacó el primer álbum y lo puso en la mesa.
Fue pasando las páginas a toda prisa hasta las del final, las que contenían fotos de cuando Sofie ya había desaparecido.
Sacó la fotografía que había impreso en casa de la carpeta de imágenes del ordenador y la comparó con la de la penúltima página del álbum.
El corazón empezó a latirle desbocado en el pecho. Había dado en el clavo.
Sacó la foto de la funda del álbum y la colocó encima de la que ella llevaba. ¿Qué implicaba aquello, en realidad? Devolvió la foto a su sitio, miró hacia el piso de arriba unos segundos y, finalmente, se dirigió a la escalera. Subió deprisa tan en silencio como le fue posible.
En el interior del dormitorio no se oía nada, y llamó con unos golpecitos discretos.
—¿Ellen? Soy Erica. ¿Puedo entrar?
Se oyó un débil «sí», y Erica abrió la puerta. Ellen estaba tumbada bajo un mullido edredón de plumas, pero se incorporó al ver entrar a Erica.
—Hola. Perdona, tengo una pinta horrible.
Ellen empezó a bajar los pies al suelo, pero Erica la detuvo.
—Sigue acostada, no voy a quedarme mucho rato.
—Qué amable, ¡mira que venir a verme! —dijo Ellen hundiéndose de nuevo en la cama—. Yvonne me ha dicho que has estado aquí antes.
Erica se sentó con cuidado a los pies de la cama.
—Sí, quería saber cómo te encontrabas. Y, además, quería comprobar un detalle relacionado con los vaqueros de Sofie, los que le prestaste tú y que nunca encontraron. Eran los que llevaba cuando desapareció. ¿Cómo es posible que tú los llevaras puestos después?
Sacó las dos fotografías que tenía en la mano, señaló la de Ellen y Magdalena en la cocina de Yvonne. La otra era la foto de Sofie vestida con la ropa que llevaba puesta cuando desapareció, la foto que tantas veces había aparecido en los medios.
El color desapareció por completo del rostro de Ellen. Se sentó algo más erguida en la cama mientras se miraba las manos que abría y cerraba sin parar. Erica esperaba pacientemente.
Ellen dio un hondo suspiro que bien podría haber sido un sollozo.
—Sofie y yo nos peleamos esa noche. Yo estaba borracha, y había empezado a enrollarme con uno de los chicos mayores.
Sofie estaba indignada. Pensaba volver a casa y quería que yo me fuera con ella.
Me negué. Ella también estaba borracha. Y mucho.
Lloraba y gritaba que me fuera con ella.
La cosa fue poniéndose cada vez peor. Al final acabamos delante de la casa gritándonos mutuamente. Le dije cosas imperdonables.
Ellen cerró los ojos y suspiró entre sollozos. Apoyó la cabeza en la pared.
—Le dije que ya no éramos amigas. Me porté fatal. Por Navidad nos habíamos regalado unas cadenitas de la amistad, con medio corazón cada una, ya sabes, de esos cuyas mitades encajan. Ella se quitó la suya y me la tiró a la cara. —Ellen se retorció en la cama—. Mira. Aún la tengo. Y la mía también.
Con manos temblorosas, abrió el cajón de la mesita de noche y sacó una bolsita de tela con estampado asiático. La abrió y vació el contenido sobre la colcha. Dos cadenas de plata. Enredadas entre sí.
Erica se las quedó mirando. ¡Cuántas veces no había visto la foto de esa gargantilla en la prensa y en la televisión! Sintió un nudo de preocupación en el estómago.
—¿Y los vaqueros? ¿Cómo los recuperaste?
—Estaban delante de la puerta de nuestra casa la mañana siguiente a la desaparición de Sofie.
Erica se sobresaltó. Se quedó mirando a Ellen sin saber qué decir.
—Ya sé que parece una locura —dijo Ellen, que había recuperado algo de color—. Pero cuando salí esa mañana, los vaqueros estaban allí, doblados a la perfección. Y me puse contentísima de haberlos recuperado. Me había pasado medio año ahorrando para poder comprarlos, y me puse contentísima.
Miró a Erica, tragó saliva varias veces.
—Pudo haber sido Sofie quien los dejó allí. Por la noche. En realidad, nadie sabe lo que pasó.
Erica meneó la cabeza.
—¿Por qué no se lo dijiste nunca a nadie? La policía ha pedido ayuda para encontrar su ropa montones de veces.
Ellen bajó la vista hacia las gargantillas enredadas.
—Estaba avergonzada por todo lo que le dije aquella noche.
Y lo que yo me temía era que Sofie se hubiera quitado la vida.
Antes de que la encontraran. Creía que tal vez yo le hubiera dado el empujón definitivo.
Esa noche me lo dijo gritando. Que ya no quería seguir viviendo. Que más le valía morirse.
—Pero, después, cuando supiste que no se había suicidado, que la habían asesinado, ¿por qué no dijiste nada entonces? —Erica se inclinó un poco sobre las gargantillas—. ¿Puedo?
Ellen asintió.
Erica se las puso en la palma de la mano y observó los medios corazones, que, al igual que las cadenas, se habían ennegrecido con el tiempo. Desde luego, parecía que llevaban muchos años sin usarse.
—Habían pasado muchos años sin que yo dijera nada. Y pensé que no sería relevante. ¿Por qué iba a dejar en mi casa un par de vaqueros el asesino de Sofie?
Se miraron en silencio unos segundos.
—Puede que la mataran camino a casa después de haber dejado los vaqueros en tu puerta —dijo Erica—. Puede que fuera información importante para la policía.
Ellen asintió.
—Tienes razón. Hablaré con ellos. En realidad, lo único que yo quería era olvidarlo todo, el que Sofie hubiera desaparecido después de aquella pelea…
Gabriel y yo nos mudamos aquí para empezar de nuevo.
Lo único que yo quería era que fuéramos felices.
Pero luego, al morir mi madre, todo se derrumbó de golpe.
Erica dejó las gargantillas en el regazo de Ellen.
—Yo vi a Aino la víspera de su muerte. Estaba un poco dispersa, pero dijo que había algo que tenía que contar. ¿Tienes idea de qué podía ser? ¿Crees que tendría que ver con los vaqueros?
Ellen negó con la cabeza.
—Mi madre no sabía nada. Y no tenía ni idea de ropa. Para ella todos los vaqueros eran iguales, y yo tenía varios. No, tenía que ser otra cosa.
Frunció el ceño.
—Esa noche, cuando llegué a casa, yo estaba muy triste.
Y, además, muy borracha por primera vez en la vida.
Así que no recuerdo gran cosa. Salvo que mi madre no me dijo una sola palabra de reproche, se limitó a sujetarme el pelo mientras yo vomitaba en el baño.
Me di cuenta de que estaba triste, pero era una adolescente egocéntrica y supuse que la apenaba que su hija hubiera llegado a casa borracha.
Ellen contempló las gargantillas.
—Nunca hablamos de ello después. Fue como si jamás hubiera ocurrido.
—¿Así que no tienes ni idea de qué podría querer contar tu madre? ¿Nunca te mencionó nada?
—No. Pero tenía un cuaderno de notas que guardaba en la mesita de noche. Era como un diario. El cuaderno del dolor, lo llamaba ella. Yo nunca lo leí, pero sí que le pregunté una vez qué era lo que escribía. Y recuerdo que respondió: «Cosas que han tenido importancia».
—Le preguntaré por él a Patrik —dijo Erica, y se levantó.
—¡Por cierto! ¡Cuando me devolvieron los vaqueros, había algo en uno de los bolsillos!
Ellen cogió de nuevo la bolsita de tela y rebuscó en el fondo. Sacó una nota amarillenta y se la dio a Erica, que la desenrolló despacio.
—¿Puedo llevármela? —preguntó mientras le crecía el nudo en el estómago.
Las palabras que había en la nota estaban escritas con una letra que Erica reconocía a la perfección.
Secret — Madonna
Todavía tengo la sensación de que alguien me está observando. Puede que no sean figuraciones mías, ¿no? Se lo conté a Ellen y a Magdalena, y las dos se rieron de mí. Pensaron que era una boba.
Hoy ha hablado conmigo. Delante del supermercado Konsum.
Yo había entrado a comprar un Nogger y al verlo por poco se me cae el helado de lo nerviosa que me he puesto.
Imagínate la vergüenza que habría pasado.
Me pidió que no dijera nada. Y yo le prometí que no lo haría.
Pero me puso un poco triste. En realidad, nunca ha dicho que quiera que estemos juntos.
O que está enamorado de mí. Pero seguro que sí está enamorado.
Todavía siento sus manos en mi cuerpo. Su boca pegada a la mía.
Comprendo que tenga miedo. Yo también estoy asustada.
Pero, precisamente, el amor tiene que ser lo bastante fuerte para vencer esas cosas, ¿no?
Qué descanso tener libre hoy. No he hecho nada de particular.
Ellen y yo hemos dado un paseo. Hemos hablado de todo.
Salvo de lo que no puedo hablar. Ellen está enamorada de Dan, pero no quiere contarlo.
Dan está bien. Es alto y rubio y así como un poco vikingo.
De los que son buenos en todos los deportes.
Seguro que no es muy listo, pero tampoco hace falta. Y a lo mejor es demasiado pequeño.
Mi madre va esta noche a cenar a casa de Bengt y Gun.
Se ha pasado el día probándose ropa. Está enfadada porque Allan no puede ir con ella, como siempre, porque tiene que estar en el restaurante.
Aino también trabaja hoy, así que Magdalena, Ellen y yo nos vamos a juntar a hacer tacos las tres solas en casa de Ellen.
La verdad es que a Ellen se le da fenomenal la cocina.
No tan bien como a Allan, claro. Ni como a Aino.
Pero mucho mejor que a mí, desde luego. Yo me puedo encargar de abrir la lata de maíz y cosas así.