Lunes #8
—El barco de Sofie estaba en la caseta y, en medio del dolor, la familia claveteó la puerta con el barco dentro poco después de que la joven desapareciera. —Paula miró a Gösta con ternura—. Aquí el fortachón la abrió con una palanca.
Gösta se rascó la mejilla y se oyó un ruido rasposo.
—Encontramos una cuerda que se parece al tipo de cuerda que buscamos. Estaba en el barco de Sofie. O sea, lleva allí treinta años. —Miró a su colega, que estaba sentada a su lado—. Paula ya se la ha enviado a Farideh.
Patrik se retrepó en la silla. No entendía por qué Gösta y Paula querían contarle aquello.
—Bueno, pero no tiene por qué significar nada, ¿no? ¿Cuántas cuerdas de esa clase dijiste que se habían vendido en la zona? ¿Noventa mil?
—Noventa y siete mil. Pero… —Paula hizo una pausa para respirar—. Esa cuerda azul estaba anudada como un dogal.
Patrik se quedó con la taza a medio camino hacia la boca.
—¿Dices que había un dogal en el barco de Sofie? ¿Y nunca examinaron ese barco?
Gösta bajó la vista hacia la taza.
—Como le dije a Paula, lo más seguro es que el jefe pensara que no tenía sentido registrar la caseta una vez que los miembros de la familia quedaron descartados como sospechosos.
Patrik soltó un taco.
—En fin, ya no tiene remedio. Ya veremos qué pueden sacar en claro Farideh y su equipo.
Si ha estado en la caseta todos estos años, no se ha visto contaminada.
Y tendremos que hablar con Yvonne y Allan, pero propongo que lo dejemos hasta que hayamos obtenido los resultados del análisis. Cuantos más datos tengamos, mejor.
—Me parece lógico, sí. —Paula se levantó con la taza en la mano—. Empiezo a localizar los traslados. Y avisa si Farideh consigue algo sobre Aino.
—Voy a llamarla ahora mismo.
Gösta se quedó sentado, con la cabeza gacha.
—Al principio, el jefe estaba convencido de que Sofie se había fugado de casa.
En aquel entonces, la palabra del jefe era sagrada.
Y claro que buscamos. Y la gente ayudó a rastrear por iniciativa propia.
Pero en la comisaría, entre nosotros, siguió diciendo durante mucho tiempo que la muchacha se había largado.
Patrik se levantó.
—Gösta, yo no culpo a nadie. Sé bien cómo eran las cosas. Más de una vez he oído, de Mellberg el primero, las historias de antaño, de los buenos tiempos, como él los llama.
Gösta levantó la mirada.
—Paula me ha dicho que Bertil y Rita están buscando piso en España. ¿Tú crees que estará pensando en jubilarse?
—¿Mellberg?
Patrik cerró la puerta del lavavajillas y miró a Gösta sorprendido.
—Curiosamente, es una idea que no se me había ocurrido. Siempre me lo he imaginado sentado en su despacho comiendo bolas de chocolate hasta el fin de los días.
Gösta apuró el café y apartó la taza.
—Yo tampoco he creído nunca que él fuera a ceder la batuta voluntariamente, pero, si así fuera, lo que me pregunto es… ¿tú crees que tú…?
Patrik empezó a mover la mano como desechando la idea. No podía ponerse a pensar en algo así, y menos en medio de una investigación como la que tenían entre manos.
—No pienso ni planteármelo. Lo que pase, ya se verá.
—Es que yo preferiría mil veces que lo sustituyeras tú antes de que nos manden a un genio de fuera, que nunca se sabe lo que puede pasar.
—Bueno, a ti tampoco te falta mucho para la jubilación, ¿no? —dijo Patrik—. Y ya hace mucho que quieres dedicar más tiempo al golf.
Gösta se levantó despacio.
—Ya veremos. La comisaría es en gran medida mi familia.
Patrik le puso a Gösta la mano en el hombro: comprendía muy bien lo que quería decir.
Jocke abrió despacio la puerta de la cabaña de invitados. Sabía que Magdalena estaba en el trabajo, pero ya sentía aquel espacio como suyo.
Se sentó en la cama. Había dejado la camiseta allí encima de cualquier manera, y Jocke la cogió y se la acercó a la cara. Seguía oliendo como antes.
No sabía cómo iban a reaccionar sus padres cuando supieran que Magdalena se había instalado allí.
La querían, la acogieron con los brazos abiertos…
, antes de que todo cambiara. Miró por la ventana hacia la primera planta de la casa, donde siempre estuvo su cuarto.
La de horas que habían pasado allí los dos…
Haciendo planes de futuro, soñando con todo lo que iban a hacer juntos.
Ella constituía su mundo entero, pero entonces él era un adolescente, no lo entendió.
No supo lo que tenía hasta que lo perdió.
¿Acaso no había una parte de él que aún conservaba la esperanza?
Que nunca había dejado de quererla ya lo sabía desde hacía mucho tiempo.
Pero ¿era posible arreglar un jarrón quebrado, aunque fuera con oro?
La vida se presentó como un caos absoluto.
Cuando se casó con Debbie ya sabía él que aquello no duraría.
Aun así, tuvo dos hijos con ella. Intentó crear una vida que implicara a Debbie, no a Magdalena.
Y ahora tenía a sus hijos en otro continente y vivía de nuevo en el cuarto de adolescente de la casa de sus padres en Fjällbacka.
Y no porque no dispusiera de los medios suficientes para vivir en otro lugar y buscarse una casa propia.
Su carrera deportiva había colmado sus cuentas bancarias, y había sabido invertir bien el dinero.
Pero algo lo contuvo. ¿Le habría ocurrido lo mismo a Magdalena?
¿Por qué, si no, había vuelto al hogar de juventud para tener que cuidar a aquella mujer que le había hecho más daño que ninguna otra persona en el mundo?
Jocke se pegó la camiseta a la cara con más fuerza, sintió cómo el tejido absorbía las lágrimas.
Él la había perjudicado más que nadie. De un modo que tal vez nunca pudiera reparar.
Jamás se había permitido llorar. El miedo y la vergüenza le reprimían las lágrimas, y lo que hizo fue lanzarse a una nueva vida muy lejos de allí.
Igual que hizo Magdalena. Los dos decidieron huir, tan solo para verse atraídos de nuevo a casa de un modo implacable.
¿Fue solo para volver a casa o quizá también para volver a estar juntos?
Una puerta se cerró por allí cerca, y Jocke dejó la camiseta y se secó las lágrimas con la manga de la camisa. Con mucho cuidado, cerró la puerta de la cabaña de invitados y se dirigió a la casa.
Cuando entró en la cocina, Gun estaba a punto de sentarse en una de las sillas. Bengt se encontraba delante del frigorífico, y se volvió hacia él.
—He recogido a mamá y hemos comprado marisco para la cena. Me ha parecido que necesitábamos algo rico para animarnos un poco.
Dejó las bolsas de la pescadería en la encimera y sacó de la vinoteca una botella de blanco.
—¿Qué estabas haciendo en el jardín? —dijo la madre de Jocke sorprendida, y le dio un beso en la mejilla—. ¿Has sabido algo del abogado, por cierto? ¿Ha respondido Debbie a la última instancia que presentaste? La verdad, no entiendo todas esas leyes, lo normal es que puedas ver a tus hijos, ¿no?
—Magdalena se va a quedar un tiempo en la cabaña de invitados.
Gun calló de repente. Miró a Bengt, que se había quedado perplejo, con la botella de vino en la mano.
Se aclaró un poco la garganta.
—¿De verdad crees que es buena idea?
Jocke se sentó en una silla junto a su madre. Tragó saliva varias veces, no quería venirse abajo. Ahora no.
—No tiene a nadie más a quien acudir —dijo en voz baja—. No puede más con Monica. Como es lógico.
—Desde luego, es comprensible —dijo Gun, mirando a su marido con esa mirada suya con la que siempre conseguía que él hiciera lo que ella quería—.
Pero ¿no hay ningún otro modo de solucionarlo?
¿No podría quedarse en el hotel Stora un par de días y luego alquilar una habitación en algún sitio?
Quizá incluso en Tanumshede, así estaría más cerca del trabajo.
—Ya le he dicho que puede quedarse.
Bengt empezó a descorchar la botella con movimientos que delataban su indignación.
—Estás jugando con fuego.
—Pero si los dos queríais a Magdalena. ¿Es que no os acordáis?
Gun le puso la mano en el brazo.
—Queríamos a Magdalena, sí —le dijo serena—. De corazón. Pero de eso hace treinta años. Han cambiado muchas cosas. Lo mejor era que no acabarais juntos.
—Y no estamos juntos —dijo Jocke apretando los dientes—. En el pasado tuvimos una relación. Y hoy es una amiga que necesita ayuda.
—Ya te digo —insistió su padre, que logró sacar el corcho por fin—. Estás jugando con fuego.
Gun dejó escapar un suspiro.
—Nosotros siempre hemos querido lo mejor para ti. Y también lo mejor para Magdalena. No lo tuvo fácil, la pobre niña. —Cogió la copa de vino que le ofrecía Bengt—. Erais muy jóvenes, Joakim. A la larga, no habría salido bien de todos modos. Hicimos lo que creímos que era lo mejor.
—Y no os culpo, mamá. Pero de eso hace treinta años. En algún momento habrá que poder olvidar el pasado. Ya no somos los mismos de entonces. Somos dos adultos, cada uno ha vivido su vida y ahora queremos seguir adelante.
Bengt le puso delante una copa.
—Y te ha parecido que ahora era buen momento, ¿no? —masculló—. Dejar que lo pasado siga en el olvido… Yo creo que el momento no puede ser peor.
—Necesita ayuda. Y se lo debo —dijo Jocke sereno.
Su madre se le acercó y lo abrazó.
—Tu padre y yo te queremos. Todo lo que hacemos, lo hacemos por ti. Así ha sido siempre.
Jocke hundió la cara en su pelo. Por un instante, de pronto, tenía de nuevo diecisiete años y lloraba en el regazo de su madre.
—Lo sé —dijo—. Lo sé.
Cuando Erica vio que el coche de Yvonne tomaba la carretera salió de detrás del arbusto donde se había escondido.
Kristina había acudido en su ayuda y se había quedado en casa con Nora, y Erica había dejado el coche aparcado a unos metros de allí.
Tenía que cerciorarse de que lo que había visto era verdad.